En la gran y peligrosa travesía de este mundo, la Divina Providencia nos invita a entregar nuestra voluntad en sus manos, y espera nuestra anuencia para conducirnos al puerto de la eternidad feliz.

 


 

En épocas anteriores a la nuestra, cuando el hombre no se atrevía a viajar entre las nubes, era forzoso cruzar el océano para llegar al viejo continente, Europa, a través de la navegación.

 

Imaginemos que se aventurara en un viaje de tal envergadura una persona muy segura de sí, autosuficiente, contraria a situaciones que se le escapen de las manos... ¡Y cuánta gente hay de este género! Una vez que los pasajeros han subido a bordo del trasatlántico de aquellos tiempos y los últimos preparativos han terminado, levantan ancla y comienza la travesía. El muelle aún está a pocos metros de la embarcación y ésta, a fuerza de moverse sobre las olas, empieza a balancearse con más intensidad. Las aguas están agitadas.

 

imagen de Nuestra Señora de las Gracias -
Basílica de Nuestra Señora del Rosario, Caieiras (Brasil)

Nuestro personaje, descontento por mantener una actitud pasiva como mero viajero, se dirige a la cabina del jefe de la tripulación y le dice que quien llevará el timón a partir de ese momento será él, pues, según sus criterios, los marineros profesionales se habían mostrado incapaces de hacerlo desde el primer instante. Cuando le interrogan con relación a su experiencia enfrentando los mares, se ve obligado a confesar que aquella era la primera vez que se subía a un barco...

 

No es necesaria mucha ciencia para constatar que tal hombre no es apto para pilotar y no sería difícil prever el desastre que sucedería si asumiera la dirección de la nave.

 

El “timón” en la travesía hacia la eternidad

 

Esta escena, aparentemente infantil y de poco alcance, sirve de metáfora para remitirnos a un imprescindible principio de vida espiritual.

 

En la grande y peligrosa travesía de este mundo hacia la eternidad, el mayor peligro es que el “piloto” no acepte que el Capitán maneje el “timón” e, ignorante en el mar de la vida, tantas veces encrespado, se exponga a toda suerte de catástrofes, sobre todo la de ser tragado por las olas violentas de las tentaciones, del mundo y de la carne, y no llegue a buen puerto.

 

¿Quién es el Capitán y cuál es el “timón” de su frágil embarcación, que tanto hincapié hace el hombre de controlar, pensando que perderá la seguridad, el equilibrio y el bienestar si no lo domina?

 

El Capitán es el Creador, que todo lo conoce; “hizo la tierra con poder, cimentó el orbe con sabiduría” (Jer 10, 12). Y el “timón” es la voluntad propia, que mueve en una u otra dirección todos los actos del ser humano. Cada individuo es responsable por el manejo de su “timón”, y no hay actitud más lúcida y sabia que entregárselo a Dios, Señor del Cielo y de la tierra.

 

No obstante, Él desea del hombre su entero consentimiento: le hace la invitación y espera recibir su anuencia para llevarlo al puerto de la eternidad feliz, porque respeta la libertad que le concedió a la criatura salida de sus manos a su “imagen y semejanza” (Gén 1, 26). Por eso es una decisión personal e intransferible.

 

Enseñanza de la Sagrada Escritura

 

Diversos pasajes de las Escrituras nos ilustran y sirven de enseñanza en ese aspecto. En ellas se puede constatar que, aunque Dios siempre estaba dispuesto a asumir la dirección de las volubles naves de sus hijos, la voluntad humana, oponiéndose al querer divino, zozobró muchas veces.

 

la esposa de Lot transformada en estatua de sal,
por Bruno Spinello - Museo dell’Opera del
Duomo, Pisa (Italia);

Un ejemplo patente lo encontramos en Lot cuando se marcha de la culpable Sodoma, condenada a la punición por sus transgresiones, y de cuyo castigo el Señor por su misericordia hacia él quiso ponerlo a salvo junto con su familia (Cf. Gén 19, 16). Como no se decidía y se retrasaba, los ángeles lo tomaron de la mano —a él, a su mujer y a sus hijas— y lo sacaron fuera de la ciudad; y entonces uno de ellos le dijo: “Huye, si quieres salvar la vida. No mires hacia atrás, ni te detengas en ningún lugar de la región baja. Escapa a las montañas, para no ser aniquilado” (Gén 19, 17). El espíritu celestial deja claro que la salvación de sus vidas dependía de la voluntad de cada uno: “si quieres...”. La esposa de Lot, sin embargo, hizo oídos sordos al consejo angelical, volvió la mirada para contemplar la ciudad incendiada y, por no haber cumplido la voluntad de Dios sino la suya propia, se transformó en una estatua de sal (cf. Gén 19, 26).

 

Igualmente esclarecedor es un episodio ocurrido en la vida pública de Nuestro Señor Jesucristo, narrado en los Evangelios: el del joven rico. Cuenta San Mateo que un joven se le acercó al Maestro para preguntarle qué tenía que hacer para conquistar la vida eterna y el Señor le respondió que debía cumplir los Mandamientos entregados a Moisés en el Sinaí. El joven le contestó que ya andaba por las sendas de los preceptos divinos desde su infancia. Y San Marcos completa que Jesús lo miró fijamente y que su Corazón sagrado “eum dilexit – lo amó” (Mc 10, 21). Entonces le invitó a que diera un paso más vigoroso en las vías de la perfección, quizá incluso a que formara parte del privilegiado y glorioso cortejo de los Apóstoles: “Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el Cielo— y luego ven y sígueme” (Mt 19, 21). Le hubiera bastado el haber puesto su voluntad en las manos divinas para alcanzar la santidad anhelada: “si quieres...”.

 

El Evangelio prosigue la narración diciendo que “al oír esto, el joven se fue triste” (Mt 19, 22), pues no quería desprenderse de sus bienes. La Historia no registra qué fue del joven rico. No obstante, podríamos preguntarnos: ya que rechazó hacer la voluntad de Dios, ¿su corazón no se habría convertido en sal, como la mujer de Lot? La respuesta sólo el Juicio final nos la podrá dar.

 

Conformidad con la voluntad divina

 

En el extremo opuesto encontramos el sublime e insuperable ejemplo de María Santísima. Habiendo recibido el anuncio de la Encarnación por la voz del arcángel Gabriel, la Virgen se entrega plenamente en las manos del Altísimo, haciendo suya la voluntad divina, en un acto de suprema libertad, cuando responde: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

 

Pronunciado el “fiat”, el ángel se retiró y el Espíritu Santo la cubrió con su sombra, concediéndole la mayor gloria otorgada a una criatura, por la cual todas las generaciones la llamarán bienaventurada: convertirla en la Madre de Dios. ¿Qué habría sido de la Historia de la salvación si la Virgen Santísima no hubiera dado su consentimiento?

 

Jesús y el joven rico, por Heinrich Hofmann -
Iglesia de Riverside, Nueva York (EE. UU.)

La sumisión a la voluntad divina no ha de ser, sin embargo, una sujeción fatalista, como la del antiguo esclavo que era obligado a dominar su rebeldía para evitar la muerte. “Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9, 7) y desea que su voluntad sea hecha gustosamente, como canta el salmista: “Hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero” (Sal 39, 9).

 

En efecto, en la oración perfecta compuesta por Nuestro Señor Jesucristo, que contiene las peticiones más conformes a su Persona, no se le ruega al Padre que atienda y satisfaga las solicitudes y anhelos personales del orante, sino que sea hecha su voluntad, “en la tierra como en el Cielo” (Mt 6, 10).

 

No obstante, concebido en el pecado original y cuántas veces dominado por sus malas inclinaciones, el hombre quiere conducir su “timón” solo y hacer su capricho, el cual no siempre —¡por no decir nunca!— coincide con el querer divino.

 

San Francisco de Sales resume bien nuestro peregrinar en este valle de lágrimas. Asegura que la existencia mortal del hombre es “como un árbol plantado por la mano del Creador, cultivado por su sabiduría y regado por la sangre de Jesucristo, a fin de que dé frutos propios al gusto del Maestro, que desea ser servido principalmente en esto: que de forma voluntaria nos dejemos gobernar por su Providencia”.1

 

El papel del sufrimiento y del dolor

 

Para que entendamos y pongamos en práctica tal renuncia, necesitamos colocarnos en la perspectiva de la fe, que nos dice que esta vida es un pasajero tiempo de prueba, en el cual la incerteza y la amargura marcan de alguna forma todas las acciones humanas, para purificar el alma de las imperfecciones y hacerla que progrese en la virtud. De las contrariedades nos debemos aprovechar para que nuestro espíritu se vuelve más conforme a los designios de Dios y concurra hacia su gloria.

 

Y así como el Redentor cargó con su cruz por nuestros pecados y desatinos, abrazándola con amor y aceptando la voluntad del Padre, es el dolor el que nos conducirá al abandono a la voluntad divina, desvelándonos un panorama de eternidad. “El sufrimiento es educador y fuente de méritos. Es educador, o sea, ilumina y fortalece: nos hace recordar que no somos acá abajo sino unos desterrados, en camino hacia la Patria, y que no hemos de divertirnos en coger flores de consuelos, porque solamente en el Cielo está la verdadera felicidad”,2 afirma el P. Tanquerey.

 

Prosigue explicando que las adversidades, a diferencia de lo que se piensa y se dice, fortalecen, no en sí mismas, sino por la reacción que provocan, pues tensan el alma y la obligan a hacer el esfuerzo por mantenerse firme, lo que la fortifica y la hace capaz de las virtudes más varoniles. Bien opuesto al hábito del gozo de las pasiones desordenadas, que “retrasa la actividad, roba arrestos al valor y abre el camino a vergonzosas concesiones”.3

 

Por todo lo cual no se puede imaginar que la renuncia a sí mismo sea hecha sin dificultad ni esfuerzo. Una vez más recordamos el ejemplo el Hombre Dios, que quiso ser modelo para todos los que en su vida espiritual empezaran a desfallecer bajo el peso de los designios divinos. En el Huerto de los Olivos, al ver los tormentos que le estaban reservados, sintió su alma “triste hasta la muerte” (Mt 26, 38) y rezó: “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad” (Mt 26, 42).

 

En sus predicaciones el divino Maestro ya había indicado el rumbo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mc 8, 34). “Tome su cruz” significa aceptar y amar lo que Dios quiere para cada uno. Nuestro Señor Jesucristo dice su, alertando contra la obstinación de los que, al serles exigida alguna mortificación, alegan que si fuera otro sacrificio lo harían de buena voluntad...

 

A unos les pedirá que ofrezcan sufrimientos físicos aceptados con paciencia; a otros, la dedicación a actividades corrientes y sin relevancia; a unos, notables renuncias; a otros, que en la oscuridad den con alegría y desprendimiento el sacrificio de la aparente inutilidad.

 

Santa Teresa del Niño Jesús en el claustro
del Carmelo de Lisieux
unos días antes de su muerte

El ejemplo de los santos

 

Acerca de esa aceptación, aconseja el propio San Francisco de Sales: “Mantened vuestro corazón bastante fuerte, para recibir en él todo tipo de cruces y resignaciones o abnegaciones por amor a aquel que tanto las ha recibido por vosotros”.4 Y continúa, recordando el camino del abandono a los designios de la Divina Providencia: “Si queremos llevar nuestra cruz en pos de Nuestro Señor, debemos a imitación suya recibir indistintamente todas las que nos lleguen, sin elección ni excepción alguna”.5 Esta es la vía de la santidad.

 

Santos son los que llevan la renuncia de su propia voluntad hasta el heroísmo. Están siempre dispuestos a recibir lo que Dios les prepara a cada momento, sin preferencia entre dolor o alegría, consolación o aridez, como lo atestigua San Pablo: “Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4, 12-13).

 

La gran Santa Teresa decía que estaba tan convencida de la eficacia de la vía del abandono a la voluntad de Dios para lograr la santidad, que no tendría recelo en avanzar sólo por medio de ella, dejando enteramente de lado los éxtasis y raptos místicos con los que era favorecida. Y no dudaba en afirmar que en el conformarse a la voluntad divina “consiste toda la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual. Quien más perfectamente tuviere esto, más recibirá del Señor y más adelante está en este camino”.6

 

Con la candidez y caridad ardiente que le eran características, Santa Teresa del Niño Jesús se consideraba un juguetito en las manos del divino Infante: “Soy la pelotita del Niño Jesús; si Él quiere romper su juguete, es muy libre de hacerlo. Sí, acepto bien todo lo que Él quiera”.7

 

Y en una carta a su hermana Leonia añadía: “Ahora, Dios continúa dirigiéndome por el mismo camino; no tengo más que un deseo: hacer su voluntad. Tal vez te acuerdes de que antes me gustaba llamarme ‘el juguetito de Jesús’. Aún hoy me siento feliz de serlo, solamente que he pensado que el divino Niño tendrá muchas otras almas llenas de sublimes virtudes que se consideran también ‘sus juguetes’; así que pensé que ellas serían sus hermosos juguetes y que mi pobre alma no era más que un juguetito sin valor... Para consolarme me dije a mí misma que a menudo los niños se divierten más con los juguetitos que pueden tirar o coger, romper o besar a su antojo, que con otros de mayor valor, los cuales casi no se atreven ni a tocarlos... Entonces me alegré de ser pobre, y deseaba llegar a serlo cada día más y más para que cada día le gustara más a Jesús jugar conmigo”.8

 

Nuestro Señor Jesucristo rezando en el Huerto de
los Olivos Catedral de Tudela (España)

En medio de la aridez de sus últimos meses en el destierro de este mundo, cuando le asaltaban las durísimas tentaciones contra la fe, la templanza, la paciencia y todas las virtudes de la que había sido modelo durante su corta vida y se sentía desfallecer, la santa de Lisieux siguió a su divino Esposo en el Huerto de los Olivos al proclamar su fidelidad: “Ya no deseo tampoco ni el sufrimiento ni la muerte, y, sin embargo, los amo a los dos. Pero es el amor lo único que me atrae... Durante mucho tiempo los he deseado; he poseído el sufrimiento y creía estar tocando las orillas del Cielo, creía que la florecilla sería cogida en la primavera de su vida... Ahora sólo el que me guía es el abandono, ¡ya no tengo otra brújula!...”.9

 

Fuente de paz en esta tierra y felicidad en el Cielo

 

Como premio por haberlo dejado todo y, mucho más que los bienes materiales, haber entregado su propia voluntad, de la cual las cosas concretas pueden ser un mero símbolo, Jesús les promete a sus apóstoles “ahora, en este tiempo, cien veces más [...], con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna” (Mc 10, 30).

 

Nada es buscado tanto en la actualidad como la paz y, no obstante, nada está más lejos de los hombres. En el abandono a la voluntad divina se encuentra la fuente de ese anhelado bien y, sin duda, es el céntuplo que ya en esta vida recompensa a los que renunciaron a sí mismos. De hecho, todo lo que pasa bajo el sol es querido o permitido por Dios. Por eso quien a Él se confía no teme ni se sobresalta.

 

Imagen de Nuestra Señora de las Gracias Iglesia de
la Compañía, Palencia (España)

Un bello modelo de constante paz interior y resignación con los designios de la Providencia fue la larga vida de Lucilia Corrêa de Oliveira. A mediados de la década de 1930 las dificultades financieras llamaron a su puerta: su marido había sufrido algunos fracasos que llevaron a la quiebra sus negocios y perdió no sólo sus propios recursos, sino el patrimonio de su esposa. Asumió con total serenidad de espíritu el verse obligada a mudarse a una casa más modesta y adoptar un estilo de vida inferior al que hasta entonces estaba habituada. Tal circunstancia sería suficiente para hundir a quien no se abandonó en las manos de Dios en un estado de profunda tristeza, inconformidad o desesperación. No es lo que sucedió con ella.

 

Ahora bien, en ese período su hijo, el Dr. Plinio, trabajaba con dedicación en pro de la Iglesia. Y, para beneficio de ésta, necesitaba ser reelegido como diputado federal, tras ser promulgada la Constitución brasileña de 1937. Sin embargo, debido al revés paterno no disponía de los recursos para eso... Una de las hermanas de Lucilia, apenada por su nueva condición, le había entregado una razonable cuantía para que, al menos, decorara su nueva casa. Sin titubear, Lucilia renunció al obsequio y se lo entregó a su hijo para su campaña electoral, en detrimento de sus comodidades personales. Cuando salió el resultado de los comicios se constató que no había sido elegido. Afligido por el doble disgusto que le causaría a su madre, el de haber perdido las elecciones y el dinero, el Dr. Plinio le transmitió entonces la noticia. Ella la recibió con entera mansedumbre, como diciendo: “A fin de cuentas, los caminos de la Providencia son inescrutables y Dios no dejará de sacar provecho de estas pruebas”.10

 

Alcanzar la paz en esta tierra y la felicidad en el Cielo ya serían razones suficientes para abrazar las vías del abandono en las manos de Dios. “Por eso da Nuestro Señor los suavísimos nombres de hermano, de hermana y de madre a los que hacen la voluntad de su Padre: ‘El que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’ (Mt 12, 50)”.11

 

Mayor elogio no podría haberle hecho Él a la Santísima Virgen, paradigma de docilidad a la voluntad de Dios, la Estrella del Mar que conduce a buen a puerto a todos los que a Ella recurren, incluso a los “timoneles” con dificultad de desapegarse de su “timón”...

 

Así, siguiendo el camino abierto por el Salvador y con el auxilio de la Madre de la Divina Gracia, aun sin consolación o sensibilidad, pero con firmeza y fidelidad, la aceptación de la voluntad divina será siempre presentada ante el trono de Dios impresa de un valor especial, pues “ese abandono es la virtud de las virtudes, la flor y nata de la caridad, el aroma de la humildad, el mérito — al parecer— de la paciencia y el fruto de la perseverancia”.12

 


 

1 CHAUMONT, Henri (Ed.). La souffrance. Directions spirituelles de Saint François de Sales. Paris: Victor Palmé, 1876, pp. 43-44.

2 TANQUEREY, PSS, Adolphe. Compendio de teología ascética y mística. Madrid: Desclée & Cie, 1930, p. 324.

3 Ídem, ibídem.

4 CHAUMONT, op. cit., p. 90.

5 Ídem, p. 91.

6 SANTA TERESA DE JESÚS. Castillo Interior. Moradas Segundas, n.º 8.

7 SANTA TERESA DE LISIEUX. Carta 36. A sor Inés de Jesús, 20/11/1887. In: OEuvres de Thérèse: www.archives- carmel-lisieux.fr.

8 SANTA TERESA DE LISIEUX. Carta 176. A sor Teresa Dositea, 28/4/1895. In: OEuvres de Thérèse: www.archives- carmel-lisieux.fr.

9 SANTA TERESA DE LISIEUX. Manuscrito A, 83r. In: OEuvres de Thérèse: www. archives-carmel-lisieux.fr.

10 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. Doña Lucilia. Città del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2013, pp. 356-357.

11 TANQUEREY, op. cit., p. 329.

12 COLLOT, Pierre (Ed.). Vraie et solide piété expliquée par Saint François de Sales. Tours: Alfred Mame et Cie, 1847, p. 43.