La fidelidad a la Santa Iglesia ha hecho de los Heraldos del Evangelio una institución en pleno desarrollo en el mundo entero.

 


 

Ecogido para proclamar la Buena Nueva entre los gentiles, el apóstol Pablo fue preparado de manera directa por la Providencia para el cumplimiento de una alta misión. 

 

A su adhesión incondicional a Cristo con la gracia de la conversión le siguió un período de intensa convivencia con Él, que duró tres años (cf. Gál 1, 16-18), a lo largo de los cuales asimiló con ventaja sobre los otros Doce las enseñanzas, el espíritu y la doctrina de Jesús, a fin de realizar luego obras más grandes que las de ellos (cf. 1 Cor 15, 10). 

 

Esta elección gratuita hizo de San Pablo un varón apto para el buen combate, constituido en autoridad para evangelizar por todo el mundo. Y porque Dios actuaba en él con gran poder, la gracia lo llevó a lanzarse con intrepidez a predicar la Palabra hasta el punto de decir: “¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1 Cor 9, 16).

 

Sin embargo, aunque continuamente le acompañaran luces sobrenaturales, ofreciéndole todos los medios para la fecundidad de sus obras, la presencia activa del Apóstol en la comunidad eclesial no lo eximió de un importante gesto de sumisión, la obediencia a Pedro, jefe de la Santa Iglesia: “Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas, y permanecí quince días con él” (Gál 1, 18).

 

Sabemos que este encuentro precedió a la intensa, ardorosa e incesante acción misionera paulina, la cual siempre estaría unida a la persona y a las orientaciones del Sumo Pontífice. Y así el Apóstol, cuya conducta aún hoy en día inspira a los hombres justos, se convirtió en paradigma para los que reciben algún carisma del Espíritu Santo y deben unirse a la autoridad legítima, la cual es constituida y sustentada por el propio Dios (cf. Rom 13, 1).

 

 “Sed mensajeros del Evangelio”

 

Cuando una nueva institución nace en la Santa Iglesia a partir de las gracias concedidas al fundador, éste debe presentarse a los sucesores de los Apóstoles para que lo confirmen en su misión. El hecho de ponerse bajo la égida de los pastores siempre supone un indicio de la autenticidad del carisma, pues el espíritu de comunión eclesial es una constante en las obras suscitadas por el Espíritu Santo.

 

Con los Heraldos del Evangelio ese recorrido comenzó en 1998 cuando Mons. João Scognamiglio Clá Dias recibió la aprobación diocesana para su naciente obra, concedida por Mons. Emilio Pignoli, por entonces obispo de Campo Limpo (en la Región Metropolitana de São Paulo), Brasil. Favorecida por la Providencia, esa semilla no tardó en germinar y extender sus ramas, sobrepasando los límites diocesanos para alcanzar numerosos países. Ante la necesidad de abrazar a las diversas casas de los Heraldos bajo una misma realidad jurídica, la Santa Sede decidió erigirlos como Asociación Internacional de Fieles de Derecho Pontificio en una fecha muy simbólica: el 22 de febrero de 2001, fiesta de la Cátedra de Pedro.

 

La mañana del día 28 de ese mismo mes, San Juan Pablo II los acogía con palabras que aún hoy permanecen vivas en la memoria y en el corazón de cuantos tuvieron la alegría de escucharlo: “Sed mensajeros del Evangelio por la intercesión del Corazón Inmaculado de María”. (1)

 


Pero este primer aval pontifico no estuvo exento de un cuidadoso seguimiento por parte de los que lo concedieron. El sacerdote orionita Giovanni D’Ercole, en esa época capo ufficio de la Secretaría de Estado y actualmente obispo de Ascoli Piceno, Italia, recorrió varios países para conocer y acompañar de cerca el progreso de los Heraldos.

 

Atento análisis de Mons. Giovanni D’Ercole

 

De regreso a Roma, transmitió enseguida al fundador sus observaciones: “Le escribo estas líneas para confiarle algunos comentarios sobre mi visita a las casas de los Heraldos del Evangelio en las tres Américas. La perspectiva proporcionada por el transcurso de los días me ha venido dando la oportunidad de evaluar mejor algunos aspectos, sobre los que he tratado de profundizar. Uno de los objetivos de mi viaje era analizar muy de cerca las diversas realidades de los Heraldos del Evangelio a fin de darles consejo y orientaciones si fuera necesario. Por eso apliqué mi atención en todo con particular empeño. [...]

 

“Ya tuve la oportunidad de decirle en São Paulo que hice diversas observaciones y procuré aconsejar con respecto a algunos asuntos, dejando unos pocos puntos para estudiarlos mejor en el futuro. [...] También querría dejar registrado que encontré en usted, y en general en todos los encargados con los que hablé, ahí y en otros países, una excelente disposición para aceptar mis ponderaciones. A parte de eso, pude comprobar la vitalidad y la fuerza de expansión de su obra, la cual, en poco tiempo, se está extendiendo célere por el mundo entero. Quiera Dios que continúe andando por ese camino y se multiplique hasta el punto de alcanzar todos los rincones del globo. [...]

 

“Me agradó observar, durante los días que estuvimos juntos, la modestia con la que usted procede en todo, sin llamar nunca la atención sobre sí mismo. Y esto me llevó a concluir que esa es una de las fuentes de las cuales nacen las orientaciones prudentes y sabias para los Heraldos del Evan-gelio en todo el mundo”.(2)

 

En el surco fecundo y bimilenario de la Ciudad Eterna

 

Con el tiempo esas impresiones no sólo se confirmaron, sino que también condujeron a que las autoridades adoptaran actitudes concretas de reconocimiento de dicho carisma, como por ejemplo la concesión de una histórica iglesia de la vicaría romana: San Benedetto in Piscinula, erigida en el sitio donde el patriarca del monacato occidental se hospedó durante el período de su estancia en la urbe.

 

Sobre ese magnífico gesto, Mons. Adriano Paccanelli, maestro de ceremonias de la Basílica de Santa María la Mayor, adjunto de primera clase de la Secretaría de Estado, comentaba: “Por primera vez, la Iglesia de Roma, diócesis del Santo Padre, confía un lugar sagrado y la actividad pastoral que allí se desarrolla a una asociación privada de laicos. [...] Por designio de la Divina Providencia, iluminados por la presencia materna de María Santísima, los Heraldos del Evangelio ahora forman parte integrante de la vida y de la historia de la Iglesia de Roma, insertándose en el surco fecundo del bimilenario camino de la Iglesia Católica que, en la Ciudad Eterna, Sede del Sucesor del Apóstol Pedro, encuentra su centro de unidad y de irradiación de la fe”.(3)

 

 

 

 

 

 El texto del acuerdo firmado por el cardenal Camillo Ruini, en aquella época vicario general de Su Santidad para la diócesis de Roma, bien refleja ese vínculo de confianza: “La presencia de la asociación en San Benedetto in Piscinula constituye un enriquecmiento para la diócesis de Roma. Por lo tanto, el Ordinario dispone que la iglesia de San Benedetto in Piscinula esté pastoralmente vinculada a las actividades de la Asociación Heraldos del Evangelio, cuyos miembros expresan la propia identidad cristiana con su testimonio de vida, con la atención puesta especialmente en el apostolado y viviendo la propia consagración bautismal, por medio de María, según la espiritualidad de San Luis María Grignion de Montfort”.(4)

 

 

 

 

Maestro de ceremonias de cinco Papas

 

El trabajo personal en San Benedetto dio ocasión a que los Heraldos fueran acompañados muy de cerca por una figura de inestimable valía: su rector, Mons. Ángelo Di Pasquale. Este sacerdote, cuya vida fue empleada en servicios de alta categoría en la Secretaría de Estado, además del cargo de pontificio maestro de ceremonias durante cuarenta y dos años, le dio a la institución una orientación segura dictada por la voz de la experiencia, que sólo podía ser superada por unos pocos.

 

La cercanía con él hizo que los Heraldos se sintieran aún más vinculados a Roma, pues el hecho de que un auxiliar personal de Pío XII, Pablo VI, Juan XXIII, Juan Pablo I y Juan Pablo II siguiera con vivo interés el desenvolvimiento de la asociación fue, sin duda, un eslabón con la más sólida de las tradiciones.

 

El contacto diario con los Heraldos de Roma y los diversos viajes de Mons. Di Pasquale a Brasil le proporcionaron que estableciera un vínculo de respetuoso afecto con el fundador de la institución, sobre el cual llegó a afirmar: “Vino un hombre envia-do por Dios, llamado João, que trajo a la Iglesia y favoreció en la Iglesia el desarrollo del carisma que distingue a los Heraldos del Evangelio y a todos los que comparten su espiritualidad. Ya tuve ocasión de conocer dicho carisma de cerca, con su presencia en la iglesia de San Benedetto in Piscinula, de la que soy rector, y recientemente con mi visita a diversas casas de la rama masculina y femenina de Brasil y de España. Una espiritualidad verdaderamente propia, con su vida contemplativa, que no quiere decir no hacer nada, sino adorar al Señor, hablar con él y escucharlo; y que se manifiesta en el amor y la dedicación al prójimo. Y los Heraldos han tenido este gran desarrollo porque supieron unir la vida activa a la vida contemplativa, en la vida comunitaria que los hace sentir a todos hermanos y hermanas, hijos del mismo padre”.(5)

 

Florecen dos Sociedades de Vida Apostólica

 

Inagotable en sus dones, el Espíritu Santo hizo florecer en el seno de esta asociación laical vocaciones al sacerdocio, inspirando a decenas de sus miembros a consagrarse a ese ministerio para el servicio de la Iglesia. El crecimiento de la institución puso de manifiesto la necesidad de esa nueva rama: el elevado número de miembros y colaboradores no podía recibir ninguna asistencia sacramental por parte de los consagrados, con lo que daba lugar a una laguna de clérigos animados por ese carisma.

 

En una inolvidable ceremonia realizada el 15 de junio de 2005 en la basílica de Nuestra Señora del Car-men, de São Paulo, los quince primeros presbíteros heraldos recibían la unción sacerdotal de manos de Mons. Lucio Ángelo Renna, OCarm. Era el florecimiento de un frondoso árbol que hoy cuenta con 159 sacerdotes y 28 diáconos dedicados al servicio del altar y a la salvación de las almas. Las gracias concedidas desde entonces por la Providencia y el ingreso de gran número de vocaciones no tardaron en llamar la atención de Su Santidad Benedicto XVI. En Luz del mundo, libro-entrevista publicado en coautoría con Peter Seewald, declara: “Se ve que el cristianismo, en este momento, también está desenvolviendo una creatividad totalmente nueva. Por ejemplo, en Brasil se registra, por un lado, un fuerte crecimiento de las sectas, a menudo muy equivocadas, porque prometen esencialmente riqueza y éxito exterior; por otro lado, también hay nuevas eclosiones católicas, un dinámico florecimiento de nuevos movimientos como, por ejemplo, los Heraldos del Evangelio, jóvenes llenos de entusiasmo que han reconocido en Cristo al Hijo de Dios, y se sienten deseosos de anunciarlo al mundo”.(6)

 

En las jóvenes comunidades se han vuelto cada vez más vivas esas disposiciones, surgiendo entre sus miembros el deseo de una entrega completa, regulada por la práctica de los consejos evangélicos. Para ello se hacía necesario un nuevo marco jurídico, ya que la estructura vigente, concebida para laicos, estaba ampliamente superada. Nacía así la Sociedad Clerical de Vida Apostólica Virgo Flos Carmeli, a partir de la rama sacerdotal de los Heraldos, seguida por la Sociedad de Vida Apostólica Regina Virginum, constituida a su vez por los elementos más dinámicos de la rama femenina. Ambas sociedades obtuvieron el reconocimiento definitivo por parte de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica el 3 de febrero de 2010, bajo los auspicios del cardenal prefecto, Mons. Franc Rodé. Convencido de estar colaborando con una obra providencial, declaraba el día de la entrega de los decretos: “Por lo que me ha sido dado hacer por los Heraldos del Evangelio, puedo decir que no ha sido en vano mi paso por este dicasterio”.(7)

 


Despertando esperanza en la protección divina

 

Triplemente unida a Roma por los vínculos de la obediencia, la familia espiritual de los Heraldos del Evan-gelio estaba lista para enfrentar una realidad angustiante: la pérdida pro-gresiva de católicos en la totalidad de los países donde actuaban, seguida del desaliento de los que permanecían fieles, ante la ola de secularismo que parece arrastrarlo todo detrás de sí.

 

¿Cómo lidiar con esta coyuntura? Un problema que envuelve a la fe sólo puede ser resuelto con base en la mis-ma fe. Las situaciones más desolado-ras serían reversibles siempre que se mostrara al mundo, sin la menor con-cesión a su espíritu, la gloria de la Iglesia una, santa, católica, apostóli-ca y romana, el esplendor de su cul-to, la perfección de su doctrina, así como la eficacia de sus sacramentos, la santidad de sus leyes y el poder de su amparo a los bautizados, desde la admisión en el número de los cristia-nos hasta el último aliento, preparán-dolos como madre providente para el encuentro definitivo con el Padre.

 

Cerrar los ojos a la gravedad de ese panorama o a la probabilidad de éxito de ese método sería dejar de percibir el problema en toda su extensión. El cardenal Franc Rodé expresó ambos lados de la cuestión al afirmar: “Debo decir que, con tantas lamentaciones oídas aquí y allá, con tanto pesimismo como el que encontramos en algunas partes de la Iglesia, no nos damos cuenta de una cosa, somos incapaces de verla: las enormes energías que están presentes, pero escondidas, en la Iglesia. El P. João supo ver esas energías, supo descubrirlas, y ahí están ustedes”.(8)

 

Surgieron así las iniciativas que levantaron multitudes, movidas sin duda por una alegre, sincera y confiada esperanza en la protección divina, que para muchos estaba perdida o nunca había existido. Citemos solamente un testimonio autorizado, el del cardenal Raymundo Damasceno Assis, arzobispo emérito de Aparecida, sobre el Apostolado del Oratorio María Reina de los Corazones, pronunciado ante miles de asistentes reunidos en el Santuario Nacional: “El apostolado de promover la devoción a la Virgen es siempre muy bienvenido, porque por medio de María llegamos a Jesús: Ad Iesum per Mariam (a Jesús por María). Así que nuestra Madre celestial desea que nos volvamos, cada uno de nosotros, hijos e hijas de Dios cada vez más perfectos, discípulos y misioneros de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo”.(9)

 

La primera necesidad de nuestro tiempo

 

Aunque la esperanza que este cuadro ofrece sea grande, cumple que reconozcamos que los días de generalizado abandono de la fe se prolongan, sumados a un agresivo rechazo de la sociedad a las enseñanzas de la Santa Iglesia Católica, la Esposa Mística de Cristo. Este hecho no podía dejar de atraer sobre la humanidad pecadora la mirada severa de Dios, con todas las consecuencias que la Virgen había anunciado en Cova da Iria. 

 

En la homilía pronunciada en el Santuario de Fátima el cardenal Giovanni Battista Re sintetizó la encrucijada que atraviesa el mundo actual, dentro y fuera de la esfera eclesiástica: “Del desorden y de los problemas que se crearon bajo el cielo, en este nuestro tiempo, únicamente será posible salir si la humanidad levanta de nuevo los ojos hacia el Cielo. Por eso la primera necesidad de nuestro tiempo es devolver a Dios las conciencias de los hombres y reabrirles el acceso a Dios”.(10)

 

La lucidez de estas palabras nos dispensa comentarios, pero induce, por otro lado, a sacar conclusiones: los que, como los Apóstoles, procuran difundir la Buena Nueva han de ser incomprendidos por el mundo e incluso perseguidos por él. La fidelidad a la doctrina de la Iglesia, aliada a la observancia minuciosa de las orientaciones recibidas por la sagrada jerarquía ha hecho de los Heraldos del Evangelio una institución en pleno desarrallo en el mundo entero. Sin retroceder en el camino hasta ahora andado, nos ponemos a los pies de María para oír las palabras que el Hijo reclinado en sus brazos nos dirige, como otrora a los Apóstoles: “En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). 

 


 

1 SAN JUAN PABLO II. Audiencia general, 28/2/2001.
2 D’ERCOLE, FDP, Giovanni. Carta del 27/11/2001. In: Arautos do Evangelho. São Paulo. Año I. N.º 2 (Fe-brero, 2002); pp. 30-32.

 

3 PACCANELLI, Adriano. La Diócesis de Roma confía la Iglesia de San Benedetto in Piscinula a los Heraldos del Evangelio. In: Arautos do Evangelho. São Paulo. Año II. N.º 19 (Julio, 2003); p. 16.

 

4 Ídem, ibídem.
5 HERNÁNDEZ, José Francisco. Maestro de ceremonias de cinco Papas. Entrevista a Mons. Ángelo Di Pasquale. In: Arautos do Evangelho. São Paulo. Año IV. N.º 44 (Agos-to, 2005); p. 13.

 

6 BENEDICTO XVI. Luce del mondo. Il Papa, la Chiesa e i segni dei tempi. Città del Vati-cano: LEV, 2010, pp. 89-90.

 

7 APROBACIÓN DEFINITIVA DE LAS CONSTITUCIONES. In: Arautos do Evan-gelho. São Paulo. Año IX. N.º 100 (Abril, 2010); p. 10.

 

8 FRANC, CM, Rodé. Homilía. Mairiporã, 10/5/2007.

 

9 8.ª PEREGRINACIÓN A APARECIDA. In: Arautos do Evangelho. São Paulo. Año XV. N.º 178 (Octubre, 2016); p. 26.

 

10 RE, Giovanni Battista. Undesequilibrio que puede lle-var a horribles catástrofes. In: Arautos do Evangelho. São Paulo. Año XIV. N.º 168 (Diciembre, 2015); p. 39.

 

 Fuente: Revista "Heraldos del Evangelio", No. 168, Julio 2017; pags. 35-39