La Inmaculada Concepción, por
Bartolomé Esteban Murillo - Museo del
Hermitage, San Petersburgo (Rusia)

María fue preservada de la mancha original; ¿cómo creer entonces que las zarzas, las espinas, las plantas abyectas y dañinas que han envilecido nuestras almas hayan podido germinar en la suya? El honor de Dios, con quien tendría tan íntimas relaciones, requería que estuviera exenta del pecado voluntario de desobediencia de nuestros primeros padres; ¿podría permitir alguna vez que Ella se volviera culpable por un acto de su propia voluntad?

 

Los ángeles inmaculados no podían reconocer como Reina a una criatura caída a causa de una ley fatal; cuanto menos a una criatura que se hubiera deshonrado libremente. Y además, ¿de dónde vendría el pecado en un alma en la que las pasiones sometidas aguantaban sin murmullo el imperio de la razón, en la que la gracia atenta preparaba sin descanso la morada de la Sabiduría eterna? No, nada de faltas por muy leves que pudieran ser; era necesario que el oráculo tuviera razón hasta el final, que la amada de Dios fuera toda bella y sin mancha: “Tota pulchra es amica mea et macula non est in te – ¡Toda bella eres, amada mía, no hay defecto en ti!” (Cant 4, 7).

 

Y ved hasta dónde llega la delicadeza del divino Guardián. La virgen inocente podría ser sospechosa de un crimen en el momento en que se cumpliera el prodigio de su maternidad; no hacía falta que la flaqueza humana, engañada por las apariencias, perturbara, con injustas acusaciones, la paz del lugar bendito que la fuerza del Altísimo cubrirá con su sombra y el Espíritu Santo fecundará (cf. Lc 1, 35). Unas castas nupcias envolvieron este misterio con un velo protector. El Verbo Encarnado consentirá, por el honor de su Madre, ser llamado el hijo del obrero José; y el pueblo cristiano aprenderá de la Virgen y de su esposo que el amor puro, la unión de los corazones, la común entrega, la emulación de las virtudes dan al matrimonio su verdadera dignidad, más que la vulgar confluencia de las pasiones y de los sentidos.

 

P. Jacques-Marie-Louis Monsabré, OP