El supremo ejemplo de la Sagrada Familia nos enseña que el objetivo principal de la vida familiar deber ser la santificación de sus miembros. Es lo que explica Mons. João Clá Dias, EP, al comentar las maravillas de la convivencia entre Jesús, María y José.

 


 

En el Génesis leemos que después de crear al hombre y a la mujer, Dios los bendijo y les exhortó diciendo: ‘Sed fecundos y multiplicaos’ (1, 28). Era la primera familia que se constituía, y fue formada por las propias manos divinas. Esta unión es tan adecuada a la naturaleza humana que en el Antiguo Testamento no se entendía el celibato, [...] salvo en el caso de vocaciones muy especiales [...].

 

La Sagrada Familia, San Joaquín y Santa Ana - Retablo de la
Iglesia de Nuestra Señora de la Gloria, Juiz de Fora (Brasil)

“Sin embargo, con ocasión de la llegada de Jesús, la familia adquiere un carácter sobrenatural por la elevación de la unión matrimonial —un contrato natural— a la categoría de sacramento, simbolizado en la misteriosa e indisoluble unión entre Cristo y su Iglesia. Esto contradice la errónea idea, muy de moda en la actualidad, de que la familia no tiene un objetivo religioso, sino únicamente social o afectivo.

 

“No obstante, es muy distinto el concepto expresado por el Señor: ‘Buscad sobre todo el Reino de Dios y su justicia; y el resto se os dará por añadidura’ (Mt 6, 33). Cuando en el seno de una familia se procura en primer lugar el Reino de Dios, es decir, la santidad, teniendo como modelo supremo a Jesús, María y José, el resto —dinero, comida, hogar, etc.— le será concedido por añadidura. Es menester trabajar para ganarse el pan con el sudor de la frente (cf. Gén 3, 19), pero no es la principal finalidad de la familia. Ésta existe para educar a los hijos en la sabiduría y encaminarlos hacia el Cielo, pues estamos de paso en esta tierra, preparándolos, por tanto, para enfrentar las tribulaciones de este valle de lágrimas con vistas a la eternidad. [...]

 

Cómo debe ser la vida familiar santa

 

“Dentro de la convivencia familiar debe existir un amor intenso, no sentimental ni romántico, resultante del amor a Dios y con vistas ante todo a la santificación del otro cónyuge y de toda la familia.

 

“Es imposible —a diferencia de la falsa idea difundida por ciertas películas y novelas— vivir sin dificultades. ‘Militia est vita hominis super terram — ¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra?’ (Job 7, 1). He aquí la verdadera llave de la felicidad familiar: el respeto recíproco entre los esposos. Nunca discutir o desentenderse, siempre estar dispuestos a perdonarse las debilidades mutuas, a soportar las diferencias de temperamento, adaptándose a las preferencias del otro. Un elocuente ejemplo de la abnegación que debe imperar en cada hogar lo encontramos en la Sagrada Familia. [...]

 

“Nosotros también debemos ser flexibles a la voluntad de Dios y estar dispuestos a aceptar de corazón y con resignación plena y total, los sufrimientos que la Providencia nos exija a lo largo de nuestra vida. Esta actitud ante la cruz es la raíz de la verdadera felicidad, bienestar y armonía familiar, y atrae sobre cada uno de nosotros gracias especialísimas que nos restauran el alma, curándola de las miserias y afirmándola en dirección al Cielo. Pidámosle a la Sagrada Familia que, por su intercesión, florezca en las familias de toda la tierra la sólida determinación de abrazar cada vez más el camino de la santidad, de la perfección y de la virtud, buscando en primer lugar el Reino de Dios y de María, con la certeza de que en compensación el resto vendrá por añadidura”.1

 

Familia, la célula-madre de la sociedad

 

“La familia es la célula mater de la sociedad, donde se forjan los hombres y mujeres de valor que constituirán el mundo del futuro, y es también la fuente de vocaciones religiosas para el servicio de la Iglesia.

 

“Al ser una institución de derecho natural [...], la familia fue considerada por Jesucristo de tal modo que elevó el matrimonio a la categoría de sacramento, con el propósito de infundir en los esposos las gracias necesarias para cumplir, con vistas sobrenaturales, el deber que les cabe.

 

“De hecho, por encima de todas sus funciones, la familia tiene una misión salvífica. Una vez que nuestro destino final no está aquí en la tierra —en la que estamos sólo de paso— , sino en la eternidad, no existe en el matrimonio objetivo más grande que el que un cónyuge santifique al otro, y ambos santifiquen a los hijos. Se trata, por tanto, de llevar la vida familiar en Dios, de manera que Él sea el elemento esencial de las relaciones entre marido y mujer, padres e hijos. Si la familia se cimienta en la gracia y en la piedad, aunque se abatan sobre ella dramas y vicisitudes, todo será más fácil y la paz reinará en ella.

 

“En la Sagrada Familia tenemos el modelo admirable de cómo enfrentar las dificultades y los dolores de la existencia con espíritu elevado: padre, Madre e Hijo vivían en una perfecta armonía porque Dios estaba en el centro. [...] Imitemos en nuestros hogares las virtudes de Jesús, María y José para que, traspasado el umbral de la muerte, seamos integrados para siempre en la familia eterna del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, junto con todos los ángeles y bienaventurados”.2

 


 

CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El verdadero centro de la vida familiar. In: Lo inédito sobre los Evangelios. Città del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2014, v. I, pp. 133-136; 144-145.

2 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. ¿Jerarquía o igualdad? In: Lo inédito sobre los Evangelios. Città del Vaticano- Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2014, v. III, pp. 120-121.