Nos esperan batallas grandiosas, y de ellas dependerá nuestra entrada en el Cielo. Por eso, hijos míos, perseverad. Perseverad en vuestra lucha, en vuestra virtud y en vuestra santidad. El Señor nos llama a las pruebas que nos conducirán al Paraíso.

 


 

El 15 de agosto Mons. João Scognamiglio Clá Dias, fundador de los Heraldos del Evangelio, celebró su septuagésimo octavo cumpleaños con una Misa solemne, rodeado por sus hijos e hijas. A ellos abrió su corazón, manifestándoles su entrañable afecto de padre con palabras sublimes, impregnadas de amor a la Santa Iglesia. En atención a numerosas peticiones compartimos a continuación la homilía de Mons. João íntegramente.

 

Quiero sufrir para que la Santa Iglesia sea glorificada

 

Hijos míos, hijas mías. Al tratarse de un día como este en el que os congregáis para celebrar mi septuagésimo octavo cumpleaños, estuve reflexionando sobre cómo iniciar las palabras que deberían alegraos y consolar este corazón de padre, que palpita de amor por vosotros, mis “enjolras”.1

 

Entonces me acordé de un episodio de la vida de un santo prelado. Se encontraba San Alfonso María de Ligorio, ya con 90 años de edad, recogido en el convento de los Padres Redentoristas de Pagani, Italia, cuando le comunicaron que aquel día iban a ser ordenados dos nuevos sacerdotes hijos suyos. Entre ellos estaba un alma que sería sustentáculo de su familia religiosa: San Clemente María Hofbauer. Una moción de la gracia llevó a San Alfonso a dirigirse a la capilla, y rezó la siguiente oración: “Jesús, acepta mi vida por ellos, o más bien, déjame rezar y ofrecer todavía algunos años por los dos presbíteros que hoy deben ser ordenados”. 2 El santo fundador percibió que no era voluntad de Dios su muerte, sino la aceptación en vida de los tormentos que el Cielo le enviara para fortalecer y guiar a aquellas dos almas al cumplimiento de su alta misión.

 

Al llegar a la edad de 78 años, este vuestro padre, a la manera del gran San Alfonso, no desea morir para que la Santa Iglesia triunfe, sino que siente que el Espíritu Santo le sopla al corazón: “João, quiero más de ti”. Esta moción de la gracia me lleva no a ofrecer mi vida, concluyéndola ahora, sino a ofrecer los sufrimientos que la Divina Providencia aún me concederá, para que la Santa Iglesia sea glorificada y cumpla su misión de instaurar en la tierra lo que la oración del Señor repite día a día en nuestros labios: “Venga a nosotros tu reino”.

 

Ese reinado vendrá, pues el Señor lo ha prometido y la Santísima Virgen lo proclamó en Fátima al mundo entero: “Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”.

 

¿Cómo será? ¿Cuándo se dará? Sólo Dios lo sabe y os ha preparado a cada uno de vosotros para su triunfo, porque “el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16, 18).

 

Quien ama el dolor por amor al Reino de los Cielos todo lo soportará

 

Hijos míos, hijas mías. Después de 78 años de una vida dedicada en pro de la Santa Iglesia, os puedo decir, uniendo mi voz a la del Eclesiástico: Hijo, si te has acercado a servir al Señor, atención, prepara tu alma para la prueba (cf. Eclo 2, 1).

 

La vida humana es una lucha. Solamente los que abrazan las sendas de la sabiduría serán capaces de soportar los sufrimientos que Dios nos envía para purificar nuestra alma en el crisol de la prueba. Por eso, hijos míos, el divino Maestro nos enseña: “el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí” (Mt 10, 38).

 

Este padre, que no hace otra cosa que amaos, desea formaos y preparaos para el Reino de los Cielos, pues únicamente el que esté dispuesto a sufrir conmigo, padre y fundador de esta familia espiritual, se hallará en disposición de soportar las pruebas y los dolores por amor al Paraíso.

 

Veo que muchos se preguntan cómo perseverar. Es muy sencillo, hijos míos: quien ama la vida eterna es como aquel que encontró un tesoro escondido en un campo; va y vende todo lo que tiene y compra ese campo para alcanzar un tesoro eterno. El que actúa de este modo, ha encontrado la vida eterna (cf. Mt 13, 44). Por esta razón os alerto: el que no recoge conmigo, desparrama (cf. Mt 12, 30), pues “el que ama el peligro en él sucumbe” (Eclo 3, 27).

 

Aquel que nos congregó y nos formó siempre nos enseñó que el hombre que ama el dolor y el sufrimiento está dispuesto a todo para mayor gloria de Dios. Es lo que os digo yo, hijos míos: quien ama el dolor por amor al Reino de los Cielos, todo lo soportará.

 

No es lícito desertar de una vocación tan alta

 

El que quiera seguirme, repito con el divino Redentor, ¡cargue con su cruz y sígame! Sólo así podremos ser merecedores de nuestro glorioso nombre de cristianos, como tan bien nos lo recuerda la Carta a Diogneto, que describe el camino de los elegidos en esta tierra:

 

“Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad. [...] Los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar”.3

 

Hijos míos, la Virgen Santísima nos ha llamado a una vocación tan elevada que no nos es lícito desertar. Si la viéramos, ¿qué nos diría Ella?: “Hijos míos, os escogí del mundo para que fuerais míos, para que me sirvierais en mi Reino en esta tierra y me glorificarais en el Cielo. Si supierais lo que os espera por servirme, os sería ya imposible vivir en esta tierra, desearíais volar a mi Reino eterno”.

 

“El justo por la fe vivirá”

 

¿Cómo no conmovernos si la Santísima Virgen María nos dirigiera tales palabras de afecto y de amor? Y esto, hijos míos, nos lo dice en lo más profundo de nuestros corazones: “Hijo, persevera, mi Reino es tuyo para siempre”.

 

Hijos míos, en este día en que la Santa Iglesia universal conmemora la Asunción de María Santísima al Cielo y que vosotros os reunís aquí para rendirle vuestros homenajes a este padre que os ama y vive para serviros, me gustaría decir con el apóstol San Pablo: “el justo por la fe vivirá” (Gál 3, 11).

 

Las batallas que nos aguardan son grandiosas, de ellas dependerá nuestra entrada en el Cielo, por eso perseverad, hijos míos, perseverad en vuestra lucha, perseverad en vuestra virtud, perseverad en vuestra santidad. Pues el Señor nos llama a las pruebas que nos conducirán al Paraíso: “En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

 

Vuestro padre arde en celo por el Reino de María

 

¿Cómo se dará y cuándo vendrá? No lo sé. Este vuestro padre se siente como Elías en lo alto de la montaña esperando a que el Señor pase (cf. 1 Re 19, 8-14): vendrá un viento impetuoso y violento que hendirá las montañas y romperá las rocas, pero el Señor no estará en ese huracán; después del viento la tierra temblará, pero el Señor no se encontrará en ese terremoto; pasado el temblor de tierra, un fuego arderá, pero el Señor tampoco se hallará en ese fuego. Finalmente, tras el fuego se oirá el susurro de una brisa suave que me inspirará: “João, cúbrete el rostro con tu manto, pues llegaste ante Dios”. En ese momento, el Señor me dirá: “¿Qué haces aquí, João?”. Con el alma colmada por sus gracias, vuestro padre responderá: “Ardo en celo por el Señor, Dios de los ejércitos, porque han abandonado tu alianza, derribado tus altares y pasado a espada a tus profetas. Quedo yo solo, y ahora buscan mi vida para arrebatármela”.

 

Hijos míos, las pruebas vendrán, será dura nuestra lucha, pero el susurro suave de una brisa celestial traerá a la humanidad los frutos de la sangre preciosísima del Redentor, que renovará el universo, haciendo que baje a la tierra el Reino de María. Estas han sido las palabras que han salido del corazón de vuestro padre, que hoy se regocija con vosotros por un año más de vida, un año de lucha, un año de victoria. 

 

Homilía pronunciada el 15/8/2017, en la basílica de Nuestra Señora del Rosario, Caieiras (Brasil)

 

1 En la convivencia entre los miembros de los Heraldos del Evangelio, los más jóvenes son llamados “enjolras”, término acuñado afectuosamente por el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira.

2 HÜNERMANN, Janssen. São Clemente Maria: Vanguardeiro da Congregação Redentorista. Petrópolis: Vozes, 1953, p. 71.

3 CARTA A DIOGNETO. In: COMISSÃO EPISCOPAL DE TEXTOS LITÚRGICOS. Liturgia das Horas. Petrópolis: Vozes; Paulinas; Paulus; Ave- Maria, 2000, v. II, pp. 757-758.