El hombre no se expresa apenas pronunciando palabras, sino también por el tono de la voz, por la posición del cuello y del tronco, por el movimiento de las manos. Entretanto, lo más importante es la mirada. Aquí está uno de los elementos de la verdadera educación que deberá nacer en el Reino de María, por la acción del Espíritu Santo.

 


 

La palabra expresa aquello que la persona quiere decir, mientas que la mirada proporciona lo inefable, lo inexpresable de lo que se está queriendo expresar. Así, hay una cantidad de cosas que la mirada dice y que la palabra no consigue decir.

 

Obra prima de retórica

 

Por ejemplo, un hombre que está necesitando pan; entra en una panadería y le habla al panadero: “¿quiere darme un pan?” La palabra dice: “estoy necesitando un pan, no tengo dinero para pagarle, ¿Ud. quiere dármelo?” Pero la mirada dice una serie de cosas a respecto del propio sujeto; lo que está sintiendo, cómo está sufriendo, como quien afirma: “Mire mi alma, vea la necesidad por la que estoy pasando, mire mi tristeza por esa causa, la humildad con la que se lo estoy pidiendo, y cuanta dureza habría de su parte en rechazarme. ¡Quiérame bien, porque lo estoy necesitando!”. Es lo que dice la mirada.

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Por tanto, la mirada trae una cantidad de conocimientos por connaturalidad que acompañan a aquel simple pedido de pan, y son una justificación de ese pedido, y no serviría de nada la palabra, si por ejemplo, fuese dicha detrás de un biombo.

 

Es curioso, que cada actitud constituye una especie de obra prima de retórica, de la cual la persona no se da cuenta. Es algo confuso, pero es una obra prima: lo poco que el individuo puede dar en materia de retórica, lo presenta así, porque también la voz modula – un poco cantando – lo que los ojos dicen mirando. Y hay inflexiones de voz que dicen más que las meras palabras. Por ejemplo: “¿Ud. querría darme un poco de pan?” Hay mil modos de modular este pedido, de manera que sin que el sujeto lo note, eso sea dicho de tal forma que el tono de voz complete lo que la mirada dice, y que forma parte del lenguaje de la connaturalidad, no del lenguaje del sentido lógico de la palabra.

 

Dentro de eso, son elementos complementarios la posición del cuello sobre el tronco y la del tronco sobre las piernas. Y la culminación del poder convincente está en la actitud de las manos. Si pidiese con la mano pegada a la espalda, es casi insolente y el pedido se dirige hacia un rechazo.

 

La curvatura: quien pide, raramente lo hace con el tronco erguido. No levanta la cabeza, ni el cuerpo; se necesita ser un gran jugador para levantar las dos cosas y hacer un pedido. Hay una cierta lógica cuando el sujeto sabe decir: “Vea esta miseria; vea el clamor de la injusticia de que yo no tenga pan: ¡Démelo!”. Conforme las circunstancias, eso puede tener su valor de convicción.

 

Lo más interesante son las riquezas de la connaturalidad, por donde el hombre no percibe esto, y hace ese juego con mayor o menor éxito.

 

El regionalismo europeo

 

Y aquí entra una cuestión compleja: ¿Cómo formar a las personas para eso? ¿Cuál es la medida, el punto exacto para tratar las cosas, a partir de las cuáles se consigue formar sin quitar la autenticidad de los que se está formando? Es decir, civilizar sin sustraer la autenticidad del pueblo a ser civilizado, educar sin hacer del individuo un autómata. Hay algo que estimula la aseitas1 y la orienta, según un movimiento que es de ella; el ideal es extrínseco a ella, pero el tropismo por donde se vuelve hacia el ideal es de ella.

 

Utilizando un ejemplo del reino vegetal, se trataría de estimular a la planta para tonificar su tropismo, más que a torcerla o estirarla en una determinada dirección. Es un problema muy delicado que incluso se aplica a los pueblos.

 

Doy un ejemplo: Antes de la Primera Guerra Mundial, ¿qué habría sido posible o conveniente decirle al mundo europeo, a respecto de la cuestión del regionalismo?

 

Archiduque Alberto de Austria.
Museo Quiñones de
León. Vigo, España.

Si fijamos la atención en cómo era el mundo europeo de aquella época, en función del movimiento centrípeto nacional que venía tomando cuenta de aquellos Estados cada vez más centralizados, y del movimiento centrifugo regionalista de todas aquellas viejas regiones de Europa que estaban siendo trituradas, ¿qué sería posible decir para dar un golpe en ese centralismo e indicar el punto de equilibrio entre una cosa y otra?

 

Consideremos a un bretón. Según la idea que tengo, un bretón es un francés, pero de un tipo tal como no hay otro, y que debería ir engendrando notas cada vez más características. ¿Cuál es el punto ideal por donde el bretón es suficientemente francés para que haya una Francia verdadera, pero suficientemente bretón para ser un ciudadano de Bretaña?

 

¡Qué divagación agradable e interesante saldría si pudiésemos lanzar en aquél tiempo un mapa con todos los regionalismos, que son incontables! En España, por ejemplo, tómense las Vascongadas. Yo les garantizo que en las Vascongadas existen particularidades, singularidades, etc. sólo falta que hayan de barrio a barrio dentro de la misma ciudad. Y ¡cuántas diferencias hay entre un granadino y un bilbaíno! Eso se ocultó, de eso no se habló, la literatura no trató de eso; esas diferencias eran tenidas como deformidades que deberían ser rapadas y liquidadas, y sería necesario hacer de Castilla el “monstruo” que deglutió España entera. Así también lo fue Lisboa y toda Europa que estaba pasando por ese proceso. Con la guerra, naturalmente, eso se precipitó mucho más. Y qué cosa magnífica hubiera sido indicar el punto de equilibrio para que fuese la verdadera Europa; que eso que nace de la base continuase creciendo y floreciendo, según modelos locales, pero teniendo algo en común entre sí, que por supuesto competiría al país destilar. Y eso mismo que estoy diciendo es más didáctico que real, porque es demasiado arregladito y bonito para la sociedad orgánica. La sociedad orgánica es menos simple que eso; es más enmarañada, más mezclada que esa realidad que estoy pintando. Y allí está la vida.

 

Entonces, ¿cómo sería necesario tomar cada uno de esos pueblos, como un director de orquesta, toca aquí, allá, acullá, para que la sinfonía de los regionalismos auténticos se desprendiese de una Europa Verdadera? Es un problema muy bonito. Estaba imaginando, por ejemplo, un archiduque de Austria que escribiese un libro para justificar la monarquía dual, y restregase en la cara de Europa lo siguiente: “Nuestra monarquía es más diferenciada que sus países. Uds. dicen que somos unos tiranos porque aplastamos los países, no permitiendo que se separen los que están bajo nuestra hegemonía. Uds. impidieron los nacimientos; ¡son necrópolis de niños! Coordinar los adultos que supimos conservar libres es mucho más difícil que ser administrador de un cementerio de niños”.

 

La esencia de la amistad es metafísica y sobrenatural

 

En lo referente a la mirada, a los gestos, el hombre debe ser educado como esas naciones, en esa correlación entre un tema y otro. Y si un niño tuviese, por ejemplo, una institutriz que afirmase – la que yo tuve me lo dijo varias veces –: “Un hombre educado no gesticula con las manos, y por tanto, tú no eres educado, luego al menos, no digas que no te avisé”. Yo pensé en silencio: “Si no gesticulo, no soy yo mismo. Entonces, prefiero ser un mal educado antes que ser un bien educado pero que no soy enteramente yo mismo. Además, ella misma cuando se deja tomar por determinado tema, también gesticula. Y por lo tanto, esa ‘buena educación’ no sirve, sabré mover mis manos como yo quiero”. Mientras estoy diciendo eso, las muevo.

 

Dr. Plinio durante una
conferencia el 10/10/1992.

Tendría mucho miedo de escuelas que dijesen así: “tres palmetas2 en la mano por gesticular”. Entonces, paso todo el tiempo sin gesticular, pero me siento, irremediablemente como si fuese un piano en el que una nota se quebró. Ahí se ve la dificultad de educar.

 

En el Reino de María, todo eso tiene que nacer por efecto del Espíritu Santo. Bajo ese punto de vista, saber educar, es algo muy delicado.

 

Por lo tanto, la mirada, no puede ser considerada aisladamente de las otras formas de expresión, pues el cuerpo entero, a veces sin percibirlo, completa su retórica. Sin embargo, las otras expresiones realzan la mirada, pero ésta es el punto maestro por donde todas las cosas hablan. Es decir, todo el resto se ordena en función de la mirada.

 

Ahora bien, ¿cuál es la relación entre la mirada y la palabra hablada? En un hombre que canta, su laringe es un instrumento musical, pero la mirada es propiamente la partitura de aquello que es cantado. La mirada agrega a la palabra lo que la partitura adiciona a la escritura; no es solamente la mirada, pero la mirada lo es preponderantemente.

 

Yo encuentro una dificultad en convencer a los demás a este respecto, pero es una verdad que está en el fondo de la cabeza de todo el mundo. Lo que hay de curioso aquí, es lo siguiente: Los hombres, fueron hechos para quererse y amarse unos a otros, pero con un amor metafísico y sobrenatural, que es el único verdadero, mediante el cual, conociéndose profundamente las almas unas a las otras, sintiendo consonancia y armonía, se quieren porque desean cosas en torno a las cuales son consonantes. Es decir, el fondo de la amistad es metafísico y sobrenatural.

 

Puede haber amistad natural, pero cuando ella existe verdaderamente está construida en torno a principios metafísicos no expresados. Y, por ejemplo, la amistad entre dos individuos que fueron educados juntos, de hecho se explica principalmente porque hubo una consonancia entre ambos.

 

E involuntariamente, dos mercaderes que están tratando en el mercado, o un hombre en un banco que presenta un cheque y otro le entrega el dinero, por tanto una operación puramente mercantil, sin darse cuenta, cuando se miran, uno busca en la mirada del otro, aquello que se encuentra en todos.

 

Diafragma de la máquina de fotografía

 

El punto de partida de toda nuestra sociología está en esto: cuando miramos así, cada uno de nosotros tiene un punto que es metafísico. El sujeto no sabe que es metafísico; a él se le presenta como un sentimiento del alma. Y, realmente, ese punto metafísico produce un cierto sentimiento de alma, pero por detrás de éste sentimiento hay una cosa metafísica en la que se siente un cierto aislamiento, porque toda alma padece por vivir aislada en este punto profundo, y pasa su existencia mirando a los otros y preguntando: “¿Ud. es así? ¿Ud. es quien yo buscaba?”

 

Es una cosa muy interesante observar dos personas que se ven por primera vez. ¡La vida, para quien sabe observarla, es interesantísima!

 

Será, por ejemplo, alguien que está atendiendo al público en una de nuestras sedes, y toca el timbre un integrante de la Asociación residente en otro país; los dos nunca se vieron. En la primera mirada ¿qué sucede? Siempre es una búsqueda.

 

A veces, también la hostilidad nace enseguida, porque hubo un rechazo. La hostilidad proviene del hecho de encontrar lo contrario, y a veces, sucede lo siguiente: el sujeto está particularmente desprevenido y con una esperanza subconsciente de que en el próximo toque de timbre va a encontrar una cosa más afable. Aparece un dinosaurio, y eso puede traducirse en un… “¿Así que usted?”

 

Pero esa búsqueda es así: hay una apertura análoga a la de un diafragma de máquina fotográfica que cierra y abre, según el sujeto mueve una pieza. En el ojo, la búsqueda es el diafragma que se abre.

 

Imaginemos un individuo que, al recibir la visita de otro, piensa: “Ese, para mí, forma parte del mundo del anonimato”, y pregunta:

– ¿Ud. qué desea?

El otro responde:

– Vine a cobrar una cuenta.

– Sí. ¿Ud. tiene el recibo?

 

¡Se acabó! La conversación comenzó con los dos diafragmas abiertos, como todas las conversaciones que inician y terminan tantas veces con los diafragmas cerrados.

 

En el fondo, todo aquello de lo que hablaba hace poco, la sinfonía de los gestos, del tono de las palabras, de la inclinación, etc., tiene como objetivo ese punto metafísico.

 

Así, para aquellos que deseamos que tengan con nosotros el diafragma cerrado, porque no hay intercambio posible, en toda nuestra actitud tomamos oposición. Y para aquellos en quienes buscamos alguna cosa, asumimos una actitud diferente.

 

Los restos de la inocencia

 

Y no creo, por más increíble que sea en pleno siglo XX, en el puro interés. Las personas pueden de hecho tratarse según un objetivo, pero esa búsqueda, en el fondo, condiciona – si bien no siempre de un modo decisivo – el trato humano de comienzo a fin.

 

“Vendedora de frutas”. Museo
Provincial, Pontevedra, España.

Incluso un egoísta no tiene en vista solo el mero interés. Decidió entregar su vida a un interés, pero en el fondo de su alma tiene enmarañada, sufrida algo a la manera de una zona del alma que recibió un golpe y está comenzando a quedar infectada, gangrenada, el dolor de aquello que querría haber sido y no fue, que deseaba haber hecho y no hizo, y una cierta búsqueda de alguien que sea consonante con él, con lo que él querría haber sido.

 

El sujeto puede, por el más vil de los movimientos, tomar a una persona con quien él es enteramente consonante y darle un puntapié y decirle: “Si me hago su amigo, dejaré de ser un hombre de interés como yo quiero. Ud. para mí es una tentación. Voy a despedazarte.” Él no da ese puntapié a lo tonto, en vano, porque le acaba doliendo a él.

 

Y un individuo que orienta toda su vida de acuerdo a sus intereses, y que puede llegar a ser un banquero ideal, de repente hace una locura; es la explosión de aquella zona maltratada, esclavizada y ultrajada del alma, que muchas veces no es el lado malo, la que se subleva, es el lado bueno que sufre; son los restos de inocencia. v

 

(Extraído de conferencia del 5/6/1986)

 

1) Aseitas: del latín (ens a se). Término usado por la Filosofía escolástica significando el atributo divino fundamental que consiste en existir por Sí mismo (y que posee en sí mismo el principio de su existencia). El Dr. Plinio lo utiliza aquí en sentido analógico, significando características propias de cada pueblo relacionadas con su vocación.

2) Palmeta: instrumento que se usaba en las escuelas para golpear como castigo en la mano de los niños.