El rezo del Rosario es un medio muy bonito para convivir con la Virgen y una eficacísima arma contra sus enemigos. Al practicar esa devoción, el alma recibe gracias superabundantes y se fortalece para la victoria.

 


 

Tras haber sido entregado por la Virgen María a Santo Domingo de Guzmán, en 1214, como arma terrible contra la herejía albigense, el Santo Rosario no quedó confinado dentro de los límites de la nación francesa, ni restringido a la Orden de Predicadores, sino que se extendió rápidamente por toda la Iglesia, convirtiéndose enseguida en una devoción universal.

 

Se reza el Rosario por todas partes: en la vieja Europa, en las lejanas Filipinas, en las Américas... No obstante, son pocos los fieles que se benefician completamente de esta maravillosa devoción, a causa de una errónea idea: la consideran como una especie de soliloquio durante el cual se rezan unas tantas Avemarías y se piden algunas gracias sin que exista una convivencia real con María Santísima. Nos la figuramos que nos está escuchando desde un lejano lugar, donde atiende, siempre benévola, las pocas peticiones que le llegan.

 

Ahora bien, ocurre exactamente lo contrario: el rezo del Santo Rosario es uno de los momentos en los que la Santísima Virgen está más cerca de nosotros y nos habla con más elocuencia. La siguiente historia ilustrará esta realidad tan patente para el que logra verla con los ojos del alma.

 

Un joven encarcelado en una terrible prisión

 

Puuum! Se oyen tiros, unas bombas explotan en la ciudad. Los rebeldes han cumplido su promesa. Toda la población ya estaba en alerta: si sus reivindicaciones no eran atendidas, el Gobierno sería derribado por la fuerza. Las invasiones empezarían por los edificios públicos, aunque optaron apoderarse antes del gran monasterio, a fin de convertirlo en su guarida e instalar allí la cárcel.

 

Al sentir que las turbas irrumpían en el convento, casi todos los monjes escaparon por un pasadizo situado en el fondo. Pero alguien se quedó rezagado: un joven había llegado hacía pocos días y no estaba al corriente de los acontecimientos. Al encontrarse con una pandilla de invasores que andaban agitadamente por el claustro, intentó huir, pero viendo que no lo conseguía, luchó contra ellos con todas sus fuerzas.

 

El número de malhechores era muy grande y enseguida lo subyugaron. Tras golpearle rudamente, lo encerraron en una de las últimas celdas de la torre. Antes de desmayarse oyó decir al capataz que esperarían hasta el día siguiente para ejecutarlo, porque tal vez tendría valor como rehén.

 

Recordando uno de los primeros consejos del abad

 

Pasaron unas horas y el joven monje volvió en sí. Todavía desorientado, se acordaba de lo que había sucedido y comenzó a pensar en la forma de salir de allí. Tenía que hacerlo pronto, pues le quedaban pocas horas de vida...

 

Preso en lo alto de aquella torre, en una celda completamente vacía, apenas tenía fuerzas para levantarse del suelo. Consigo sólo llevaba la túnica que lo cubría y, en el bolsillo, un rosario. A medida que el sol se iba poniendo, todo se teñía con los colores de la desolación y del infortunio. Cuando las tinieblas se apoderaran de la habitación, ya no habría más esperanza.

 

En ese instante, le vino a la mente uno de los primeros consejos que había recibido del abad: “Hijo mío, ten devoción a la Virgen y todo estará resuelto. Ten devoción a la Virgen y serás el héroe más grande de la Historia”.

 

“Sí —pensó—, hasta ahora no he sido un devoto muy fervoroso como debería serlo, pero suplico que esta última oración mía repare todas las lagunas anteriores”. Cogió el rosario de su bolsillo y empezó a rezar con mucho fervor, como el abad le había enseñado. Mientras meditaba los misterios le parecía que veía la figura del Señor y que conversaba con la Virgen.

 

“Supiste usar el arma más poderosa”

 

Cuando terminó la oración, se sintió revigorizado. Al levantar la cabeza vio un último rayo de luz que atravesaba el vitral de la claraboya y coloreaba uno de los rincones de la celda. Se incorporó con mucho esfuerzo y fue hasta ese lugar. Alzando un poco una apertura que había en el entarimado descubrió un compartimento que guardaba una cadena y una daga.

 

Las ideas le vinieron rápidamente. Usando esos objetos y tomado por renovadas fuerzas, consiguió escalar algunos metros de aquella pared irregular hasta alcanzar un vástago de metal que accedía a la claraboya.

 

Las vidrieras estaban abiertas, y como el sol ya se había puesto, era posible bajar del edificio sin ser visto. Es lo que hizo. Con la cadena se iba sujetando en las protuberancias de la pared exterior y con la daga se fijaba en las concavidades. No lo pensaba mucho, seguía con confianza, rezando ininterrumpidamente. Después de un rato, alcanzó la base del edificio. Corrió sin ser percibido en dirección al bosque, notando, sin embargo, que los rebeldes habían depredado el monasterio y profanado las imágenes sagradas.

 

Al llegar a un lugar seguro, sintió que se desfallecía. Exhausto, sin la mínima posibilidad de salir en busca de auxilio, cayó tumbado entre los árboles. De repente, una gran claridad y un perfume maravilloso inundan el ambiente. Delante de él se le aparece la propia Reina de los Cielos, que toma la cadena y la daga de sus manos y lo ampara en sus brazos diciéndole: “Hijo mío querido, supiste usar el arma más poderosa: la oración. Está seguro de que por el rezo del Rosario unes el Cielo a la tierra y recibes instrumentos eficaces para luchar y vencer por mí”.

 

Y añadió: “Pensabas que estabas solo, pero siempre me hago presente y hablo contigo durante todo el Rosario. Por haber seguido la voz del santo abad y rezado con fervor, todas tus faltas han sido reparadas. Sigue de frente y encontrarás a tus compañeros, que van a reconquistar el monasterio y derrotar a esos rebeldes. No temas, yo estaré a tu lado”.

 

Espléndida conjunción entre oración vocal y mental

 

Esta breve historia evoca en nuestros corazones las maravillas que provienen del rezo del Santo Rosario. Como bien explica el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, en esa oración se reúnen la oración mental —a través de la meditación de los misterios de la vida del Señor y de su Madre— y la oración vocal. Tal conjunción “es verdaderamente espléndida, pues mientras se pronuncia con los labios una súplica, el espíritu se concentra en un punto”.1

 

El Dr. Plinio aún afirma: “Así el hombre hace en el orden sobrenatural todo lo que puede. Porque a través de sus intenciones se une a aquello que sus labios pronuncian, y por su mente se entrega a aquello que su espíritu medita”.2

 

Y en esta conjunción es cuando el Cielo baja a aquel que eleva su espíritu a las maravillas celestiales. Durante la contemplación de los misterios, se forma en el alma de quien reza un eslabón de unión entre la eternidad y el tiempo, entre el Cielo y la tierra, una prefigura de la contemplación del gran misterio de la Santísima Trinidad.

 

En esa convivencia sobrenatural, el alma recibe gracias superabundantes para progresar en la vida espiritual y se fortalece para vencer todas las batallas que le vengan. Así que se puede considerar al Rosario como una cadena que ata el Cielo a la tierra, un fácil medio de convivencia con la Virgen y una eficacísima arma contra sus enemigos.

 

1 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. O Rosário, caminho para a vitória! In: Dr. Plinio. São Paulo. Año XIII. N.º 146 (Mayo, 2010); p. 26. 2 Ídem, ibídem.