Las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa nacen en la familia auténticamente católica con la misma naturalidad con que los buenos árboles dan hermosas flores y buenos frutos.

 


 

Nadie puede negar el papel fundamental que la familia desempeña en el florecimiento del llamamiento al sacerdocio y a la vida religiosa, ni el hecho de que una de las principales causas de la actual crisis de vocaciones sea el escaso número de matrimonios que rezan junto con sus hijos, enseñándoles la esencial función que la religión ejerce en sus vidas e invitándoles con su propio ejemplo a practicar los Mandamientos.

 

En las familias donde el padre y la madre, aun diciéndose cristianos, viven como si Dios fuera un ente “con il quale o senza il quale, il mondo va tale quale”1 no surgen vocaciones religiosas. O, peor todavía, nacen y empiezan a florecer, pero enseguida se marchitan al faltarles las condiciones para convertirse en el bello fruto que estaban llamadas a ser.

 

San Basilio y su familia Eparquía de Edmonton (Canadá)

Así pues, más que en cualquier otra era histórica, la Iglesia tiene una urgente necesidad de familias como la de Macrina la Mayor, para vencer la grave crisis que atraviesa.

 

Una familia de santos, ya en los comienzos de la Iglesia

 

Nació Macrina a finales del siglo III en Neocesarea del Ponto (actual Niksar, Turquía), ciudad populosa y próspera, en la cual imperaban la idolatría y los vicios característicos del paganismo. Sin embargo, también flotaban en el ambiente misericordiosos designios de Dios, quien envió allí a San Gregorio el Taumaturgo, un auténtico pastor.

 

Durante cerca de dos décadas, Gregorio predicó el nombre de Jesucristo con tan excelente resultado que, en la víspera de su muerte, informado de que vivían en la ciudad tan sólo catorce paganos, cuentan que elevó al Cielo esta exclamación: “¡Gracias sean dadas a Dios! Cuando llegué aquí no había más que diecisiete cristianos”.

 

Macrina se convirtió en una ferviente admiradora y discípula suya. Y basándose en las enseñanzas y en el ejemplo recibidos del santo prelado, le transmitió a su hijo Basilio una sólida formación. Éste se casó con una joven tan virtuosa como él y ambos merecieron, por su edificante vida, ser venerados como San Basilio el Anciano y Santa Emelia.

 

El Señor les concedió diez hijos, y a cuatro de ellos la Iglesia los elevó a la honra de los altares: San Basilio Magno, San Gregorio de Nisa, San Pedro de Sebaste y Santa Macrina la Joven.

 

Bastaba mirar a Macrina y seguir su ejemplo

 

Los tres varones, principalmente San Basilio Magno, son bastante conocidos. En cambio, de Santa Macrina la Joven poco se sabe; no obstante, ella fue el instrumento más potente que Dios utilizó en la obra de santificación de esa bendecida familia.

 

Basilio, su padre, era un hombre de apreciable fortuna y notable prestigio; su madre, Emelia, se esmeró en darle una buena formación cultural y, sobre todo, religiosa. No le faltaban pretendientes para un brillante casamiento, pero a los 12 años ella misma eligió el rumbo de su vida: sería esposa de Jesucristo.

 



Más que en cualquier otra era histórica, la Iglesia tiene
una urgente necesidad de familias santas
para vencer la grave crisis que atraviesa


Aspectos del XIV Congreso Internacional de Cooperadores
de los Heraldos del Evangelio,
realizado en Caieiras (Brasil), del 27 al 29 de julio de 2018

Tras el fallecimiento de su padre, secundó a su madre en la educación de sus hermanas y hermanos más pequeños, y cuando ya no necesitaban sus cuidados se estableció en una propiedad de la familia, con un grupo de mujeres deseosas de llevar una vida de perfección.

 

Su día a día se regía por la estricta observancia de una “Regla” que no precisaba ser escrita, pues se componía de un solo artículo: amar a Dios sobre todas las cosas. ¿Cómo cumplirla? Muy sencillo: bastaba mirar a Macrina e imitar su ejemplo; ella era la Regla viva. Tan irresistible era la fuerza de atracción de la santidad de esta joven que su propia madre decidió unirse a ellas en la vida de recogimiento, contemplación y oraciones.

 

En las familias católicas es donde brotan las vocaciones

 

De la contemplación nace el deseo de atraer almas hacia Dios. Como buena maestra de sus hermanos pequeños y adolescentes, Macrina les enseñó a despreciar el mundo, huir de las riquezas, amar la oración y la Palabra de Dios. Y no dejó de seguirlos con vigilante mirada cuando ya eran adultos.

 

Al respecto, San Gregorio de Nisa nos deja un valioso testimonio: al ver ella como su hermano, el futuro San Basilio Magno, parecía que dudaba entre una brillante carrera y el servicio a Dios, “Macrina lo guio con tal rapidez hacia el objeto de la verdadera filosofía que, apartándose de la que el mundo adora, renunció a la gloria de la elocuencia para consagrarse por completo a una vida pobre y laboriosa”.2

 

Ese es el verdadero poder que un alma que verdaderamente ama a Dios tiene para persuadir e influenciar: en un momento determinado la vocación de San Basilio Magno, lumbrera de la Santa Iglesia, ¡dependió de la intervención de una humilde virgen!

 

¿Un modelo aún válido para nuestros días?

 

Familias ejemplarmente católicas ha habido varias a lo largo de la Historia de la Iglesia. Basta recordar a Santa Teresa del Niño Jesús, cuyos padres han sido canonizados recientemente. También hubo casos como el de San Bernardo de Claraval, que a los 20 años renunció a una prometedora carrera y arrastró consigo al monasterio a su propio padre, a todos sus hermanos y a numerosos amigos.

 

Pero ¿acaso esos ejemplos continúan válidos en nuestros días?

 

A juzgar por lo que vemos en gran número de parejas que se dicen cristianas, la respuesta debería ser negativa. Pero recorriendo los patios y los vastos salones en los cuales se desarrolló el XIV Congreso Internacional de Cooperadores de los Heraldos del Evangelio, realizado del 27 al 29 de julio de este año, se percibe un panorama muy distinto.

 

Entre los más de 1200 participante en el evento se encontraba una mujer, ya viuda, madre de tres hijos sacerdotes heraldos y de una hija religiosa, con votos perpetuos. En otro rincón, un matrimonio que no dudó en dar a la Santa Iglesia a sus seis hijos: dos sacerdotes heraldos y cuatro religiosas, también con votos perpetuos. Más allá, charlando en un animado corrillo, la madre de dos sacerdotes heraldos descubre que una de sus interlocutoras es madre de una religiosa y de un presbítero... Sin hablar del gran número de matrimonios cuyos hijos se preparan para el sacerdocio o cuyas hijas no anhelan más que pronunciar cuanto antes los votos perpetuos.

 

Ahí está la solución del problema. Cuando los miembros de una familia tratan de ser verdaderamente católicos, surgen y crecen en su seno las vocaciones sacerdotales y religiosas con la misma naturalidad con que en los buenos árboles brotan hermosas flores y buenos frutos.

 

1 “Con el cual o sin el cual, el mundo va tal cual”.

2 SAN GREGORIO DE NISA, apud ANGELI, Antonio. Basilio di Cesarea. Milano: Àncora, 1968, pp. 31-32.