Volvamos nuestros pensamientos a la noche de Navidad. Que nuestros oídos se extasíen con este tan conocido villancico: “Noche de paz, noche de amor, todo duerme en derredor”.

 


 

Es imposible meditar sobre la Navidad sin que nos venga a la mente —y casi diríamos, a los oídos— las luminosas y armoniosas palabras con las que “una legión del ejército celestial”, que apareció de pronto en torno al ángel que le anunciaba a los pastores el nacimiento del Redentor, “alababa a Dios diciendo: ‘Gloria a Dios en el Cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad’ ” (Lc 2, 13-14). Este anuncio, tan lleno de simplicidad que hasta un niño lo puede entender, encierra verdades muy profundas.

 

Al fin, ¿qué es la paz?

 

¡Cuántas veces hemos oído hablar de paz durante este convulsionado año que está a punto de terminar! Sin embargo, poco se ha oído de la “gloria a Dios en el Cielo”; y cada día vemos menos hombres “de buena voluntad”, llenos de amor al prójimo, con buena disposición en las relaciones de unos con otros.

 

Belén de la casa de los Heraldos en Ponta Grossa (Brasil)

A la vista de ello, nos preguntamos: ¿Por qué deseando tanto la paz, los hombres no la encuentran? ¿Qué viene a ser concretamente la paz?

 

Algunos la consideran una situación de bienestar sin enfermedades, adversidades, riesgos; una situación en la cual se pueda hacer en interrumpidos deleites todo el recorrido de la vida terrenal. Para ellos la gloria de Dios no tiene nada que ver con la paz en la tierra. Son hombres y mujeres plasmados en la mentalidad de que esa gloria es algo totalmente insignificante.

 

Ahora bien, no se puede disociar de la gloria de Dios la paz en la tierra. Si los hombres no le dan a Dios la gloria debida, la consecuencia evidente es que no habrá paz en el mundo. Cuando la adoración al dinero, la divinización de las masas, la desenfrenada búsqueda de los placeres, el dominio despótico de la fuerza bruta, en fin, cuando el paganismo en todos sus aspectos va invadiendo la faz de la tierra, la consecuencia es la falta de paz en la que vivimos. Buscamos la paz y no la encontramos, se niega a convivir con nosotros.

 

Enseña San Agustín que la paz es la tranquilidad del orden, es decir, no una tranquilidad cualquiera. Por lo tanto, sólo hay verdadera paz donde reina el orden. En medio del desorden podrá haber mucha tranquilidad, como la existente en el estancamiento de los pantanos, aunque paz... no habrá.

 

Dirijamos la mirada al Niño Jesús

 

Viendo esto, acabamos sintiendo a nuestro alrededor un abismo entre lo ideal y la realidad de lo que vivimos. En nuestra mente se confrontan la justicia y la injusticia, el bien y el mal, la virtud y el pecado.

 

Aparentemente, hoy día hemos llegado a conquistar el mundo entero. La ciencia y la tecnología nos invaden, prestándonos numerosos servicios prácticos. Máquinas y más máquinas ejercen funciones que sorprenden. Pero... no tenemos tranquilidad, la moralidad escasea, la honradez se ha vuelto una rareza y, sobre todo, nos falta la fe.

 

Un viejo psiquiatra me comentaba que incluso los enfermos cuando pierden la religiosidad no tienen paz de alma. El desasosiego corroe los corazones de nuestros contemporáneos. Nos esforzamos pensando en cómo obtener una correcta disposición de todas las cosas de la vida terrena y no hay nada mejor para ello que dirigir nuestros pensamientos hacia la noche de Navidad.

 

Dejemos que nuestros oídos se extasíen con ese cántico, de todos conocido y tantas veces recitado: “Noche de paz, noche de amor. Todo duerme en derredor”. Es el villancico Stille Nacht, que nos eleva, cada año, en su manifestación de compasión para con el Niño Jesús recién nacido, como diciéndonos: es tan pequeño este Dios infinito, es tan infinito este Dios pequeño. Cuando la oímos o la cantamos, esta bella canción navideña nos inspira movimientos interiores de ternura y de respeto.

 

Volvamos la mirada hacia el divino Infante. Decía un gran católico del siglo pasado: “Vos, Señor Jesús, Dios humanado, sois entre los hombres el Príncipe de la Paz. Sin Vos la paz es una mentira y, finalmente, todo se convierte en guerra”.1 Lo veremos en los belenes o nacimientos durante el tiempo de Navidad, en la augusta pobreza de una gruta, junto a la Virgen María, su Santísima Madre, y de San José. Podremos contemplarlo en la fragilidad de un bebé puesto en un pesebre, ¡cuán tosco y pobre!

 

Ahí está quien nos invita a transformar el curso de la Historia de los hombres, a salir del punto muerto que nos llena de tristeza. Nos está invitando a seguir las vías de la austeridad, del amor a la cruz, de la justicia ante todo tipo de iniquidades, del desapego de los placeres ilícitos, a una pureza de vida en un mundo lleno de depravaciones.

 

La paz debe ser construida en los corazones

 

Si la humanidad caminara en el cumplimiento de la Ley de Dios, enseguida acabaría esta crisis moral, esta crisis de fe, esta crisis religiosa. La responsabilidad está en nosotros mismos. Que se produzca en nosotros una metanoia, un cambio de mentalidad. Sin eso, resultará vano todo lo que se intente llevar a cabo.

 

Y cuando nos inclinemos ante el pesebre, mirando con encanto las pequeñas imágenes de la Sagrada Familia, y sintamos cómo Dios ha querido ponerse a nuestro alcance, pidamos con confianza por nuestra reforma personal y por la del prójimo. Entonces, sí, estaremos seguros de que habrá una solución para la crisis contemporánea. “En primer lugar”, afirmó Benedicto XVI, “la paz se debe construir en los corazones. Ahí es donde se desarrollan los sentimientos que pueden alimentarla o, por el contrario, amenazarla, debilitarla y ahogarla”. Y agregó sabiamente: “Por lo demás, el corazón del hombre es el lugar donde actúa Dios”.2

 

En la Santa Misa, los fieles rezan a coro al acercarse el momento de la comunión: “Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz”. Que el Niño Jesús, la Virgen María y San José derramen sobre todos nosotros sus bendiciones y llenen nuestros corazones de las santas y puras alegrías de la Navidad, dándonos la paz verdadera: la paz de Cristo.

 

1 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. A glória de Deus no alto dos Céus, aspecto secundário do Natal? In: Catolicismo. Campos dos Goytacazes. Año XIII. N.º 156 (Diciembre, 1963); p. 2.

2 BENEDICTO XVI. Mensaje al obispo de Asís, 2/9/2006.