Con el alma impregnada de admiración, el Dr. Plinio describió en una de sus conferencias cómo se imaginaba la convivencia diaria de la Sagrada Familia y compuso una conmovedora oración glorificando la majestad del Niño Jesús unida al sufrimiento.

 


 

Frecuentemente nos encontramos con estampas pintorescas, respetables, decorosas y dignas, que representan la santa casa de Nazaret, donde residió la Sagrada Familia. Se empeñan, en general, en mostrarla con una pureza diáfana, penetrada por la luz de un día lindamente luminoso. Pero no sólo es eso: se percibe ahí una claridad que, al ser matinal en la madurez del día, pone de relieve la conjugación de una sencillez absoluta con una limpieza absoluta.

 

Limpieza eximia y sencillez sublime

 

¿Qué decir de la limpieza de esa casa?

 

La Sagrada Familia - Museo del convento
de Santa Catalina, Quito (Ecuador)

Es difícil imaginarlo, porque tal vez ni siquiera los ángeles tendrían el privilegio de limpiarla. Eran la Virgen, Reina de los ángeles, y San José, su castísimo esposo, los incumbidos de esa tarea. Y a veces cuando estaban cansados, el propio Niño, ante todos los coros angélicos extasiados, limpiaba la casa para que sus padres pudieran descansar.

 

En un rincón de la sala, vemos un sencillo jarrón del cual se yergue una azucena. De su tallo perpendicular y muy erecto, como lo son la virginidad y la pureza, brota el cáliz de una flor maravillosa. Es el único elemento que habla de arte, de buen gusto en todo el ambiente.

 

Pero al mirar hacia el punto en el que una silla se apoya en el suelo, o bien hacia una repisa de madera tosca que soporta tres o cuatro pequeños objetos indispensables para la vida diaria, uno se queda extasiado, sin saber qué decir. Esas sublimes bagatelas, tan corrientes en la existencia cotidiana, al estar colocadas bajo aquella luz adquieren un carácter maravilloso.

 

Y para realzar muy adecuadamente la humildad de personajes tan puros, se presenta dentro de esa decoración la Sagrada Familia. San José, sentado, está torneando un mueble; la Virgen está cosiendo; y el Niño, de pie, es aún tan pequeño que se apoya en una silla vacía para jugar con dos o tres objetos, usándola como si fuera una mesa.

 

Atentos a los gestos, a la voz, a la mirada del Niño Jesús

 

Silencio absoluto. Ninguno de los tres pronuncia palabra alguna, pero todos se entienden superlativamente. Se coadunan en ese lugar el día a día sencillo de una familia obrera y el encanto de las consideraciones metafísicas hechas por Nuestra Señora y San José, que vivían inundados por la presencia el Niño, con todo lo que esto significaba.

 

Nacido de la Virgen Madre, Él era de la raza de David y, por tanto, de la misma estirpe de San José. Éste poseía sobre su hijo, fruto de las entrañas de su esposa, un auténtico derecho de padre. Pero Jesús había sido engendrado por el Espíritu Santo en el seno virginal de María, la flor del género humano.

 

¿Qué decir de ello? ¡No hay palabras que lo describan!

 

La Santísima Trinidad “se movía”, por así decirlo, siguiendo el más mínimo movimiento del Niño. Incluso cuando jugaba con algunas piedritas o tocaba cualquier cosa, era contemplado por todos los ángeles del Cielo. Su infancia, no obstante, iba desarrollándose de acuerdo con el orden puesto por Dios en la naturaleza humana, incluso siendo tan elevada y distante del pecado original como era la del Niño Jesús, Hijo de María Virgen, concebida sin pecado original desde el primer instante de su ser.

 

Por consiguiente, podríamos imaginárnoslo en las escenas más comunes de la vida de un niño, como, por ejemplo, buscando algún objeto. En cierto momento, dudaría sobre dónde estaría y, antes de que consiguiera encontrarlo, recorrería sin éxito otros lugares, sea porque Nuestra Señora o San José lo habían cambiado de sitio, sea porque el pañito que andaba procurando había sido desplazado por el viento sin que Él se diera cuenta.

 

¿Qué repercusión tendrían episodios aparentemente tan simples en las relaciones entre las tres Personas de la Santísima Trinidad?

 

Por otra parte, San José y María Santísima debían cuidar de los quehaceres domésticos tratando, tanto como les fuera posible, no perder ni un gesto suyo, estando siempre atentos a la mínima emisión de su voz, hermosa como una música inefable.

 

La más fugaz de las miradas del Niño Jesús era un tesoro enorme; el menor de sus movimientos poseía una majestad y una gracia inexpresables. Ellos sabían que era el Hombre Dios el que dudaba, se movía, hablaba... ¡Podemos imaginar el encanto sin fin que los inundaba!

 

¿Cómo sería la convivencia diaria en la Sagrada Familia?

 

Algunas veces también ocurriría que, por las contingencias de la vida concreta, por la necesidad de prestar atención en los quehaceres cotidianos, desviaban su atención del Niño y, al volver nuevamente la mirada hacia Él, se encontraban con una actitud inesperada. Ciertamente la comentarían entre sí, cuchicheando; y si uno de los esposos estuviera fuera de la casa en ese momento, cuando llegara recibiría encantado una “crónica” detallada por el otro.

 

En otras ocasiones era el Niño Jesús el que saldría a jugar al jardín con algún niño, mientras San José y Nuestra Señora se quedaban dentro de casa, conversando: “¿Qué estará haciendo nuestro hijo?”. Sabían que no estaría únicamente satisfaciendo el deseo infantil de entretenerse con un compañero, pues todo lo que hacía tenía un significado muy profundo.

 

¿Cómo sería, en suma, las relaciones concretas entre los tres, en la casa de Nazaret? ¿Tendrían entre sí algún tipo de interlocución que en todo momento hiciera referencia a la naturaleza divina de Jesús? ¿Y, el Niño, a la virginidad fecunda de su Madre y a la virginidad milagrosa de San José floreciendo en un casamiento casto? ¿O serían esos temas conocidos y venerados por ellos, pero poco comentados, dejándolos habitualmente implícitos y hablando sobre ellos tan sólo en las grandes ocasiones, cuando del Cielo bajaban luces extraordinarias?

 

A excepción de los momentos en que, al contemplar al Niño, la santa pareja tuviera éxtasis místicos, tal vez el resto del tiempo transcurriría en una vida común, marcada por los asuntos cotidianos:

 

—José, esposo mío, ¿habéis sido vos quien ha abierto esa puerta? ¿Por ventura queréis salir ahora a llevar el banco que acabáis de hacer o preferís quedaros aquí todavía?

 

—Señora, aún necesito quedarme aquí, excepto si vuestra voluntad fuera otra...

 

Poco tiempo después diría San José: —Señora, os habéis distraído —él sabía bien que Ella ¡había estado conversando con los ángeles!— y la comida ya lleva un rato en nuestro humilde hornillo; id a ver cómo anda...

 

En fin, podríamos imaginar de todo...

 

Refulgiendo como en el Tabor

 

Sería propenso a creer que, en lo asombroso de esa convivencia familiar, se dieran concomitantemente las situaciones más contrapuestas. Todo, no obstante, se armonizaba de acuerdo con una fórmula maravillosa que no sabemos cuál es, pero podemos intuir.

 

La Sagrada Familia - Concate dral de San José,
Nueva York

Debía haber momentos de una seriedad extraordinaria, de una gravedad sublime, en que la Santísima Trinidad se manifestaba a la santa pareja. También debía haber momentos en que aquel Niño, que reluciría de modo tan esplendoroso entre Moisés y Elías cuando fuera adulto, se presentaba delante de ellos con un brillo inopinadamente intenso pidiéndoles permiso para jugar en el jardín. Pasaría cierto tiempo sin que consiguieran responderle y Jesús, mientras tanto, esperaría reluciente la autorización paterna. ¡Habían sido completamente transportados a otro mundo, pues estaban ante Dios!

 

Podría ocurrir igualmente que, después de haber contemplado tanto esplendor, no comentaran nada entre sí, y María le dijera a José:

 

—Ya se está haciendo tarde, ¿no? Voy a recoger la ropa que está afuera.

Y él respondería:

—Señora, he de terminar el objeto que me han encargado para hoy por la tarde.

Mientras Ella salía para coger la ropa, el trozo de madera que estaba siendo trabajado por José tomaba rápidamente la forma que él quería darle. Al regresar, la Virgen miraba el objeto finalizado y decía:

 

—Señor, ¿ya está listo el encargo?

—manifestando su sospecha de que hubiera sido concluido por los ángeles. Y él, discreto, contestaría:

—Señora, a veces las cosas van muy deprisa...

 

Momentos prefigurativos de la Pasión y del Reino

 

Hay un matiz en esa convivencia de la Sagrada Familia que no veo reflejado en la iconografía, y comprendo que sea así, pues no es fácil reproducirlo.

 

En la santa casa de Nazaret todo estaba impregnado de una respetabilidad, de una majestad, de una seriedad augusta, de una determinación fuerte. En suma: de una seriedad y de un dolor desconcertantes.

 

Algunas veces el Niño aparecería súbitamente ante el bienaventurado matrimonio llagado de pies a cabeza, consumido por el dolor y llevando dos palitos en la espalda. Era una prefigura de la cruz. Ellos se quedaban con el corazón partido al verlo andar así de un lado a otro con determinación, o haciendo gestos al Padre eterno en lances anunciadores de la Agonía en el Huerto. ¡Qué dolor, qué nobleza, qué majestad!

 

En otros momentos, se presentaría como rey, manifestando en sí una grandeza en comparación con la cual los césares romanos se asemejaban a niños de la calle. Y, así, podríamos imaginar las más augustas manifestaciones de veneración, respetabilidad, honorabilidad.

 

¡Vos sois todas las grandezas y magnificencias!

 

Poco numerosas son las almas que consiguen habitar en el dolor. Más raros aún son los que no se cansan de admirar la majestad. Con todo, quien tuviera un alma enteramente recta, ante la grandeza de escenas como esas, se arrodillaría y diría:

 

“¡Oh Majestad divina, cuánto os he buscado sin saber que era a Vos a quien buscaba! ¡Cuánto os he deseado! ¡Cuánto me empeñé en recoger hasta las menores hilachas de majestad que encontraba en mi camino y detenerme a con templar en ellas la grandeza que aún no conocía!

 

“Pero finalmente, oh Majestad, ¡os encuentro! ¡Majestad, os comprendo! ¡Tenéis el imperio sobre los ángeles! ¡En Vos habita toda grandeza!

 

“Cuando aparecéis ante mí, pienso en el estruendo de las cataratas más caudalosas que, sin embargo, son minúsculos grifos abiertos ante Vos. El océano parece un dedal de agua en vuestra presencia, y todas las magnificencias de la tierra no son nada en comparación con Vos.

 

“¡Oh Majestad, cuánto os he buscado! ¡Oh patria de mi alma, por fin os encuentro!

 

“Cuando fijaba la mirada en la Iglesia y renovaba encantado mi acto de fe, no sabía que uno de sus nombres era ‘Majestad’. Ahora lo comprendo. La Santa Iglesia Católica Apostólica Romana es el receptáculo de vuestra majestad, el vaso de vuestra honorificencia!

 

“Si yo viera a María, ¡qué majestad! Si yo viera a José, el modesto carpintero, ¡qué majestad! Si yo viera al Niño, ¡mi alma procuraría rimas para celebraros, oh Majestad!

 

“Mis brazos ansiarían un escudo y una espada para defenderos. Mi cuerpo entero se tensaría ante la posibilidad de proclamaros ante los hombres, ¡oh Majestad!

 

La Sagrada Familia - Santuario do Caraça (Brasil)

“Y precisamente porque os comprendo, oh Majestad, comprendo también que en vuestra inmensidad caben todas las otras cosas. No hay amor paterno ni materno, ni cariño fraterno, ni amistad, ni socorro, ni protección, ni nada de lo que el corazón humano pueda producir de más suave y tierno, que no habite en Vos, ¡oh Majestad! Vos sois todas las grandezas, todas las magnificencias, incluso hasta en las cosas pequeñas.

 

“Vos sois mi reposo cuando estoy cansado; la tranquilidad y la armonía de mi sueño; la alegría de mi despertar”.

 

En el santuario de la majestad, al pie de la cruz

 

¿Quién comprende así la majestad? ¿Quién percibe que bien en el centro de su santuario inconmensurable hay un altar destinado a ofrecer su propio sufrimiento?

 

Es ahí donde debemos ofrecer esa forma de dolor de espíritu que es la ascesis, por la cual el hombre abandona lo que es frívolo, superficial, fútil, y se vuelve hacia lo serio y profundo. La mente se esfuerza por alcanzar la verdad; anda procurando en cuerpo y alma lo bueno y lo bello, en un holocausto mil veces repetido en pro de la verdad, del bien y de la belleza.

 

Sin ese dolor, para nosotros, concebidos en el pecado original, no tendría sentido el santuario infinito de la majestad. Esta es la verdad: en nuestra vida siempre existe el dolor, siempre está la cruz, la cruz sacrosanta de Nuestro Señor Jesucristo.

 

¿Quién ama el dolor? ¿Quién ama la cruz? Sin embargo, el vínculo entre la majestad y la cruz es tal que, a partir de cierto momento de la Historia cristiana, ninguna corona ha sido concebida sin que estuviera encimada por una cruz. Ésta representa el pináculo de la majestad, y el hecho de que sea relativamente pequeña con relación a la corona da la idea de una tal superioridad que se vuelve difícil contemplarla. ¡Tal es la majestad de la cruz!

 

¿Quién amará esos pensamientos? ¿Quién se habituará a convivir con ellos? ¿Quién querrá morar en el santuario de la majestad, arrodillado a los pies de la cruz?

 

Extraído, con adaptaciones, de la revista “Dr. Plinio”. São Paulo. Año XVII. N.º 201 (Diciembre, 2014); pp. 18-21. _