Las almas que tienen un verdadero sentido de jerarquía, aman a los que les son superiores y se encantan al admirar lo que es inferior. Así fue en la humilde casa de Nazaret. Dr. Plinio medita en el relacionamiento de la Sagrada Familia, basado en la contemplación mutua de las perfecciones desiguales, armónicas y prominentes de cada uno de sus miembros.

 


 

Narra el Evangelio que el Niño Jesús crecía en gracia y en santidad ante Dios y ante los hombres (Luc 2, 52). Si es verdad que Él crecía, cualquiera que fuese la naturaleza de este crecimiento, es algo de una perfección perfectísima.

 

Ascensión continua de gracia y santidad

 

Nuestra Señora, al lado del Niño Jesús, concebida sin pecado original y confirmada en gracia desde el primer instante de su ser, por tanto, también Ella sin defectos — y lo importante de la consideración está en esto —, crecía paso a paso, constantemente.

 

Sagrada Familia - Parroquia
de San José, Sevilla, España

Al lado de ellos estaba San José. Es difícil elogiar a un hombre con alguna grandeza terrena, después de meditar en la grandeza de San José, el hombre casto, virginal por excelencia, descendiente de David. Nos dice San Pedro Julián Eymard en una de sus conferencias —el no cita el documento, pero afirma— que era el jefe de la Casa de David y el pretendiente legítimo al trono, usurpado, derrumbado, de un Israel dominado por falsos reyezuelos de los reinos en que se había dividido, y dominado por los romanos. Pero el pretendiente legítimo era él, varón tan perfecto que el Espíritu Santo modeló para tener proporción con Nuestra Señora.

 

¿Podemos imaginar lo que esto representa? Nuestra Señora, una mera criatura, pero que en el orden de lo creado llegó a una tal altura, que lo único que no se puede decir de Ella, es que es Dios.

 

¿Cómo es el hombre formado por el Espíritu Santo para estar proporcionado a tal Esposa? ¿A qué altura, a qué pináculo este hombre debe haber llegado? Las palabras humanas no lo pueden expresar.

 

Es verdad que él también —yo personalmente no tengo ninguna duda— era confirmado en gracia. Entonces, en la humilde casa de Nazaret, que después los Ángeles llevaron a Loreto, en Italia, había una ascensión en gracia y santidad de las tres Francisco Lecaros Sergio Hollmann personas excelsas que vivían allí. Si en aquel tiempo hubiese reloj capaz de hacer tictac, diríamos que a cada tictac aquellas tres personas crecían en gracia y santidad delante de Dios y delante de los hombres.

 

Perfecciones que llegaron al auge

 

En cierto momento la Providencia se llevó a San José. Él es patrono de la buena muerte, porque todo nos lleva a pensar que Nuestra Señora y Nuestro Señor asistieron a su muerte y lo ayudaron a morir. No podemos imaginar una muerte mejor que la de él, admirable, perfecta. A su lado estaban Nuestra Señora y Nuestro Señor, ayudándolo a llevar, hasta el último momento, su alma a aquella perfección altísima para la que fue creado. No era la perfección de Nuestra Señora, era una perfección menor. Si él alcanzara el extremo de su perfección, llegaría a una altura menor que la de Nuestra Señora, pero era la enorme perfección para la cual fue llamado.

 

Nuestra Señora subía a cada instante a una perfección mayor. No sabemos qué decir, sólo los Ángeles, que podrán cantar en el Cielo para que comprendamos cuál es esta perfección. Por encima de todo, de modo supereminente, Nuestro Señor.

 

Sagrada Familia - Museo del Prado, Madrid, España

Cuando la mirada empañada de San José ya se iba apagando a esta vida, volviéndose a su Esposa y a Aquel que jurídicamente era su Hijo —porque él tenía derecho paterno sobre el fruto de las entrañas de María— contemplaba, hasta en los últimos instantes, lo que fue el encanto de toda su vida: ver aquellos dos subir, subir, subir en perfección. Y viéndolos subir, a la vez subía también él.

 

Esa ascensión continua fue, a mi modo de ver, el encanto de Dios y de los hombres en la humilde casa de Nazaret.

 

Esta reflexión me encanta, de tal manera que yo, que siempre tuve el deseo de ir hasta la casa de Loreto, pero que por varias razones no tuve tiempo ni medios de ir, hice el propósito de ir a la casa de Loreto, arrodillarme —a pesar de las dificultades— y besar el piso de aquella casa, pensando en Jesús, en María y en José. Pero pensando en Ellos especialmente por aquel ángulo: tres perfecciones que llegaron todas a un auge al cual cada una debía llegar.

 

Auges desiguales

 

Entretanto, esos auges no eran iguales. Eran desiguales, pero se amaban y se comprendían entre sí intensamente. En ellos la jerarquía que Dios quiso colocar, era en orden admirablemente inverso: aquel que era el jefe de la casa, en el plano humano, era el menor en el orden sobrenatural; el Niño, que debería obediencia a los dos, era Dios. O sea, había una especie de inversión, lo que hace amar todavía más las riquezas y las complejidades de todo ese orden verdaderamente jerárquico.

 

Muerte de San José - Catedral
de Palma de Mallorca, España

Eran perfecciones altísimas, admirables, pero desiguales, formando una harmonía de desigualdades admirable, como no ha habido en la Tierra jamás cosa igual; y dando lugar al alma fiel que quiera hacer una reflexión sobre el asunto, para que pueda iniciar un himno de grandeza, de admiración y de fidelidad a todas las jerarquías y todas las desigualdades.

 

Extremos de la jerarquía

 

Dios quiso así estas jerarquías. León XIII muestra especialmente cómo Dios quiso otro misterio en esas complejidades tan nobles del orden jerárquico: Él quiso que San José fuera el representante de la Casa más augusta que ha habido en la Tierra. Porque en las otras Casas nacieron reyes; ¿qué decir de la Casa donde ha nacido un Dios? Los únicos cortesanos a la altura son los Ángeles del Cielo, evidentemente.

 

Dios quiso que este jefe de la Casa de David, fuera al mismo tiempo trabajador manual, carpintero. Cuándo esta circunstancia se recuerda en el Evangelio — “¿Nonne hic est fabri filius?”, “¿No es este el hijo del carpintero?” (Mat 13, 55) —, como quien dice: “Un hombre que no vale nada, que no es nada, que no representa nada”.

 

Nuestro Señor quiso justamente que los dos extremos de la jerarquía temporal se unieran en Aquel que es el Hombre-Dios. Él tenía la categoría de príncipe heredero de la Casa de Israel. Tal vez esto nos ayude a comprender la insistencia de los Apóstoles de cuándo vendría su Reino, porque Nuestro Señor tenía derecho a ser rey. Ellos, por cierto, lo deseaban con avidez, para tener cargos importantes.

 

Así, la coincidencia de esta perfección con la del obrero, en el extremo opuesto de la clase social, en ambos aspectos —Creador-criatura; y en aspecto incomparablemente menor, Rey-obrero— se reúnen los extremos para reforzar la cohesión de los elementos intermediarios de la jerarquía.

 

Sagrada Familia en sus quehaceres domésticos
Santuario de Caraça, Minas Gerais, Brasil

Es como quien aprieta, vamos a decir un poco prosaicamente, un acordeón por ambos lados, comprime aquella parte intermediaria y hace con que los extremos queden enteramente juntos. La jerarquía aparece aquí, ya no sólo como un conjunto de picos tan altos, que a nuestra vista física y mental le cuesta alcanzar todo lo que representan, sino además un complejo jerárquico, desigual pero afectuoso, de todo el orden social. De tal manera que lo que está más alto abraza afectuosamente lo que está más bajo y le dice: “En la naturaleza humana todos somos uno.”

 

Nuestra Señora solitaria en Nazaret

 

Muere San José. Después llega el duro momento de la despedida de Nuestro Señor. Él va a comenzar su vida pública, habiendo vivido treinta años con Ella.

 

Podemos imaginar su ardientísimo afecto materno hacia Él, su adoración a Él; así también la primera noche de vacío en la casa de Nazaret después que Nuestro Señor se fue... Ya que Nuestra Señora sabía, por la profecía de Simeón, que una espada debía atravesar su Corazón. Ella entendió claramente que era algo con su Hijo Divino y, por tanto, le resultó mucho más doloroso que saber que fuera algo contra Ella.

 

Nuestra Señora percibió que Jesús partía rumbo a lo que podríamos llamar la “tragedia” si no fuera lo grandioso de la glorificación final. Ella quedó sola, San José en el Limbo, Nuestro Señor entregado a las fieras, comenzando una vida que había de terminar como sabemos. En la humilde casa de Nazaret una ventana abierta, por la ventana entra la luz de la luna, y Ella sentada, sola, en la oscuridad, talvez ni siquiera una vela encendida, rezando insistentemente y recordando el pasado.

 

Para Ella, ¿qué gracia había que no fuera recordar el pasado y pensar en el futuro, que era la crucifixión del Niño Jesús? En los pesebres aparece con frecuencia el Niño Jesús con los brazos abiertos, para simbolizar la cruz donde iría a ser clavado. Ella debería tener una noción exacta o casi exacta de eso, y pensaba en todo eso. El conocer cierto rumor en la aldea de Nazaret, qué fue lo que pasó, cuál es el próximo funcionario romano que gobernará la provincia, la política del lugar; tal vez por condescendencia, por bondad para poder atraer algún alma, Ella oyese con un poco de atención, pero ese no era tema para Ella, absolutamente.

 

¿Cuál era el tema que le atraía? Era aquel ascenso continuo que Ella vio y que contempló. ¿Cómo consideraba cada uno de ellos su propio progreso? Porque ellos sabían que se estaban santificando. Nuestro Señor ni se habla, San José también sabía que se estaba santificando, que estaba subiendo. E, inevitablemente, San José pensaba en todo lo bueno que había en él desde el comienzo, después cómo todo fue progresando; en qué estado él estaba y hasta qué punto iría a subir. Así que probablemente el presintió la muerte cuando notó que no cabía más perfección en él.

 

Nuestra Señora Dolorosa
Iglesia de San Jorge,
Vigoleno, Italia

Vamos reflexionar un poco sobre San José, pensando en su perfección anterior; cuando él, Nuestra Señora y el Niño Jesús entraron en aquella casita y se instalaron allá; en los primeros momentos de su vida allí.

 

Meditaciones de Nuestra Señora

 

Imaginemos Nuestra Señora, ya muerto San José, ausente Nuestro Señor, reflexionando sobre todo esto. Recordando los grados de perfección menor que habían quedado atrás, y cuán atrás; pero que Ella tanto amaba y que los contemplaba con una sonrisa. Aquellas perfecciones con que el Niño Jesús había crecido, y que Ella consideraba, por así decir —la palabra es incorrecta— “pequeñitas”. Yo digo “pequeñitas” sólo porque Él era pequeñito, pero que en realidad eran perfecciones brillantísimas. Nuestra Señora talvez sonriese complacida recordando tal episodio o tal circunstancia. Después la reacción de San José y cómo él creció también. Recorriendo varias veces, en su espíritu y en su Corazón, esa gama de perfecciones que Ella había visto encumbrar; pensando también —es inevitable— en las varias cualidades que Ella misma había alcanzado, rumbo a una perfección mayor.

 

¿Cuál era su actitud frente al horizonte de perfecciones que Ella debía adquirir hasta el momento de su muerte? De su dormición, dice la linda expresión —lenguaje de los fieles y la Liturgia—, porque Ella tuvo una muerte tan leve que fue como un sueño, y resucitó inmediatamente.

 

Hasta ese momento Ella no dejó de progresar y tenía una idea clara hasta donde iría. Estaba, vamos a decir, a tres cuartas partes de su ascenso, tenía aún alguna cosa para alcanzar, pero detrás de Ella la ascensión había sido vertiginosa. El amor que Ella tenía a lo que había quedado atrás era un amor menor al amor que la empujaba hacia lo más alto; porque en lo más alto estaba Dios, y evidentemente el sentido teocéntrico de toda alma que busca la perfección es un sentido fuertísimo, porque el centro es Dios y es hacia ese centro que todos debemos caminar.

 

Alegría y satisfacción

 

El sentimiento interior de las tres personas de la Sagrada Familia es de gran altura, pero, entre tanto, se siente por debajo de otra Altura, que ama la altura en que está, porque siente en sí la perfección de lo que tiene y de lo que es, que ama en sí lo que fue puesto por Dios. Nuestra Señora tenía que amar lo que Dios puso en Ella.

 

Visitación de María a Santa Isabel
Museo del Prado, Madrid, España

El cántico del Magnificat lo expresa bien: “Magnificat anima mea Dominum. Et exsultavit spiritus meus in Deo salvatore meo” (Luc 1, 46-47). Vemos que Ella tenía la alegría de sentir el Espíritu Santo y la gracia presentes en Ella. El Magnificat formula eso: aquella alegría de sentir lo que Ella es, y cómo lo que es tiene relación con Dios. Una alegría de recordar con afecto lo que Ella fue, o sea, aquello que es menos de lo que era en aquel instante, pero que es en punto menor tan parecido, tan harmónico, tan afín con Ella —¡era Ella!— en estado menor. Recordando y sonriendo con satisfacción, con alegría.

 

Esto indica una forma de encanto, de deleite espiritual, de amor de Dios, por el cual Ella amaba a Dios en cada uno de los grados sucesivos hasta donde la había hecho subir. Amaba a Dios con el tipo de amor propio a ese grado. Ella amaba a Dios y amaba el amor que Dios había puesto en Ella.

 

Ese amor, amando el amor, formaba una harmonía interior que se podría comparar a un tejido de seda de buena calidad, haciendo frufrú cuando una parte frota la otra.

 

Era lo excelente amando la excelencia en sus diferentes grados, en la materia más alta que es la espiritual, junto a la cual todas las que quedan abajo son apenas figuras, no son nada. He aquí la gran superioridad, es el amor de la santidad menor, por la santidad mayor; es el amor de la excelencia menor, por la excelencia mayor. Hay en esto una harmonía, un deleite, una alegría, una forma de respeto, que es el encanto de admirar, de venerar, de servir aquello que ella va a ser. El propio dinamismo del progreso espiritual envuelve esto y camina para esto.

 

Hay en esto un desprendimiento completo.

 

Jerarquía del puro amor

 

Escogí el ejemplo de San José, de Nuestra Señora y de Nuestro Señor Jesús Cristo para comprender esta jerarquía en lo que tiene de más puro, de más perfecto, de más límpido. En donde no entra egoísmo, no entra nada, porque entra ese puro amor de Dios, generando este amor a las varias jerarquías. Sin la preocupación de jactancia, de ser y de hacer mucha cosa, de poder mucha cosa. Nada de eso. Es el puro amor, por el amor al Amor, amor a Dios.

 

En esta Tierra las almas que tienen un verdadero sentido de la jerarquía, aman así a los que son superiores.

 

La palabra majestad tiene para las almas rectas un sentido, tiene un misterio, un lumen especial, que vuelve de tal manera respetables y venerables a los reyes y emperadores, a veces hasta cuando están en un tal estado, que no merecen por sus cualidades personales el homenaje que reciben por ser nobles. Pero si ellos son quienes son, ellos tienen aquello, ellos fueron llamados a algo más alto, y en relación a esto ellos correspondieran en algo; entonces, ese algo por pequeño que sea, es como el perfume de una flor incomparable de la cual se saca una gota, que vale más que un tonel de cualquier perfume del mundo. Es una cosa especial.

 

La sensación que se tiene delante de una persona majestuosa es una sensación así. Ejemplo: la Reina de Inglaterra, el Zar de Rusia. Él, un cismático; ella, una anglicana. Entretanto, ¿quién de nosotros se atrevería darles una bofetada? ¿Quién no tendría la sensación de cometer un sacrilegio? A pesar del horror que tengo al cisma y a la herejía, y del amor exclusivista que tengo al Papado, la verdad es esta: en ellos hay un aroma de una gota espiritual, no sé de qué género, que produce sobre el hombre recto un efecto como el de la santidad mayor produce en la santidad menor, con alguna analogía con lo que sucedía en la Sagrada Familia, entre las tres personas indeciblemente excelsas —una divina— que la componían.

 

Hay una analogía que se extiende después a la aristocracia, como teniendo también ese perfume más difuso y menos acentuado, pero que hace recordar el perfume de la majestad. La aristocracia es un halo más diluido de la majestad real, que se conforma en su ámbito; como entorno de una gota de perfume muy intensa, el aroma que se respira a distancia es más tenue, pero es una irradiación de lo que hay en la gota. Así es la aristocracia.

 

Dignidad de lo que es modesto

 

Así sucede con las otras clases sociales, pero con la siguiente particularidad: que la majestad y aquello que se irradia de la majestad, muere en los límites de la aristocracia. Cuando los límites de la aristocracia acaban, comienza el límite de otra cosa muy elevada: la dignidad. La dignidad que puede ser tan digna, que frente a ella no hay nada que decir.

 

Cuerpo incorrupto de la beata Ana María Taigi
Basílica de San Crisógono, Italia

Ayer por la noche besé una reliquia de la Beata Ana Maria Taigi. Ella era una cocinera del S. XIX, de la Casa de los Príncipes de Colonna, en Roma. Ella tenía un aire tan majestuoso y tan digno, puesto por la gracia en ella, que las personas que la veían por la calle — a pesar de los trajes humildes que ella usaba — comentaban: “¡Parece una reina!”.

 

¿Qué es esto? Es la dignidad del oficio humilde, modesto, honesto, de una cocinera, en quien vino a habitar la gracia de Dios, a iluminar aquello por dentro y hacer notar alguna cosa que ya no es aquello, sino algo parecido; y que perfuma con un encanto especial, una atracción especial todo hogar digno, donde se ama verdaderamente a Dios, donde el padre es rey, la madre es reina y los hijos son los súbditos. Había en la Francia del Ancien Régime esta expresión: “El padre es el rey de los hijos, y el rey es el padre de los padres.”

 

Y por tanto, en la dignidad de la casa más modesta y más humilde, como aquella luz irradiada de la corona, pasando por estratos atmosféricos diferentes, transponiendo las legítimas variaciones, llega para ofrecer toda su belleza, toda su sencillez, todo su encanto a la casa modesta del obrero. De tal manera que se podría decir que la casa de un obrero donde vive un santo es la mejor expresión de la casa de Nazaret.

 

(Extraído de conferencia de 2/11/1992)