Durante el tiempo que pasó en el Templo, María era dócil y sumisa, sobria en hablar, de admirable compostura. Sólo pensaba en tener a Dios por padre y en qué podía hacer para complacerle.

 


 

Bien sabía la iluminada niña que Dios no acepta un corazón dividido, sino que lo quiere todo consagrado a su amor, según el precepto que nos dio: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón” (Dt 6, 5). Por lo que Ella desde el primer instante de su vida empezó a amar a Dios con todas sus fuerzas, y se entregó a Él enteramente.

 

La Presentación de María, por Giotto di Bondone
Capilla de los Scrovegni, Padua (Italia)

Para agradar a Dios hizo el voto de virginidad; voto que María fue la primera en hacerlo. Y se ofreció toda sin limitación de tiempo, como afirma Bernardino de Bustos.

 

He venido sólo para agradaros

 

¡Oh!, con qué afecto debió entonces decir: “Yo soy toda de mi amado, y mi amado es todo para mí”. Toda para Él viviré, como comenta el cardenal Hugo, y toda para Él moriré. Señor y Dios mío, diría, yo he venido aquí sólo para agradaros y daros todo el honor que puedo; aquí quiero vivir toda para Vos, y morir por Vos si os place: aceptad el sacrificio que os hace esta pobre esclava y ayudadme a seros fiel.

 

Y considerando aquí cuán santa fue la vida que María llevó en el Templo, en donde crecía siempre en la perfección como crece en su luz la aurora, ¿quién podrá jamás explicar cuántas creces recibía de día en día el resplandor de sus virtudes, la caridad, la modestia, la humildad, el silencio, la mortificación, la mansedumbre? Plantado en la casa del Señor este hermoso olivo, dice San Juan Damasceno, con el riego del Espíritu Santo vino a ser la habitación de todas las virtudes. En otro lugar dice el mismo santo: el rostro de la Virgen era modesto, el ánimo humilde, las palabras amorosas, saliendo de un interior compuesto. Y en otra parte afirma que la Virgen alejó el pensamiento de todas las cosas terrenas, abrazando todas las virtudes. Ejercitando pues así la perfección, aprovechó en poco tiempo, de modo que mereció ser hecha templo digno de Dios.

 

La Presentación de María, Iglesia de gesu - Roma

La más humilde y perfecta en todo

 

Habla también San Anselmo de la vida de la Santísima Virgen en el Templo, y dice: María era dócil, hablaba poco, estaba siempre compuesta, sin reírse ni turbarse jamás. Perseveraba en la oración, en la lección de la Sagrada Escritura, en los ayunos y en todas las obras virtuosas. San Jerónimo dice que pasaba el tiempo en oración; procuraba ser la más exacta en la observancia de la divina ley, la más profunda en la humildad, y en toda virtud la más perfecta: todas sus palabras salían tan llenas de dulzura, que se conocía que en ellas andaba siempre Dios.

 

Reveló además la misma divina Madre a Santa Isabel, benedictina en el monasterio de Sconaugia, como refiere San Buenaventura, que resolvió tener sólo a Dios por padre, y reflexionaba a menudo en qué podría complacerle. Determinó además de esto consagrarle su virginidad, y no poseer cosa alguna en el mundo, entregándole a Dios toda su voluntad. Y le rogaba al Señor que le concediese la gracia de hacer que viese nacida a la Madre del Redentor, suplicándole que le conservase los ojos para verla, la lengua para alabarla, las manos y los pies para servirla, y las rodillas para adorar en su seno a su divino Hijo. Pero Santa Isabel le dijo: “¿Mas no estabais Vos, Señora, llena de gracia y de virtud?”. Y María le respondió: “Sepas que yo me juzgaba muy vil e indigna de la divina gracia: por eso pedía yo la gracia y las virtudes. ¿Piensas tú que yo he obtenido la gracia y las virtudes sin trabajo?”.

 

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO. Las glorias de María. Discursos. 2.ª ed. Barcelona: Pons y Cía., 1846, v. II, pp. 56-59. La Presentación