Al contemplar las apariciones de Nuestra Señora a Santa Catalina Labouré, el Dr. Plinio resalta el carácter profético de sus mensajes y la afabilidad e inocencia que trasparecen en las narraciones de la santa.

 


 

Debemos comenzar ahora el comentario de los hechos que se relacionan con la aparición de Nuestra Señora a Santa Catalina Labouré.

 

Ángulo de análisis de los hechos precedentes a las apariciones

 

Nuestra Señora de las Gracias
Santuario de la Medalla
Milagrosa, París, Francia

Para acompañar bien el asunto, es necesario conocer la situación general de Francia y de Europa en aquellas circunstancias, porque se trata de una serie de revelaciones de carácter profético, en este sentido de la palabra: ellas se dieron en 1830 y Nuestra Señora previó hechos –más o menos improbables en aquel tiempo– que se darían en 1870, cuarenta años después, exactamente.

 

Los hechos tenían mucha relación unos con otros, y bajo ese punto de vista esas apariciones interesan de un modo muy particular, pues la revolución de 1830 es presentada por Nuestra Señora como siendo la primera señal de un conjunto de desórdenes en Francia, que habría de culminar con una revolución en 1870.

 

La revolución de 1830 fue liberal. La de 1870 fue llamada Comuna de París, y tal vez se pueda decir que fue la primera revolución comunista en Europa, si no se considerase a la Revolución Francesa como una revolución comunista.

 

Esa es otra cuestión. Habitualmente no era tenida como comunista. Sin embargo, muchos historiadores reconocen hoy que, llegando a su auge, ella tomó el carácter y al menos el espíritu comunista.

 

En fin, dejando esto de lado queda claro por lo tanto la idea del liberalismo generando al comunismo, y que es presentada de algún modo por las revelaciones. Esta idea se relaciona tanto con nuestra concepción de Revolución y Contra Revolución así como con las preocupaciones habituales de nuestro pensamiento, que no puedo dejar de realzar esto desde el comienzo.

 

Táctica revolucionaria de Napoleón

 

¿Cuál era la situación de Francia y de Europa en 1830? Era la siguiente.

 

La Revolución Francesa debe ser considerada como un gran movimiento revolucionario que comenzó simbólicamente en 1789, con la caída de la Bastilla, y que verdaderamente tuvo su fin en 1815 cuando Napoleón cayó por segunda vez.

 

Napoleón es tenido por muchos como siendo lo contrario de la revolución, porque impuso orden en Francia cuando ella estaba en el caos y en el desorden. Pero el problema es que la Revolución no es sólo desorden y caos, sino también un orden material en el cual se impone que las cosas queden de cabeza para abajo. Y fue exactamente lo que Napoleón hizo.

 

Santa Catalina Labouré – Iglesia de
San Vicente de Paúl, París, Francia

Él aprovechó el orden que impuso y aprovechó el prestigio de las victorias militares que alcanzó para imponer a Francia, de modo estable, una serie de transformaciones que la Revolución Francesa introdujo, pero que eran mal aceptadas por el pueblo. En algunas cosas Napoleón retrocedió en relación a la Revolución Francesa; en otras, él impuso. Y esto hacía parte del juego: ceder algo, pero también volver algo definitivo e irremediable.

 

Revancha de la Revolución

 

En 1815 se da la Batalla de Waterloo; Napoleón es mandado a Santa Helena, y el orden de Francia gira: los Borbones son restaurados y reinan de 1815 a 1848.

 

La restauración de los Borbones se dio en la persona de Luis XVIII, un hermano de Luis XVI. Él fue sucedido por Carlos X, quien reinó de 1824 hasta 1830, un rápido reinado. En 1830 hubo una revolución de carácter liberal que destituyó a Carlos X, tenido como un rey reaccionario y ultramontano. En su lugar fue colocado un pariente de ellos, el Duque de Orleans que no tenía derecho a la sucesión al trono y que reinaría de 1830 a 1848.

 

La intromisión de un rey ilegítimo, de ideas conocidamente liberales, representaba una revancha de la Revolución. Podemos decir que la Revolución dio una gran paso hacia atrás con la restauración de los Borbones; hizo medio paso al frente con la implantación de la monarquía burguesa de Luis Felipe, y de ahí en adelante los hechos se fueron sucediendo hasta la Comuna de París en 1870.

 

Carlos X era católico, pero veía una serie de cosas de forma estrábica. A pesar de eso, por causa de la onda de la opinión contra revolucionaria, la Religión hizo muchos progresos en Francia, restauró una porción de cosas e instituciones que habían caído, y fue ocasión para recristianizar a la opinión pública.

 

En ese período de adversarios de la Religión también hubo levantamientos y motines, agresiones y un desarrollo grande del anticlericalismo. Esa era una buena señal desde el punto de vista religioso, pues siempre que la Iglesia es atacada por sus enemigos, es clara muestra de que Ella está siendo fiel a sí misma. Debemos situarnos en esa atmósfera para comprender el ambiente en el cual se dieron las revelaciones de Nuestra Señora a Santa Catalina Labouré, religiosa de San Vicente de Paúl.

 

Las Hermanas de la Caridad

 

El hábito de las Hermanas de la Caridad era negro, como suelen ser los hábitos de las religiosas, pero con una especie de cuello engominado blanco. La cabeza era adornada por un velo bretón un tanto estilizado por la inspiración y las manos de la Iglesia. Naturalmente, un rosario pendiente de la cintura.

 

Batalla de Waterloo

Sus religiosas en general eran personas fuertes, robustas y siempre dispuestas para el trabajo. Algunas un poco campesinas –aunque eso no las desdoraba en nada–. Mirada limpia, recta, actitud sin pretensión de quien prefiere pasar desapercibida.

 

Ellas eran destinadas muy frecuentemente a tomar cuenta de los hospitales, atender a los enfermos y a otras obras de caridad material. Obras de misericordia temporal que ellas aprovechaban como ocasión para las de misericordia espiritual: aprovechaban para llamar a un padre junto al agonizante, invitaban a los niños para ir al catecismo de la Parroquia o en el convento de ellas. Si encontraban a algún desdichado por las calles, paraban a preguntarle lo que necesitaba, ayudaban a la persona, etc. En fin, hacían todo cuanto pudiesen para atender a los infortunios, a las carencias materiales. Pero, sobre todo, a las necesidades espirituales de los más variados ambientes por donde ellas acostumbraban introducirse.

 

La elevación de su apostolado era tan grande y ellas eran de tal manera admiradas por eso, que una Hermana de San Vicente de Paúl habitualmente era tenida como el propio símbolo de la Religión en una de sus expresiones más bellas y conmovedoras.

 

Cuando Nuestra Señora desea…

 

Catalina Labouré nació en 1806. Era hija de un matrimonio de propietarios rurales. Su madre falleció cuando tenía solo nueve años.

 

Catalina le pidió autorización a su padre para ser Hermana. Este se opuso terminantemente y juzgó bueno para distraerla, mandarla a un lugar de placer, un empleo donde ella podría distraerse de modo placentero.

 

Napoleón después de su abdicación en Fontainebleau
Museo de Bellas Artes, Leipzig, Alemania

París ya era, para las proporciones de Francia y del mundo de aquel tiempo, una ciudad de lujo, una ciudad torbellino de la alegría y del vivir mundano. El padre quería conducirla hacia París para que su vocación desapareciese. Pero cuando Nuestra Señora quiere, quiere… Catalina terminó yendo a París, se hizo religiosa y recibió las revelaciones.

 

En los suburbios de París

 

El año 1828, Catalina fue puesta por su padre como auxiliar de su hermano en un pequeño restaurante para obreros y en uno de los barrios más populosos de París.

 

Era un restaurante sólo de hombres. Con seguridad que ellos comían allí pues no tendrían tiempo de ir a sus casas para ello. Se puede imaginar la bebedera, las conversaciones inmorales, las canciones entonadas… y la futura santa obligada por su padre a servir allí. Debemos ver el contraste y las idas y vueltas que el designio de la Providencia la hizo recorrer en esa ocasión.

 

Tenía entonces 22 años, en una edad enteramente inadecuada para ese tipo de servicio. Ella se quedaba quieta –era su defensa–, y durante el servicio nunca abría los labios. Hablasen con ella lo que fuese, preguntasen lo que quisieran, ella servía sin decir una palabra. En aquel ambiente era el medio de aislarse y proteger su propia pureza y su piedad. Ella se sentía en un verdadero suplicio en un ambiente tan libre como ése, donde los chistes y lisonjas galantes no faltaban.

 

El obrero de aquel tiempo era en general muy corpulento, porque la industria era mucho menos mecanizada que hoy en día y exigía mucha más fuerza en el trabajo manual. Imaginemos un restaurante pequeño lleno de hombres musculosos… Entra una doncella que no tiene otra cosa sino a su Ángel de la Guarda para defenderla… y acaba domando el ambiente. Bromas de aquí, chistes y galanteos de allá. Ella solo tiene la defensa del repudio y de sus labios cerrados. Ella domina.

 

Se ve a la virtud dominando al vicio, el espíritu dominando a la materia. ¡Qué bella victoria y cómo esto nos ayuda conocer el perfil moral de la santa!

 

En Châtillon-sur-Seine

 

Ese martirio duró cerca de un año. En 1829 Santa Catalina Labouré pasó a residir con una cuñada que mantenía un pensionado para señoritas en Châtillon-sur-Seine, en el departamento de Côte D´Or. Era al que una parte de la nobleza de Borgoña enviaba a sus hijas.

 

Catalina vivió con más libertad y pudo mejorar algún tanto su caligrafía. Pero su ortografía fue siempre muy irregular.

 

En enero de 1830 entraba en el hospital de la caridad dirigido por las Hermanas de San Vicente de Paúl, en Châtillon-sur-Seine.

 

Ella que había doblegado a los obreros del restaurante, doblegaba también a su padre.

 

Después de tres meses de postulantado, siguió finalmente hacia París, y en 1830, en el mes de abril, por primera vez entró en el noviciado de la Rue du Bac, donde se dieron las apariciones.

 

Ella era por lo tanto novicia cuando se verificaron esas apariciones.

 

Junto al corazón de San Vicente

 

Tres días después de la llegada de Catalina se dio el solemne traslado de los despojos de San Vicente de Paúl a la capilla de la Rue de Sévres, gran ceremonia a la cual asistían el Rey Carlos X y el Arzobispo de París, Mons. Quélan.

 

San Vicente de Paúl – Santuario de la
Medalla Milagrosa, París, Francia

¡Qué linda escena: el Arzobispo de París presidiendo con certeza la ceremonia…! Es probable que el palio cubriese los restos mortales de San Vicente de Paúl y allí también estuviese el Rey. Todo lleva a imaginar que antecediendo y cerrando el cortejo de las reliquias había personalidades del clero, de la familia real, de la corte, pueblo en cantidad, probablemente tropas presentando armas, etc. Así se dio el traslado del cuerpo de San Vicente de Paúl, que era el fundador de la congregación religiosa adonde ella estaba entrando, y que era naturalmente venerado por todo el pueblo francés.

 

Santa Catalina como novicia frecuentó varias veces la capilla de Saint-Lazare, donde fue colocado el cuerpo de San Vicente de Paúl.

 

Ella nos cuenta:

 

El corazón de San Vicente aparecía todas las veces que yo volvía de Saint-Lazare. Se me apareció tres veces de modo diferente y tres días seguidos: blanco, color carne –lo que anunciaba la paz, la calma, la inocencia y la unión–; después lo vi rojo color de fuego, lo que indicaba el incendio de la caridad de su corazón; me parecía que la comunidad debía renovarse, extenderse hasta las extremidades de la tierra, lo que de hecho se dio. Finalmente, lo vi rojo negro, lo que indicaba tristeza. Me venían tristezas que tenía mucha dificultad en dominar. No sé por qué ni cómo esa tristeza se relacionaba con el cambio de gobierno que habría próximamente en Francia.

 

San Vicente de Paúl, como santo que ama a Francia, a la civilización cristiana y sobre todo a la Iglesia, le daba a conocer a ella antes de la caída del gobierno, que el rey caería. Expresaba su dolor profundo haciendo ver su propio corazón con esos colores diferentes. Un rojo casi negro que indicaba tristeza… ¿Qué iría a suceder?

 

¿Por qué ella lo sabía de antemano?

 

Claramente para que nosotros lo supiésemos. Pero también para rezar y para ir pidiendo por la causa católica en Francia, inclusive antes de ser golpeada, de manera a poder conseguir que el golpe no fuese tan grande y que alguna cosa sobreviviese.

 

Vemos a la Providencia que permite el golpe, pero prepara también algo que lo atenúa. ¡Ahí se ve la bondad y la misericordia de Nuestra Señora!

 

Gracias de perseverancia

 

Cierto día, una voz interior dijo a la vidente: “El corazón de San Vicente está un poco consolado, pues obtuve de Dios por mediación de María, que sus familias no perecerían en medio de esas infelicidades, y que Dios se serviría de ellas para reanimar la fe”. O sea, habría sido normal que las ramas masculina y femenina de la obra de San Vicente de Paúl hubiesen desaparecido, pero Nuestra Señora pidió y obtuvo antes de la revolución que esas dos familias –lo interpreto así como los ramos masculino y femenino– sobreviviesen a fin de esparcir la fe por el mundo entero. Lo que en amplia medida se dio.

 

Revolución de julio

 

Los más negros y tristes pensamientos se dieron el día de la Santísima Trinidad, 6 de junio:

 

La revolución fue en julio.

 

“Nuestro Señor se me apareció como un rey con la cruz sobre el pecho en el Santísimo Sacramento. Esto se daba durante la Santa Misa, en el momento del Evangelio. Me pareció que Nuestro Señor era despojado de todos sus ornamentos, cayendo todo por tierra”.

 

Lo narrado se relacionaba con la revolución que se daría allí.

 

“Fue entonces que tuve el pensamiento de que el rey de la tierra sería despojado de sus vestiduras reales”.

 

Fue lo que sucedió en los últimos días de julio.

 

“De ahí los pensamientos que tuve y que no sabría explicar sobre la pérdida que se tendría”.

 

Como ella era una persona poco culta, no comprendía todo el alcance de ese acontecimiento y lo que la Religión perdía con eso.

 

Ella estaba con el espíritu poco acostumbrado a medir los vaivenes de la Revolución y de la Contra-Revolución, pero Nuestro Señor Jesucristo le permitía experimentar una profunda tristeza con esos hechos.

 

Ahí podemos ver una cosa curiosa que es la relación directa… No recuerdo de haber visto una cosa parecida –tal vez la hubiese– de una revelación tan altamente probable que en mi fuero interno tomo como cierta, con un hecho político. Pero un hecho político determinado: “A fulano le va a suceder tal cosa y por eso Dios está triste”. No recuerdo una cosa de esas… es un hecho único, al menos para mi memoria, y que gustaría resaltar.

 

Lo sobrenatural comienza a manifestarse

 

Imaginemos la ciudad de París, en aquel tiempo enormemente menor de lo que ella es hoy, silenciosa, tranquila, aún sin motores. Los automóviles no existían aún, el silencio de toda la población que dormía era apenas interrumpido de vez en cuando por las patas de un caballo que golpeaba sobre las piedras de la calle, y que iba arrastrando un carrito o algún carruaje de prisa hacia un lugar, durante la noche.

 

No existía aún la luz eléctrica y el dormitorio de las religiosas era iluminado por candeleros. Todas dormían, incluso Catalina. Allí, de una forma completamente diferente del mundo exterior, lo maravilloso y sobrenatural comienza a manifestarse y Nuestra Señora hace el primero de sus grandes mensajes para el mundo del siglo XIX.

 

Vale la pena leer el propio texto de la santa, en que cuenta lo que sucedió entonces. Es un poco largo pero son sus propias palabras y nos dará un buen desarrollo para el tema.

 

“La Santísima Virgen os espera…”

 

Ella dice lo siguiente:

 

“Vino después la fiesta de San Vicente.

 

En la víspera, nuestra buena madre Marta nos hizo una instrucción sobre la devoción a la Santísima Virgen, lo que me dio un gran deseo de verla. Me acosté pues con el pensamiento de que en aquella misma noche yo vería a mi buena Madre. Hacía tanto tiempo que yo deseaba verla”.

 

La inocencia e ingenuidad de ese pensamiento así como el carácter filial son muy bonitos.

 

En fin, a las once y media de la noche…

 

En aquel entonces eran altas horas de la noche.

 

“… oí que me llamaban por el nombre: ¡Hermana Labouré!, ¡hermana Labouré! Habiendo despertado, miré hacia el lado del cual provenía la voz, que era el lado del pasillo”.

 

Debería ser un pasillo del dormitorio.

 

“Corro la cortina y veo a un niño de cuatro o cinco años que me decía: ‘Venid a la capilla, la Santísima Virgen os espera’.

 

Debemos imaginar un ambiente con mucha paz y tranquilidad, todas las hermanas durmiendo… y ese niño aparece (ella después va a describir al niño) y dice: “La Santísima Virgen os espera”. ¡Qué afabilidad de Nuestra Señora… estar a la espera de ella!

 

“Inmediatamente se me vino el pensamiento: ‘Se van a dar cuenta’. El niño me respondió: ‘Quedad tranquila… son las once y media de la noche y todo el mundo está durmiendo. Venid, yo os espero’

 

¿Quién es ese niño que dice “yo”?

 

“Me vestí de prisa y me dirigí hacia el lado del niño. Éste había permanecido de pie, sin avanzar más allá de la cabecera de mi cama. Él me siguió –o mejor yo lo seguí– siempre a mi izquierda.”

 

“Por todos los lugares por donde pasamos las luces estaban encendidas, de lo que me admiraba mucho…”

 

Naturalmente, nadie veía: era milagro. Todo eso es dado para causar gran impresión.

 

“Sin embargo, mucho más sorprendida quedé cuando entré en la capilla. La puerta se abrió con solo el niño tocarla con la punta del dedo, y mi sorpresa fue aún más completa cuando vi todas las velas y candelabros encendidos, lo que me recordaba la Misa de medianoche.”

 

Como si fuese la Misa de Gallo.

 

“Sin embargo, nada veo de la Santísima Virgen.

 

El niño me condujo al presbiterio, al lado de la silla de brazos del sacerdote. Allí me arrodillé y el niño permaneció de pie todo el tiempo. Me parecía que estaba demorando y miraba para ver si las vigilantes no pasaban por la tribuna”.

 

En el fondo, en el coro alto.

 

Ella tenía miedo de que pudiesen darse cuenta, de que alguna cosa violase el secreto.

 

Linda escena: ella arrodillada junto a la silla del sacerdote, las luces todas encendidas y pensando qué diría la vigilante sobre esa completa irregularidad.

 

“Allí se dio el momento más dulce de mi vida”

 

“Finalmente, llegó la hora. El niño me previno diciéndome: ‘He ahí a la Santísima Virgen’. Oí como el roce de un vestido de seda que venía del lado de la tribuna…

 

Era el frufrú de quien está con un vestido de seda, que en aquel tiempo iba hasta el suelo. Producía aquel ruido agradable y muy peculiar.

 

… cerca del cuadro de San José y que pasaba sobre las gradas del altar del lado del Evangelio, sobre una silla igual a la de Santa Ana.

 

¿Qué sería esa silla de Santa Ana?

 

“Yo estaba en la duda de que fuese la Santísima Virgen. En ese preciso momento, el niño que estaba allí me dijo: ‘He ahí a la Santísima Virgen’.

 

“Me sería imposible decir lo que sentí en ese momento, lo que pasaba dentro de mí. Me parecía que no veía a la Santísima Virgen.

 

“Entonces el niño me habló, no más como un niño sino como un hombre de los más fuertes, y con las palabras más fuertes.

 

“En ese momento, mirando a la Santísima Virgen, di un salto junto a Ella, poniéndome de rodillas sobre las gradas del altar y con las manos apoyadas sobre las rodillas de la Santísima Virgen”.

 

Nuestra Señora estaba sentada en la silla del sacerdote. Santa Catalina apoyó las manos sobre las rodillas de Nuestra Señora. Comprendamos bien la afabilidad de esa aparición… ¡una cosa extraordinaria! Para quien fuera como Santo Tomás que puso su mano en el costado de Nuestro Señor… también ella tocó.

 

“Allí se dio el momento más dulce de mi vida. Me sería imposible decir todo lo que sentí. Ella me dijo cómo me debería conducir en relación a mi director espiritual, y varias cosas que no debo decir. La manera de sobrellevar mis sufrimientos, lanzándome a los pies del altar –y me mostraba con su mano izquierda los pies del altar– y allí fundir mi corazón. De esa forma recibiría todas las consolaciones de que tuviese necesidad”.

 

Nos quiere decir aquí que cuando ella tuviese sufrimientos, no los comentase con nadie, fuese al altar y se desahogase allí en el lugar indicado por Nuestra Señora para ella: “Aquí, en este punto…”

 

Podemos comprender cuánto ella volvió a ese lugar indicado por Nuestra Señora, físicamente, ¡una verdadera maravilla!

 

“Entonces le pregunté lo que significaban todas las cosas que yo había visto, y Ella me explicó todo”. Santa Catalina no dice aquí qué era, al menos no consta.

 

“Quedé allí no sé cuánto tiempo. Todo lo que sé es que cuando Ella partió no percibí sino que alguna cosa se extinguió. En fin, una sombra más que se dirigía hacia el lado de la tribuna, por el camino por el cual Ella había llegado”.

 

“Me levanté de las gradas del altar y encontré al niño donde lo había dejado. Él me dijo: ‘Ella se retiró’. Entonces retomamos el mismo camino, todo iluminado siempre. El niño estaba siempre a mi izquierda. Creo que este niño era mi Ángel de la Guarda que se había vuelto visible para hacerme ver a la Santísima Virgen, pues había rezado mucho a él para que me obtuviese ese favor. Estaba vestido de blanco trayendo consigo una luz milagrosa, quiero decir, él era resplandeciente de luz. Tenía más o menos la edad de cuatro o cinco años.

 

De regreso a mi lecho eran las dos de la mañana, pues oí tocar las horas.

 

No conseguí dormir más.

 

Está terminada la revelación.

 

Un terciopelo precioso

 

No me consta que allí en la Rue du Bac se indique cuál fue el lugar mostrado por Nuestra Señora a ella. Evidentemente, cualquier uno de nosotros que allí estuviese, no dejaría de rezar y de besar el piso.

 

Silla en la cual la Santísima
Virgen se sentó para
conversar con Santa
Catalina

La silla está allí sobre un pequeño estrado, y todas las personas que entran van a besarla [N.R. Hoy en día no es posible hacerlo]. Cuando yo la besé presté mi atención sobre el terciopelo y éste me pareció que era nuevo. Me causó desagrado, pues si es nuevo, no es el mismo terciopelo sobre el cual Nuestra Señora se sentó.

 

A la salida pregunté a la hermana:

 

– Hermana, hágame un favor. ¿Ese terciopelo de la silla es el mismo en el cual Nuestra Señora se sentó?

 

Ella dijo:

 

– No. Hace poco lo sustituimos por un terciopelo nuevo

 

Yo pensé que podría quedar con el terciopelo para mí, y le dije:

 

– Hermana, ¿yo no me podría quedar con ese terciopelo, o al menos con un pedacito de él?

 

Ella dijo:

 

– No.

 

No me recuerdo si ella dijo que lo habían botado, o quemado. No pude contener mi sorpresa y le dije:

 

– ¡Pero Hermana! Ud. ya pensó lo que sería… Si la armazón de madera de la silla se besa, ¿por qué no besar el terciopelo? ¿Por qué no guardarlo? ¡Ud. ya pensó que eso es una reliquia!

 

– ¡Sí, es verdad!

 

Entonces agregué:

 

– ¡Cuántas personas podrían venir aquí para recibir de Uds. un pedacito de ese terciopelo!

 

Como ella quedara medio sorprendida, le dije:

 

– Hermana, yo soy de América del Sur, soy de Brasil. ¡Le garantizo que América del Sur desfilaría aquí para recibir pedazos de ese terciopelo!

 

– Nous n´avons guère songé – ¡Ni siquiera pensamos en eso!

 

Una promesa hecha por Nuestra Señora

 

Julio de 1830. Coloquio con la Santísima Virgen.

 

“Hija mía, el Buen Dios quiere encargaros de una misión. Tendréis muchos sufrimientos, pero superaréis estos sufrimientos pensando que lo haréis para la gloria del Buen Dios. Conoceréis que es del Buen Dios y seréis atormentada hasta que lo hayáis dicho a aquél que es encargado de conduciros. Seréis contrariada, pero tendréis la gracia y por eso no temáis. Decid con confianza todo lo que pasa en vos; decidlo con simplicidad y sencillez, tened confianza, no temáis”.

 

Podemos observar cuánto miedo Catalina tenía del propio confesor con quien se debería abrir.

 

“‘Veréis ciertas cosas. Prestad cuenta de lo que viereis y oyereis. Seréis inspirada en vuestra oración. Prestad cuenta de lo que viereis en vuestras oraciones’ ”.

 

Santa Catalina conversa familiarmente con María Santísima
Santuario de la Medalla Milagrosa, París, Francia.

“Los tiempos son muy malos. Los males vendrán a precipitarse sobre Francia; el trono será abatido, el mundo entero será trastornado por males de todo orden –al decir esto la Santísima Virgen tenía un aire lleno de pena–, pero venid al pie de este altar; ahí las gracias serán derramadas sobre todas las personas que las pidieren”.

 

Es una promesa magnífica.

 

“‘Hija mía, me gusta derramar gracias sobre la comunidad en particular. La aprecio mucho y sufro porque hay grandes abusos contra la regla’”.

 

Nuestra Señora gustaba de la Comunidad en cuanto institución, pero ya en aquel tiempo había muchos abusos en el cumplimiento de la regla.

 

“‘Las reglas no son observadas, hay gran relajamiento en las dos comunidades. Decidlo a aquél que está encargado de una manera particular de la comunidad. Él debe hacer todo lo que le sea posible para reponer la regla en todo su vigor. Decidle de mi parte que hay que vigilar sobre las lecturas, las pérdidas de tiempo y las visitas’”.

 

“‘La comunidad gozará de una gran paz, se volverá grande. Momentos vendrán en que el peligro será grande, se creerá todo perdido’”.

 

Es curioso que este momento no es para 1830, porque ¿cómo va a haber una gran paz y se corregirán los abusos, etc. cuando ya se está en julio y la revolución fue en julio?

 

Estos hechos no caben ahí, sino después.

 

“‘Yo estaré con vosotras, tened confianza.

 

“Pero no se dará lo mismo con las otras comunidades: habrá víctimas –al decir esto, la Santísima Virgen tenía lágrimas en los ojos–. Para el clero de París habrá víctimas. El Señor Arzobispo –a esa palabra, lágrimas de nuevo–“.

 

Yo creo que no fue Mons. Quélan. Tal vez se trate de una profecía de 1870.

 

“Hija mía, la cruz será despreciada y echada por tierra. La sangre correrá; se abrirá de nuevo el costado de Nuestro Señor; las calles estarán llenas de sangre; el Señor Arzobispo será despojado de sus vestiduras –aquí la Santísima Virgen no podía hablar más, el sufrimiento estaba estampado en su rostro. ‘Hija mía, decía Ella, todo el mundo yacerá en profunda tristeza’ ”.

 

“Ante esas palabras pensé cuándo esto se daría: comprendí bien, de ahí a cuarenta años”.

 

En 1870, cuando el Arzobispo fue realmente fusilado mientras bendecía a los revolucionarios y dos balas cortaron sus dedos. Murió bendiciendo.

 

Una persona muy competente en esos asuntos de la historia del S. XIX me dijo que el arzobispo era de tendencia liberal. Tuvo entonces de algún modo un castigo, pues lo fusilaron los liberales. Pero notemos bien cómo Nuestra Señora manifiesta sufrimiento con el hecho, porque él era arzobispo, y en su persona era la Iglesia quien sufría una violencia.

 

Observemos como Nuestra Señora ama las instituciones eclesiásticas. Ella ama tanto una congregación religiosa en la cual, sin embargo, denuncia graves abusos. Y sufre tanto con el padecimiento de un arzobispo. Es la congregación en cuanto congregación, el arzobispo en cuanto arzobispo. Todo esto nos debe hacer comprender el amor que debemos tener a las instituciones eclesiásticas, por más que las vicisitudes humanas hagan que dentro de ellas se den cosas que son contrarias a lo que se podría querer.

 

(Extraído de conferencia de 7/11/1980)