La relación entre el fundador y sus seguidores es mucho más profunda, amorosa y abarcadora de lo que comúnmente podría pensarse. Se trata de un “engendramiento espiritual” mediante el cual se convierte verdaderamente en padre o madre de sus discípulos.

 


 

Perplejos y desalentados, dos discípulos de Jesús recorrían el trecho que va de la ciudad de Jerusalén a la aldea de Emaús, distante unos 12 kilómetros. Aquel domingo los espíritus estaban confusos; algunas mujeres decían que habían visto ángeles y anunciaban la Resurrección del Señor. Sin embargo, no había nada que lo confirmara. ¿Sería una ilusión? ¿Se habrían equivocado? Después de todo, ¿por qué había muerto Jesús cuando más próxima parecía que estaba la proclamación de su Reino?

 

Pensamientos como esos debían revolotear por la cabeza de los discípulos durante aquel trayecto muy apropiado para la reflexión. Tan tomados iban por la turbación de su espíritu que no reconocieron al divino Maestro cuando se les acercó y se puso a andar con ellos.

 

Entonces les preguntó: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?” (Lc 24, 17), y ellos se detuvieron con aire entristecido. Tras oír sus quejumbres y lamentos, el Salvador les reprendió paternalmente: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas!” (Lc 24, 25). Y Él mismo les explicó las Escrituras mostrándoles que era necesario que Cristo padeciera para redimir a los hombres.

 

Estando ya cerca de Emaús, Jesús simuló que seguía adelante, forzándoles a que le hicieran una petición:

 

“Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída” (Lc 24, 29). El Señor consintió y entró con ellos en el pueblo y se manifestó ante sus ojos, siendo reconocido al partir el pan.

 

Donde dos o tres están reunidos en mi nombre...

 

“¡Quédate con nosotros!”. Esta súplica de los discípulos de Emaús es repetida por los hijos de Dios en momentos de perplejidad y angustia, conscientes de la promesa que el divino Maestro les hizo a los Apóstoles: “sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20).

 

No obstante, ¿dónde lo encontramos? ¿Cómo estar con Jesús?

 

Tenemos la certeza de que en la Sagrada Eucaristía estamos con Él, en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Pero no lo vemos como los discípulos de Emaús, que anduvieron a su lado, lo miraron y hablaron con Él.

 

¿Sería ésa la única forma que Jesús tendría de comunicarse con nosotros? ¡Ciertamente que no! Pues el mismo Salvador había declarado: “Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los Cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 19-20).

 

Ya que su presencia nos ha sido prometida por el propio Dios — por tanto, ¡una promesa infalible!— sólo nos queda buscarlo con los ojos de la fe.

 

Es el Espíritu el que suscita a los fundadores

 

En los Evangelios nos encontramos con multitudes que siguen al Hombre Dios: “Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer” (Mc 8, 2). ¿Cuál era el motivo que llevaba a miles de personas a acompañar a Jesús durante todo ese tiempo sin preocuparse por comer o dónde descansar, dada la atracción que ejercía el divino Maestro?

 

Por una parte, todos veían en Él la suprema perfección que un ser humano puede alcanzar y se sentían invitados a imitarlo, cada uno de acuerdo con su propio llamado. Esto les llenaba el alma de consolación. Pero de algún modo también gozaban, en la convivencia con el Señor, de las alegrías celestiales. Usando el lenguaje de la época, les parecía que estaban ya “en el seno de Abrán”.

 

Una vez que el Señor subió al Cielo y cesó su presencia física entre nosotros, ¿qué hace la Providencia para atender ese legítimo e indispensable anhelo de convivencia con el Redentor?

 

El P. Fabio Ciardi, sacerdote de los Oblatos de María Inmaculada, especialista en vida religiosa y nuevos carismas, nos da la contestación: “Por ser Cristo sólo la respuesta suprema al hombre y a todas sus necesidades, el Espíritu responde en la Iglesia a las diversas necesidades del hombre tal como se manifiestan a lo largo de los siglos suscitando a los fundadores y haciendo de ellos otros cristos”.1

 

Por eso se puede decir, concluye un célebre historiador religioso contemporáneo, que la Iglesia “es un majestuoso Cristo, explicado, a través de los siglos, por medio de las diferentes formas de vida religiosa, en cada una de las cuales se constata claramente un rasgo o un aspecto de la vida de la enseñanza y de la Persona de Jesús”.2

 

Imagen visible de Cristo para sus seguidores

 

El ejemplo de los fundadores atrae a los discípulos hacia una vía de perfección específica. La familia de almas que los sigue se siente identifica da con ellos porque representan uno o más de los infinitos aspectos del divino Salvador que aún no han brillado suficientemente en la Historia. “Dios, por medio de los fundadores, quiere abrir en su Iglesia una nueva forma de seguimiento de Cristo”, esclarece el P. Ciardi.3 Y añade: “En efecto, el fundador es llamado en fuerza del carisma a inaugurar una nueva vía de santidad, a mostrar un reflejo de aquel misterio insondable de Cristo y a conducir a través de él a la plena entrega de sí mismo a Dios”.4

 

Sin ofuscar nunca la paternidad divina, infinitamente superior a la de cualquier ser humano, los fundadores elegidos por el mismo Dios deben ser una imagen visible de Cristo para sus imitadores.

 

Explica Jean François Gilmont en la Revue d’Ascétique et de Mystique que, por voluntad divina, el fundador es encomendado de engendrar al discípulo en su nueva vida; por su ejemplo y por su enseñanza le es ofrecida como una imagen de Cristo. “El religioso entra en una milicia cuyo líder, de lo alto del Cielo, le guía de una manera especial en la lucha que libran Cristo y Satanás. Esta mediación, lejos de perjudicar la sola mediación de Cristo, y esta paternidad, lejos de oscurecer la sola paternidad divina, constituyen por el contrario una alabanza y una exaltación de Dios Salvador”.5

 

Fecundidad espiritual del carisma

 

El gran Apóstol de las gentes, intrépido evangelizador, cuando tenía que apelar a los últimos recursos para convertir a alguien, no se valía de la autoridad con la que había sido investido por Cristo, sino que recurría al amor que lo animaba a buscar la salvación de sus hijos espirituales. Así se dirigía a los fieles de la ciudad de Corinto: “No os escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros. Porque os quiero como a hijos; ahora que estáis en Cristo tendréis mil tutores, pero padres no tenéis muchos; por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús. Así pues, os ruego que seáis imitadores míos” (1 Cor 4, 14-16).

 

En el caso de los fundadores, la paternidad espiritual no les proviene del hecho de bautizar o introducir a alguien en la fe cristiana, sino de la perfección que el Señor quiso manifestar en la Iglesia a través de ellos y por la cual tantas almas se sienten animadas a seguir a Dios. Por lo tanto, la característica más importante de la misión de los fundadores “es la fecundidad particular del carisma que se les concede, que les hace capaces de generar en torno a sí la misma vida, de convertirse en padres o madres en orden al nuevo modo de presencia en la Iglesia suscitado por Dios por medio de ellos”.6

 

Luego la relación entre el fundador y sus seguidores es mucho más profunda, amorosa y abarcadora de lo que comúnmente podría pensarse al considerar la convivencia de educadores, psicólogos o incluso sacerdotes con sus discípulos. Se trata de un “engendramiento espiritual” en el que el fundador o fundadora se convierte verdaderamente en padre o madre de sus discípulos.

 


 

1 CIARDI, OMI, Fabio. Los fundadores: hombres del Espíritu. Madrid: Paulinas, 1983, p. 245.
2 ÁLVAREZ GÓMEZ, Jesús. La vida religiosa como respuesta a las necesidades de la Iglesia y del mundo. In: Vida Religiosa. Madrid. Vol. L. N.º 6 (Noviembre, 1981); p. 453.
3 CIARDI, op. cit, p. 125.
4 Ídem, p. 199.
5 GILMONT, Jean-François. Paternité et médiation du fondateur d’ordre. In: Revue d’Ascétique et de Mystique.
Toulouse. Vol. XL. N.º 160 (1964); p. 425.
6 CIARDI, op. cit., p. 305.