GESTA MARIAL DE UN VARÓN CATÓLICO – Conociendo las vías de la confianza

Publicado el 04/11/2018

Entre los cuatro libros que más marcaron el alma del Dr. Plinio figura “El libro de la confianza”. En la conferencia que transcribimos a continuación narra cómo fue su encuentro con dicha obra.

 


 

Voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia que resonáis en el silencio de los corazones, susurráis en el fondo de nuestras conciencias palabras de dulzura y de paz”…

 

Esta frase la relaciono con días de mucha aflicción para mí. Con 25 años me encontraba en una encrucijada de mis caminos, en virtud de una determinada circunstancia de mi vida en que el problema de discernir la voz de Cristo, la voz misteriosa de la gracia, se presentaba de un modo bastante agudo.

 

A los 24 años me fui a Río de Janeiro para asumir mi puesto de diputado en la Asamblea Constituyente. Viajé despreocupado con respecto a mi familia, pues la dejaba en condiciones de vida completamente normales.

 

A pesar de ser todavía joven, me dirigía hacia allí tranquilo, porque, si mi elección correspondía a los planes de Dios, yo sabría obtener éxito. La Divina Providencia no le traza a un hombre un camino sin darle el apoyo necesario. Así, estaba convencido de que, incluso teniendo que soportar alguna amargura, todo acabaría bien.

 

Aflicciones y decepciones

 

Sin embargo, no todo en Río de Janeiro salió para mí como un joven idealista esperaba. La vida parlamentaria me trajo enormes sinsabores, los cuales, sumados a otras dificultades, me hicieron sentir cierta desilusión, como si la Providencia no fuera a cumplir las perspectivas que Ella misma había abierto ante mí.

 

Poco tiempo después, una información procedente de São Paulo vendría a turbar más mi horizonte. En efecto, el futuro de mis padres y el de sus dos hijos estaba prácticamente asegurado por la voluminosa herencia que nos legaría un pariente cercano. Pero esta persona, ya mayor, hizo un mal negocio y perdió todo su patrimonio. En consecuencia, no heredaríamos nada. Peor aún. Quedaríamos reducidos a una grave situación financiera.

 

Pensé: “¿Cómo puede ocurrir una cosa así? ¿Ahora qué voy hacer? Cuando termine mi mandato de diputado, ¿qué profesión ejerceré? Era mejor no haber salido electo que, concluida la carrera parlamentaria, estar obligado a optar por un empleo inferior”.

 

Luego aquello que a primera vista parecía un regalo de la Providencia, se había transformado en algo que caía sobre mí.

 

Como si no bastara la preocupación con ese futuro tan desabrido, sombrío, amenazador, empiezo a sentir todas las noches, alrededor de las tres de la madrugada, una neuralgia en la cara. Fortísima, como si fuera un clavo incrustado en el rostro, y que me impedía dormir. La única salida que tenía para encontrar cierto alivio era sentarme y quedarme con la cabeza apoyada sobre dos o tres almohadas, permaneciendo así hasta que me viniera el sueño. Entonces así conseguía descansar un poco más.

 

Me despertaba y tenía que salir deprisa a la reunión de los diputados paulistas y, a continuación, a la sesión de la Asamblea. Por la noche, me quedaba algo de tiempo para rezar el Rosario, cuidar de mi vida espiritual, etcétera.

 

Quien nunca ha pasado por una de esas neuralgias no imagina lo que es quedarse durante esas horas nocturnas así doblado, sintiendo un clavo introducido en el rostro y sin conseguir dormir. Y en mi caso, pensando en todos los problemas que me afligían. Es decir, la pérdida de una fortuna, una carrera profesional comprometida, en fin, viendo mi vida muy dificultosa. Mi porvenir parecía una flor que había brotado por la mañana bajo un lindo sol y que antes de anochecer ya tenía sus pétalos arrancados y esparcidos por un vendaval…

 

Sin hablar de otra circunstancia que no hacía más que aumentar esa angustia. Había tomado la resolución de consagrar toda mi vida al apostolado católico. Es comprensible que para tal fin no podría dedicar mucho tiempo al trabajo profesional. Pero, claro, si no ejerciera ninguna profesión, no tendría cómo proporcionarles a mis padres, que ya caminaban hacia la vejez, una vida acorde a su posición social. ¿Cómo hallaría una solución? ¡Qué problemas, qué cosas misteriosas!

 

Y así quedaba yo deshecho ante esas perspectivas, horas y horas, noches en vela, sin saber qué salida darle, hasta el momento en que la Santísima Virgen determinara que se hiciera luz en tan sombrío panorama.

 

Un libro comprado al azar

 

Cerca de mi hotel se erguía la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, adonde yo iba a comulgar todos los días. Ocurre que, debido a las neuralgias y a las preocupaciones, me resultaba difícil levantarme tan temprano como sería necesario para recibir la sagrada Eucaristía durante las Misas de la mañana, ya rezadas cuando yo llegaba a la iglesia. Pero el párroco era extremadamente amable conmigo: al percibir que mis horarios eran bastantes ajustados, siempre se disponía a darme la comunión en el momento en que apareciera yo por allí. Superfluo es decir cómo le estaba agradecido por esa caridad, haciéndoselo entender al saludarlo con particular gentileza. Sólo era eso, pues tenía que salir corriendo hacia la Asamblea Constituyente y no tenía tiempo para entablar una conversación con él.

 

Sin embargo, un día el sacerdote se me acercó y me dijo: “Dr. Plinio, estamos organizando una exposición de libros piadosos en la sacristía. Si usted desea ver la muestra, tal vez haya alguna obra que le guste”.

 

De hecho, me estaba diciendo otra cosa: “Para mantener la parroquia, estamos vendiendo algunos libros. ¿Usted no querría ayudarnos comprando algunos?”. Yo, debiéndole tantos favores, no podía ni era mi voluntad rechazarlo. Auxiliar a aquella parroquia era una cosa muy buena, y quería colaborar en esa forma de bien. De modo que concluida mi acción de gracias, fui corriendo hasta la sacristía dispuesto a adquirir dos o tres libros, elegidos al azar. Cogí uno de cuyo tema ya no me acuerdo, y otro llamado El libro de la confianza.

 

Me retiré apresuradamente, me subí a un taxi y fui a trabajar, llevando los libros en la mano. Por la noche, de vuelta en la habitación del hotel, los dejé sobre un mueble cualquiera, sin prestarles mucha atención.

 

“Voz de Cristo…”

 

En fin, allí estaba el libro y, aquel mismo día o al siguiente, resolví hojearlo. Era de una lectura muy fácil, con letras grandes y capítulos cortos. Escrito por un tal P. Thomas de Saint-Laurent y traducido por “M. P.” (que yo sabía que eran las iniciales de la esposa del expresidente Epitacio Pessoa, una señora de renombradas dotes literarias). Desconociendo el camino que la Santísima Virgen me preparaba, abrí el libro y leí esa frase que, después de tantos y tantos años, aún recuerdo muy bien: “Voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia, susurráis en el fondo de nuestras conciencias palabras de dulzura y de paz”.

 

Me causó singular impresión el hecho de que yo estaba angustiado y lleno de dudas y nunca, pero absolutamente nunca, había oído hablar de la confianza como una virtud que el católico debía practicar. Entendía que confiar en Dios es una actitud buena. Incluso me acordaba de un canto interpretado por el coro de la parroquia en la que me había hecho congregado mariano, cuya letra en latín era: “Beatus homo qui confidet in te” – Dichoso el hombre que confía en ti, Señor. Me gustaba escuchar aquello, era una canción que me decía algo, pero no profundizaba en su significado.

 

Ahora bien, en aquella amargura mía, al leer las palabras “voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia”, tuve una sensación curiosa, como si una atmósfera dulcísima y llena de afecto penetrara en mí, alejara todos los espantajos y recelos y me dijera: “Repita, hijo mío: voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia, susurráis en mi alma palabras de dulzura y de paz”.

 

Sentía algo que hacía que se extinguieran todas mis angustias y me daba una certeza de que, realmente, esos fantasmas de perspectivas y de preocupaciones futuras desaparecerían. Y de que el Señor y la Virgen resolverían exitosamente los problemas que tanta amargura me causaban.

 

Continué leyendo el libro y en cada nueva frase, la misma sensación de tranquilidad se producía en mí. Me daba la impresión de estar entrando en un bosque encantado donde brotaban flores maravillosas, donde los pajarillos cantaban de un modo más sonoro y agradable posible, etcétera.

 

¿Y dónde queda la razón?

 

No obstante, siempre habituado a raciocinar mucho, y desconociendo la doctrina católica acerca de la confianza, tenía dos objeciones contra esos sentimientos.

 

En primer lugar, no se me presentaba ninguna razón plausible para confiar en que la Santísima Virgen me ayudaría en aquella emergencia, pues no veía en mi horizonte nada que me prometiera una solución. Y el hombre ha de ser concreto, no puede vivir de impresiones interiores. Para confiar, necesitaría motivos sinceros, francos, “al pan, pan, y al vino, vino”, hijos de la razón. Ahora bien, ¿dónde estaba la razón dentro de toda esa historia?

 

Después estaba el hecho de que en ciertas horas del día leía aquellas frases y para mí era como si estuviera mascando serrín de madera. No me decían nada. A otras horas, al contrario, era como si penetrara un pedazo de Cielo dentro de mi espíritu. Enseguida, una objeción: “¿Qué propósito hay en esto? No entregaré mi alma a esas sensaciones interiores sin antes obtener una explicación de cómo se fundamentan en la buena y ortodoxa doctrina de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana”.

 

Pero, no había remedio, era una experiencia curiosa: abría el libro y penetraba en mí esa dulzura. En ese momento, las objeciones desaparecían, haciendo evidente que aquello era una acción de la gracia, un favor de Dios y de la Virgen. No obstante, cuando cerraba el libro, aquella suavidad se eclipsaba y ya no era tan patente para mí que se tratara de un movimiento de la gracia. Luego, necesitaba pruebas.

 

La solución exacta, en el momento exacto

 

Éstas aparecieron, de manera bastante inesperada.

 

Los fines de semana los pasaba en São Paulo para estar con mis padres y el domingo por la noche o el lunes por la mañana regresaba a Río de Janeiro.

 

Cierta noche, en una de esas idas a São Paulo, me encontraba en el edificio de la Congregación Mariana de Santa Cecilia, cuando un congregado amigo mío, persona muy viva e inteligente, se acercó a mí y, en un tono de voz bajo, casi susurrado, me dijo:

 

—Plinio, ¿te gustaría que te diera cierta información para que consigas un empleo muy bueno? Cuando dejes de ser diputado, te quedas con ese trabajo…

 

¡Caí de las nubes! “Este hombre no sabe nada sobre mi vida, no conoce los apuros y problemas por los que estoy pasando, ¿cómo puede venir a ofrecerme algo tan capaz de satisfacerme y de aliviarme de tantas preocupaciones?”.

 

En fin, cuando uno se está ahogando en el mar, se agarra a cualquier cuerda que aparezca, porque debe estar sujeta a algún lugar sólido. Inmediatamente cogí dos sillas y le hice que se sentara a mi lado:

 

—Ven aquí y cuéntamelo todo. Se había enterado de la apertura de plazas para profesores en el Colegio Universitario de la Facultad de Derecho de São Paulo, y comprobó que yo encajaba en una de ellas. Con algunas providencias, yo conseguiría el puesto, con un óptimo sueldo.

 

Dudé un poco, pero finalmente resolví actuar conforme me había indicado. Y de hecho, después de algunos trámites, acabé siendo nombrado profesor catedrático vitalicio y con el vencimiento irreductible. Era el cargo que deseaba, con el sueldo que necesitaba y una honrosa posición para un exdiputado.

 

Terminó el mandato, volví a São Paulo y el empleo estaba a mi espera. Más o menos por esa época me ofrecieron otros dos cargos de profesor catedrático, en las dos primeras facultades católicas abiertas en São Paulo: la de Sedes Sapientiæ y la de San Benito.

 

En ese ínterin, las neuralgias desaparecieron, como si nunca hubieran existido. Algunas cargas me habían sido quitadas de encima y entendí la verdad de esta afirmación: “Voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia…”.

 

Las razones para confiar

 

Todo lo que nos lleva hacia la virtud será siempre una acción que baja del Cielo hasta nuestras almas. Y si algo nos impele a proceder conforme a la fe y a la doctrina católica, existen todas las razones para creer que eso viene de Dios.

 

Máxime cuando nos sentimos débiles y notamos en determinado momento una fuerza que nos ayuda a realizar lo que pensábamos que no estaba al alcance de nuestra flaqueza. Es Dios quien está levantándonos y haciéndonos andar. Él nos prueba, nos pide una tarea ardua y pesada, pero nos sustenta para que caminemos. Deus qui ponit pondus, supponit manum, dicen las Escrituras. Dios que impone el peso, coloca debajo su mano para que lo soportemos.

 

Por lo tanto, si sentimos valor y tenemos vuelo de alma para emprender lo que antes nos parecía tan difícil, podremos verdaderamente decir: “La gracia me está conduciendo. Dios me llama. Yo voy”.

 

Lo que había pasado conmigo al leer El libro de la confianza era, pues, obra de la gracia. A través de sus páginas benditas, acabé conociendo las vías de la confianza, la cual debe llevarnos a cada uno de nosotros a este punto: aunque existiera un gran peligro de que los planes de Dios acerca de nosotros no se concreten, debemos permanecer tranquilos porque, al final, se realizarán.

 

Tranquilos, es verdad, pero no indolentes. Es necesario rezar y pedir para obtener, siguiendo el consejo del Señor: “Pedid y se os dará; llamad y se os abrirá”.

 

Y les recuerdo que nunca una petición le será verdaderamente grata a Él, si no la hacemos por medio de la Santísima Virgen, Madre suya y nuestra. Madre de misericordia, nuestra vida, dulzura y esperanza. Entonces pidámosle a Ella, y por medio de Ella a Nuestro Señor Jesucristo, diciendo: “Madre mía, vuestro divino Hijo tiene tales designios respecto a mí, pero los problemas se acumulan enfrente de mi camino. Sin embargo, no me dejo tomar por angustias ni inquietudes, porque confío en Vos. ¡Ayudadme!”.

 

Y así practicamos, de la mejor manera posible, la virtud de la confianza.

 

Extraído de la revista “Dr. Plinio”. Año III, N.º 23 (Febrero, 2000); pp. 6-11.

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