Cada vez que en la Santa Misa se obra la transustanciación, cada vez que recibimos la sagrada comunión, allí está presente el mismo Hombre Dios que hace más de 2000 años fue formado en el seno virginal de María Santísima.

 


 

Son numerosas las personas que hoy día se gastan una fortuna en viajes para ir a conocer panoramas maravillosos, y se consideran dichosas por tener tal oportunidad. Pocas, no obstante, se detienen a reflexionar que en el universo material no hay belleza comparable con los arrebatadores horizontes del mundo sobrenatural. Basta pensar en la felicidad eterna de los habitantes del Cielo, donde participan, en mayor o menor medida, de las cautivantes realidades de la visión beatífica.

 

La Eucaristía vista desde el prisma de María Santísima

 

La famosa frase de San Bernardo “De Maria nunquam satis” —nunca se sabrá de María lo bastante— se aplica con toda propiedad a la Sagrada Eucaristía: por más que la exaltemos, siempre nos quedaremos por debajo de la realidad.

 

Una forma excelente, aunque no muy usual, de hablar sobre la Eucaristía es hacerlo en función de la Santísima Virgen. Fue creada por Dios para ser la Madre de la segunda Persona de la Santísima Trinidad y, por tanto, el decreto divino que establecía la Encarnación del Verbo ya consideraba a Aquella que sería su Madre.

 

Como enseña San Luis Grignion de Montfort, Dios la creó como Jardín del Edén para acoger a su Hijo en esta tierra de exilio: “La divina María es el Paraíso terrenal del nuevo Adán, donde Él se encarnó por obra del Espíritu Santo, para realizar allí maravillas incomprensibles”.1

 

Habiendo sido concebida sin pecado original, poseía desde niña el don de la ciencia infusa, y sus elevadísimas meditaciones no eran empañadas por raciocinios deturpados, fruto del pecado. Con ello, bien se puede conjeturar sobre cuáles serían las sublimes reflexiones acerca del Mesías.

 

María construyó en su mente una imagen perfecta del Redentor

 

Ardía en deseos desde pequeña por el santo advenimiento del Mesías y ese debía ser uno de sus temas favoritos de conversación con sus compañeras del Templo. A medida que sabía de las profecías que anunciaban la venida del Salvador, penetraba en su significado más elevado y profundo. “De ese modo, se iba formando una idea siempre más perfecta al respecto del esperado de las naciones. Su Corazón Inmaculado ansiaba conocerlo y servirlo con total dedicación”.2

 

Toda su vida, incluso antes de la Encarnación, era una incesante contemplación de las virtudes naturales y sobrenaturales del Mesías. Así, a lo largo de los años fue elaborando en su mente una imagen del Redentor, de su personalidad, sus cualidades, su psicología, sus perfecciones, su porte, sus gestos, todo llevándola a configurar una persona regia, grandiosa, divina.

 

Y podemos considerar que una vez habiendo contemplado la formación de esa imagen en todos sus pormenores, viniera el arcángel Gabriel a anunciarle que sería Ella la Madre de ese Mesías esperado durante tantos siglos por el pueblo elegido, y le pidiera la venia para que el Espíritu Santo engendrara a Jesucristo en su seno virginal.

 

La carne y la sangre de María pasan a ser cuerpo y sangre de Jesús

 

La creación de todo el universo, de las incontables estrellas que brillan en el firmamento, de la tierra con sus maravillas minerales, vegetales y animales, fue menos portentosa que el prodigio ocurrido en la humilde casa de Nazaret: la Encarnación del Verbo. Para crear el universo, bastó un acto de voluntad del Todopoderoso; para asumir nuestra humana naturaleza, quiso depender del consentimiento de la Virgen María.

 

Dejando claro que Ella no es ni podría ser sacerdote, pues el munus sacerdotal está reservado sólo para los varones,3 se puede decir que el milagro de la Encarnación del Verbo tiene mucha similitud con el de la transustanciación, obrado en el Santo Sacrificio del Altar. En este caso, la materia no sería el pan y el vino, sino el cuerpo de la Santa Virgen de las Vírgenes que, con su fiat, permitió la realización del milagro.

 

En ese sentido, afirma San Ambrosio: “La Virgen, evidentemente, engendró fuera del orden natural. Y esto que producimos (mediante la Consagración), es el cuerpo nacido de la Virgen. ¿Por qué buscar aquí el orden de la naturaleza en el cuerpo de Cristo, cuando el mismo Señor Jesús fue dado a luz por una virgen? Por tanto, es la verdadera carne de Cristo, que fue crucificada, que fue sepultada. Verdaderamente es el sacramento de su carne”.4

 

A lo largo de nueve meses el organismo de María fue facilitando lo necesario para constituir el cuerpecito del Niño Jesús. Su virginalísima sangre se divinizaba al pasar a formar parte del cuerpo de Cristo, el propio Dios hecho hombre. El Padre eterno no podía desear o pensar en una criatura más preciosa que la Virgen para la formación de la humanidad de su Hijo unigénito.

 

La “Primera Comunión” de la Historia

 

¡Cómo se maravillaron los ángeles, primeros testigos de la Encarnación, al ver a aquel niño! “¡Cómo se parece a Ella!”, debieron haber exclamado. En efecto, jamás hubo ni habrá un hijo tan parecido a su madre.

 

Desde la Anunciación hasta la Navidad, pasaron nueve meses de singular “presencia eucarística” en la Santísima Virgen.5 Se puede afirmar que, desde cierto punto de vista, la Encarnación fue la “Primera Comunión” de la Historia.

 

En nuestras comuniones, la especie pan permanece sólo unos minutos, cesando después la presencia divina; la “Primera Comunión” de María duró nueve meses y culminó con el nacimiento del Mesías. Y cada vez que en la Santa Misa tiene lugar la Consagración y después se distribuye a los fieles la comunión, se trata de aquel mismo cuerpo de Cristo formado hace más de dos mil años en el seno purísimo de la Madre de Dios.

 

He aquí un bello incentivo para la piedad eucarística: considerar que el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad que comulgamos se formó de la carne de María. Y tanto el sacerdote que consagra como los fieles que comulgan, todos encontramos un ejemplo a seguir: recibir la Eucaristía con la adoración con la cual la recibió la Santísima Virgen. ²

 

 

SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Traité de la vraie dévotion à la Sainte Vierge, n.º 6. In: OEuvres Complètes. Paris: Du Seuil, 1966, p. 490.

2 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. São José: quem o conhece? São Paulo: Lumen Sapientiæ, 2017, p. 79.

3 Cf. SAGRADA CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE. Declaración Inter Insigniores, 15/10/1976.

4 SAN AMBROSIO. Sobre los misterios, n.º 53: PL 16, 407.

5 “En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la Encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la Pasión y la Resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la Anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor” (SAN JUAN PABLO II. Ecclesia de Eucharistia, n.º 55).