Así como el agua puesta en el cáliz de la Santa Misa se transforma en vino, también nuestros dolores y oraciones, unidos a la sangre redentora de Cristo, adquieren sus méritos.

 


 

Paramentos vistosos, artísticos cálices, copones engastados de piedras y ceremoniosos gestos ornan la celebración de los sacramentos, portadores de la gracia... Más que esto, no obstante, esos signos sensibles llevan consigo una amplia y profunda simbología.

 

Al observar los ritos litúrgicos de la Santa Iglesia nos encontramos con numerosos detalles ricos en significado, propios a predisponer al alma del fiel a practicar la verdadera piedad. Pero en espíritus acostumbrados a lo pragmático y al ajetreo de nuestros días podría surgir esta pregunta: ¿Para qué sirven todas esas cosas si sólo la gracia, misteriosa e invisible, es capaz de salvarnos?

Elevación del cáliz durante una Misa
presidida por Mons. João Scognamiglio
Clá Dias, EP, el 26/6/2016

 

Ante este cuestionamiento debemos recordar la finalidad de la sagrada liturgia: además de ser el medio por el cual se ejerce la obra de nuestra Redención, “contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida, y manifiesten a los demás, el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia”.1

 

El papel de los símbolos en la vida humana

 

Muchas veces nos vemos inclinados a pensar que para poder alcanzar mejor los bienes del espíritu es necesario despreciar todo lo que no sea estrictamente indispensable en el ámbito de lo concreto.

 

No cabe duda de que la vida sobrenatural es superior a la terrena y entonces se vuelve imprescindible que combatamos nuestras pasiones desordenadas adoptando una actitud moderada frente a los bienes de este mundo. Sin embargo, esto no nos debe llevar a considerar intrínsicamente malo todo lo que es material, como hacían los maniqueístas en el siglo III.

 

La materia, en sí, es neutra: podemos usarla para el bien o para el mal. El mismo Dios que creó el alma también creó el cuerpo, y desea que los hombres se valgan de las cosas visibles para elevarse mejor hacia la esfera de lo sobrenatural.

 

Por otra parte, la filosofía escolástica dice que no hay nada en el intelecto que no haya pasado primero por los sentidos. Luego, no existe otro medio para asimilar las verdades espirituales que no sea por el contacto con las cosas sensibles. Y aquí es donde entra el papel de los símbolos en la vida del hombre: siendo éste “un ser a la vez corporal y espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a través de signos y de símbolos materiales”.2

 

Los ritos litúrgicos ayudan a penetrar en lo invisible

 

Los símbolos nos dan a conocer las realidades superiores en todos los ámbitos, pero muy especialmente en lo que se refiere a la sagrada liturgia. Los ritos litúrgicos ayudan a penetrar en el mundo invisible de lo sobrenatural, entenderlo y vivir en conformidad con él: “El hombre necesita signos y símbolos para comunicarse con los demás, mediante el lenguaje, gestos y acciones. Lo mismo sucede en su relación con Dios”.3

 

Si no existieran las iglesias, ¿cómo iban los fieles a poder reunirse dignamente para alabar a su Creador y Redentor? Sin los ritos visibles usados en la administración de los sacramentos, ¿cómo lograríamos hacernos una idea de la acción de la gracia propia a cada uno de ellos? ¿Y acaso percibiríamos con la misma facilidad la grandeza y la majestad de Dios si no fuera por el esplendor de las vestiduras sacerdotales, de los vasos sagrados y de las ceremonias litúrgicas?

 

Todo esto nos demuestra lo importante que es el uso de los símbolos por parte de la Iglesia y cómo ellos auxilian a los fieles en su caminar hacia el Cielo.

 

Un gesto simple y lleno de significado

 

Resaltemos tan sólo uno de los signos realizados en la Santa Misa: la colocación de una gota de agua en el cáliz durante el ofertorio. Desde los primeros siglos del cristianismo era habitual echar agua en el vino que iba a ser consagrado, pues se creía que el propio Jesús lo había hecho en la cena pascual, siguiendo una práctica común entre los judíos. Aunque algunos contestaron contra esa costumbre, ésta fue sellada por los concilios y pasó a formar parte de las rúbricas de la Santa Misa.4

 

Invocando la autoridad de los Papas y el testimonio de los Santos Padres y de los doctores de la Iglesia, el Concilio de Florencia estableció: “El tercer sacramento es el de la Eucaristía, cuya materia es el pan de trigo y el vino de vid, al que antes de la consagración debe añadirse una cantidad muy módica de agua”.5 Y, siglos después, el Concilio de Trento ratificó esa norma: “La Iglesia ha preceptuado a sus sacerdotes que mezclen agua en el vino en el cáliz que debe ser ofrecido, ora porque así se cree haberlo hecho Cristo, ora también porque de su costado salió agua juntamente con sangre, misterio que se recuerda con esta mixtión”.6

 

Además de estos motivos hay una razón mistagógica: tal gesto simboliza a los fieles que se unen al supremo Sacrificio, agregando la pequeña gota de sus sufrimientos al mar de dolor que es la Pasión y Muerte de Cristo. Y así como el agua puesta en el cáliz se transforma en vino, así también nuestros dolores y oraciones, unidos a la sangre del Redentor, se unen a sus méritos, de forma que en la hora en que el vino es transubstanciado, el “agua” de nuestra contribución igualmente se vuelve divina y digna de ser ofrecida al Padre.

 

La liturgia predica a Cristo crucificado

 

San Pablo afirma que “el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios” (1 Cor 1, 18).

 

Sí, por más contradictorio que pueda sonarles a los hombres de nuestros días, acostumbrados a huir del sufrimiento y a la desenfrenada búsqueda de una alegría fugaz, ese pequeño símbolo litúrgico tiene una belleza muy especial. Nos invita a unirnos a la obra de la Redención, a dejarnos crucificar con Cristo y a sufrir con ufanía por amor a ese Dios que no se escatimó a sí mismo para demostrarnos toda su bienquerencia.

 

Mientras el mundo invita a la pseudofelicidad, la liturgia predica a Cristo crucificado, apuntando al único camino que nos conducirá a la verdadera paz y sabiduría: “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará” (Mt 16, 25).

 

El gesto de poner agua en el cáliz tan sólo es uno de los incontables ritos llenos de significado que la Santa Madre Iglesia instituyó para conducir mejor a sus hijos hacia el conocimiento y el amor de Dios. ¿No es verdad que sin signos visibles como esos nos sería más difícil entender el mundo sobrenatural?

 

Tomados de encanto y admiración pidámosle a la Santísima Virgen que aumente nuestra fe en las realidades invisibles que nos envuelven, para que seamos dignos de vivirlas plenamente en el Cielo.

 

 

1 CONCILIO VATICANO II. Sacrosanctum Concilium, n.º 2.

2 CCE 1146.

3 Ídem.

4 Cf. MISAL ROMANO. Instrucción general, n.º 103. Texto unificado en lengua española. Edición típica aprobada por la Conferencia Episcopal Española y confirmada por la Congregación para el Culto Divino. 17.ª ed. San Adrián del Besós (Barcelona): Coeditores Litúrgicos, 2001.

5 Dz 1320.

6 Dz 1748.