Después del Bautismo necesitamos de la oración continua para entrar en el Cielo. Ascendiendo en los diversos grados de la oración degustaremos, aún en esta vida, lo que será la eterna convivencia con Dios cara a cara.

 


 

Una de las más significativas enseñanzas dadas por Jesús mientras estaba entre los hombres fue dicha junto al pozo de Jacob, en su diálogo con la samaritana: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ‘dame de beber’, le pedirías tú, y Él te daría agua viva” (Jn 4, 10). El sentido más profundo de las palabras del divino Maestro nos revela cuán deseoso está de relacionarse con nosotros, cómo está esperando una petición nuestra para darnos el agua de la vida eterna.

 

Esta íntima y gozosa relación, en la que recibimos el don de la gracia para superar con éxito el estado de prueba por el que pasamos, se da con la oración, que es sencillamente convivir con Dios.

 

Jóvenes miembros de los Heraldos del Evangelio
rezando el Rosario en la basílica de Nuestra
Señora del Rosario, Caieiras (Brasil)

La oración, según la clásica definición de San Juan Damasceno, es “la elevación de la mente a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes”. 1 El frescor de la inocencia de la santa de la “pequeña vía” la define con términos simples, pero llenos del fuego de la caridad: “Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor, tanto en el seno de la prueba como desde dentro de la alegría”.2

 

Necesidad de la oración humilde

 

Si con las aguas bautismales recibimos la gracia santificante y nos convertimos en hijos de Dios, “después del bautismo le es necesaria al hombre la oración continua para entrar en el Cielo”,3 nos advierte el Doctor Angélico. Por eso afirma San Alfonso María de Ligorio, en su famosa máxima: “el que reza se salva y el que no reza se condena”.4 Es menester, por tanto, hacer uso de tan poderoso tesoro para acercarnos a Dios.

 

Sin embargo, ¿qué es lo que nos garantiza que él escuchará propicio nuestras súplicas, siendo nosotros tan insuficientes como criaturas humanas? ¿Cuáles son las condiciones necesarias para hacer que nuestra oración se vuelva agradable al Señor?

 

La más importante de ellas, sin duda, es la humildad. Y esto nos lo reveló el mismo Redentor, cuando contó la parábola de la oración del fariseo y del publicano en el Templo. Mientras uno enaltecía sus pretensas virtudes, el otro reconocía su miseria. “Éste bajó a su casa justificado, y aquel no” (Lc 18, 14), dijo Jesús. De ahí deriva el amor, que “es todo el bien de la oración fundada sobre humildad”,5 por el cual nos ponemos en las manos de Dios con verdadera sumisión, restituyéndole todos los beneficios que por medio de la oración hemos recibido.

 

Nueve peldaños que nos conducen a la visión beatífica

 

Por nosotros mismos “no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8, 26). Él es quien nos inspira y nos lleva al esplendor perfectísimo de la unión con Dios, a través de los distintos grados de la oración. En ésta, afirma Santa Teresa de Jesús, las delicias de las almas son como las que en el Cielo deben tener los elegidos.6

 

Los maestros de la vida espiritual dividen la oración en nueve grados: la oración vocal, la meditación, la oración afectiva, la oración de simplicidad, el recogimiento infuso, la oración de quietud, la unión contemplativa, la unión extática y la unión transformante, grado éste tan elevado que prenuncia la visión beatífica.

 

Cada uno de ellos merecería una extensa explicación. No obstante, el exiguo espacio de un artículo nos impide desmenuzarlo detenidamente, de modo que nos limitaremos a presentar algunos trazos de esta sublime escala que nos hace degustar anticipadamente en esta vida lo que será la eterna convivencia con Dios.

 

Un primer peldaño al alcance de todos

 

Los grados de la oración representan un progreso en dirección al Reino de los Cielos. El primer escalón de esta jerarquía, que está al alcance de cualquiera, es la oración vocal. El propio Maestro, cuando sus discípulos le pidieron que les enseñase a rezar, les dictó el Padrenuestro (cf. Lc 11, 2-4). Igualmente el ángel San Gabriel y Santa Isabel compusieron la primera parte del Avemaría (cf. Lc 1, 28.42). Y la Santa Iglesia, en su magisterio infalible, recogiendo las enseñanzas que Cristo les dejó a los Apóstoles, fijó el Credo,7 en el que profesamos la integridad de nuestra fe. Estos son algunos ejemplos consagrados de oración vocal.

 

Esta clase de oración es, por tanto, expresada con palabras y, por tal motivo, es la única forma de oración pública o litúrgica. Para que sea eficaz, ha de poseer dos condiciones: debe ser hecha con atención y con profunda piedad. Con la atención, explica el P. Royo Marín, aplicamos “nuestra inteligencia a Dios” y con la piedad “ponemos en contacto con Él el corazón y la voluntad”.8

 

Santo Tomás9 enseña que en la oración vocal hay que estar atento a las palabras, para pronunciarlas con exactitud, al sentido de las mismas y a su fin último, es decir, el propio Dios, objeto de la oración. Sobre la importancia de esa atención, escribía Santa Teresa: “no digo más mental que vocal, que como sea oración ha de ser con consideración; porque la que no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quién, no la llamo yo oración, aunque mucho menee los labios; [...]. Mas quien tuviese de costumbre hablar con la majestad de Dios como hablaría con su esclavo, que ni mira si dice mal, sino lo que se le viene a la boca y tiene deprendido por hacerlo otras veces, no la tengo por oración”.10

 

Adoración Eucarística en la casa de Joinville (Brasil)

La oración vocal no es una práctica facultativa, aunque es de suma importancia ejercitarla con fervor en la vida espiritual. Estando con salud o agonizantes, en la consolación o en la aridez, incluso en los más altos estados de la santidad, el hombre jamás podrá abandonar esta práctica diaria, pues de lo contrario podría comprometer su salvación eterna.

 

Meditación y oración afectiva

 

La meditación constituye el segundo grado de la oración y en ella las almas “entienden los llamamientos que les hace el Señor”.11 La teología nos enseña que la meditación consiste en “la aplicación razonada de la mente a una verdad sobrenatural para convencernos de ella y movernos a amarla y practicarla con ayuda de la gracia”.12 En este grado será esencialmente utilizada la razón, sin la cual la meditación no podrá llevarse a cabo. Así, el Apóstol proclama: “Oraré con el espíritu, pero oraré también con la mente; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con la mente” (1 Co 14, 15).

 

Esta forma de orar es un don particularísimo de Dios, en el cual las almas son introducidas y embriagadas en el amor divino. El alma absorta y embelesada no tiene tiempo para pensar en sí misma, porque sólo se ocupa en lo que concierne al Amado. San Francisco de Sales 13 nos enseña que para que la meditación sea bien hecha debemos ponernos en la presencia de Dios, invocándolo y considerando sus misterios, entregándole nuestros afectos y tomando resoluciones firmes.

 

La oración afectiva ocupa el tercer grado de la oración. Es algo así como una meditación simplificada y orientada al corazón, en la cual predominan los afectos de la voluntad sobre el discurso del entendimiento. Representa un profundo descanso para el alma, pues disminuye la ruda labor de la meditación discursiva. Con relación a este pormenor, incomparables son las ventajas espirituales concedidas en este tercer grado: una unión más íntima y profunda con Dios, por la cual nos acercamos cada vez más al objeto amado; un desarrollo especial de las virtudes infusas en conexión con la caridad, además de consuelos y suavidades sensibles que sirven de estímulo y aliento para la práctica de las virtudes cristianas.

 

Los frutos de la oración afectiva no son medidos por la cantidad de consolaciones sensibles, sino por las manifestaciones cada vez más intensas de las virtudes.

 

Simplicidad y recogimiento infuso

 

Simple visión, mirada amorosa a Dios o a las cosas divinas que enciende en el alma el fuego del amor, he aquí el cuarto grado conocido como oración de simplicidad. Los tres primeros grados de la oración pertenecen al orden ascético, en el que sobresale el esfuerzo. Este cuarto grado representa la transición progresiva y gradual hacia lo místico, que es la acción directa de la gracia.

 

El encuentro de San Juan de la Cruz con Santa Teresa -
Iglesia del monasterio de la Anunciación, Alba
de Tormes (España)

En este estadio, el alma es conducida por un ardiente deseo de glorificar a Dios y de buscarlo en los pequeños quehaceres, uniéndose a Él con una mirada cargada de amor, como afirma Santa Teresa: “para aprovechar mucho en este camino y subir a las moradas que deseamos, no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho; y así lo que más os despertare a amar, eso haced. Quizá no sabemos qué es amar, y no me espantaré mucho; porque no está en el mayor gusto, sino en la mayor determinación de desear contentar en todo a Dios y procurar, en cuanto pudiéremos, no le ofender, y rogarle que vaya siempre adelante la honra y gloria de su Hijo y el aumento de la Iglesia Católica”.14

 

El recogimiento infuso es el quinto grado de la oración, pero es el primero en la escala contemplativa. Se caracteriza por la unión del entendimiento con Dios, en la cual se abandona las cosas exteriores para entrar en lo íntimo del alma. El individuo siente “notablemente un encogimiento suave a lo interior”,15 por el que desea estar a solas con Dios.

 

Al romper con todas las bagatelas que le atan a la tierra, el alma se entrega a la vida interior, mortificando los sentidos e insistiendo en el amor ardiente a Dios. Recibe en esta etapa “una admiración deleitosa que ensancha el alma y la llena de gozo, al descubrir en Dios tantas maravillas de amor”.16 Por otra parte, penetra sin esfuerzo en los misterios divinos contenidos en las palabras del Evangelio, cosa que con años enteros de estudio no hubiera conseguido.

 

Oración de quietud

 

Uno de los más célebres grados es el sexto, la oración de quietud, en la cual el alma toca lo sobrenatural. Consiste en un sentimiento íntimo de la presencia de Dios que cautiva la voluntad y llena el cuerpo de suavidad y gozos inefables. “Suspende el alma de suerte que toda parecía estar fuera de sí”.17

 

La diferencia fundamental entre la oración de quietud y el recogimiento infuso es que este último es una invitación de Dios para reconcentrarse en el interior del alma, donde Él quiere comunicarse. “La quietud va más lejos: comienza a darle al alma la posesión, el goce fruitivo del soberano Bien”.18

 

En esta fase, el alma encuentra el perfecto equilibrio entre acción y contemplación, pues aunque tiende al silencio y al reposo, al no encontrar obstáculos en el entendimiento puede practicar perfectamente obras activas. Admirables son los efectos santificadores que la oración de quietud produce: gran libertad de espíritu que deja al alma generosa al servicio de las cosas divinas, temor filial de Dios, entera confianza en la salvación eterna, amor a la mortificación, profunda humildad, desprecio de los deleites terrenos y crecimiento en todas las virtudes.19

 

Los tres grados de unión

 

Las almas que llegan a tal nivel, continúan subiendo la montaña sagrada de la oración, alcanzando el séptimo grado: la unión contemplativa. Intensísimo grado en el que todas las potencias humanas están cautivadas y absortas en Dios. El alma goza de la inquebrantable certeza de estar unida plenamente a Dios, acompañada de una total ausencia de distracciones.

 

El desposorio místico de Santa Catalina de Siena,
por Giovanni di Paolo - Museo Metropolitano de
Arte, Nueva York

Muy fuertes e inesperados impulsos invaden el espíritu, abrasándolo en las llamas del divino amor, hasta el punto de que al oír el nombre de Dios se enciende súbitamente en él un ímpetu insaciable y devorador. “El alma arde en deseos de que se le rompan las ataduras del cuerpo para volar libremente a Dios”.20

 

El octavo grado es la unión extática. En él la magnitud de la unión mística rebasa los límites de la fragilidad humana y, como consecuencia, sobrevienen los éxtasis, que consisten en una flaqueza corporal que suspende los sentidos internos y externos. En tales arrobamientos, es imposible resistir, haciéndose evidente que: “no somos parte, cuando su Majestad quiere, de detener tampoco el cuerpo como el alma, ni somos señores de ello; sino que, mal que nos pese, vemos que hay [alguien] superior y que estas mercedes son dadas de Él, y que de nosotros no podemos en nada, nada, e imprímese mucha humildad”.21

 

Los éxtasis místicos producen una energía sobrenatural que lleva al alma a la práctica heroica de las virtudes. “Es menester alma determinada y animosa, mucho más que para lo que queda dicho, para arriscarlo todo, venga lo que viniere, y dejarse en las manos de Dios, e ir adonde nos llevaren de grado”.22

 

La unión transformante es el último grado de la oración, conocida también como unión consumada. Es un preludio anticipado y una preparación inmediata para la gloria celestial. San Juan de la Cruz define esta oración como la plena transformación en el Amado: “el alma más parece Dios que alma, y aun es Dios por participación; aunque es verdad que su ser naturalmente tan distinto se le tiene del de Dios como antes, aunque está transformada, como también la vidriera le tiene distinto del rayo, estando de él clarificada”.23

 

Magníficos dones concede al alma este rocío celestial: la muerte total del egoísmo, llevándola a preocuparse solamente con la gloria de Dios, sintiendo gran deseo de ser crucificada con Cristo, gozo por ser perseguida y calumniada, paz y quietud imperturbables, en las que el demonio no logra entrar. El Doctor Místico considera que este es “el más alto estado a que en esta vida se puede llegar”.24

 

Una escala para todos

 

Imagen de Nuestra Señora de las Gracias
venerada en una de las casas de los
Heraldos en São Paulo

Al contrario de lo que se puede pensar, este recorrido de la oración, que santifica al alma, no es únicamente un privilegio de algunos. Sin negar que existen vocaciones especiales, no podemos olvidarnos de que alcanzar la santidad propia a su estado de vida debería ser la finalidad de todo bautizado.

 

Sin embargo, son pocos los que tratan de alcanzar la perfección... “¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas! ¿Qué hacéis? ¿En qué os entretenéis? Vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos, y para tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis grandezas y gloria, os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes, hechos ignorantes e indignos!”, 25 lamenta San Juan de la Cruz.

 

En realidad, sin la gracia no seremos capaces de despegarnos de las cosas concretas de este mundo para elevar las vistas y ascender en esta sublime escala de la oración. Recurramos, pues, a la Madre de la Divina Gracia, que siempre conservaba y meditaba en su corazón todo lo que el Todopoderoso le había manifestado (cf. Lc 2, 19.51).

 

 

 

1 SAN JUAN DAMASCENO. De fide orthodoxa. L. III, c. 24: MG 94, 1090.

2 SANTA TERESA DE LISIEUX. Manuscrits autobiographiques. Manuscrit C, 25r. In: Archives du Carmel de Lisieux. OEuvres de Thérèse: www.archives-carmellisieux. fr.

3 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. III, q. 39, a. 5.

4 SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO. El gran medio de la oración. Madrid: Alonso, 1979, p. 44.

5 SANTA TERESA DE JESÚS. Libro de la vida. C. X, n.º 5.

6 Cf. Ídem, n.º 3.

7 Cf. Dz 10-64.

8 ROYO MARÍN, OP, Antonio. Teología de la perfección cristiana. 6.ª ed. Madrid: BAC, 1988, p. 655.

9 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., II-II, q. 83, a. 13.

10 SANTA TERESA DE JESÚS. Las Moradas o El castillo interior. Moradas primeras, c. I, n.º 7.

11 Ídem, Moradas segundas, n.º 2.

12 ROYO MARÍN, op. cit., p. 661.

13 Cf. SAN FRANCISCO DE SALES. Filotea o Introducción a la vida devota. P. II, c. 2-6.

14 SANTA TERESA DE JESÚS. El castillo interior. Moradas cuartas, c. I, n.º 7.

15 Ídem, c. III, n.º 3.

16 GONZÁLEZ ARINTERO, OP, Juan. Grados de oración y principales fenómenos que les acompañan. Salamanca: Manuel P. Criado, 1916, p. 46.

17 SANTA TERESA DE JESÚS. Libro de la vida. n.º 1.

18 ROYO MARÍN, op. cit., p. 718.

19 Cf. SANTA TERESA DE JESÚS. El castillo interior. Moradas cuartas, c. III, n.º 9.

20 ROYO MARÍN, op. cit., p. 729.

21 SANTA TERESA DE JESÚS. Libro de la vida. C. XX, n.º7.

22 Ídem, n.º 4.

23 SAN JUAN DE LA CRUZ. Subida del Monte Carmelo. L. II, c. 5, n.º 7.

24 SAN JUAN DE LA CRUZ. Cántico Espiritual (B). C. XXII, n.º 3.

25 Ídem, C. XXXIX, n.º 7.