MEDITACIÓN PARA EL PRIMER SÁBADO

3o Misterio Gozoso

EL NACIMIENTO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

 


 

Introducción:

Teniendo en cuenta la magna solemnidad de la Navidad, para cumplir con la devoción de este Primer Sábado de diciembre meditaremos el 3er. Misterio Gozoso: El nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Por este misterio, tengamos presente que el Hijo de Dios se hizo pequeño para hacernos grandes; se dio a nosotros a fin que nosotros nos demos a Él; vino a mostrarnos su amor a fin que le correspondamos con el nuestro. Recibámoslo —por las manos virginales de María, su Madre Santísima— con afecto, amémoslo y recurramos a Él en todas nuestras necesidades.

 

Composición de lugar:

Imaginemos el interior de la Gruta de Belén inundada de una luz
sobrenatural, irradiada por la presencia del Niño Jesús reclinado en un pesebre, teniendo a su lado a María Santísima y a San José, arrodillados, en actitud de adoración y alabanza hacia el Dios Encarnado. Atrás del pesebre, el buey y el burro calientan el ambiente, en el cual reina la paz y la serenidad que vienen del Cielo.

 

Oración preparatoria:

¡Oh Virgen Santísima de Fátima!, iluminad nuestra inteligencia, abrasad nuestra voluntad y ordenad nuestra sensibilidad, para que podamos recoger de la meditación de este Santo Misterio todos los frutos espirituales que nos ofrece la contemplación del Nacimiento de Jesús. Que por vuestras manos inmaculadas, podamos recibir igualmente en nuestros corazones los dones divinos que el Padre Eterno esparce sobre el mundo en cada celebración del Nacimiento de su Hijo. Así
sea.

Evangelio de San Lucas (2, 6-12)

“6 Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto 7 y dio a luz a su hijo primogénito[*], lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio en el hospedaje. 8 En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. 9 De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. 10 El ángel les dijo: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: 11 hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. 12 Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». ”

“[*] Primogénito es, de hecho, un título que se daba al primer varón nacido, el cual era sujeto de ciertos derechos, como la herencia. Así, pues, su aplicación a Jesús no implica que María hubiera tenido luego más hijos”

 

I- JESÚS, EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA

Consideremos cómo, después de tantos siglos, después de tantos suspiros y oraciones, el Divino Mesías, el Deseado de las naciones, el Deseado de las colinas eternas, en una palabra, Nuestro Salvador —que los patriarcas y los profetas no tuvieron la felicidad de ver— finalmente vino. Nació y se dio a todos nosotros: “Porque nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo” (Is 9, 6). 

 

1- La solución de los problemas humanos

Arrodillándonos delante del Niño Dios —como lo hicieron María y José, los pastores, los Reyes Magos y tantos otros—, contemplaremos a Aquel que vino a traernos las más altas enseñanzas para ordenar toda nuestra vida espiritual y temporal. En aquel pesebre se encuentra “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). En aquel Niño vemos al Redentor ensenándonos, a través del ejemplo, el único y excelente medio para el restablecimiento de la antigua atmósfera del Paraíso perdido: el espíritu de sacrificio, de pobreza y de resignación en el sufrimiento. Inútiles son las grandes asambleas para discutir los dramas que hoy en día atraviesan las naciones. Nos basta la bellísima lección de la Navidad, puesta delante de nuestros ojos, para recuperar nuestra dignidad, nuestra justicia original e inclusive para que la humanidad viva la concordia y la paz que en tan alto grado existía en el Paraíso Terrestre.

Ni la ciencia con todo su progreso, ni la política con su multisecular experiencia, ni siquiera el auxilio de todas las riquezas, son eficaces para solucionar los innumerables problemas actuales, cuanto lo es el don que Cristo nos trajo del Cielo. Si la sociedad resolviese encaminarse por las vías que el Salvador nos ofrece en la simple recordación de su Santo Nacimiento, viviría feliz, en medio de la tranquilidad universal.

 

2- Se dio enteramente a nosotros

El Verbo Encarnado no podría haber escogido un medio mejor para colocarse a disposición de todos, y a todos ser accesible. Nació en un pesebre para que todos pudiesen aproximarse. Vino bajo la forma de un niño para manifestar su deseo de comunicarnos sus bienes. Pues bien, en Él están todos los tesoros. Su Padre Celestial colocó todo en sus manos. ¿Deseamos luces? Vino precisamente para iluminarnos. ¿Deseamos más fuerza para resistir a los enemigos? Vino para fortalecernos. ¿Deseamos el perdón de nuestras faltas y la salvación? Vino justamente para inflamar nuestros corazones y para eso se hizo Niño. Si quiso mostrarse a nuestros ojos en tan pobre y tan humilde estado, y por esto mismo tan amable, fue para quitarnos todo temor y ganar nuestro amor. 

 

3- Amemos al Niño con todo nuestro afecto

Aparte de eso, Jesús quiso nacer como niño para que lo amemos no sólo por encima de todo, sino también con un amor eterno. Todos los niños saben conquistar la ternura de quien los ve; ahora bien, ¿Quién no amará con toda ternura a un Dios, viéndolo hecho Niño, necesitado de leche, temblando de frío, pobre, despreciado y abandonado, que llora sobre la paja en un pesebre? Por eso, San Francisco de Asís, inflamado de amor, exclamaba: “¡Amemos al Niño de Belén, amemos al Niño de Belén! ¡Venid, oh almas, venid y amad a mi Dios hecho Niño, hecho pobre, tan amable y que bajó del cielo para darse enteramente a nosotros!”. 

 

II – BUSQUEMOS LA PAZ QUE CRISTO NOS TRAJO

Por encima de todas las dificultades y de todos los sufrimientos terrenos, en la noche de Navidad recordamos siempre el cántico de los ángeles en la gruta de Belén: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Lc 2, 14).

El Niño alabado por los ángeles es el “Príncipe de la Paz” anunciado siete siglos antes por Isaías (9, 5), que más tarde afirmará la bienaventuranza de los pacíficos —aquellos que saben establecer en sí mismos y en las almas de los otros el reino de la paz—, dándoles el título de hijos de Dios.

 

1- Noche bendita en que nos fue dada la Paz

En aquella noche mil veces bendita le fue ofrecido a la Humanidad un precioso don que no le sería retirado ni siquiera cuando aquel Niño retornase a la eternidad, pues nos prometió: “La paz os dejo, la paz os doy; no como el mundo la da os la doy yo. No se turbe vuestro corazón ni se intimide” (Jn 14, 27).

Ahora bien, la paz cantada y ofrecida por los ángeles se encuentra en la santidad para la cual todos somos llamados. Fuimos creados por y para Dios; mientras la suma Verdad no ilumine nuestra inteligencia, mientras el Bien supremo no ocupe un lugar primordial en nuestro corazón, se verán frustrados nuestros esfuerzos en busca de la paz. Esforcémonos por practicar la virtud; si queremos la verdadera paz seamos santos, pues en un mismo corazón no pueden vivir juntos la paz y el pecado.

 

2- ¿He entendido la invitación de los ángeles en Belén?

Por eso, en esta Navidad, en medio de los múltiples dramas actuales, hoy más que nunca repercuten en nosotros los cánticos de los ángeles, como otrora en los pastores. Ellos nos ofrecen la verdadera paz, a cada uno de nosotros en particular, invitándonos a practicar la virtud y a estar en orden con Dios, reconociendo en Él a nuestro Padre y Señor, y amándolo con todo entusiasmo.

Los hechos, como nos son narrados por Lucas, nos hacen concluir que los pastores tenían una fe humilde y obediente, colocando en práctica todo aquello en lo cual creyeron. Sin pérdida de tiempo atendieron a la invitación del ángel, y en aquella noche, delante del Pesebre, los encontramos como los primeros cristianos que adoraron a Cristo. Los pastores, al ser capaces de adorarlo en el pesebre, no tendrían dificultad de hacerlo en el Calvario, tal como María lo hizo de un modo tan sublime.

También nosotros, en los días actuales, tenemos nuestro pesebre. El mismo Unigénito Hijo de Dios, reclinado sobre pajas en el interior de la gruta en Belén, está presente bajo las Especies Eucarísticas. ¿Será que del mismo modo nos movemos “con presteza” en busca del Salvador, como lo hicieron los pastores?

¿Tendré la misma santa avidez que los asaltó en aquella ocasión?.

 

III –DIOS SE HUMILLÓ PARA EXALTARNOS

Si Jesucristo nos hubiese permitido rogarle mayores pruebas de su amor, ¿Quién jamás habría osado pedirle que se hiciese niño como nosotros, abrazase nuestras miserias y se volviese hasta el más pobre, el más despreciado y el más maltratado de todos los hombres, muriendo por la violencia de los dolores en un madero infamante, maldecido y abandonado por todos, incluso por su Padre? Pues bien, lo que no habríamos osado ni pensar, Nuestro Señor lo realizó.

 

1 –Hizo resplandecer su misericordia para con nosotros

Según la reflexión de San Bernardo, Dios mostró su poder creando el mundo, y su sabiduría gobernándolo, pero hizo resplandecer su misericordia sobre todo cuando se revistió de carne humana para salvar, por sus sufrimientos y por su muerte, a la humanidad perdida. En efecto, ¿Qué mayor misericordia podría hacernos el Hijo de Dios, que tomando sobre sí las penas que nos eran debidas?

Ahí está, nacido, hecho niño, débil, enfajado, reclinado en un pesebre. No puede moverse ni alimentarse por sí mismo: es necesario que María le dé un poco de leche para sustentarle la vida. Lo vemos después en el Pretorio, amarrado con cuerdas a una columna donde es flagelado de la cabeza a los pies. Lo vemos poco después que camina hacia el Calvario, exhausto de fuerzas y oprimido bajo el peso de la cruz, cae y vuelve a caer en el camino.

Por fin, lo veo clavado en el madero infame, donde pierde la vida por la violencia de los dolores. Con tanto amor Jesús tenía intención de ganar todo nuestro amor y todos los corazones. Por ello no mandó a un ángel para rescatarnos, sino que vino en persona para salvarnos por su pasión.

 

2 – Se unió a la naturaleza para curarnos

Por eso la Navidad siempre hace cantar el corazón de los predicadores, santos y doctores que dijeron: “Nos reunimos para admirar el aniquilamiento del Verbo y gozar del piadoso espectáculo de ver cómo Dios baja para levantarnos, se rebaja para hacernos crecer y se empobrece para repartirnos sus tesoros”. San Buenaventura también proclama las maravillas de la gracia operadas en la Navidad: “Para curar, Dios tuvo que unirse a la naturaleza humana sin excepción de ninguna parte, pues toda ella estaba enferma. Se dice que ́se encarnó ́ por ser la carne lo más enfermo y para indicar mejor la humillación de Dios”.

 

3 – Para amar a Jesucristo en el Cielo, amémoslo antes en la tierra

San Alfonso de Ligorio nos aconseja: amemos por lo tanto a este Niño Dios que se entregó enteramente a nosotros para salvarnos. Y acrecienta: “Si queremos amar mucho a Jesús en el Cielo, primero tenemos que amarlo mucho en la tierra. El grado de amor al cual hubiéremos llegado en el fin de nuestra peregrinación terrestre, será la medida eterna del amor con el que nos abrasaremos a Él en el Cielo. Y si queremos estar al abrigo de todos los peligros que nos puedan separar de Dios en esta vida, estrechemos cada vez más los lazos de nuestro amor hacia Él. Feliz pues, quien pueda exclamar con San Ignacio: “¡Señor, dadme vuestra gracia y vuestro santo amor! Haced que os ame y sea por Vos amado, y seré muy rico. ¡No quiero otra cosa aparte de Vos y nada más deseo!”

 

CONCLUSIÓN

Al concluir esta meditación, volvámonos hacia nuestra santa Madre, María Santísima de Fátima, y a Ella roguemos que nos ayude a alcanzar la plenitud de este amor al Verbo Encarnado, su adorable Hijo. Amor del cual Ella misma fue el modelo perfecto, a quien debemos procurar imitar en todos los momentos de nuestra existencia. Que la Bienaventurada Señora nos acompañe en nuestra adoración al Niño reclinado en el pesebre, y predisponga nuestros corazones para tributarle todo el homenaje de nuestro afecto y de nuestra gratitud por la salvación que nos trajo del Cielo. Amén. Dios te salve, Reina y Madre...

Dios te salve, Reina y Madre...

 

Referencia bibliográfica:

Basado en:

San Alfonso de Ligorio, Encarnação, Nascimento e Infância de Jesus Cristo, Edición en PDF por Fl. Castro, 2002.

Monseñor João S. Clá Dias, Comentários ao Evangelho de Natal, Revista Arautos do Evangelho, Nos. 72 y 84.