Jesús acaba de salir del Cenáculo. Ella sabe a donde va. Mientras que los discípulos elegidos duermen y se olvidan de su Maestro, María vela y reza. Sus presentimientos maternales le presentan en todo su horror esa escena del Getsemaní.

 


 

Cuando María presentó a su Hijo en el Templo, el santo anciano Simeón le dijo: “Una espada te traspasará el alma” (Lc 2, 35). La profecía se cumplió. María sufrió cuando llevó a una tierra extranjera a su Hijo perseguido; sufrió cuando lo buscó ansiosamente tras haberlo perdido; sufrió cuando lo vio reducido, durante su vida pública, a pedir el pan de la caridad y a no tener una piedra donde reclinar la cabeza; sufrió cuando las profecías del Salvador, que anunciaban su Pasión y su Muerte vergonzosa, le recordaron los terribles oráculos que antaño había leído en el Templo.

 

Pero he aquí que llega el día de su mayor dolor.

 

La agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos
Capilla de San Dionisio y Santa Margarita,
catedral de Valencia (España)

Mientras los discípulos duermen, María reza

 

Jesús acaba de salir del Cenáculo. Ella sabe a donde va y, aun estando distante del escenario de su agonía, recibe en su corazón sus misteriosos contragolpes. Mientras los discípulos elegidos duermen y se olvidan de su Maestro, Ella vela y reza. Sus presentimientos maternales le presentan en todo su horror la escena del Getsemaní.

 

Al igual que Jesús, Ella se siente invadida por el hastío, el miedo y la tristeza. Y exclama con Él: “Mi alma está triste hasta la muerte” (Mc 14, 34); a la vez que Él, se postra rostro en tierra; como Él, apela a Dios: “¡Abba!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz – Pater mi, transeat a me calix iste” (Mc 14, 36). Me he confundido: María consiente en beber hasta el último trago el cáliz de todos los dolores; sin embargo, desearía que le fuera ahorrado esto a su querido Hijo. Es madre, pero ama más tierna y más generosamente que todas las madres.

 

“Padre mío, Padre de mi amado, ¿por qué sacudes al Inocente?

—dice Ella. Tú conoces tan bien como yo, mejor que yo, a este dulce Cordero. En el Cielo, Él es el esplendor de tu esencia, la imagen de tu gloria; y yo, desde que experimenté los primeros estremecimientos de la maternidad hasta este triste día, lo he visto siempre lleno de gracia, de sabiduría y de bondad. Se ha sometido a tus sagradas leyes, se ha nutrido de tu voluntad adorable, no ha hecho más que el bien al pasar por esta tierra; ¡piedad, piedad para Él! Castiga a los pecadores, de los cuales tomó su semejanza; hiéreme a mí, indigna madre suya; pero a Él, no lo toques; no permitas que yo tenga ese amargo pesar por haber pronunciado su sentencia de muerte diciendo a tus gloriosas promesas: fiat, ‘cúmplase’. Padre, aparte el cáliz de sus labios. Pater, transeat ab illo calix iste”.

 

Nuestra Señora de los Dolores - Iglesia
de Santa María, Kitchener (Canadá)

Es necesario que su temible justicia sea satisfecha

 

¿Acaso Dios no se dejará doblegar por esta conmovedora oración de una madre?

 

No, cristianos, es necesario que su temible justicia sea satisfecha. Divinamente iluminada por la gracia, María comprende esa exigencia y ve la salvación del mundo en la misericordiosa sustitución de los culpables por el Inocente. Con Jesús se somete a la voluntad del Padre celestial; con Jesús agoniza; con Jesús moriría si no estuviera, como Él, sustentada por la fuerza de lo alto.

 

¡Oh Madre Dolorosa! No contenta con haber tomado parte en el lóbrego combate que libraba el Hijo de tu carne en el Huerto de los Olivos, quieres unirte a los combates de tus hijos adoptivos. Estas luchas se renuevan todos los días, a cada instante, tan numerosos son los enemigos que hay en nosotros, a nuestro alrededor; tan acosados estamos por las contradicciones, las enfermedades, las miserias de nuestra vida terrenal.

 

¿Seremos más fuertes que los Apóstoles?

 

A veces la lucha es tan fuerte que también nosotros nos sentimos presos por una mortal tristeza y que nuestra alma, saturada de disgustos, perturbada por el terror, está lista para caer del desánimo a la desesperación. Bien nos lo dijo Jesús: “Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mt 26, 41).

 

¿Pero seremos más fuertes que los Apóstoles para resistir al funesto sueño que debe garantizar el triunfo de la tentación? ¡Por desgracia, hemos experimentado muy a menudo nuestra flaqueza! Necesitamos sentir cerca de nosotros la presencia y oír la voz de una Madre. Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consuelo de los afligidos, Auxilio de los cristianos, vela y reza con nosotros, para que salgamos victoriosos de todos los combates de esta vida: victoriosos por la firme resolución de no ofender jamás a Dios, venga lo que venga; victoriosos por la paciencia y por la resignación a la voluntad de Dios en todos nuestros males. 

 

MONSABRÉ, OP, Jacques-Marie-Louis. “Petites méditations pour la récitation du Saint Rosaire”. Paris: Lethielleux, 1924, pp. 109-113