La familia Scrovegni, muy poderosa en Padua a inicios del siglo XIV, mandó construir un palacio y una pequeña iglesia. La familia y el palacio desaparecieron; apenas quedó la capilla, cuyas paredes Giotto marcó con los tesoros de su genio de pintor.

 


 

Antes de pasar a los comentarios de algunas pinturas de Giotto, es interesante tomar conocimiento de los datos históricos respecto de la Cappella degli Scrovegni1.

 

Cappella degli Scrovegni, Padua, Italia.

Quedó la capilla a causa de las pinturas de Giotto

 

El trabajo de Giotto en la Cappella degli Scrovegni – o Capilla Arena, pues está situada en el interior de un área otrora ocupada por un anfiteatro romano – data posiblemente del año 1305. Los documentos de ese tiempo nos informan que Enrico Scrovegni, miembro de una poderosa faurmilia de Padua, compró en 1300 todo el terreno de las arenas romanas para construir allí su propia residencia, hoy enteramente destruida, con la capilla anexa.

 

Entonces aquella pequeña iglesia cuyas paredes Giotto marcó con los tesoros de su genio de pintor – y, según parece, también de su gran piedad, porque los cuadros son muy piadosos – fue capilla del palacio de una familia. La familia y el palacio ya no existen, sin embargo, la capilla quedó a causa de las pinturas de Giotto.

 

La construcción de la pequeña iglesia, autorizada en 1302 por el obispo diocesano, se desarrolló rápidamente, siendo consagrada en el año 1305. El Papa Benedicto XI había concedido indulgencias a los visitantes de dicha capilla un año antes.

 

Enrico Scrovegni.

Analicemos ahora algunas de esas pinturas.

 

Nuestro Señor entra en Jerusalén con la fisonomía triste.

 

El día en que Nuestro Señor resucitó a Lázaro, los fariseos comentaron entre sí que era preciso matarlo. Realmente organizaron un caso, en torno del cual provocaron la muerte de Jesús.

 

En ese fresco vemos a Nuestro Señor dando una bendición y a Lázaro, con su cuerpo todo fajado y saliendo de la sepultura. Y él con una hermana, probablemente Marta, están empeñadísimos en que se preste atención al acontecimiento, porque un gran milagro está siendo hecho. Esos dos santos, en el primer plano del cuadro, están pasmados con el asombroso milagro realizado por el Divino Maestro. Noten a Lázaro, todo fajado como los judíos acostumbraban hacer con sus muertos, y un poco más adelante un personaje con un vestido verde claro, que está hablando con mucha animación. Parece ser del grupo de canallas que decidió la muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

 

Resurrección de Lázaro

Otro cuadro representa el Domingo de Ramos. Observen la inocencia de la presentación: Al fondo, para dar a entender que se estaba en la parte donde comienza Jerusalén, aparece un pedacito de la fortificación y una torrecita que no serviría para defenderse contra un batallón de cien hombres. No obstante, es evidentemente una imaginación.

 

Nuestro Señor entra en Jerusalén con la fisonomía triste, el rostro muy varonil, una abundancia extraordinaria de barba, y la actitud de un prelado de altísimo poder o de un jefe de la Religión verdadera. Él era mucho más que eso: el Mesías. En medio de la multitud que lo acompañaba se percibe una u otra persona con aureola de santidad. Él mismo tiene esa aureola muy definida, es decir, señal de santificación. Sin duda Jesús era el mayor de todos los santos.

 

A latigazos

 

Una pintura nos muestra la parte del Templo de Jerusalén, donde había mercaderes vendiendo sus mercancías, Nuestro Señor, inconforme con esto avanza sobre los negociantes a latigazos.

 

Vemos dos hombres de pie apoyándose uno en el otro, y el Redentor, con una fisonomía evidentemente indignada, azotando como quién tiene el derecho de golpear, de verdad y con fuerza. Los dos están solo buscando defenderse contra los golpes porque, en la concepción de Giotto, no tenían facilidad para huir en ese momento.

 

Domingo de Ramos

Dentro de una jaulita se ven unos pájaros, que estaban a la venta para ser ofrecidos como sacrificio. Al lado, los apóstoles asisten a esa escena más que edificante.

 

En la representación de la traición de Judas, los dos personajes que están al costado están confabulando, urdiendo. El hombre que conversa con Judas es un fariseo viejo, experimentado, con aire sacerdotal, y que recomienda discretamente como debe proceder el traidor. Judas, inimaginablemente cruel y sinvergüenza, oye las instrucciones para aplicarlas muy exactamente, en una actitud respetuosa. Sin que sepamos lo que dicen, tenemos la impresión de oír el murmullo de sus voces.

 

Evidentemente, Judas ya está recibiendo la bolsita con el precio de la traición, que va junto con las últimas recomendaciones. Detrás del traidor se encuentra el demonio que está mandando en todo.

 

Expulsando a los vendedores del Templo

Me gusta mucho más esta representación de la Santa Cena que la de Leonardo da Vinci.

 

San Juan apoya la cabeza en el Corazón de Jesús y pregunta quién es el traidor. Nuestro Señor lo recibe con cariño, pero no indica el nombre. Todos están conjeturando entre sí sobre lo que querrá decir eso, pero en una relativa calma, la cual es una de las vergüenzas de su actitud durante el preanuncio de la Pasión. Por cierto, el católico no debe perder la calma, sin embargo, no necesita tener esa flema que denota una cierta indiferencia, mientras esperan que llegue el banquete que ellos van a comer.

 

La ceremonia del lavatorio de los pies. El Divino Maestro está lavando los pies de una persona, y Él se humilla hasta el punto de prácticamente arrodillarse para realizar ese oficio de carácter servil. Los apóstoles están comentando, extrañados con el hecho. Pero Nuestro Señor no tiene en cuenta opinión ajena y va realizando lo que debe hacer.

 

Traición de Judas

La rebelión de los ángeles y el beso de Judas

 

Después de la rebelión de los ángeles, y tal vez de ciertos episodios aún ocultos de la Historia contemporánea, no creo que haya habido en la Historia de los hombres nada comparable a este hecho del beso de Judas. Para mí, este “cara a cara” entre Nuestro Señor y Judas es una de las cosas más espantosas que un pincel humano haya pintado.

 

Nuestro Señor está serio y mirando al traidor hasta el fondo del alma. Y Judas procurando mentir. Es la Verdad eterna y subsistente, encarnada, la cual mira al hombre que miente.

 

Judas, buscando volver su mentira aceptable, abraza a su Maestro y lo mira con aires de quien quiere dar a entender que es su gran amigo. Nuestro Señor fija su mirada en él y le dice: “¿Judas, con un beso traicionas al Hijo del Hombre?” (Lc 22, 48).

 

Última Cena

De hecho, Judas acordó con los guardias que el hombre que buscaban para apresarlo, Jesús de Nazaret, era aquel a quien él besase. Entonces, fue hasta Nuestro Señor y, aprovechándose de su intimidad de apóstol, se aproxima a su Divino Maestro y besa su Sagrada Faz. Jesús recibe con paciencia ese beso inmundo, acompañado probablemente de un mal olor asqueroso, olor del Infierno.

 

Giotto quiso representar en Nuestro Señor Jesucristo el auge de todos los predicados intelectuales y morales, y en Judas el extremo de todas las abyecciones. Consideremos los recursos de los cuales el artista se sirvió para eso.

 

En primer lugar, la cabeza de Nuestro Señor está provista de cierta longitud de cabello, pero no es una melena que da la impresión de esos tapetes felpudos, hechos para ser puestos afuera de la casa con el fin de limpiar los pies. Judas, no. Él tiene unas greñas sucias, abundantes, y que trató de peinar mucho antes de cometer su crimen infame, pues no quería que nada impidiese el “buen negocio” que iba a hacer. Quizás, si él estuviese desgreñado en la hora del beso, el Divino Maestro no lo quisiese aceptar. Ahora bien, era preciso que todo se diera con aires de cordialidad. Entonces él se arregló. Comparen el desorden del pelo de Judas con la proporción y el orden del de Jesús.

 

Ceremonia del lavatorio de los pies

Beso de Judas

Jesús delante de Caifás

Comparemos también la forma de la barba de Nuestro Señor y la de Judas. La barba de Jesús posee buenas dimensiones y se dispone muy bellamente encima de la piel, todo muy bien, con mucha proporción. Lo mismo se debe decir del bigote.

 

¡Fíjense en la barba de Judas! Son unos hilos raros, que forman archipiélagos peludos en unos y otros lugares del rostro. No se sabe bien lo que es barba y lo que no lo es allí.

 

Por otro lado, en el traidor la parte que va desde lo alto del pómulo hasta la quijada está enormemente desarrollada en comparación con la de Nuestro Señor, en quien todo es proporcionado.

 

Judas da la impresión de una gula puerca, horrorosa, mientras Jesús manifiesta una austeridad delicada y verdaderamente divina.

 

El apóstol traidor no responde a la pregunta de su Divino Maestro. Inmediatamente después de haberlo entregado, se pone a delirar y comienza a correr de un lado a otro procurando un sacerdote a fin de ver qué salida le daba a su caso. Pero, no teniendo éxito, acaba recurriendo al suicidio.

 

Nuestra Señora de pie, con fuerza y determinación

 

En el recinto de Caifás – donde este Sumo Sacerdote se presenta con autoridad, sentado sobre un estrado con dos escalones – se percibe un alboroto y una politiquería. Los personajes hablan, se mueven, Caifás está rabioso y agitado, y todos están queriendo encontrar un medio de arrancar de los labios de Jesús una palabra que justifique su condenación, pero no lo consiguen.

 

Flagelación de Nuestro Señor

Nuestro Señor Jesucristo cargando la Cruz

Crucifixión de Nuestro Señor

Nuestro Señor está calmado, sereno, sin odios, pero sin abandonar su posición en ningún instante, y confesando la verdad valerosamente en todos los momentos. A causa de eso – y Él lo sabía – había de acontecer que sus tormentos irían crecieron cada vez más hasta el fin. He aquí la flagelación: no puede ser más triste su actitud, penetrado de dolor físico como de sufrimiento moral – ya ajeno a tantas insolencias, ultrajes, insultos que le dicen y a los cuales Él no debe responder –, con la vara de bobo en la mano y padeciendo sin fin para redimir nuestros pecados.

 

Baiulatio Crucis Domini Nostri Iesu Christi, Nuestro Señor Jesucristo cargando la Cruz. El Redentor va solo, con la aureola de la santidad, todos los otros son personas extrañas a Él, indiferentes, excepto uno que supongo que es San Juan Evangelista acompañando veladamente y de lejos. Jesús carga la Cruz con decisión rumbo a su propia inmolación. Los otros están totalmente lejos, poco les importa. Es la crueldad de sus adversarios.

 

Crucifixio et mors Domini Nostri Iesu Christi. Se trata, por lo tanto, de lo que nosotros contemplamos y veneramos en el quinto misterio doloroso del Santo Rosario. El cuerpo está lívido, parece que el Redentor exhaló o está por exhalar el último suspiro. Una de las santas mujeres besa sus pies. En ese grupo de tres personas vemos a Nuestra Señora, a su izquierda San Juan Evangelista, y a su derecha parece estar otra de las santas mujeres; los otros personajes no aparecen.

 

En ese rinconcito del lado izquierdo de la Cruz, observamos cómo el lugar se está llenando una especie de una muchedumbre que quiere asistir a los acontecimientos. Pero el cielo se encuentra lleno de ángeles que cantan su gloria. Sin embargo, los espíritus angélicos, en este momento, están invisibles, de manera que los hombres veían apenas el dolor y la vergüenza.

 

¿Nuestra Señora cómo está? Muy golpeada, pero de pie, con fuerza y determinación para todo. Además de ser concebida sin pecado original, Ella amaba tanto a Dios que, por causa de ese amor, era capaz de frenar su propio dolor en alguna medida, para poder sostenerse de pie todo el tiempo.

 

Esta es la Pasión según Giotto, para mí una de las obras primas de la piedad católica.

 

(Extraído de conferencia de 30/11/1988)

 

1) No disponemos de datos bibliográficos de esta reseña histórica.