Nuestro Señor Jesucristo fue llamado Maestro, porque de hecho lo era. Pero su doctrina exigía conversión; un cambio tan profundo de los conceptos comúnmente aceptados y reconocidos que se comprenden, sin dificultad, las peticiones que le hacían de que confirmara por medio de signos el origen sobrenatural de sus enseñanzas. Por cierto, este modo de proceder era una práctica corriente en el Antiguo Testamento, una orientación que Dios ya le había dado a Moisés (cf. Dt 18, 21-22).

 

Batalla de Lepanto

Entonces vinieron los milagros, que dejaban patente a los ojos de todo el pueblo de Israel que Jesús de Nazaret estaba a la altura de sus mayores profetas (cf. Mt 16, 13-14). Estas maravillas brotaban de su Sagrado Corazón como prueba de su amor por todos, pero también tenían por objetivo, mediante la demostración de su poder, revelar su origen divino, mover a los pueblos a creer en Él y abrazar el cambio de vida que predicaba. Por eso San Juan siempre se refiere a los milagros de Jesús como “signos”.

 

Ahora bien, ¿qué es un milagro? Una suspensión temporal, por efecto del poder de Dios, de las leyes que rigen la naturaleza. Siendo así, son milagros las curaciones realizadas por el Señor; a fortiori, la resurrección de Lázaro; los denominados “milagros eucarísticos”; el completo restablecimiento, sin ninguna explicación científica, de una persona con una enfermedad mortal. No menos milagrosos son acontecimientos como el de salvar a Jerusalén del ejército de Senaquerib, cuyos 185 000 hombres fueron exterminados en una sola noche por el “ángel del Señor” (cf. 2 Re 19, 35).

 

Apariciones de la Virgen, como las de Lepanto o de Guararapes, son otros tantos ejemplos de milagros. Finalmente, son igualmente milagros, stricto sensu, las devastaciones que sólo se explican por la intervención de Dios a la vista de graves pecados: el Diluvio, la destrucción de Sodoma y Gomorra, el castigo de Coré, Datán y Abirón. En este sentido, el famoso “milagro del sol”, ocurrido durante la última aparición de María en Fátima, constituye una severa advertencia a los miembros de la Iglesia y al mundo.

 

Sin embargo, aunque más sensacionales, los principales milagros no son esos, sino los que se operan en un terreno mucho más alto y más disputado: el núcleo del alma humana, el corazón del hombre. ¿Cómo se explica que de las razas bárbaras, habituadas a toda clase de crímenes, surgieran los esplendores del gótico, de la polifonía y de otras muchas maravillas de la civilización cristiana? De hecho, el arte nace siempre como expresión de una necesidad que el espíritu posee de manifestar aquello que canta en su interior. La novedad, pues, no era tanto un nuevo estilo arquitectónico o musical, sino un profundísimo cambio en el alma humana que precisaba expresarse con renovada belleza.

 

En Fátima, la Santísima Virgen prometió el triunfo de su Inmaculado Corazón. Luego, si es legítimo pensar que el tercer secreto encierra descripciones todavía más perturbadoras que las de los dos anteriores en materia de castigo, es sobre todo imprescindible que contenga revelaciones acerca de maravillas jamás vistas, que la Providencia ha reservado para obrar en las mentalidades, mediante la gracia, a fin de transformarlas en previsión del Reino de María.