Las diferentes formas de vida de los hombres corresponden a cada una de las órdenes de las milicias celestiales, y recibimos un lugar en sus filas según la similitud de nuestro modo de vivir con el suyo.

 


 

Antes hemos dicho que existen nueve coros de ángeles. En efecto, por testimonio de la Sagrada Escritura, sabemos que hay ángeles, arcángeles, virtudes, potestades, principados, dominaciones, tronos, querubines y serafines. [...] ¿Pero para qué enumerar esos distintos coros de ángeles, moradores del Cielo, si no explicamos en detalle igualmente sus ministerios?

 

La palabra “ángel” designa una función

 

La voz ángel en griego significa “anunciador”, y arcángel, “gran anunciador”. Es menester que también sepamos que el término ángel designa una función, y no una naturaleza. Si bien los espíritus bienaventurados de la Patria celestial siempre son espíritus, no siempre pueden ser llamados ángeles; solamente son ángeles los que anuncian algo. [...]

 

San Gregorio Magno - Palacio del Obispo Erazm Ciolek,
Cracovia (Polonia)

Se les llama ángeles a los que comunican cosas de menor importancia; arcángeles a los que anuncian las más elevadas. [...] Por virtudes, se designa a los espíritus mediante los cuales se operan con mayor frecuencia los signos y los milagros. Se denomina potestades a los que, entre los de su orden, han recibido más poder que los otros para someter a su autoridad a las fuerzas adversas, limitarles su poder e impedirles así que tienten a los hombres tanto cuanto querrían. Reciben el nombre de principados quienes comandan a los otros buenos espíritus angélicos, dándoles a sus subordinados las órdenes de lo que tienen que hacer y dirigiéndoles en el cumplimiento de sus misiones divinas. Las dominaciones son los espíritus que superan, con mucho, el poder de los principados. Pues ejercer el principado consiste en mantener el primer puesto en un grupo, mientras que dominar es también tener a cada uno de los demás bajo su autoridad. [...]

 

Singular proximidad con respecto al Criador

 

Por tronos, se designa a las milicias que Dios omnipotente preside siempre para ejercer la justicia [sentado ante ellas]. Dado que [la voz griega] trono significa “asiento”, se denomina tronos de Dios a los espíritus que han sido colmados por la gracia divina con tal abundancia que el Señor en ellos se asienta y de ellos se sirve para pronunciar sus juicios. Por eso dice el salmista: “Te sentaste en tu trono, como justo juez” (Sal 9, 5).

 

Querubín también significa “plenitud de ciencia”. Las tropas más excelsas son llamadas querubines, porque son espíritus tanto más perfectamente repletos de la ciencia de Dios cuanto más de cerca contemplan su gloria. [...]

 

Finalmente, se llaman serafines a las milicias de los santos espíritus que arden en un amor incomparable por la singular proximidad en la que se encuentran con respecto a su Creador. De hecho, serafín significa “ardiente y abrasador”. Tan unidos están a Dios que ningún otro espíritu se coloca entre ellos y Él. Por lo tanto, son más fogosos cuando más de cerca lo ven. La llama que los abrasa es seguramente la del amor, pues el amor es más ardiente cuando contemplan la gloria de la divinidad con una mirada más penetrante.

 

Pero ¿de qué sirve decir unas palabras sobre los espíritus angélicos, si no las aprovechamos para nuestro progreso espiritual a través de una reflexión adecuada? [...]

 

Similitud de nuestro modo de vivir con el suyo

 

Las diferentes formas de vida de los hombres corresponden, en efecto, a cada una de las órdenes de las milicias celestiales, y recibimos un lugar en sus filas según la similitud de nuestro modo de vivir con el suyo. Hay muchos que sólo comprenden humildes verdades, pero no dejan de anunciarlas bondadosamente a sus hermanos: tales hombres corren a unirse al grupo de los ángeles. Otros, fortalecidos por los dones de la generosidad divina, son capaces de entender y transmitir los misterios celestiales más elevados: ¿dónde colocarlos sino entre el número de los arcángeles? Otros, en cambio, realizan cosas admirables y operan grandes milagros: ¿qué rango y qué lugar no les va a convenir sino los de las virtudes de lo alto?

 

Algunos obligan a los espíritus malignos a que abandonen el cuerpo de los posesos, expulsándolos en virtud de su oración y del poder que les ha sido dado: ¿con quiénes gozarán del fruto de sus méritos sino con las potestades celestiales? Hay otros que superan, por la virtud que recibieron, los méritos de los demás elegidos; mejores que los propios buenos, ejercen un principado hasta sobre sus hermanos elegidos: ¿en qué grupo no van a encajar sino entre los principados? Otros dominan tan bien todos los vicios y todos los deseos, que su pureza les da derecho a ser llamados dioses entre los hombres, como el Señor le dijo a Moisés: “Mira, te hago ser un dios para el faraón” (Éx 7, 1); ¿hacia cuál de las milicias corren a unirse sino a las de las dominaciones?

 

En ellos Dios preside como en su trono

 

Hay quienes ponen un vigilante cuidado para dominarse y una atención siempre alerta para examinarse; sin apartarse nunca del temor de Dios, obtienen en recompensa de sus virtudes el poder de bien juzgar igualmente a los demás. El Señor, manteniendo a disposición de su espíritu la contemplación de su divinidad, preside en ellos como en su trono, y examina por ellos los actos de los otros, regulando todas las cosas con un orden admirable desde lo alto de su asiento. ¿Qué son, pues, esos hombres sino los tronos del Creador? ¿Y dónde inscribirlos sino en el coro de los tronos celestiales? Y puesto que a través de ellos se rige la Santa Iglesia, incluso los elegidos son generalmente juzgados por ellos por sus actos de debilidad.

 

Inflamados por el fuego de la caridad

 

Algunos están colmados de tal amor a Dios y al prójimo que con justa razón se les llama querubines. Si, de hecho, como ya hemos dicho, querubín significa “plenitud de ciencia” y si, como sabemos por el testimonio de Pablo, “la caridad es la plenitud de la ley” (Rom 13, 10), todos los hombres que aman a Dios y al prójimo con una plenitud superior a la de los demás tienen el mérito de ser puesto entre el número de los querubines.

 

Finalmente, hay quienes están inflamados por la contemplación de las cosas de lo alto y anhelan con todas sus fuerzas a su Creador. Ya no desean nada de este mundo, se alimentan exclusivamente del amor a la eternidad, rechazan todos los bienes terrenales, se elevan en espíritu por encima de todo lo que pasa. Aman y arden, y en este ardor encuentran su descanso. Amando, arden, y hablando abrasan a los demás, y de inmediato hacen que el amor a Dios queme a los que tocan con sus palabras. ¿Qué decir de tales hombres sino que son serafines? Su corazón, transformado en fuego, ilumina y abrasa, ya que, al dirigir los ojos de las almas hacia las luces celestiales, las purifican de la herrumbre de sus vicios haciéndolas llorar de compunción. Luego aquellos a quienes el amor a su Creador inflama hasta tal punto, reciben merecidamente la vocación de ocupar un lugar entre los serafines.

 

Comprobad si estáis entre las milicias celestiales

 

Ahora, queridísimos hermanos, mientras os digo todo esto, repasad vuestro interior y juzgad lo que valen vuestros méritos y vuestros pensamientos ocultos. Comprobad si ya podéis presumir interiormente de algún bien que hayáis realizado. Examinad también si, como a eso sois llamados, encontráis vuestro lugar entre las milicias que hemos mencionado sucintamente. ¡Ay del alma que no reconoce en sí ninguno de los bienes que acabamos de enumerar! Peor aún será que al verse privada así de los dones de la gracia, ¡no lo deplore! ¡Cómo es menester, hermanos, lamentar el estado de tal hombre, puesto que él mismo no lo deplora!

 

San Gregorio Magno. Fragmentos de la Homilía XXXIV, 29 de septiembre de 591: PL 76, 1249-1254