En fin, concededme todos los dones, bienes y gracias que agradan a la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

 


 

Acordaos y tened presente, dulcísima Virgen, que sois mi Madre y que yo soy vuestro hijo; que sois poderosa y que yo soy un pobre hombre, miserable y débil.

Os suplico, tiernísima Madre, que me gobernéis y me defendáis en todos mis caminos y acciones.

No me digáis, oh Virgen amable, que no podéis; pues vuestro amado Hijo os ha dado todo poder, tanto en el Cielo como en la tierra.

No me digáis que no tenéis que hacerlo; pues sois la Madre común de todos los pobres humanos y particularmente la mía.

Si no pudierais, os excusaría diciendo: "Es verdad que es mi Madre y que me ama como hijo suyo, pero a la pobrecita le faltan el deber y el poder". Si no fuerais mi Madre, me armaría de paciencia diciendo: "Es lo bastante rica como para ayudarme, pero, por desgracia, al no ser mi Madre, no me ama".

Así pues, dulcísima Virgen, ya que sois mi Madre y que sois poderosa, ¿cómo os disculparía si no me aliviáis y no me prestáis vuestro socorro y asistencia? Ya veis, Madre mía, que estáis obligada a aprobar todas mis peticiones.

Por el honor y la gloria de vuestro divino Hijo, aceptadme como hijo vuestro, sin tener en cuenta mis miserias y pecados.

Librad mi alma y mi cuerpo de todo mal y dadme todas las virtudes, especialmente la humildad.

En fin, concededme todos los dones, bienes y gracias que agradan a la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Así sea.