Santo del Dia

San José Maria de Yermo y Parres

Wednesday, Sep 19, 2018


El sacerdote José María de Yermo y Parres nació en la Hacienda de Jalmolonga, municipio de Malinalco, Edo. de México el 10 de noviembre de 1851, hijo del abogado Manuel de Yermo y Soviñas y de María Josefa Parres. De nobles orígenes, fue educado cristianamente por el papá y la tía Carmen ya que su madre murió a los 50 días de su nacimiento. Muy pronto descubrió su vocación al sacerdocio.A la edad de 16 años deja la casa paterna para ingresar en la Congregación de la Misión en la Ciudad de México. Después de una fuerte crisis vocacional deja la familia religiosa de los Paúles y continúa su camino al sacerdocio en la Diócesis de León, Gto. y allí fue ordenado el 24 de agosto de 1879. Sus primeros años de sacerdocio fueron fecundos de actividad y celo apostólico. Fue un elocuente orador, promovió la catequesis juvenil y desempeñó con esmero algunos cargos de importancia en la curia, a los cuales por motivo de enfermedad tuvo que renunciar. El nuevo obispo le confía el cuidado de dos iglesitas situadas en la periferia de la ciudad: El Calvario y el Santo Niño. Este nombramiento fue un duro golpe en la vida del joven sacerdote. Le sacudió profundamente en su orgullo, sin embargo decidió seguir a Cristo en la obediencia sufriendo esta humillación silenciosamente.  Un día, mientras se dirigía a la Iglesia del Calvario, se halla de improviso ante una escena terrible: unos puercos estaban devorándose a dos niños recién nacidos. Estremecido por aquella tremenda escena, se siente interpelado por Dios, y en su corazón ardiente de amor proyecta la fundación de una casa de acogida para los abandonados y necesitados. Obtenida la autorización de su obispo pone mano a la obra y el 13 de diciembre 1885, seguido por cuatro valientes jóvenes, inaugura el Asilo del Sagrado Corazón en la cima de la colina del Calvario. Este día es también el inicio de la nueva familia religiosa de las “Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres”. Desde ese día el Padre Yermo pone el pie sobre el primer peldaño de una larga y constante escalada de entrega al Señor y a los hermanos, que sabe de sacrificio y abnegación, de gozo y sufrimiento, de paz y de desconciertos, de pobrezas y miserias, de apreciaciones y de calumnias, de amistades y traiciones, de obediencias y humillaciones. Su vida fue muy atribulada, pero aunque las tribulaciones y dificultades se alternaban a ritmo casi vertiginoso, no lograron nunca abatir el ánimo ardiente del apóstol de la caridad evangélica.  En su vida no tan larga (1851-1904) fundó escuelas, hospitales, casas de descanso para ancianos, orfanatos, una casa muy organizada para la regeneración de la mujer, y poco antes de su santa muerte, acontecida el 20 de septiembre de 1904 en la ciudad de Puebla de los Ángeles, llevó a su familia religiosa a la difícil misión entre los indígenas tarahumaras del norte de México. Su fama de santidad se extendió rápidamente en el pueblo de Dios que se dirigía a él pidiendo su intercesión. Fue beatificado por Su Santidad San Juan Pablo II el 6 de mayo 1990 en la Basílica de Ntra. Sra. de Guadalupe en la Ciudad de México y canonizado el 21 de Mayo del 2000 en Roma.

San Genaro y Compañeros Mártires

Wednesday, Sep 19, 2018


San Genaro fue Obispo de Benevento. Se cree que San Genaro sufrió persecución por Diocleciano, c.305. Con respecto a la historia de su vida y martirio conocemos bastante poco. Las colecciones varias de “Hechos”, aunque numerosas (cf. Biblioteca Hagiographica Latina, n. 4115-4140) son extremadamente tardías y poco confiables. Beda (c. 733) en su “Martyrologium” sintetizó la llamada “Acta Bononiensia” (ver Quentin, “Les Martyrologes historiques”, 76). Podemos rastrear desde esta fuente la siguiente acepción en el actual Martirologio Romano, aunque la referencia del milagro de la licuefacción es una adición de una fecha más reciente. “En Pozzuoli en Campania [la memoria] de los santos mártires Jenaro, Obispo de Benevento, Festo, y Desiderio, lector, junto con Socio, diácono de la iglesia de Misenas, Próculo, diácono de Pozzouli, Eutiques y Acucio, quienes tras sufrir cadenas y prisión fueron decapitados en el tiempo el Emperador Diocleciano. El cuerpo de San Genaro fue llevado a Nápoles, donde fue sepultado honorablemente en la iglesia, donde su santa sangre es conservada en una redoma de cristal y al estar cerca de su cabeza, se torna líquida y burbujea como si estuviera fresca.” En el Breviario se da un recuento más largo. Ahí se nos dice que “Timoteo, Presidente de Campania”, fue el oficial que condenó a los mártires, que Genaro fue arrojado a un horno ardiente, pero las llamas no lo tocaban, y que después el santo y sus compañeros fueron expuestos a bestias salvajes en el anfiteatro sin ningún efecto. Timoteo, al declarar que eso se debía a la magia y ordenar la decapitación de los mártires, fue atacado por la ceguera, pero Genaro lo curó y cinco mil personas fueron convertidas a Cristo antes de que los mártires fueran degollados. Entonces, como dice la lección del Breviario, “las ciudades de esas costas pelearon por obtener los cuerpos para honrarse como sus sepulcros y asegurarse de tenerlos como abogados ante Dios. Por Su Voluntad, las reliquias de Genaro fueron llevadas finalmente a Nápoles, después de haber sido trasladadas de Pozzuoli a Benevento y de ahí a Monte Vergine. Cuando las reliquias llegaron de ese lugar a Nápoles, fueron puestas en la iglesia principal y han alcanzado gran fama por los abundantes milagros. Entre estos resulta destacable el haber calmado erupciones del Monte Vesubio, cuando pareció que tanto las cercanías como lugares alejados iban a ser destruidos. También es bastante conocido y constituye un hecho claro que se puede ver hasta nuestros días, que la sangre de San Jenaro, que se conserva seca en un pequeña redoma de cristal, se pone a la vista de la cabeza de dicho mártir, empieza a bullir y a burbujear de una forma muy extraña, como si estuviera fresca y recién derramada.” Milagro de licuefacción Es especialmente este milagro de la licuefacción el que ha dado celebridad al nombre de Genaro y en esto ocuparemos nosotros nuestra atención. Establezcamos cuanto antes que la suposición de truco o impostura deliberada está fuera de cuestión, como ahora están dispuestos a admitir los oponentes honestos. Por más de cuatrocientos años ha ocurrido la licuefacción en intervalos frecuentes. Si fuera un truco sería necesario admitir que todos los arzobispos de Nápoles y un sinnúmero de eclesiásticos eminentes por su saber y muchas veces por su gran santidad fueron cómplices del fraude, así como un número de funcionarios seglares; porque la reliquia está tan protegida, que su exposición requiere de la presencia de tanto autoridades civiles como eclesiásticas. Además, en todos estos cuatrocientos años, ninguno de los muchos que bajo la suposición de un fraude han estado en la secreta, ha dado alguna explicación o revelado cómo ocurre el aparente milagro. Un fuerte testimonio de esta verdad es el hecho de que incluso en estos tiempos los oponentes racionalistas a una explicación sobrenatural están totalmente en desacuerdo sobre cómo debe ser el fenómeno. Lo que en verdad ocurre puede ser descrito así en forma breve: En un relicario de plata que de alguna manera sugiere por su forma y tamaño una pequeña lámpara de carruaje dos redomas están unidas. La menor contiene sólo restos de sangre y no nos ocuparemos de ella aquí. La más grande, un frasquito con forma de garrafa de diez centímetros de altura y cerca de cinco y medio de diámetro, está llena en más de la mitad con una masa oscura y sólida, absolutamente opaca cuando es llevada ante la luz y mostrando ningún desplazamiento cuando el relicario es volteado hacia abajo. Ambos frascos parecen estar fijados en la cavidad del relicario por medio de algún poderoso pegamento, pues están herméticamente sellados. Es más, debido al hecho de que la masa oscura en el frasco está protegida por el grosor del cristal, presumiblemente es poco afectada por la temperatura del aire que lo rodea. Dieciocho veces cada año -1) el sábado anterior al primer domingo de mayo y los ocho días siguientes, 2) en la fiesta de San Genaro (19 de septiembre) y durante la octava, y 3) el 16 de diciembre- un busto de plata en que se cree contiene la cabeza del Santo es expuesto en el altar y el relicario ya descrito es sacado y llevado por el oficiante a la vista de la concurrencia. La gente reza, implorando que ocurra el milagro, mientras que un grupo de mujeres pobres conocidas como “zie di San Gennaro” (tías de San Genaro), que se distinguen especialmente por su fervor y a veces, cuando el milagro se demora, por la extravagancia de sus súplicas. El oficiante usualmente toma el relicario por sus extremos, sin tocar el cristal, y de cuando en cuando lo voltea hacia abajo para advertir cualquier movimiento perceptible en la masa oscura de la redoma. Después de un intervalo de duración variable, usualmente no menos de dos minutos o más de una hora; se ve que la masa gradualmente se separa de los lados de la redoma, se torna líquida y de un color más o menos carmesí, y en algunas ocasiones comienza a derretirse y burbujear, aumentando su volumen. Entonces el oficiante anuncia: “Il miracolo é fatto”, se canta un Te Deum y el relicario conteniendo la sangre licuefacta es llevado a la balaustrada del altar donde los fieles pueden venerarlo besando el depósito. Rara vez la licuefacción ha dejado de ocurrir en las exposiciones de mayo o septiembre, pero en la del 16 de diciembre la masa permanece sólida más frecuentemente. Es por eso que muchos consideran el fenómeno de la licuefacción como producido por los efectos del calor. Sostienen que existen ciertas sustancias (p. e. una mezcla de aceite de ballena con éter) que tienen un punto de ebullición bastante bajo. El calor producido por las manos del oficiante, la apretada multitud de espectadores, las luces del altar y en particular la vela que antiguamente se ponía cerca al relicario para permitir a la gente ver que la masa estaba opaca, combinado con el aumento de la temperatura del aire hasta el punto de derretir la sustancia en la redoma –que se asume que es sangre aunque nunca nadie la ha analizado –. Es más, desde los primeros años del siglo dieciocho, científicos escépticos, usando ciertos compuestos químicos, han reconstruido el milagro con mayor o menor éxito; esto es que han sido capaces de exhibir alguna sustancia roja que a pesar de ser en un principio aparentemente sólida, acaba por derretirse después de un intervalo de tiempo sin ninguna aplicación directa de calor. Sin embargo, puede decirse con absoluta confianza que la teoría del calor no produce ninguna explicación adecuada a los fenómenos observados. Pruebas Desde hace más de un siglo se han realizado cuidadosas observaciones de la temperatura del aire en las cercanías de la reliquia durante estas ocasiones y se ha guardado registros. Lo cierto es que acorde a las memorias científicas de los profesores Fergola, Punzo y Speindeo no hay ninguna relación directa entre la temperatura, el tiempo y la forma de la licuefacción. Muchas veces cuando el termómetro ha estado a 25 grados centígrados y hasta más, la licuefacción se ha demorado hasta por veinte minutos e inclusive por cuarenta; mientras que por otro lado el contenido de la redoma algunas veces se fundió en un tiempo considerablemente menor estando el termómetro en 18 o 15 grados. Es más, la teoría del calor no puede ser tomada en cuenta bajo ningún motivo por otro hecho remarcable, observado desde hace doscientos años. La masa que se derrite incrementa su volumen, pero no retorna necesariamente a su volumen original. A veces se ve que toda la redoma está ocupada y otras veces poco más de la mitad. Esto ha llevado a que un científico napolitano, el profesor Albini, sugiera que una nueva teoría física se deriva de observar el comportamiento de un fluido viscoso como la miel parcialmente congelada. Conjetura que la sustancia desconocida de la redoma consiste en una materia sólida altamente dividida que se mantiene suspendida por una cantidad desproporcionadamente pequeña de líquido. Cuando finalmente el líquido se hunde en el fondo de la redoma , mientras las partículas sólidas forman una suerte de corteza que no se mueve fácilmente cuando el recipiente es puesto hacia abajo. Sin embargo se alcanza la cohesión mediante movimientos repetidos como los que experimenta el relicario mientras se espera impacientemente la licuefacción. Después ese líquido viscoso se endurece fácilmente en las paredes del recipiente y permite la aparición de grandes burbujas de aire que originan la ilusoria apariencia de un cambio de volumen. El profesor Albini sostiene haber reproducido el fenómeno con un compuesto de chocolate en polvo y suero lácteo. Por otro lado, aquellos que han estudiado de cerca el proceso de la licuefacción del contenido de la redoma declaran que tal explicación es absolutamente imposible. Además parecen existir ejemplos de licuefacción bastante probados que ocurren tanto en este caso como en similares reliquias de sangre cuando el relicario no ha sufrido el más mínimo movimiento. Por consiguiente se ha sugerido que el fenómeno ocurre debido a cierta forma de fuerza psíquica. (ver Di Pace, “Ipotesi scientifica sulla Liquefazione”, etc., Nápoles, 1905) La concentración de pensamiento y voluntad de la multitud expectante y especialmente de las “tías de San Genaro”, tiene capacidad para producir un efecto físico. Pero a esto se debe presentar el hecho de que la licuefacción ha ocurrido muchas veces de manera inesperada y en la presencia de muy pocos espectadores. Probablemente la dificultad más seria contra el carácter milagroso del fenómeno se deriva del hecho de la misma licuefacción ocurre en el caso de otras reliquias, casi todas conservadas en las cercanías de Nápoles o de origen napolitano. Entre estas reliquias se incluyen la sangre de San Juan Bautista, San Esteban el Protomártir, San Pantaleón, Santa Patricia, San Nicolás de Tolentino y San Luis Gonzaga, entre otros. En el caso de la supuesta licuefacción de la llamada “Sangre de Nuestra Señora” o la de la grasa de Santo Tomás de Aquino quizás nos encontremos ante pura ficción, pero en las redomas tradicionalmente asociadas con los nombres de San Juan Bautista, San Esteban y San Pantaleón indudablemente exhiben en sus respectivos días de fiesta fenómenos exactamente análogos a los ocurridos en el caso de la más famosa reliquia de San Genaro. Además ha sido comprobado por testigos oculares de crédito científico y alta respetabilidad que un bloque de basalto en Pozzuoli, que tiene fama de llevar restos de sangre de San Genaro, se torna vívidamente rojo por un corto tiempo en mayo y septiembre a la misma hora en que el milagro de la licuefacción tiene lugar en Nápoles. La ciencia Tres puntos sostenidos por investigaciones recientes parecen merecer especial atención: Parece que el primer registro seguro de la licuefacción de la sangre de San Genaro data de 1389. (ver de Blassis, “Chronicon Siculum incerti auctoris”, Nápoles, 1887, 85) y no de 1456 como se suponía antiguamente. En 1902 se le permitió al profesor Sperindeo pasar un rayo de luz a través de la parte superior de la redoma durante la licuefacción y examinarlo espectroscópicamente. El experimento arrojó líneas distintivas del espectro de la sangre. Esto, sin embargo, solo prueba que existe alguna cantidad de muestras de sangre en el contenido de la redoma. Lo más notable de todo es que la evidente variación en el volumen de la reliquia llevó entre 1902 y 1904 a una serie de experimentos en los cuales todo el relicario fue pesado en una balanza bastante exacta. Se encontró que el peso no era más constante que el volumen, y que el peso del relicario cuando la sangre llenaba toda la cavidad de la redoma excedía por 26 gramos el peso de la redoma cuando parecía medio llena. Esta gran diferencia hace que sea imposible creer tal variación substancial en el peso se deba a un error de observación. Estamos obligados a aceptar el hecho de que, contrariamente a toda ley conocida, un cambio ocurre en los contenidos del recipiente herméticamente cerrado, que los hace más pesados o más ligeros en proporción aproximada a su volumen aparente. (Cavène,333-39). La realidad del milagro de San Genaro ha sido repetidamente sujeto de controversia. Ha tenido que ver con muchas conversiones al catolicismo, notablemente la del viejo Herder. Sin embargo, desafortunadamente se han hecho alegaciones de veredictos favorables expresados por hombres de ciencia de nota, que no siempre son comprobables. El supuesto testimonio del gran químico sir Humphry Davy, que aparentemente expresó su creencia en la autenticidad del milagro parecer ser uno de estos casos. Aunque en muchos aspectos peca de poco crítico, el mejor recuento del milagro de San Genaro es el de CAVENE Le Célèbre Miracle de S. Janvier (Paris, 1909). Desde el punto de vista histórico mayores detalles históricos pueden encontrarse en TAGLIALATELA, Memorie Storicocritiche del Culto e del Sangue di S. Gennaro (Naples, 1896). Entre otros trabajos puede mencionarse: JANUARIO, Il Sangue di S. Gennaro (Naples, 1902); dos artículos por SILVA y SPERINDEO en el Ommagio della Rivista di Scienze e Lettere, por el aniversario del martirio del santo en 1905; SPERINDEO, Il Miracolo di S. Genaro (3ra ed., Naples, 1908); THURSTON en The Tablet, 22 y 29 May, 1909, seguido por una correspondencia en el mismo periódico. Más antiguos son PUNZO, La Teca di S. Genaro (Naples, 1880); IDEM, Indagini ed osservazioni sulla Teca (Naples, 1890); ALBINI in Rendiconti dell' Accademia delle Scienze fisiche e matematiche (Società Reale di Napoli), serie II, vol. IV (1890), 24-27; Acta SS., 19 Sept. Existe un excelente artículo de LECANU en MIGNE, Dictionnaire des Prophéties et des Miracles (1852), 1010-1016. Libros más antiguos, como los de PUTIGNANI, TUTINI, FALCONE, etc., son demasiado numerosos para mencionarlos y son en gran parte muy poco e incluso nada críticos. Los muchos "Hechos" de San Genaro han sido editados por SCHERILLO en Atti Accad. Archeol. Napoli, VIII (1876), pt. I, 147-330. Para mayor información bibliográfica: CHEVALIER, Bio-Bibl. HERBERT THURSTON Transcrito por Robert B. Olson Ofrecido a Dios Todopoderoso para Brian C. Olson. Traducido por César Félix Sánchez Martínez FUENTE: www.enciclopediacatolica.com

San Alonso de Orozco

Wednesday, Sep 19, 2018


Alonso de Orozco nació el 17 de octubre de 1500 en Oropesa, provincia de Toledo (España), donde su padre era gobernador del castillo local. Cursó los primeros estudios en la vecina Talavera de la Reina y durante tres años actuó como “seise” o niño cantor en la catedral de Toledo, en la que aprendió música con notable provecho. A la edad de 14 años fue enviado por sus padres a la Universidad de Salamanca, donde ya estudiaba uno de sus hermanos. Los sermones de la cuaresma de 1520 predicados en la catedral por el profesor agustino Tomás de Villanueva sobre el salmo “In exitu Israel de GYPTO” maduraron su vocación a la vida consagrada y, poco más tarde, atraído por el ambiente de santidad del convento de San Agustín, entró en él, emitiendo en 1523 la profesión religiosa en manos de Santo Tomás de Villanueva. Una vez ordenado sacerdote en 1527, los superiores vieron en Alonso tan profunda espiritualidad y tal capacidad para anunciar la Palabra de Dios que muy pronto lo destinaron al ministerio de la predicación. Ya desde los 30 años ocupó también diversos cargos, pero a pesar de su austeridad de vida, en el modo de gobernar se mostró lleno de comprensión. Impulsado por el deseo del martirio, en 1549 se embarcó para México como misionero, pero durante la travesía hacia las Islas Canarias padeció un grave ataque de artritis y los médicos, temiendo por su vida, le impidieron la prosecución del viaje. En 1554, siendo prior del convento de Valladolid, ciudad desde decenios atrás residencia de la Corte, fue nombrado predicador real por el emperador Carlos V y, al trasladarse la Corte a Madrid en 1561, también él tuvo que pasar a la nueva capital del Reino, fijando su residencia en el convento de San Felipe el Real. Vida sencilla No obstante a ejercer un cargo que estaba exento de la jurisdicción directa de sus superiores religiosos y dotado de renta, renunciando a privilegios, quiso vivir como un fraile más, en pobreza y bajo la inmediata obediencia de sus superiores. Solamente hacía una comida, dormía a lo sumo tres horas, porque decía que le bastaban para emprender el nuevo día, y en una tabla por cama, con sarmientos por colchón. En su celda no había más que una silla, un candil, una escoba y unos libros. La eligió cerca de la puerta para atender mejor a los pobres que hasta allí se acercaban a suplicarle ayuda. Sin que la cotidiana asistencia al coro le resultara de obs?táculo, además de cumplir con sus obligaciones como predicador regio, visitaba los enfermos en los hospitales, a los encarcelados en las prisiones y a los pobres en las calles y en sus casas. El resto del tiempo lo pasaba en oración, en la composición de sus libros, y preparando sus sermones. Predicaba con gran sinceridad de palabras, pero con mucha hondura espiritual, fervor y afecto, a veces, con lágrimas en los ojos, expresando la ternura de Dios hasta en el tono de la voz, igual en el palacio ante el Rey y la Corte que en las iglesias a las que era llamado. Gozó de gran popularidad entre los más diversos ambientes sociales. Personajes de la sociedad y de la cultura testificaron en su proceso de canonización, tales como la infanta Isabel Clara Eugenia, los duques de Alba y de Lerma, los literatos Lope de Vega, Francisco de Quevedo y Gil González Dávila. El trato con las clases elevadas no le desvió de su sencillo estilo de vida. Su fama se extendió por toda Madrid. El pueblo que le llamab a, muy a pesar suyo, “el santo de San Felipe”, lo amó apreciando en él su exquisita sensibilidad en el acercarse a todos sin distinción. Obras Compuso numerosas obras tanto en latín como en castellano. La simplicidad de los títulos indican la intención pastoral del autor: Regla de vida cristiana (1542), Vergel de oración y monte de contemplación (1544), Memorial de amor santo (1545), Desposorio espiritual (1551), Bonum certamen (1562), Arte de amar a Dios y al prójimo (1567), Libro de la suavidad de Dios (1576), Tratado de la corona de Nuestra Señora (1588), Guarda de la lengua (1590). Como su acción, los escritos nacieron de su espíritu contemplativo y de la lectura de la Sagrada Escritura. Devoto de María, estaba convencido de escribir por mandato suyo. Cultivó también un ferviente amor a su propia Orden, componiendo obras sobre su historia y su espiritualidad con ánimo de mover a la imitación de sus hombres mejores. En esta misma línea, inducido por un deseo de reforma interior, que luego convergería con el movimiento de recolección en la misma Orden, llevó a término varias fundaciones de conventos tanto de religiosos agustinos como de agustinas de vida contemplativa. Su muerte En agosto de 1591 cayó enfermo con fiebre, sin faltar por eso ningún día a la celebración de la Misa, puesto que nunca, ni siquiera en el transcurso de sus diversas enfermedades, había dejado de celebrar el santo sacrificio, ya que repetía con cierto gracejo que “Dios no hace mal a nadie”. Durante su enfermedad, fue visitado por el rey Felipe II, el príncipe heredero Felipe con la infanta Isabel, y el cardenal arzobispo de Toledo, Gaspar de Quiroga, quien le dio de comer de su mano y le pidió la bendición. La noticia de la muerte, acaecida el 19 de septiembre de 1591 en el Colegio de la Encarnación que había fundado dos años antes —actualmente sede del Senado español— conmocionó la ciudad. Por la capilla ardiente pasó el pueblo de Madrid, que, como refiere Quevedo, se agolpó ante la iglesia del Colegio hasta derribar las puertas, pues todos deseaban hacerse con reliquias, astillas de la cama, fragmentos de sus ropas, zapatos y cilicios. El Cardenal Arzobispo se reservó para si la cruz de madera que durante largos años “el santo de San Felipe” había llevado consigo. Fue beatificado por León XIII el 15 de enero de 1882 y canonizado en 2002 por el Beato Juan Pablo II. Vicisitudes históricas hicieron que sus restos fueran trasladados a distintos lugares. Actualmente reposan en la iglesia madrileña de las agustinas hasta este momento denominadas del Beato Orozco. Fuente: Vaticano