Oración, contemplación, grandes penitencias y sacrificios fueron los caminos que guiaron a esta alma elegida a cumplir con su vocación de víctima expiatoria, que le mereció la gloria de los altares.

 


 

La oscuridad y el silencio de la noche embargan las largas y polvorientas calles de una importante ciudad del litoral ecuatoriano. Continuas brisas de verano producen un suave murmullo que se mezcla con el ruido de hojas secas rodando lentamente al impulso del viento. Alrededor de la plaza y de la Catedral se vislumbran aristocráticas residencias familiares, cuyos habitantes, por lo avanzado de la hora, ya se encuentran en pleno descanso.

 

Doña Silvania Gellibert de Negrete, noble dama guayaquileña, acaba de despertar de su profundo sueño al escuchar fuertes golpes. ¿Qué será lo que los ocasiona a tan altas horas de la madrugada?

 

Presurosa y asustada se dirige al lugar de donde provienen los sonidos. Tímidamente acerca su oído a las paredes para escuchar detenidamente. Oye violentos azotes y, al mismo tiempo, fervorosas oraciones pidiendo perdón a Dios por los pecados de los hombres. Atónita y a la vez con mucha curiosidad, Doña Silvania agudiza su vista. Por una de las rendijas de la pared de madera, observa sorprendida a su joven huésped de rodillas delante de un crucifijo, coronada de espinas, con la espalda ensangrentada, castigando cruelmente su cuerpo con un látigo de puntas de acero.

 

¿Quién será esta mujer que se inflige semejante castigo? Su nombre es Narcisa Martillo Morán. Se trata de un alma llamada por Dios para reparar con extraordinarias penitencias los pecados cometidos en su época.

 

Nace una víctima expiatoria

 

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Santa Narcisa de Jesús – Colección
privada de Mons. Roberto Pazmiño
Guzmán.

Transcurría la primera mitad del siglo XIX. En Sudamérica abundaban entonces las guerras y convulsiones sociales. Cuando Narcisa nació, el 29 de octubre de 1832, hacía poco tiempo que Ecuador se había transformado en República.

 

Fueron los progenitores de Narcisa, Don Pedro Martillo Mosquera y Doña Josefa Morán. Profundamente católicos, de acomodada fortuna e ilustre ascendencia española, vivían en una hacienda en el pueblo de Nobol, provincia del Guayas.

 

Sexta de nueve hermanos, la niña pasará sus primeros años en la casa de sus padres. Ya desde la primera infancia, abrirá su alma a la voz de Dios y cuando, a los 7 años, recibe el sacramento de la Confirmación, se aplica a alcanzar la santidad y se acostumbra a dedicar largas horas a la oración.

 

Nadie es profeta en su propia tierra

 

No tardarán, sin embargo, en llegar las primeras dificultades. Nadie es profeta en su propia tierra, enseña el Divino Maestro (cf. Mc 6, 4). En Santa Narcisa estas palabras del Redentor se habrían de cumplir al pie de la letra.

 

“Narcisa —nos narra un testigo de la época— tenía una hermana, pero esa hermana ¡sí que resultó tremenda! Hijas de los mismos padres pero tan distintas.

 

En medio de los santos también se dan pecadores. Así salió la hermana de Narcisa que fue terrible: le gustaba el baile y tenía muchos enamorados. Invitaba a su hermana a bailar en las fiestas que organizaba en la hacienda, mas, ella nunca asistía. Narcisa no se metía en eso. […] Narcisa brillaba por su ausencia, ingeniándose la manera de no participar en los bailes ni en los banquetes que su hermana organizaba” .1

 

Las huidas de las ocasiones de pecado y de las malas compañías, así como las gracias místicas que ya marcaban a fondo su alma, hicieron a Narcisa objeto de un sinnúmero de incomprensiones, burlas y habladurías de sus propios familiares.

 

Colmada de gracias extraordinarias

 

Los fabulosos paisajes y las mil bellezas naturales que le ofrecía el entorno familiar influyeron en su espíritu contemplativo.

 

Con frecuencia, Narcisa transformaba un frondoso guayabo agrio, próximo a la hacienda, en su catedral, en su oratorio, para “elevar el alma a Dios”. Cierto día de tropical invierno, se retiró a la sombra de este árbol para orar. Absorta en su encuentro con Jesús, no se percató de una torrencial lluvia que comenzó a empapar la floresta. Don Pedro, preocupado por la ausencia de su hija, salió a su encuentro, pero tuvo que regresar a casa con la ropa empapada, sin conseguir dar con su paradero. Al poco tiempo, llegó Narcisa, también en medio de la lluvia, pero para sorpresa de todos, ¡con sus vestimentas totalmente secas!

 

En casa de los Martillo Morán había una habitación que, con el consentimiento de sus padres, ella había arreglado como oratorio. Encerrada en su “capilla”, Narcisa pasaba largas horas rezando delante de una pequeña imagen de la Divina Infancia de Jesús. Sus hermanos, que desde fuera la espiaban, con frecuencia la escuchaban hablando.

 

Al preguntarle con quién conversaba, Narcisa respondía con simplicidad: “con Él, con Él”. 2 Y guardaba silencio... Muchos años después, su último director espiritual, Mons. Manuel Medina, revelará que Nuestro Señor “casi diariamente la consolaba con Su presencia”.3

 

Viaje a Guayaquil

 

Impulsada por la pérdida prematura de sus progenitores, por el deseo de que algún experimentado director de almas la oriente en su vida espiritual y, sobre todo, por el anhelo ferviente de santificarse alejada de cualquier obstáculo, Narcisa deseaba salir de su entorno y viajar a la ciudad de Guayaquil.

 

Dios se sirvió de la ya mencionada doña Silvania Gellibert para satisfacer sus inquietudes.

 

La amistad de la joven con esa noble dama le permitirá renunciar a su parte de la herencia y establecerse en esa ciudad, donde estaba segura de encontrar lo que buscaba.

 

Se esparce su fama de santidad

 

En Guayaquil vivirá en diferentes lugares. Las familias que la acogen le ofrecen una cómoda habitación; pero ella siempre la rechaza.

 

En su ardiente deseo de pasar desapercibida, prefiere convertir el caluroso y estrecho desván de los anfitriones en su lugar de oración, de trabajo, de arduas y dolorosas penitencias.

 

Sin embargo, “es imposible tapar el sol con un dedo”. En cualquier lugar donde ella se encuentre, su fama de santidad y el “buen olor a Cristo” emanado por sus virtudes se esparcen rápidamente. Las personas que la rodean comienzan a tenerle mucho respeto y hasta veneración.

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Jesús acerca Su Corazón a los labios de la santa,
diciéndole: “Jamás he concedido igual gracia a 
ninguna alma”.

Mansedumbre y humildad de corazón

 

A pesar de haber disfrutado anteriormente de una acomodada fortuna, en Guayaquil Narcisa se dedicó al humilde oficio de costurera. Pasaba hasta altas horas de la noche, a la luz de un candil, trabajando para las damas de sociedad. Éstas, no pocas veces vanidosas y caprichosas, hacían descoser los vestidos ya concluidos para que la joven, con entera mansedumbre, los rehiciera con algunas modificaciones... Junto a una humildad profunda y sincera, el alma de Narcisa estaba adornada con otras virtudes, características de los bienaventurados. Los que la conocieron afirman que era: “muy amable y alegre”, “de carácter dulce y apacible”, “sumamente buena y obediente”, “muy caritativa”, “bondadosa y compasiva”, pero sobre todo “extremadamente piadosa”. 4

 

Sus tres grandes devociones

 

La espiritualidad de la humilde costurera se asienta en tres firmes cimientos: una arraigada devoción al Santísimo Sacramento, al Corazón de Jesús y a la Santísima Virgen, Madre de Misericordia. Siempre llevará consigo un rosario y lo desgranará de forma atenta y serena un sinnúmero de veces a lo largo de su vida.

 

Cabe recalcar que, aunque fue siempre seglar durante su corta vida, desde muy joven guardó los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia.

 

Junto a ellos, se sumaron otros propósitos que practicó con entero rigor: “de clausura, aún para no salir de su cuarto, de retiro, de ayuno a pan y agua, de comunión diaria, de confesión, de mortificación y de oración”. 5

 

Imitadora de la Pasión del Redentor

 

En 1853 su Santidad Pío IX beatificó a Mariana de Jesús Paredes y Flores, la “azucena de Quito”. En todo el país se levantó una fuerte ola de devoción y entusiasmo por la que más tarde sería la primera ecuatoriana canonizada.

 

Su vida de intensas penitencias y oraciones cautivó a muchas almas, entre ellas la de Narcisa de Jesús, quien se propuso imitarla. “Y la favoreció tanto el Señor para lograr su propósito, que basta leer la vida de Mariana para conocer las virtudes de Narcisa”. 6

 

Conociendo la vida de esta santa quiteña, Narcisa comprendió que la Divina Providencia le había dado la sublime vocación de inmolarse como víctima expiatoria.

 

Comenzará entonces un severo régimen de penitencias y sacrificios corporales.

 

Usará diariamente cilicios en todas las partes de su cuerpo virginal hasta no poder realizar un sólo movimiento sin sentir dolor. Se flagelará despiadadamente con látigos de puntas de acero hasta derramar sangre y lo hará de forma tan abundante que ésta se filtrará “ por las hendiduras del piso de madera, llegando de esta manera a manchar el tumbado del piso inferior”. 7 No contenta con tal penitencia, su deseo de desagravio, de reparar faltas ajenas la llevará a crucificarse y coronarse de espinas...

 

Muchas veces fue sorprendida por sus familiares y conocidos en sus prácticas. Aterrados por tan tremenda y singular escena, le preguntaban por qué lo hacía, a lo que Santa Narcisa con su rostro siempre apacible y sereno, respondía con sencillez: “para sufrir he venido al mundo” .

 

Vida mística y persecución del demonio

 

En recompensa a tan grandes inmolaciones, Dios le concederá gracias muy peculiares. Entrará en éxtasis después de haber recibido a Nuestro Señor en la Eucaristía, o simplemente mientras hace oración, siendo necesario sacudirla fuertemente para hacerla volver en sí.

 

Por otro lado, Narcisa también fue muy perseguida por el espíritu infernal.

 

El demonio la asechará para que claudique en el camino de santidad, la golpeará cruelmente, interrumpirá su oración con ruidos, le ensuciará su habitación, pero ella siempre saldrá victoriosa de todas estas vejaciones.

 

“Si quieres ser santa, ándate al Patrocinio”

 

Su último viaje lo lleva a cabo por motivos de dirección espiritual.

 

Se encontraba en la noche oscura que asalta a tantas almas virtuosas cuando Fray Pedro Gual, Comisario y Visitador general de los Franciscanos en América del Sur de la época, la invita a viajar a Lima y establecerse en un Beaterio de Terciarias Dominicas.

 

“Si quieres ser santa, ándate al Patrocinio”8 le dijo el fraile.

 

Narcisa vivirá sus últimos meses en ese convento de la capital peruana. Era seglar, pero llevaba su diario vivir como una observante religiosa de claustro.

 

Allí intensificará sus oraciones, sus mortificaciones y sacrificios con el único deseo de clamar misericordia y perdón por los pecadores, y de alcanzar la santidad, cueste lo que cueste.

 

“Jamás he concedido igual gracia a ninguna alma”

 

Y mientras Narcisa redobla sus penitencias, las manifestaciones sobrenaturales aumentan de forma extraordinaria. Le es cada vez más fácil entrar en éxtasis. Comienza a gozar de dones muy especiales, como el de profecía, de discernimiento de los corazones…

 

Tiene visiones y apariciones de Jesús y de su Santísima Madre.

 

Cierto día, mientras realizaba absorta su acción de gracias después de haber comulgado y haber hecho su retiro espiritual, se presenta ante sí el Rey de reyes, envuelto en una inefable y deslumbrante claridad. Nuestro Señor Jesucristo, con mucha dulzura y una suave sonrisa en su divino rostro, “se saca el corazón con las manos de la cavidad del pecho” 9, lo acerca a los labios de Santa Narcisa y se lo da a besar, diciéndole: “jamás he concedido igual gracia a ninguna alma”. 10

 

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En el Santuario de Santa Narcisa de Jesús, en
Nobol, Ecuador, miles de fieles acuden a venerar
su cuerpo incorrupto.

Su definitivo viaje: la eternidad

 

En uno de sus acostumbrados arrobamientos, el 24 de septiembre de 1869, se le aparecen el Salvador y la Virgen. Le piden que exprese un deseo, alguna gracia especial que quiera alcanzar. Entonces Santa Narcisa, impulsada por la caridad, pide por sus prójimos, pero también ruega la gracia de ir pronto para el Cielo. Sus pedidos fueron atendidos diligentemente.

 

Tras esta revelación sobrenatural, Narcisa cae enferma de altísimas fiebres que aumentan a cada día.

 

En la noche del 8 de diciembre de 1869, fiesta de la Inmaculada Concepción e inauguración del Concilio Vaticano I (por cuyo buen éxito Narcisa ofreció sus últimos sufrimientos), cuando las luces de los candeleros se apagaban y las terciarias dominicas se retiraban a descansar, una de las hermanas asustada y admirada llama a la superiora. Había visto salir de la habitación de Santa Narcisa unos rayos indescriptibles y un aroma que inundaba todo el claustro.

 

La religiosa fue a verificar lo que ocurría, “y al abrir la puerta donde reposaba Narcisa, vio no solamente la misma claridad que se notaba por fuera, sino que la fragancia era mayor, encontrando que Narcisa había fallecido, abrasada por la fiebre de su cuerpo y sobre todo por el ardor del amor divino”.11

 

Sus restos mortales irradiaban una intensa luz y emanaban una discreta fragancia, haciendo presagiar una entrada triunfal en el “coro de los ángeles y santos” . Al ser exhumado, años después, su cuerpo apareció incorrupto, con una sonrisa esbozada en los labios.

 

“El que se humilla, será enaltecido”

 

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Cuerpo incorrupto de Santa 
Narcisa de Jesús.

La singular llamada de Dios a Santa Narcisa y la fidelidad con que fue recibida, fueron sintetizados por el siervo de Dios Juan Pablo II, en la homilía de su beatificación, con palabras de admiración y de gloria: “ En esta joven ecuatoriana, que sólo vivió 37 años entre continuas mortificaciones y duras penitencias corporales, encontramos la aplicación constante de la sabiduría de la cruz en cada instante de la vida. Ella estaba firmemente persuadida de que el camino de la santidad pasa por la humillación y la abnegación, es decir, por el sentirse crucificada por Cristo. [...] “La espiritualidad de Narcisa de Jesús está basada en el escondimiento a los ojos del mundo, viviendo en la más profunda humildad y pobreza, ofreciendo al Señor sus penitencias como holocausto para la salvación de los hombres. Pero hoy se cumplen verdaderamente para la Beata las palabras que hemos escuchado en el Evangelio: ‘El que se humilla será enaltecido'” (Juan Pablo II, Homilía en la Misa de beatificación , 25/10/1992).

 

 

1 PAZMIÑO GUZMÁN, Roberto. Itinerario de una vida. Guayaquil: Vicepostulación de la Causa de Canonización de la Beata Narcisa de Jesús, 2007. p.36. 
2 PAZMIÑO GUZMÁN, Roberto, La Beata Narcisa, o.c. Guayaquil: Justicia y Paz, 2002. p. 21. 
3 PAZMIÑO GUZMÁN, Roberto, Una mujer de nuestro pueblo . Guayaquil: Editora “Asociados”, 2002. p. 49. 
Idem. p. 55. 
Idem. p. 151. 
Idem. p. 52. 
Idem. p. 122. 
Idem. p. 129. 
Idem. p. 187. 
10 Idem, ibidem. 
11 PAZMIÑO GUZMÁN, Itinerario de una vida. p. 23.