En el día a día de su trabajo evangelizador, los misioneros heraldos tienen el consuelo de ver la eficacia santificadora de los sacramentos. Instituidos por el propio Cristo, consuelan y revigorizan a las almas, haciéndolas más próximas de Él y de su Iglesia.

 


 

pesar de que la iconografía intenta representar de las más variadas formas la figura adorabilísima del divino Maestro, ninguna consigue atender por entero las expectativas de quien desea conocerlo. Soñamos, pues, con volver al pasado, aunque sea por unos instantes, para poder convivir de cerca con aquel que es el centro de nuestras vidas. Desearíamos verlo con nuestros propios ojos, oírlo con nuestros propios oídos, besarle sus pies mil veces benditos con nuestros propios labios...

 

Sin embargo, Jesús se encuent ra muy cerca de nosotros, obrando aún más milagros y prodigios que otrora, porque como Él mismo dijo antes de marchar rumbo al Cielo: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20).

 

Al rezar ante Jesús sacramentado preso por amor a nosotros en la hostia expuesta en la custodia, es realmente a Él a quien nos dirigimos, aunque esté oculto bajo el velo eucarístico. Y al ser regenerados por el Bautismo, fortalecidos con la Confirmación, alimentados con la Comunión, perdonados en la Confesión, reanimados o preparados para una buena muerte con la Unción de los Enfermos, elevados al sacerdocio en el Orden o santificados por las bendiciones derramadas en el Matrimonio, el Espíritu opera en nosotros maravillas aún mayores que las narradas en los Evangelios.

 

Evangelizar es hacer que las personas se unan a Cristo, Cabeza del Cuerpo Místico de la Iglesia, de quien provienen todas las gracias. Y eso sólo se consigue acudiendo con generosa abundancia a un poderoso recurso instituido por el mismo Jesús: los sacramentos.

 

Misa de la Solemnidad de la Asunción, presidida por Mons. João Sconamiglio Clá Dias y concelebrada
por sacerdotes heraldos, en la basílica de Nuestra Señora del Rosario, Caieiras, 15/8/2018

En el día a día de su labor apostólica, los Heraldos del Evangelio tienen la oportunidad de constatar la eficacia de esas señales visibles que confortan, revigorizan e infunden de forma invisible la gracia santificante. He aquí lo que en ese sentido nos muestran algunos testimonios que hemos recibido de distintas ciudades de Brasil.

 

“Me sentí piadosamente acogida y amada”

 

Ludmila Matos Andrade, de Montes Claros, nos narra cómo era su vida antes de frecuentar asiduamente los sacramentos: “Traté de alzar el vuelo en dirección a la gloria entregándome a falsas visiones y susurros del viento —criatura débil como soy, ¡sólo pensaba en saciarme!— y acabé perdiéndome por el camino, confiando en falsos dioses y mentirosas promesas...”.

 

Diversos aspectos de Misas celebradas por sacerdotes
miembros de los Heraldos del Evangelio
en la Basílica de Nuestra Señora del Rosario,
Caieiras (Brasil)

No obstante, después de pasar por un período de gran dificultad tras el fallecimiento de su madre, el Señor encontró un medio de seguir el rastro de la pequeña oveja que se había extraviado: “Habían pasado unas semanas y recibo, por indicación de una amiga, una llamada telefónica de los Heraldos del Evangelio ofreciéndome la visita de Nuestra Señora a mi casa. Días después, estoy ante la caritativa presencia de ellos y del oratorio de María, y allí junto con ellos, me recojo en mi desierto interior sedienta de explicaciones...”.

 

Y, recibiendo de la Virgen Santísima las respuestas que tanto procuraba, continúa: “Tras esa visita inicié mi camino en los Heraldos del Evangelio, participando en la catequesis para adultos, donde pude ver mi condición de vida pecaminosa y repleta de injusticias. A través de los profesores, esos ejemplos de siervos de María, conocí la salvación y el encuentro con Dios, por medio de la conversión y la búsqueda de la santidad. En ese caminar constante con la Palabra de Dios, fui en busca de la Confesión, pues deseaba ardientemente conocer la misericordia dada a los santos convertidos”.

 

En un primer sábado de julio, durante una novena a Nuestra Señora del Carmen, encontró en el sacramento de la Penitencia el descanso que su alma tanto anhelaba: “Aquella tarde, arrodillada delante de un representante de la divinidad, me permití imaginar ardientemente que Dios mismo estaba allí escuchándome. Por un suave toque percibí que me hallaba junto a Él, a mi Madre Santísima y, por impulso, me arrojé confiada en sus brazos y lloré todas mis faltas, lamenté todos mis pecados, pedí perdón por todo el mal injustamente cometido”.

 

Con la conciencia aliviada y la certeza de haber sido perdonada de sus culpas Ludmila afirma: “Allí me sentí piadosamente acogida y amada. Tomada de fervorosa gracia, fui dulcemente aconsejada a rezar el Rosario todos los días e invitada a reconocer a Jesucristo, como el camino de mi santificación”.

 

“Mi alma volvió a revivir”

 

Acometida por una grave enfermedad que la hizo sufrir con lancinantes dolores e imposibilidad de locomoción, Daniele Cardoso, de Campos dos Goitacazes, nos relata las gracias recibidas por ella:

 

“Todo empezó hace cuatro años, en un período muy difícil de mi vida. Sabiendo de la existencia de un sacerdote heraldo en mi ciudad, busqué el número en internet y le llamé. Atendió al teléfono con mucho celo, no le importó la distancia, no quiso saber cuántas horas le llevarían llegar hasta mi casa, únicamente dijo ‘sí’ ”.

 

El día convenido, el sacerdote se presentó en su residencia: “Al abrirle el portón, me sorprendí, porque pude observar desde la ventana la hermosa sonrisa de una persona muy joven, acompañado por otro muchacho. Enseguida me confesó, me dio la comunión y varias bendiciones, y la Unción de los Enfermos”. No obstante, ese primer contacto con los sacramentos fue tan sólo el inicio de muchos otros, a través de los cuales empezó una gran transformación en su vida.

 

Pasado algún tiempo, Daniele consiguió vencer sus dificultades de locomoción y fue a participar en una Misa celebrada en la casa de los Heraldos. “Sentí algo diferente en aquel lugar: santidad, deseo del Cielo, personas que buscaban a Dios y no sus favores. Pude y puedo en cada Misa experimentar algo diferente. Viendo al sacerdote heraldo purificando el cáliz, siento que está cuidando de las heridas de Nuestro Señor, como si estuviera Jesús todo magullado en el cáliz y en la patena. Y el sacerdote con todo el celo del mundo hace aquello. Y todos los domingos quiero más; toda la semana estoy esperando que llegue el domingo, porque podré participar en la Santa Misa”.

 

Llena de contento por las maravillas obradas en su vida por medio de los sacramentos, Daniele afirma: “Dios se valió y se vale de ese sacerdote heraldo. Lo usó para cambiar mi vida, lo usó para cambiar la vida de muchos. A partir de la entrada de ese gran siervo que se hace tan pequeño, mi alma volvió a revivir. No la misma vida, sino una vida que, incluso con todo el sufrimiento y muchas luchas, me impulsa a buscar las cosas del Cielo”.

 

“La fe fue iluminándose nuevamente”

 

De Joinville, Margarete Schulze Miranda explica cómo conoció a los Heraldos en un momento crítico de su vida. Ese encuentro la llevó a frecuentar nuevamente los sacramentos, aumentándole el fervor en la oración y confirmándola en la fe y afirmándola en sus principios morales.

 

“Iba desarrollando una ceguera espiritual adversa, que estaba apartándome cada vez más de la Iglesia, cuando, por las manos maternales de María, tuve la felicidad de encontrar a un heraldo que fue a mi parroquia a dar un curso de preparación para la consagración a la Virgen. A partir de ese preciosísimo curso empecé a participar en la Eucaristía en la sede de los Heraldos y siendo asistida en el sacramento de la confesión por un sacerdote heraldo; poco a poco la fe fue iluminando nuevamente mi alma.

 

“Conocer a los Heraldos del Evangelio me llevó a orar con más intensidad y fervor, a frecuentar semanalmente la Santa Misa, recibiendo la comunión y, bajo la luz del Espíritu Santo, también el sacramento de la curación del alma, que es la Confesión”.

 

Un sacerdote heraldo administra el Bautismo en la
basílica de Nuestra Señora del Rosario, Caieiras,
y otro la Unción de los Enfermos durante una
visita al Hospital San Luis Gonzaga, de São Paulo

Y agradecida añade: “Los Heraldos del Evangelio, por donde pasan, promueven el bien y llevan un carisma que tanto me llama la atención, que es el de salvar las almas para Dios... Hacen un trabajo apostólico para la Iglesia de Jesucristo, en medio del caos en que se encuentran los principios morales de la educación y de la fe, que son la esencia de cada ser humano. Si todos los niños del mundo tuvieran la gracia de frecuentar las casas de los Heraldos del Evangelio tendríamos, sin duda alguna, un mundo éticamente dentro de la moral y de las buenas costumbres”.

 

“Comencé a frecuentar la Eucaristía”

 

Incluso formando parte de la Iglesia por el Bautismo y habiendo constituido su familia bajo las bendiciones de Dios, Edson Pacheco, también de Joinville, cuenta que por haberse alejado de la Misa empezó a tener problemas familiares, que se solucionaron con la frecuencia a la Eucaristía:

 

“Con gran emoción relato que fui admitido en la rama masculina de los Heraldos, sin merecimiento alguno, y allí estuve ocho años. Fueron, de lejos, los mejores días de mi vida, y salí únicamente por problemas de salud.

 

“Conseguí un empleo modesto, me casé, pasé por la facultad, tuve una hija y, durante ese período, debido al ajetreo del día a día, pues mi esposa también estaba realizando estudios superiores, me alejé de los Heraldos y los problemas conyugales comenzaron a aparecer. Pero como Nuestra Señora es Madre, y nunca deja de serlo, fui recordado con una invitación inesperada de parte de un heraldo, comencé a frecuentar la Eucaristía en la sede y a llevar mi familia...

 

“Mi vida tuvo un nuevo rumbo, la tempestad de la incomprensión pasó y hoy tengo una sólida relación con mi esposa —gran causa de angustia y sufrimiento para mí era la inestabilidad conyugal. Dios, a través de esta obra magnífica, me ha devuelto la paz de espíritu, la esperanza de un mundo mejor y una familia consistente, tan rara en nuestros días”.

 

“Regularicé mi vida matrimonial”

 

Habiendo constituido un hogar alejado de la religión, Janaína Bueno Joaquim, de Mairiporã, tuvo la alegría de recibir las bendiciones de Dios para su familia: “Conocí a los Heraldos del Evangelio a través de mi esposo, que trabajaba para ellos, cuando recibí en mi casa a un diácono que por entonces era jefe inmediato de mi esposo. Y mi vida fue cambiando. Regularicé mi matrimonio, empecé a frecuentar la Misa dominical y los sacramentos. Mi marido hasta hizo la Primera Comunión”.

 

Y continúa: “El diácono, que hoy es sacerdote, se decía nuestro amigo, y sus palabras eran verdaderas, pues en sus visitas traía mucha alegría y consuelo, siempre acogedor y dispuesto a ayudar.

 

“Recibí una gracia enorme: mi madre, desde hacía años y años con depresión, hasta el punto de no asumir las tareas domésticas, con la frecuencia a la Misa celebrada por los sacerdotes heraldos quedó curada. Es asidua a las Misas y evangeliza a su esposo y a sus hijos. Ahora le doy gracias a Dios y a la Virgen por haber puesto en mi camino y en el de mi familia esos instrumentos benditos”.

 

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Estos son algunos de los incontables relatos que llegan a nuestras manos, en los que se verifican las maravillas operadas por el Señor en nuestros días. Más que la curación de un paralítico, de un ciego, un leproso o un hidrópico, en una época en que el pecado alcanzó gran parte de la humanidad, vemos, a través de los sacramentos, almas que relucen en la virtud como lirios surgidos, tantas veces, del lodo, en la noche y bajo la tempestad.