Tras la purificación de la tierra por las llamas de la cólera divina, el Paráclito avivará en los corazones el fuego del amor. Empezará así el reinado de María Santísima, en el cual no habrá muerte, ni duelo, ni dolor.

 


 

¡Notable paradoja! ¿Cómo es posible que un elemento tan simple presente propiedades tan contrarias? Atrae poderosamente con su majestuosa variedad de formas, colores y fulgores y, al mismo tiempo, impone un respeto mucho mayor cuanto más nos acercamos a él.

Todos temblamos cuando pensamos en los terribles estragos que puede producir, bien al devastar un extenso bosque con sus devoradoras llamas, bien al sumergir en lava incandescente los alrededores de un volcán. Pero junto al calor que consume y abrasa, encontramos también la luz.

La noble y mágica luz... En el Antiguo Testamento, Dios se comunicó con su pueblo desde las llamas (cf. Dt 4, 12) y lo guió de noche valiéndose de una columna de fuego (cf. Éx 13, 21).

En la Nueva Ley, el Señor declara que sus discípulos son "la luz del mundo" (Mt 5, 14). Y cuando los envía a enseñar a todas las naciones (cf. Mt 28, 18) les confiere la misión de iluminar, con sus corazones abrasados en el amor, el universo envuelto en las tinieblas del pecado.

Tal vez el atributo más atrayente del fuego, no obstante, sea su potente capacidad purificadora. En la tierra, quema, consume y destruye lo que es dañino; en el Purgatorio, prepara al alma para la visión beatífica, expurgándola de los efectos del pecado y de los criterios que le impiden ver a Dios cara a cara.

Sin embargo, alguien podría preguntarse: "Si el agua es el elemento característico de la depuración y de la limpieza -hasta el punto de que Jesús la eligió como materia para el Bautismo-, ¿por qué Dios habrá preferido el fuego para purificar a las almas que irán al Cielo?".

Entre varias, podríamos presentar una razón muy sencilla. El agua quita las manchas de aquello que ha sido lavado, restaurándolo a su estado original, pero con el fuego ocurre algo superior: además de purificar, transforma. Si "en el fuego se prueban el oro y la plata" (Eclo 2, 5), expurgándolos de toda impureza, también en el fuego ciertas materias alcanzan una excelencia incomparablemente mayor.

Pongamos un ejemplo: ¿qué sería de un turíbulo lleno de incienso sin el calor del fuego? No pasaría de un ornato gélido e inútil. Con todo, bajo los efectos de la brasa incandescente, los inertes granitos de incienso se elevan suave y aromáticamente hasta Dios.

Yendo hasta las últimas consecuencias en esta escala de simbolismos, llegamos hasta el mismo Dios.

Al ser la Caridad en esencia, incendia los corazones de los justos, ilumina las tinieblas de los que a Él se dirigen arrepentidos y aniquila con su claridad infinita las máculas que de Él nos separan.

Por lo tanto, la era histórica profetizada por la Santísima Virgen en Fátima se caracterizará no por un diluvio de agua o de sangre, sino de fuego, como enseña San Luis María Grignion de Montfort. "Emitte Spiritum tuum et creabuntur, et renovabis faciem terræ" (cf. Sal 103, 30).

Habiendo sido la faz de la tierra purificada por las llamas de la cólera divina, el Paráclito avivará en los corazones el fuego del amor, dando origen a "un cielo nuevo y una tierra nueva" (Ap 21, 1). En la Ciudad Santa gobernada por María Santísima, Dios habitará con su pueblo, enjugará toda lágrima de sus ojos y, tanto cuanto sea posible en este mundo, "ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor" (Ap 21, 4).

En las fotos:

1. Hoguera en un campamento de vacaciones, Cuiabá (Brasil);

2. Fuegos artificiales, Maple (Canadá);

3. Vigilia Pascual en la Casa Lumen Prophetæ, Franco da Rocha (Brasil);

4. , El Purgatorio, detalle de "El Juicio Final" - Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino, Roma;

5. Fuego nuevo de la Vigilia Pascual en la Iglesia de San Judas, Mairiporã (Brasil);

6. Vigilia Pascual en la basílica de Nuestra Señora del Rosario, Caieiras (Brasil).