- EVANGELIO -

 

1 Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. 2 Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; 3 y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, 4 se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; 5 luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. 6 Llegó a Simón Pedro y éste le dice: “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?”. 7 Jesús le replicó: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”. 8 Pedro le dice: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. 9 Simón Pedro le dice: “Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. 10 Jesús le dice: “Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos”. 11 Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: “No todos estáis limpios”.
12 Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? 13 Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y decís bien, porque lo soy. 14 Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: 15 os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13, 1-15).

 


 

Comentario al Evangelio – Jueves Santo (Misa de la Cena del Señor) - Como Dios nos ha amado

 

¡Amar a los otros como Dios nos ha amado! He aquí una de las formas más hermosas de prepararse para la Eucaristía en el Tiempo de Pascua. Si lo hacemos así estaremos imitando en nuestras vidas, de hecho, al Divino Maestro en el acto sublime del lavatorio de pies.

 


 

I – “Dios es amor”

 

El amor del Sagrado Corazón de Jesús alcanza un insuperable ápice de plenitud en aquellas últimas horas de convivencia junto a los suyos. Allí, en ese histórico recinto, transcurren los momentos finales de su vida terrena. Son los episodios postreros que constituyen el gran pórtico de los sagrados misterios de la Redención a punto de realizarse. Los enemigos se agitan y se incitan mutuamente para perpetrar el homicidio más grave de todos los tiempos. Dependen de un guía poseído por satanás, y están esperando el momento oportuno para apresar al Mesías y conducirlo a los tormentos de la Cruz. No hay un minuto que perder, es indispensable que el Salvador exprese al Padre y a sus discípulos el desbordante amor que bulle dentro de su Sagrado Pecho.

 

Las primeras manifestaciones de este amor se habían dado ya en la propia obra de la creación. Dios, que en sí mismo disfrutaba de una felicidad perfecta desde la eternidad, no necesitaba a ningún ser que lo completara. No obstante, por amor, quiso comunicar sus infinitas perfecciones a las criaturas, de manera que éstas le rindieran la gloria extrínseca.1 Con especial benevolencia concibió a Ángeles y hombres a su imagen, destinándolos a participar, por la gracia, en la vida y la naturaleza divinas. Y ellos, seres racionales, encuentran su felicidad en glorificar a su Creador, pues “el mundo ha sido creado para gloria de Dios”.2

 

La creación, por tanto, fue el inicio ad extra de la demostración de su amor divino. “Dios no produjo las criaturas —afirma Santo Tomás— movido por la necesidad, ni por alguna otra causa extrínseca, sino por el amor de su bondad”.3 Y el P. Royo Marín añade, citando a Chaine: “El amor es el atributo que mejor nos da a conocer la naturaleza de Dios [...]. Es de tal manera representativo, que San Juan no le considera como un atributo, sino como la expresión de la naturaleza misma de Dios”.4

 

“Deus caritas est” (I Jn 4, 16), y “en la historia de amor que nos narra la Biblia —enseña Benedicto XVI en su encíclica con el mismo título—, Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la Cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente”.5

 

He aquí algunas consideraciones que nos llevan a ver en el Cenáculo un símbolo y una lección de perfecta caridad. En la Antigua Ley el amor no era universal. Se limitaba al bienhechor, al amigo, al compatriota. Además, la medida del amor era el que entonces se empleaba con uno mismo. A partir de Cristo es un mandamiento nuevo, tal como lo encontramos en la aclamación del Evangelio de hoy: “Que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 12).

 

II – Cristo asume el papel de siervo

 

1 Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

 

Algunos comentaristas afirman que la expresión “hasta el extremo” significa que Cristo amó a sus discípulos hasta la hora de la muerte, pero esta interpretación nos parece incompleta. En un ámbito más profundo, las palabras de Jesús reflejan el deseo de llevar su amor a los hombres hasta un límite inconcebible: “hasta la perfección”,6 escribe Fillion, basándose en San Juan Crisóstomo y en otros autores. Dios mismo se entregará como víctima expiatoria. El Inocente se inmolará por los culpables. ¡Imposible una demostración de amor más grande! En ese afecto estamos incluidos; por consiguiente, cada uno de nosotros ha sido amado “hasta el extremo”.

 

Sabiendo perfectamente que atravesaría los inenarrables tormentos de la Pasión, el Divino Maestro los quiso, casi diríamos, con ansia. Así pues, comienza la cena diciendo: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer” (Lc 22, 15).

 

Era el momento postrero de convivencia junto a los suyos. A partir de entonces, todo no sería sino sufrimiento, humillación y dolor. Por eso Jesús, “cuya ternura por sus discípulos no conocía límites, multiplicará las pruebas antes de morir y separarse de ellos. A todos los favores con los que ya les ha colmado, añadirá nuevos, que sobrepasarán a los demás, y los ha reservado para el final, como su testamento supremo”.7

 

Judas estaba resuelto a cometer el crimen

 

2 Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo;...

 

Entre los presentes se hallaba Judas Iscariote, que ya había resuelto participar en el horroroso crimen de deicidio. Al respecto, dice San Agustín: “Ya estaba, pues, determinada en el corazón de Judas, por instigación diabólica, la entrega del Maestro por el discípulo que no había visto a Dios en Él. Ya el tal había entrado en la sala del convite, como espía del Pastor, acechador del Salvador, vendedor del Redentor”.8

 

San Juan Crisóstomo observa que la intención del Evangelista fue la de “dejar claro que Cristo le lavó los pies al hombre que había decidido traicionarlo”,9 subrayando así la paciencia y clemencia del Señor, pero a continuación complementa que el discípulo amado también pretendía acentuar “la enorme maldad de aquel hombre, porque ni siquiera lo desanimó compartir la hospitalidad de Cristo, con ser esto el freno más eficaz para la maldad, ni tampoco que Cristo siguiera siendo su maestro y continuara soportándolo hasta el último día”.10

 

El Maestro lava los pies a sus discípulos

 

3... y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, 4 se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; 5 luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

 

San Agustín comenta la afirmación de San Juan, “sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos”, diciendo: “Luego también al mismo traidor, porque, si no le tuviera en sus manos, no dispondría de él a su voluntad. De este modo, el traidor estaba entregado a Aquel a quien él deseaba entregar. Y de tal manera con la traición ejecutaba el mal, que, sin él saberlo, sacaba el bien de Aquel a quien entregaba. Sabía muy bien el Señor lo que había de hacer por los amigos, y así pacientemente se valía de los enemigos”.11

 

Para entender estos versículos debemos tener en cuenta las costumbres orientales de hace dos mil años, tan diferentes a las nuestras. En los banquetes y cenas solemnes de aquella época existía la costumbre de que los siervos lavaran los pies de los invitados, para demostrar deferencia por ellos, con agua, perfumes y ungüentos. Pero esto jamás lo hacía el anfitrión. Era un servicio propio de esclavos.

 

En esta Cena, ¿quién era el Anfitrión? Ni más ni menos que el mismo Dios hecho hombre, en cuyas manos “el Padre había puesto todo” y que “venía de Dios y a Dios volvía”. ¡Y asume el papel de siervo! San Agustín12 interpreta hermosamente los pormenores de esta escena destacando que se quitó el manto Aquel que siendo Dios “se anonadó a sí mismo”; se ciñó la toalla Aquel que tomó “la forma de siervo”; echó agua en un lebrillo para lavar los pies de quienes lo reverenciaban como Maestro y Señor, Aquel que “derramó su Sangre para lavar las inmundicias del pecado”.

 

Un gesto tan inusitado no podía sino causar perplejidad a los Apóstoles, como dice el mismo santo autor: “¿Quién no se llena de estupor al ver sus pies lavados por el Hijo de Dios?”.13

 

Cristo daba la preferencia en todo a Pedro

 

6a Llegó a Simón Pedro...

 

Algunos comentaristas antiguos —como Orígenes, Leoncio, Crisóstomo, Teofilacto y Eutimio— opinan que el Señor empezó lavándole los pies a Judas “para pagar bien por mal a su traidor y dejarle obligado con un beneficio singular y a nosotros avisados para que de modo parecido nos portemos con nuestros enemigos”,14 como sintetiza el padre Maldonado.

 

Aunque San Agustín, San Beda y otros muchos autores afirman que comenzó por Pedro. “Primero, porque es cierto que Cristo daba la preferencia en todo a Pedro, como la cabeza de los demás Apóstoles, y segundo, porque no es creíble que los demás Apóstoles omitieran la protesta si Cristo les lavara los pies antes que a Pedro”,15 resume el mismo Maldonado.

 

Nunca debemos rechazar una gracia

 

6b... y éste le dice: “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?”. 7 Jesús le replicó: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”. 8 Pedro le dice: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. 9 Simón Pedro le dice: “Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. 10 Jesús le dice: “Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos”.

 

Cuando vio que Cristo se le acercaba para lavarle los pies, San Pedro, siempre impulsivo, se llevó un buen susto. Al igual que el resto de los Apóstoles, no comprendía en ese momento la trascendencia de ese gesto del Divino Maestro. Pero el Señor le advierte de que si no se lo permite, no tendrá parte con Él.

 

¡Qué debe haber sido el sentir sus propios pies lavados por la Segunda Persona de la Santísima Trinidad! A medida que las sagradas y adorables manos de Jesús iban quitando el polvo del camino, ¿no habrá experimentado también que todos los pasos, buenos o quizá pecaminosos, dados por esos pies, estaban siendo perdonados mientras una blancura divina impregnaba su alma?

 

¿Y nosotros? Si queremos tener parte con Jesús debemos pedir, como San Pedro, la gracia de ser purificados por completo, es decir, que la Preciosísima Sangre del Redentor limpie todas nuestras faltas. Pues, como subraya Maldonado, “el Señor habla a todo el género humano en la persona de Pedro, y enseña que nadie, si no se deja lavar por Él, podrá tener parte consigo. En efecto, ¿quién podrá salvarse si no fuese lavado y limpiado con la Sangre de Jesús?”.16

 

Ahora bien, el ejemplo del Príncipe de los Apóstoles también nos instruye acerca de la necesidad de tener en relación a Jesús una actitud de aceptación total para compartir el divino Banquete, sin que jamás rechacemos una gracia que Él quiera concedernos, por inexplicable o hasta inmerecida que pueda parecernos. En este sentido subraya un piadoso comentarista: “¡Cuán importante es no oponerse a la voluntad de Dios, ni a la de los superiores que lo representan, incluso bajo el pretexto, falaz pues, de la piedad o de la humildad! San Basilio saca de este pasaje [del Evangelio] dos reglas de conducta llenas de sabiduría: el que se opone a la voluntad de Dios, aun con buenas intenciones, disgusta a Dios; debemos recibir lo más dócilmente posible todo lo que el Señor quiere”.17 San Agustín comenta el diálogo entre el Salvador y Pedro: “‘Lo que yo hago no lo entiendes ahora; después lo entenderás’. Espantado por la grandeza de aquella obra divina, ni aun así permite la ejecución de aquello, cuyo motivo ignora; ni siquiera quiere ver a Cristo humillado a sus pies, no puede consentirlo. ‘No me lavarás los pies jamás’”.

 

“‘Si no te lavare, no tendrás parte conmigo’. Turbado Pedro entre el amor y el temor y sintiendo más el horror de ser apartado de Cristo que el verlo humillado a sus pies, replica: ‘Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza’, no solamente no retraigo los miembros inferiores, sino que presento también los más principales”.18

 

Por lo que respecta al simbolismo del gesto de lavar cabeza y manos, recordemos el comentario del gran San Bernardo: “Lavado está el que no tiene pecados graves; aquel cuya cabeza, en que se significa su intención, y cuyas manos, esto es, sus operaciones y conducta, están limpias”.19

 

Sin embargo, no todos estaban limpios para el Banquete Eucarístico que vendría a continuación.

 

He aquí lo que dice a ese propósito fray Luis de Granada: “Contempla, pues, ¡oh alma mía!, en esta Cena a tu dulce y benigno Jesús, y mira el ejemplo de inestimable humildad que aquí te da levantándose de la mesa y lavando los pies de sus discípulos. ¡Oh buen Jesús!, ¿qué es esto que haces? ¡Oh dulce Jesús!, ¿por qué tanto se humilla tu majestad? ¿Qué sintieras, alma mía, si vieras allí a Dios arrodillado ante los pies de los hombres y ante los pies de Judas? ¡Oh cruel!, ¿cómo no te ablanda el corazón esa tan grande humildad? ¿Cómo no te rompe las entrañas esa tan grande mansedumbre? ¿Es posible que tú hayas ordenado de vender este mansísimo Cordero? ¿Es posible que no te hayas ahora compungido con este ejemplo?”.20

 

También hemos de estar dispuestos a desempeñar el papel de siervo

 

11 Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: “No todos estáis limpios”.

 

En este versículo se afirma claramente que todos salvo uno estaban en gracia de Dios. Uno de los presentes era el traidor y Jesús se disponía a perdonar incluso a éste. De ahí esa insinuación que, como subraya oportunamente el padre Truyols, era “una delicada alusión a Judas: un último silbo del Buen Pastor a la oveja descarriada”.21 Si en ese momento su alma se hubiera movido hacia el arrepentimiento, pidiendo perdón interiormente, su historia habría sido distinta. “Pero como estaba ya muy endurecido en el mal, permaneció insensible a la advertencia”,22 observa Fillion.

 

Cristo había visto el rechazo de Judas desde la eternidad y en ese instante lo confirmaba como hombre. Mediante el discernimiento de espíritus, que poseía en grado sumo, entraba en el alma del traidor y veía esa horrorosa resolución. Sin embargo, se arrodilló ante él y le lavó los pies.

 

Jesús nos dio esta lección para que entendamos cuánto nos ama y hasta qué punto desea perdonarnos a todos y cada uno. Pero también para enseñarnos a soportar todas las miserias, dificultades y contratiempos causados por la convivencia humana. San Bernardo, con mucho sentido psicológico, comenta: “Os sonrojáis quizá por imitar la humildad de un hombre; imitad al menos la humildad de un Dios, porque eso es lo que hace tan elogiable a la humildad”.23

 

Por mucho que encontremos dificultades temperamentales o inconvenientes en las relaciones con los demás, debemos imitar a Jesús y tratar a cada uno de nuestros hermanos como Él trató a Judas en el lavatorio de pies.

 

Al principio, las relaciones humanas pueden llegar a estar repletas de alegría y suavidad, pero enseguida aparecen las desavenencias, las discrepancias, las dificultades. Son las contingencias de este valle de lágrimas. En dichas circunstancias acordémonos de la Sagrada Cena y estemos dispuestos a desempeñar el papel de siervo con relación a los demás, a perdonar al hermano hasta el punto de olvidar cualquier disgusto que nos haya causado; en suma, a quererlo como si viésemos en él la figura misma del Señor.

 

Figura de la caridad fraterna

 

12 Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? 13 Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y decís bien, porque lo soy. 14 Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: 15 os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”.

 

San Agustín, con su vuelo de águila en los cielos de la teología y de la piedad, nos dejó la siguiente consideración acerca de estos versículos: “Esto es lo que tú, bienaventurado Pedro, no sabías cuando te resistías a que Él lo hiciera. Esto es lo que prometió que sabrías después, cuando para vencer tu resistencia te amenazó tu Señor y Maestro al lavarte los pies. De arriba, hermanos, hemos aprendido estas lecciones de humildad. Nosotros, despreciables, hagamos lo que humildemente hizo el Excelso. Divina es esta lección de humildad. También hacen esto visiblemente los hermanos que mutuamente se dan hospitalidad. Entre muchos existe la costumbre de ejercitar esta humildad, hasta el punto de ponerla por obra (cf. I Tim 5, 10). [...] Y los fieles, entre quienes no existe la costumbre de hacerlo con sus manos, lo hacen con el corazón, si son del número de aquellos a los cuales se dice en el Cántico de los tres varones: ‘Bendecid al Señor todos los santos y humildes de corazón’ (Dan 3, 87)”.24

 

La afirmación que hace el Señor en ese versículo —“lo soy”— evoca poderosamente el “Yo soy el que soy” del Antiguo Testamento, así como la respuesta con la cual derribó a los soldados en el Huerto de los Olivos: “Ego sum –Yo soy” (Jn 18, 5).

 

Fillion subraya que Cristo hizo el papel de siervo “con pleno conocimiento y persuasión de su divinidad”.25 Sabiendo que “el Padre había puesto todo en sus manos” y —como observa el padre Truyols— “teniendo Jesús perfecta conciencia del poder ilimitado que el Padre le había conferido, y que del mismo Padre había sido engendrado y que muy pronto iba a subir a los Cielos para sentarse allí a su diestra; a pesar de tener bien conocida ésta su excelsa grandeza e infinita dignidad, quiso abajarse hasta el punto de lavar los pies a sus discípulos”.26

 

El mismo Fillion puntualiza: “Más claro es que no intentaba hacer del lavatorio de los pies una institución durable y un rito obligatorio, su acto era, ante todo, figura de la caridad fraterna que los cristianos han de ejercitar mutuamente”.27 En este mismo sentido, comenta el cardenal Gomá: “Pone Jesús la especie por el género, un caso particular por la ley general: por el lavatorio de los pies se significan todos los ejemplos de humildad y caridad”.28

 

La lección dada por el Señor representaba una ruptura monumental de los estándares vigentes. Quería dar ejemplo de cómo debemos interesarnos por los demás, sobre todo en lo que se refiere a la salvación del alma, preocupándonos de que cada uno de nuestros hermanos progrese más y más en la vida espiritual. Así lo pondera San Agustín de un modo admirable, recordando la excelencia de esa acción de Jesús de lavar los pies de sus discípulos, ya lavados y limpios: “Aparte de esa significación moral, [...] lo había hecho refiriéndose a los afectos humanos de quienes andamos por esta tierra. [...] ¿Cómo se aviene con este modo de entender esta acción la enseñanza que nos dio al explicar los motivos que le movieron a ejecutarla? [...] ¿Podremos decir que un hermano puede lavar a otro de pecado? Aún más, nosotros mismos debemos sentirnos amonestados con esta obra excelsa del Señor, para que, confesándonos mutuamente nuestros pecados, oremos por nosotros, como Cristo intercede en favor nuestro (cf. Rom 8, 34). Clarísimamente nos lo manda el Apóstol Santiago cuando dice: ‘Confesaos mutuamente vuestros delitos y orad por vosotros’ (Sant 5, 16). [...]

 

“Perdonémonos, pues, unos a otros nuestros delitos y oremos mutuamente por nuestros pecados, y así, en cierta manera, lavemos nuestros pies los unos a los otros. Es deber nuestro ejercitar con su ayuda este ministerio de caridad y de humildad; y de su cuenta queda escucharnos y limpiarnos de todo contagio pecaminoso por Cristo y en Cristo, para que lo que perdonamos a otros, es decir, para que lo que desatamos en la tierra sea desatado en el Cielo”.29

 

III – Preparación para la Eucaristía

 

La institución de la Eucaristía vino inmediatamente después del lavatorio de pies, con el cual guarda una íntima relación. “El motivo de haber ejecutado Cristo tal acción o ceremonia fue enseñar con aquel simbolismo externo, que los hombres no debían acercarse a la sacrosanta y divina Eucaristía impuros ni manchados”,30 afirma Maldonado.

 

La Eucaristía es un sacramento insuperable, porque no hay otro cuya sustancia sea el propio Dios. En el Bautismo, que nos abre las puertas a la participación en la vida divina, Jesucristo está como Autor, no como sustancia. Pero en el sacramento de la Eucaristía está como Autor y como Sustancia, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Ese es el principal motivo por el cual Santo Tomás31 la considera el más importante de los sacramentos, absolutamente hablando.

 

En la Sagrada Hostia, el Creador se entrega a la criatura y, al mismo tiempo, la asume y transforma, haciéndola más semejante a sí mismo. Y si ésta corresponde a ese amor, establece con ella una “comunión de voluntad” entre ella y Dios que, como enseña el Papa Benedicto XVI, “crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento”.32

 

Más adelante aclara cómo de esto florece el amor al prójimo: “De este modo se ve que es posible el amor al prójimo en el sentido enunciado por la Biblia, por Jesús. Consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo”.33

 

Los que participan en el Sagrado Banquete sin ese amor hacia los hermanos del cual el Señor nos ha dado ejemplo, tienen todavía, por así decirlo, “los pies sucios”. Pero cuando nos acercamos a la Mesa Eucarística tan preocupados por los otros como por nosotros mismos, o incluso más aún, agradamos a Dios de tal manera que derrama sobre nuestras almas abundantísimas y renovadas gracias.

 

¡Amar a los otros como Dios nos ha amado! He aquí una de las formas más hermosas de prepararse para la Eucaristía en el Tiempo de Pascua. Si lo hacemos así, estaremos imitando, de hecho, en nuestras vidas, al Divino Maestro en el acto sublime del lavatorio de pies. Y nadie mejor que María Santísima para interceder por nosotros y promover la limpieza de nuestras almas para acercarnos al Pan de los Ángeles. Recurramos siempre a Ella. ²

 


 

1) Cf. ROYO MARÍN, OP, Antonio. Teología de la perfección cristiana. Madrid: BAC, 2001, p.48.
2) CCE 293.
3) SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q.32, a.1, ad 3. Consideremos también que Dios tenía la posibilidad de crear infinitos seres humanos y angélicos. Por lo tanto, fue un acto de amor, de elección, lo que le llevó a crearnos a cada uno de nosotros.
4) CHAINE, apud ROYO MARÍN, OP, Antonio. Teología de la caridad. Madrid: BAC, 1963, p.6.
5) BENEDICTO XVI. Deus Caritas est, n.17.
6) FILLION, Louis-Claude. La Sainte Bible commentée. Paris: Letouzey et Ané, 1912, t.VII, p.25.
7) THIRIET, Julien. Explication des Évangiles des dimanches. Hong-Kong: Société des Missions Étrangères, 1940, t.II, p.296.
8) SAN AGUSTÍN. In Ioannis Evangelium. Tractatus LV, n.4. In: Obras. 2.ed. Madrid: BAC, 1965, v.XIV, p.252-253.
9) SAN JUAN CRISÓSTOMO. Homilía LXX, n.1. In: Homilías sobre el Evangelio de San Juan (61-88). Madrid: Ciudad Nueva, 2001, v.III, p.104.
10) Idem, ibidem.
11) SAN AGUSTÍN, op. cit., n.5, p.253.
12) Cf. Idem, n.7, p.254.
13) Idem, Tractatus LVI, n.1, p.255.
14) MALDONADO, SJ, Juan de. Comentarios a los Cuatro Evangelios. Evangelio de San Juan. Madrid: BAC, 1954, v.III, p.753.
15) Idem, p.754.
16) Idem, p.758.
17) THIRIET, op. cit., p.301.
18) SAN AGUSTÍN, op. cit., Tractatus LVI, n.2, p.256-257.
19) SAN BERNARDO. Sermones de Tiempo. En la Cena del Señor, n.4. In: Obras Completas. Madrid: BAC, 1953, v.I, p.496.
20) FRAY LUIS DE GRANADA. De la Pasión de Nuestro Señor. In: Obra Selecta. Madrid: BAC, 1952, p.811.
21) FERNÁNDEZ TRUYOLS, SJ, Andrés. Vida de Nuestro Señor Jesucristo. 2.ed. Madrid: BAC, 1954, p.577.
22) FILLION, Louis-Claude. Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Pasión, Muerte y Resurrección. Madrid: Rialp, 2000, v.III, p.111.
23) SAN BERNARDO, apud THIRIET, op. cit., p.305.
24) SAN AGUSTÍN, op. cit., Tractatus LVIII, n.4, p.268-269.
25) FILLION, Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Pasión, Muerte y Resurrección, op. cit., p.110.
26) FERNÁNDEZ TRUYOLS, op. cit., p.576.
27) FILLION, Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Pasión, Muerte y Resurrección, op. cit., p.112.
28) GOMÁ Y TOMÁS, Isidro. El Evangelio explicado. Pasión y Muerte. Resurrección y vida gloriosa de Jesús. Barcelona: Rafael Casulleras, 1930, v.IV, p.179.
29) SAN AGUSTÍN, op. cit., Tractatus LVIII, n.5, p.270.
30) MALDONADO, op. cit., p.747-748.
31) Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. III, q.65, a.3.
32) BENEDICTO XVI, op. cit., n.18.
33) Idem, ibidem