- EVANGELIO - Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, según San Juan -

 

En aquel tiempo, 1 salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí Él y sus discípulos. 2 Judas, el que lo iba a entregar, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. 3 Judas entonces, tomando una cohorte y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. 4 Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre Él, se adelantó y les dijo: “¿A quién buscáis?”. 5 Le contestaron: “A Jesús, el Nazareno”. Les dijo Jesús: “Yo soy”. Estaba también con ellos Judas, el que lo iba a entregar. 6 Al decirles: “Yo soy”, retrocedieron y cayeron a tierra. 7 Les preguntó otra vez: “¿A quién buscáis?”. Ellos dijeron: “A Jesús, el Nazareno”. 8 Jesús contestó: “Os he dicho que soy Yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos”. 9 Y así se cumplió lo que había dicho: “No he perdido a ninguno de los que me diste”. 10 Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. 11 Dijo entonces Jesús a Pedro: “Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?”. 12 La cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron 13 y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; 14 Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo”. 15 Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, 16 mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. 17 La portera dijo entonces a Pedro: “¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?”. Él dijo: “No lo soy”. 18 Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. 19 El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. 20 Jesús le contestó: “Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. 21 ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado. Ellos saben lo que yo he dicho”. 22 Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo: “¿Así contestas al sumo sacerdote?”. 23 Jesús respondió: “Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?”. 24 Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote. 25 Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron: “¿No eres tú también de sus discípulos?”. Él lo negó, diciendo: “No lo soy”. 26 Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo: “¿No te he visto yo en el huerto con Él?”. 27 Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo. 28 Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. 29 Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo: “¿Qué acusación presentáis contra este Hombre?”. 30 Le contestaron: “Si este no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos”. 31 Pilato les dijo: “Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra Ley”. Los judíos le dijeron: “No estamos autorizados para dar muerte a nadie”. 32 Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. 33 Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. 34 Jesús le contestó: “¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?”. 35 Pilato replicó: “¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?”. 36 Jesús le contestó: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí”. 37 Pilato le dijo: “Entonces, ¿tú eres rey?”. Jesús le contestó: “Tú lo dices: soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. 38 Pilato le dijo: “Y ¿qué es la verdad?”. Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo: “Yo no encuentro en él ninguna culpa. 39 Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos?”. 40 Volvieron a gritar: “A ese no, a Barrabás”. El tal Barrabás era un bandido. 19,1 Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. 2 Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; 3 y, acercándose a Él, le decían: “¡Salve, Rey de los judíos!”. Y le daban bofetadas. 4 Pilato salió otra vez afuera y les dijo: “Mirad, os lo saco afuera para que sepáis que no encuentro en Él ninguna culpa”. 5 Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo: “He aquí al Hombre”. 6 Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. Pilato les dijo: “Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en Él”. 7 Los judíos le contestaron: “Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios”. 8 Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más. 9 Entró otra vez en el pretorio y dijo a Jesús: “¿De dónde eres tú?”. Pero Jesús no le dio respuesta. 10 Y Pilato le dijo: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?”. 11 Jesús le contestó: “No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor”. 12 Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: “Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey está contra el César”. 13 Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio que llaman “el Enlosado” (en hebreo Gábbata). 14 Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: “He aquí a vuestro rey”. 15 Ellos gritaron: “¡Fuera, fuera; crucifícalo!”. Pilato les dijo: “¿A vuestro Rey voy a crucificar?”. Contestaron los sumos sacerdotes: “No tenemos más rey que al César”. 16 Entonces se los entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús 17 y, cargando Él mismo con la Cruz, salió al sitio llamado “de la Calavera” (que en hebreo se dice Gólgota), 18 donde lo crucificaron; y con Él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. 19 Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la Cruz; en él estaba escrito: “Jesús, el Nazareno, el Rey de los Judíos”. 20 Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego. 21 Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: “No escribas “El Rey de los Judíos”, sino: “Este ha dicho: Soy el rey de los judíos”“. 22 Pilato les contestó: “Lo escrito, escrito está”. 23 Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. 24 Y se dijeron: “No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca”. Así se cumplió la Escritura: “Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica”. Esto hicieron los soldados. 25 Junto a la Cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. 26 Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. 27 Luego, dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio. 28 Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: “Tengo sed”. 29 Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. 30 Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: “Está cumplido”. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. 31 Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. 32 Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con Él; 33 pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, 34 sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió Sangre y agua. 35 El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. 36 Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: “No le quebrarán un hueso”; 37 y en otro lugar la Escritura dice: “Mirarán al que traspasaron”. 38 Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el Cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el Cuerpo. 39 Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. 40 Tomaron el Cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. 41 Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. 42 Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús. (Jn 18, 1—19, 42).

 


 

Comentario al Evangelio – Viernes Santo de la Pasión del Señor - “¿Qué provecho hay en mi Sangre?”

 

¡Amar a los otros como Dios nos ha amado! He aquí una de las formas más hermosas de prepararse para la Eucaristía en el Tiempo de Pascua. Si lo hacemos así estaremos imitando en nuestras vidas, de hecho, al Divino Maestro en el acto sublime del lavatorio de pies.

 


 

I – “¡He aquí al Hombre!”

 

La Santa Iglesia ha instituido la ceremonia del Viernes Santo —aspecto central de nuestra devoción y religiosidad— con especial cuidado y una eximia delicadeza. En su sabiduría divina, en su perfección y en su espíritu inmaculado ha elegido el Evangelio de la Pasión según San Juan con el objetivo de iluminar y fortalecer la fe en Jesucristo como el Mesías, verdadero Hijo de Dios. El texto en sí es tan claro y elocuente que, en el conjunto de la Liturgia, nos permite meditar sin mayores explicaciones. Paralelamente a esto, por el hecho de ser muy extenso, nos impide hacer un comentario versículo por versículo, por lo que nos limitaremos a resaltar algunos pasajes que nos ayuden a progresar en la vida espiritual y a comprender mejor la grandeza de la Pasión, el acontecimiento central de la historia de la humanidad.

 

Adán en su esplendor

 

“¡He aquí al Hombre!” (Jn, 19, 5), anunció Pilato al conducir a Jesús afuera del palacio, después de la flagelación. El Señor estaba ensangrentado de la cabeza a los pies, coronado de espinas, con una caña de burla entre sus manos atadas, con una humildad plena, total, pues Él es la Humildad. El Rey del universo, el Hombre Dios, era presentado al pueblo como “el Hombre”, en las condiciones más ultrajantes posibles. Escena desgarradora, pero también extraordinariamente simbólica.

 

Consideremos a Adán, creado por Dios como modelo perfectísimo del género humano. Todos los privilegios sobrenaturales, preternaturales y naturales le fueron dados en abundancia, en una proporción que nos es difícil concebir. Por haber sido modelado directamente por manos divinas, era un varón magnífico, digno de admiración. Dios podría haber exclamado con júbilo al terminar de crearlo: “¡He aquí al hombre!”. Los Ángeles cuando contemplaban a Adán en el Paraíso se quedaban encantados al ver la belleza que Dios había depositado en él, adornándolo de dones y cualidades y haciéndole participar en alto grado de la naturaleza divina. Sólo le faltaba un detalle: que aquella gracia floreciese en gloria. E iría desde esta vida a la eternidad sin pasar por la muerte, transformándose la fe en visión, la esperanza en realidad y la caridad sería consumada para siempre.

 

La carcajada del demonio cuando deformó al hombre

 

Sin embargo, satanás consiguió, por medio del pecado, hacer de esta perfección de hombre un horror. Y quizá después, mirando a Dios, haya querido referirse a Adán dando carcajadas y diciendo: ¡he aquí al hombre!... Tan repugnantes quedaron Adán y Eva que Dios los expulsó del Paraíso y puso Querubines en la puerta para impedirles el acceso, porque eran indignos de vivir allí (cf. Gen 3, 23-24). Comienza entonces la historia de una humanidad infiel, insumisa a los dictámenes de Dios.

 

La víctima pura e inocente redimió nuestros pecados

 

En el extremo opuesto —¡qué opuesto y qué extremo!—, en esa escena del Ecce Homo, encontramos al verdadero primogénito de la humanidad, el Nuevo Adán, muchísimo más perfecto que el primero. Su Alma, unida hipostáticamente a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, no dejó de estar un solo instante en posesión de la visión beatífica, de manera que era imposible que hubiera un alma superior a ella. Santa, nunca se apartó de la divinidad. Dios obraba como ella y ella obraba como el mismo Dios. Tampoco podía haber una inteligencia más brillante. Su voluntad superexcelente adhería a todo lo que el entendimiento y la visión beatífica le mostraban. Y su sensibilidad purísima era de una extraordinaria delicadeza. Cualquier elogio sería insuficiente para Él, pues era el Hombre más fabuloso de la faz de la tierra.

 

Y el Padre decide poner a ese Hombre en el estado de humillación en el que ahora lo vemos, completamente desfigurado, “despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos” (Is 53, 3), según describe Isaías en la primera Lectura. Más tarde, a lo largo del Vía Crucis, perdería tanta sangre que fue necesario que alguien le ayudase a llevar la Cruz hasta el Calvario; y, al ser clavado en ella, se le podían contar los huesos (cf. Sal 21, 18). Por lo tanto, Jesucristo se nos presenta como víctima pura e inocente para expiar la deformación producida en el hombre por el pecado.

 

Su Pasión nos da una noción de la gravedad del pecado, que costó al Hombre por excelencia, modelo de todo el orden de la creación, tan atroz holocausto: “si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?” (Lc 23, 31). Habiendo sido así la justicia de Dios sobre el Inocente, que puso sobre sus hombros el peso de nuestros crímenes, ¿qué nos ocurrirá si nos adentramos en la senda de la enemistad con Dios?

 

En la obra de la Redención, la justicia y la misericordia se besan

 

Cuando los ángeles malos pecaron en el Cielo, rebelándose contra Dios —“Non serviam!” (Jer 2, 20)—, San Miguel reaccionó de una manera inmediata y fulminante, sin contemporización alguna, y se levantó con toda la cohorte celestial al grito de “Quis ut Deus!” con el fin de reparar tan gran ofensa y lanzar a los demonios al infierno. Dios aplicó la justicia contra éstos con el mayor rigor. “Y hubo un combate en el Cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron contra el dragón, [...] Y fue precipitado el gran dragón, [...] y sus ángeles fueron precipitados con él” (Ap 12, 7.9). De modo análogo, desde que Adán y Eva pecaron, una cólera terrible se abate sobre ellos y, en consecuencia, pasan a vivir en este valle de lágrimas. ¡Qué tremendo caer bajo el peso de la justicia de Dios!

 

Al mismo tiempo, no podemos olvidarnos que la justicia y la misericordia se abrazan y se besan en el altar en el que la Divina Víctima es ofrecida. Así, la Cruz no es solamente un trono de justicia, sino también de misericordia y bondad. Dios bien podría habernos privado para siempre de la participación en su naturaleza a causa del pecado, como hizo con los ángeles rebeldes. Sin embargo, invirtió la situación, enviando a su propio Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que, como dice San Efrén, “rompió y perforó la espada del Paraíso”.1 Lleno de compasión, asumió un Cuerpo padeciente, con vistas al martirio, a fin de reparar los pecados de los hombres y abrirles las puertas del Cielo, transformándose Él mismo en víctima de la justicia divina. ¡Sólo un Dios es capaz de eso! Ninguna criatura tendría fuerzas para llegar a tal extremo. Así, la vida divina pasó a estar a nuestro alcance y hoy, nosotros, bautizados que vivimos en la gracia de Dios, tenemos en el alma la semilla de la visión beatífica y nos preparamos para la felicidad eterna.

 

II – La derrota del poder de las tinieblas

 

Los Evangelios dejan trasparecer con claridad que en la Pasión todo ocurrió de acuerdo a la voluntad de Dios Padre y con el consentimiento pleno de Jesucristo, nuestro Señor. En razón de su ciencia divina, de su ciencia beatífica y de su ciencia infusa, conocía perfectamente, y con detalles, aquello que le esperaba. Él, todopoderoso, dominaba los vientos, los mares y las tempestades, tenía poder sobre los alimentos, multiplicando los panes y los peces, caminaba sobre las aguas, resucitaba muertos... Y, sin embargo, lo acepta todo con la resignación de un cordero, sin proferir una queja.

 

Manifestación grandiosa del poder de Jesús

 

Cuando lo buscan en el Huerto de los Olivos, responde: “Yo soy” (Jn 18, 5). Entonces los soldados retroceden y caen al suelo. ¿Qué significado tiene ese hecho? El Señor deseaba probar, incluso a sus enemigos, que se entregaba porque quería. Ya había sudado sangre (cf. Lc 22, 24) y se había postrado en tierra con temor y pavor (cf. Mc 14, 33); ya había orado al Padre suplicando: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42); ya había mostrado su debilidad a los Apóstoles asustados. Pero al declarar: “Yo soy”, el Divino Maestro quiso dejar patente que si quisiese podría suspender la Pasión en aquel momento, haciendo que los soldados, junto con Pilato, Herodes y el Sanedrín, volvieran a la nada. Para acentuar más esta nota de omnipotencia, Él mismo le dijo a San Pedro: “¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de Ángeles” (Mt 26, 53). La Pasión comienza, pues, con una manifestación grandiosa de la divinidad de Jesucristo.

 

En presencia de Anás

 

Preso, es conducido con brutalidad ante la presencia de Anás para ser interrogado. En esa ocasión, da testimonio: “Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado. Ellos saben lo que yo he dicho” (Jn 18, 20-21). Y recibe como réplica una bofetada... Ellos conocían muy bien toda su doctrina, porque lo acompañaban paso a paso, con más atención y empeño que nadie.

 

A este respecto, comenta San Agustín: “Eso mismo que habían oído, mas no entendido, era tal que no podía ser acusado justa y verazmente, y cuantas veces lo pusieron a prueba interrogándolo para hallar de qué acusarlo, les respondió de forma que se embotaban todos sus dolos y se frustraban todas sus intrigas”.2

 

Dinamismo incalculable del mal

 

A medida que las escenas de la Pasión se suceden y se multiplican las humillaciones y ofensas contra el Señor, una indignación profunda se apodera de nosotros. Vislumbramos una realidad en el Evangelio de San Juan que nos lleva a preguntarnos si él no tuvo la intención de revelar cuál es el dinamismo del mal que llegaría a triunfar sobre la Iglesia, si no fuese por la promesa del Divino Maestro: “el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16, 18). Sin la gracia de Dios y su intervención directa, nadie tendría fuerzas para resistir a la saña del demonio, porque, como dice San Pedro Crisólogo, su insaciable crueldad “no se conforma con que los hombres se vuelvan vituperables, si no que los hace también promotores de vicios y maestros de la delincuencia”.3 Ahí está el Autor de la gracia, aquel que es el Salvador, Dios Encarnado. Lo que el mal hace contra Él es incalculable. Ante esto se comprende la reacción de Clodoveo I, rey de los francos, que al oír de San Remigio la narración de la Pasión exclamó encolerizado: “¡Ah, si yo hubiese estado allí con mis francos!”.4 No obstante, sin el auxilio de la gracia, Clodoveo también estaría gritando: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”. Porque el hombre, después del pecado original, es capaz de todos los crímenes, incluso el mayor de todos los crímenes: el deicidio. Pero Jesucristo, con su muerte en la Cruz, derrotó el poder de las tinieblas y le rompió el vigor y la capacidad de difusión.

 

III – ¿Tenemos parte en los sufrimientos de Jesús?

 

También nosotros, quizá sin percibirlo, incurrimos en esa inmensa injusticia cuando pecamos. ¡Cómo deberíamos tener en cuenta esto en el momento en el que el demonio nos tienta o nuestras inclinaciones nos inducen al mal! En el fondo estamos abofeteando a Jesús como lo hicieron sus crueles verdugos: el pecado es, en cierto modo, una participación en el deicidio. Si todos los hombres, desde Adán y Eva hasta el último, hubieran perseverado y cualquiera de nosotros fuese el único en cometer una sola falta, sería el culpable de esos tormentos, porque Jesús se encarnaría y sufriría todo esto, aunque sólo fuese por causa de éste.

 

Modelo de castidad, pobreza y obediencia

 

Recorramos algunos episodios de su terrible Pasión. ¿Qué le hacen? Le arrancan la ropa. Por ser Jesucristo el arquetipo de toda la humanidad, su sentido del pudor es el más excelente posible. ¡Qué no debió sentir en su interior al pasar por extremo tan horroroso! Permitió tal humillación para reparar los pecados de sensualidad. Cuántos desvíos hay por vanidad, por ostentación en el vestir, por extravagancia en las modas. A causa de eso, cuánta pérdida del sentido moral y del pudor. Y nosotros, ¿cómo controlamos nuestra sensualidad? ¿Nos esforzamos por evitar las ocasiones próximas de pecado?

 

Al ser despojado de sus vestiduras, Él, el Rey del universo, se quedó sin nada que poseer. Sólo le dejaron un símbolo ultrajante de su realeza: la corona de espinas. ¿Cómo es nuestro apego a los bienes terrenales?

 

El Salvador también quiso ser durante la Pasión un modelo de obediencia para nosotros. A pesar de la violencia que ejercieron contra Él, se sometió a todo, sin la más mínima manifestación de disconformidad o rebelión, para reparar nuestras desobediencias a la Ley de Dios y a las autoridades legítimamente constituidas.

 

Al Señor bien se le podría aplicar la frase del Salmista: “Quæ utilitas in sanguine meo?” —¿Qué provecho hay en mi sangre? (Sal 30, 10). Esta pregunta resuena no solamente en la Pasión, sino también en nuestros días; ¿Qué utilidad tiene para nosotros la Sangre de Jesucristo, nuestro Señor, en el siglo XXI? ¿Qué provecho hay en esa Sangre para mí? ¡Esa preciosísima Sangre derramada, hasta agotarse, por mí!

 

Pilato, la típica figura del tibio

 

Causa espanto, por ejemplo, el proceder de Pilato al oír de los labios de Jesús la siguiente afirmación: “Mi reino no es de este mundo. […] Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18, 36-37). El gobernador, hombre mezquino, mediocre, vulgar y oportunista, rechazó en ese momento una invitación para pertenecer a ese otro Reino... “Y ¿qué es la verdad?” (Jn 18, 38), le preguntó y, a continuación, se retiró. Es probable que experimentase en el fondo de su alma el deseo de conocer la verdad con claridad, pero percibió que la respuesta del Señor le obligaría a ser enteramente recto y a abandonar los sofismas que había creado para ocultar sus faltas con estas o aquellas falsas apariencias. Pilato sabía que no podía condenar a Jesús y trataba de encontrar una salida para tranquilizar su conciencia.

 

La justificación del mal conduce a peores pecados

 

Es la imagen perfecta de los que van elaborando razonamientos cada vez más confusos para adormecer su propia conciencia y decaen hasta cometer el pecado. Porque el hombre es lógico como un monolito y nunca practica el mal por el mal, siempre anda buscando una disculpa para justificar su crimen. Cuántas veces hemos pecado sabiendo que no deberíamos ir por ese camino. Cuántas conciencias se deforman, a la manera de un Pilato, por no querer aceptar la verdad tal cual es.

 

Más tarde, picado por la conciencia al oír que el Señor se decía Hijo de Dios, Pilato le preguntó: “¿De dónde eres tú?” (Jn 19, 9). Aun así, Jesús no le respondió, porque cuando las conciencias se relajan el Señor ya no les habla más. Sólo al final, Jesús le da una última oportunidad al recordarle: “No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor” (Jn 19, 11). Y San Juan añade: “Desde este momento Pilato trataba de soltarlo” (Jn 19, 12). Pero... la conciencia que no es íntegra se deja arrastrar por la mala opinión pública, por las compañías ruines, por el demonio, y resbala hasta caer en el precipicio. Es lo que le sucede a Pilato por su tibieza: se lava las manos y acaba condenando a Jesús, no obstante, sin querer asumir la responsabilidad por su muerte. “Soy inocente de esta Sangre. ¡Allá vosotros!” (Mt 27, 24). Esa actitud inconsecuente será recordada en el Credo hasta el fin del mundo: “Padeció bajo el poder de Poncio Pilato”.

 

Incoherente hasta el extremo, la energía que no tuvo para enfrentar al Sanedrín y salvar la vida del Señor que estaba en sus manos —a pesar de ser advertido por su esposa (cf. Mt 27, 19), por la voz de la gracia y hasta por la misma presencia de Jesús—, la tuvo cuando los judíos protestaron por las palabras escritas en la Cruz: “Jesús, el Nazareno, el Rey de los Judíos” (Jn 19, 19). En este aspecto minúsculo y secundario él sí que es de una firmeza dura como una piedra y hace prevalecer su autoridad. Y nosotros, ¿somos exigentes con relación a las pequeñas cosas y displicentes con las graves e importantes?

 

El día adecuado para un buen examen de conciencia

 

Así, podríamos recorrer todos los episodios de este relato sublime de la Pasión y extraer de ellos más conclusiones para un examen de conciencia... en un artículo que nunca acabaría. Quedémonos con lo que ha sido comentado hasta aquí y aprovechemos para pedir con ardor la gracia de reparar todo esto por medio de nuestras buenas obras y, sobre todo, por el horror al pecado. ¿No es éste el momento, al recordar la Pasión y Muerte del Señor, de hacer un propósito serio de enmienda de vida, dejando todos los caprichos y desviaciones, para transformar nuestra existencia en un acto de reparación por todo lo que Jesús sufrió? Tengamos un verdadero arrepentimiento de nuestras faltas, todo hecho de espíritu sobrenatural, al punto de pedir de corazón sincero la santidad, que no es tanto el fruto de nuestro esfuerzo sino de la gracia de Dios. Y debemos implorarla con empeño, porque el Salvador nos la conquistó ese día en lo alto del Calvario: “Con el árbol de la Cruz, te han sido devueltos mayores bienes de los que deplorabas haber perdido con el árbol del Paraíso”.5

 

Que yo me ofrezca íntegro para abrazar una vida de virtud, de pureza, de humildad, de obediencia, en una palabra, de santidad, y pueda así hacerle compañía a la Madre de Jesús al pie de la Cruz. ²

 


 

1) Habiendo sido publicado este libro originalmente en Brasil, consta la Solemnidad de Nuestra Señora Aparecida, de acuerdo con el calendario litúrgico propio de esa nación. A fin de no privar a nuestros lectores de este artículo, lo traemos también a la edición española. Este Evangelio es una de las opciones para Misas propias de Nuestra Señora, por lo que los comentarios podrán servir como subsidio en esas ocasiones.
2) JUAN PABLO II. Audiencia General, de 1/12/1999.
3) SAN JUAN CRISÓSTOMO. Homilies on Ephesians. Hom.XX. In: Nicene and Post-Nicene Fathers. Massachusetts: Hendrickson, 1995, v.XIII, p.144.