Así como en torno a María los discípulos del Señor se prepararon para recibir el Espíritu Santo, junto a Ella recibiremos el diluvio de fuego del puro amor que pronto será avivado en toda la tierra.

 


 

El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu” (Jn 3, 8), le dijo Jesús a Nicodemo, en su famosa conversación nocturna. Y al despedirse de sus discípulos, en la Última Cena, añadió: “Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros” (Jn 14, 16-17).

 

¿Quién es ese Espíritu de Dios en el que Cristo nos manda que renazcamos? ¿Quién es ese Abogado y Defensor pr>ometido a aquellos que sigan a Jesús?

 

Si contemplamos las sucesivas eras históricas, lo encontraremos guiando o conduciendo a las almas de los fieles, actuando de forma a veces inesperada y misteriosa, pero sublime y benéfica. Su poderosísima actuación es casi siempre muy discreta y vamos a tener que recurrir a las enseñanzas de la teología para percibirla y entenderla.

 

Un misterio imposible de alcanzarlo por la razón natural

 

Entre las verdades que la Santa Iglesia nos enseña, se destaca el misterio de la Santísima Trinidad. Es “el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe”.1

 

Por la revelación que hizo Jesucristo sabemos que Dios es uno en esencia y trino en Personas, porque la razón natural jamás nos permitiría llegar a esa conclusión, ya que sólo alcanza “lo que pertenece a la unidad de la esencia, no de lo que pertenece a la distinción de Personas”.2 Si no se hubiera encarnado, adoraríamos a un ser infinito, creador y todopoderoso del que muy poco sabríamos.

 

Por lo tanto, Jesús vino al mundo no solamente para redimirnos, sino también “con el fin de llevarnos a conocer la realidad, la realidad de su existencia”.3 Estando entre nosotros, nos manifestó los misterios de su Persona y de su Reino.

 

Aún así, es imposible entender en esta tierra, por completo, la Unidad y Trinidad de Dios. Este misterio sólo nos será desvelado en la visión beatífica, cuando lo comprenderemos tal cual Él es, aunque “totus, sed non totaliter”,4 es decir: todo, pero no totalmente. “Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es ahora limitado; entonces conoceré como he sido conocido por Dios” (1 Cor 13, 12), afirma el Apóstol.

 

El grande desconocido

 

De las tres Personas de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo es, para nosotros, la más desconocida. De ello nos da testimonio el mismo San Pablo cuando, al llegar a Éfeso, “encontró unos discípulos y les preguntó: ‘¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?’. Contestaron: ‘Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo’ ” (Hch 19, 1-2).

 

Quizá si hiciéramos esa pregunta en nuestros días, muchos bautizados nos darían idéntica respuesta. Y esto no debe asombrarnos, pues hasta uno de los mayores teólogos dominicos del siglo pasado tituló el libro que dedicó a la tercera Persona de la Santísima Trinidad como El gran desconocido: el Espíritu Santo y sus dones.5

 

El Espíritu Santo es, de hecho, Dios, idéntico al Padre y al Hijo, de la misma naturaleza del Padre y del Hijo: “Pues como el Verbo de Dios es el Hijo de Dios, así el amor de Dios es el Espíritu Santo”.6 Es posible, no obstante, conocerlo mejor si consideramos el género de acción ejercida por Él sobre los hombres.

 

“Misión” del Espírito Santo: actuar sobre las almas

 

A las tres Personas divinas, aunque sean siempre inseparables, se les puede atribuir algo así como “misiones” distintas. Fundamentándose en la Revelación, la teología dice que la obra de la Creación se le atribuye al Padre (cf. Eclo 1, 8), al Verbo le correspondería la Redención (cf. Heb 9, 11-12) y al Espírito Santo la santificación de las almas (cf. 1 Cor 6, 11).

 

Dios habita en el alma en gracia. Y “con preferencia se atribuye esa inhabitación al Espíritu Santo, no porque quepa una presencia especial del Espíritu Santo que no sea común al Padre y al Hijo, sino por una muy conveniente apropiación, ya que es ésta la gran obra del amor de Dios al hombre y es el Espíritu Santo el Amor esencial en el seno de la Santísima Trinidad”.7

 

En unión con el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo es, por tanto, el dulce “huésped del alma”.8 En ella reside como en un verdadero sagrario y a ella le transmite los efectos de la Redención, fecundando, cultivando, perfeccionando y haciendo fructificar los infinitos méritos obtenidos por Jesucristo durante su Pasión.

 

“Asume al alma e inhabita en ella, trabajándola por dentro”.9 Y esto no ocurre de una forma estática: constantemente estamos inspirados por mociones interiores, gracias e impulsos sobrenaturales, manifestaciones patentes de una acción intensa de ese don de Dios, el Espíritu Santo, orientando y guiando a los que no le cierran las puertas de su corazón.

 

Él “no mora en nuestra alma de una manera pasiva e inoperante, sino para desplegar en ella una actividad vivísima, orientada a perfeccionarla de grado en grado y conducirla, si ella no pone obstáculos a su divina acción, hasta las cumbres más elevadas de la unión con Dios, en que consiste la santidad”.10

 

El gran San Luis María Grignion de Montfort, en su célebre Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, plantea una interesante cuestión trinitaria: dice que el Espíritu Santo era “estéril en Dios, o sea, imposible de engendrar otra Persona divina”.11 Sin embargo, añade que se hizo fecundo al desposarse con María, porque en Ella engendró a Jesucristo. Y es también en Ella que “engendra a todos los hijos de Dios, por la gracia”.12

 

Con el fiat de María Santísima (cf. Lc 1, 38) se dio, por tanto, el mayor milagro de la Historia. Su “sí” fue un acto de obediencia a la voluntad del Altísimo, que operó en Ella la Maternidad divina, la Encarnación del Verbo, por obra del Espíritu Santo. ¡Cuán esplendorosa se volvió la Virgen en el momento de sus esponsales con la tercera Persona de la Santísima Trinidad!