Nueve imágenes de Nuestra Señora de Fátima, un azulejo de la Madre del Buen Consejo y una imagen de San José derramaron copiosas lágrimas en Costa Rica y en Guatemala. Humanamente hablando, no hay explicación...

 


 

El pasado 21 de abril fue un día que marcó el inicio de un impresionante fenómeno ocurrido con imágenes de Nuestra Señora de Fátima que son veneradas en casas de los Heraldos del Evangelio de América Central y llevadas por ellos a diversas actividades evangelizadoras.

 

Esas imágenes presentan a la Virgen María tal y como se manifestó en las apariciones de Cova da Iria. En unas se encuentra con las manos puestas, en actitud de oración; en otras, muestra su Inmaculado Corazón rodeado de espinas, a la vez que su noble porte y delicado gesto es como si nos preguntaran: “Hijo mío, mira cómo sufre tu Madre por los pecados de la humanidad. ¿No quieres acercarte a consolarme?”.

 

La primera de una serie de lacrimaciones

 

El primero de esos inexplicables hechos tuvo lugar en la capilla de la casa de los Heraldos situada en la ciudad de San José, en Costa Rica. Poco después de las once de la mañana, un sacerdote de la institución y varios jóvenes que se encontraban allí preparándose para la Misa pudieron observar lágrimas en los ojos de la imagen y a lo largo de la cara.

 

Tal acontecimiento, de por sí cargado de simbolismo para un hijo de la Santísima Virgen, se reveló aún más elocuente al ser tan sólo el comienzo de una serie de lacrimaciones que se sucederían unas horas después y en días siguientes, acompañadas con devoción por varios testigos.

 

Cuatro imágenes más lloran en Costa Rica

 

En efecto, pasadas las 14 h de ese mismo 21 de abril otra imagen de Nuestra Señora de Fátima, localizada en una de las salas de la residencia, fue vista con lágrimas en las mejillas, en las manos y en la parte inferior del vestido. Y por la noche ambas imágenes volvieron a llorar, seguidas poco después por otras dos, que empezaron a derramar lágrimas simultáneamente.

 

El 22 de abril una quinta imagen vino a sumarse a ese conjunto, llorando en dos ocasiones, en una de las cuales fue posible contemplar uno de sus ojos empapado y lágrimas que bajaban hasta la barbilla, dejando un leve reguero en la cara.

 

Hasta el 26 de abril las lacrimaciones se repitieron seis veces más en las distintas imágenes de la Virgen de Fátima. Algunas de ellas se mostraron tan copiosas que las lágrimas caían sobre el corazón, las manos y la pequeña esfera dorada que se encuentra a la altura de la cintura, y otras se deslizaron por el vestido hasta alcanzar los pies y la nube que sirve de base.

 

Numerosos testigos constataron la veracidad de los hechos. El inicio de una de esas lacrimaciones fue contemplado por siete personas adultas, entre ellas un juez letrado.

 

 
 
 
 

Guatemala – Una imagen de San José también lloró el día 26 en Guatemala, dando la impresión de que el glorioso Patriarca no quería permanecer ajeno a las lágrimas de su virginal esposa. A la derecha una de las imágenes que lloraron en Guatemala, fotografiada el 25 de abril.

 

Lacrimaciones en Guatemala

 

La tocante manifestación de María se extendió también a otro país centroamericano. El 23 de abril tres imágenes de Nuestra Señora de Fátima lloraron en la casa de formación que los Heraldos del Evangelio tienen en San José Pinula, municipio próximo a Ciudad de Guatemala. Dos días después una cuarta imagen también derramó abundantes lágrimas, algunas de las cuales llegaron a humedecer el Inmaculado Corazón. Estos acontecimientos fueron presenciados por algunos sacerdotes y varios jóvenes que se encontraban en la residencia, además de profesores, alumnos y un empleado del colegio que acudieron a comprobar lo sucedido. Y, al igual de lo que fue hecho en Costa Rica, se informó de lo ocurrido al Ordinario y a las autoridades eclesiásticas de los lugares en que los fenómenos se dieron.

 

La Madre del Buen Consejo y San José

 

El 26 de abril, fecha en que la Iglesia conmemora la festividad de la Madre del Buen Consejo de Genazzano, un hecho similar pasó con un azulejo que representa precisamente a María Santísima bajo esa advocación: fueron vistas lágrimas que descendían hasta el borde inferior. Sencillo, pero que invita mucho a la piedad, dicho azulejo se encuentra colocado en la entrada de una de las salas de la casa de San José de Costa Rica.

 

 
 
 
 
 

Costa Rica – Lágrimas abundantes recorrieron las mejillas y la túnica de las imágenes, cayeron sobre el corazón y otras se deslizaron por el vestido hasta llegar a los pies y la nube que sirve de base.

 

Finalmente, la noche de ese mismo día una imagen de San José, venerada en una de las capillas de la mencionada casa de Guatemala, también derramó un copioso lloro. Las lágrimas podían ser vistas recorriendo sus mejillas hasta la barba, mientras numerosas gotas centelleaban en su túnica y en la parte inferior de su manto. El glorioso Patriarca no podía permanecer ajeno a las lágrimas de su virginal esposa... Indisolublemente unido a María por el Padre eterno en el tiempo y en la eternidad, quiso así asociarse a la celestial manifestación de la Virgen a sus amados hijos. 

 

“¡Hombres y mujeres, prestad atención, el mensaje de Fátima no está escondido! Por el contrario, brilla más que nunca, pues hubo en el mundo quien asumió la misión de encarnarlo”.

 

Cómo es posible quedarse indiferente al contemplar las lágrimas de la Madre de Dios? ¿Cómo puede uno permanecer con el corazón frío ante el llanto de la Reina de los ángeles? ¡Cómo resistirse al deseo de acercarse a María Santísima y, de rodillas, preguntarle: “¿Señora, por qué lloráis?”!

 

Un hecho inédito en la Historia: tantas imágenes derramando lágrimas en las casas de una misma institución. Y por tratarse de representaciones de la Virgen de Fátima, nuestra atención debe redoblarse, pues sin duda, en este final del centenario, Ella nos trae alguna señal, algún aviso, algún mensaje.

 

¿Pruebas científicas?

 

Antes de cualquier consideración, les dispensamos de la lectura de este artículo a los espíritus escépticos, positivistas y racionalistas, quienes desearían encontrar aquí las pruebas científicas de este extraordinario fenómeno. No, que no pierdan el tiempo, como nosotros no lo perderemos en probar que esas lacrimaciones no son producto de una farsa. Tan aberrante nos es la hipótesis de simular un milagro que no nos ocuparemos en refutarla.

 

Contemplar el sereno rostro de María regado por dulces lágrimas basta para infundir en los corazones de sus hijos la certeza de que la Madre de Dios y de los hombres nos trae algún recado. Con espíritu filial, tratemos ahora de interpretar el mensaje de la Virgen.

 

¿Por qué llora María Santísima?

 

Empecemos repitiendo la pregunta: ¿por qué llora María Santísima?

 

Son muchas las razones que pueden llevar a alguien a llorar. Miedo, tristeza, dolor, indignación, emoción o alegría suelen ser las más frecuentes. ¿Cuáles de estos sentimientos pueden estar en la causa del llanto de la Señora de Fátima?

 

Superior en poder a todas las fuerzas del universo, la Santísima Virgen ciertamente que no llora de miedo. Pues aunque los potentados del mundo y de los infiernos se conjugaran para combatirla, una sola gota de sus lágrimas sería suficiente para vencer todas las armas y bombas de la faz de la tierra.

 

De tristeza, no obstante, sí que puede llorar, porque hace cien años les reveló a los hombres el camino de la felicidad, de la tranquilidad y de la paz, y no fue oída. ¡Ah, si hubiéramos escuchado los mensajes de Cova da Iria, cuán diferente sería el mundo!

 

Pero ¿no habrá en ese llanto de la Madre de Dios algo similar al dolor de Nuestro Señor Jesucristo ante la Ciudad Santa? María Santísima parece repetirle a la humanidad algo de las palabras de su divino Hijo, cuando lloró sobre Jerusalén: “¡Si reconocieras hoy lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. Vendrán días en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco de todos lados. ¡Porque no reconociste el tiempo en que fuiste visitada!” (cf. Lc 19, 41-44).

 

A algunos les podría parecer absurda la hipótesis de que sea la indignación una de las causas de las lágrimas de la Reina de los ángeles. Pero si nos detenemos a reflexionar un poco, llegaremos a la conclusión de que Ella tendría buenas razones para encolerizarse. Mencionemos tan sólo una.

 

La Virgen se digna aparecer en Fátima y, rebosando de afecto y bondad, les transmite un mensaje a sus hijos. Pues bien, ¡hubo quien sofocó sus palabras e incluso quien transformó su mensaje en un secreto! ¿Qué madre no se indignaría contra el que saboteara su intento de salvar a un hijo en peligro? Imaginemos entonces el sentimiento de la Madre de las madres al ver a sus hijos e hijas rumbo a la perdición ¡a causa del silencio y omisión de aquellos que deberían haber predicado al mundo su mensaje de salvación!

 

Todo esto, sin duda, hace llorar a María. Aunque el principal motivo de sus lágrimas parece ser otro.

 

¡María llora de alegría!

 

Paremos un poco y detengamos nuestra atención en cualquiera de esas milagrosas imágenes. Llegaremos, sin dificultad, a una conclusión: ¡María llora de alegría!

 

Sí, ¡de alegría! Pues a pesar de todos los intentos de los infiernos en ocultar sus avisos, la Señora de Fátima atravesó victoriosa un siglo, y hoy nos vuelve a hablar, ya no con palabras que puedan ser escondidas, sino mediante el elocuente lenguaje de las lágrimas, las cuales no serán puestas en secreto.

 

Hay bastantes personas que dedican buena parte de sus vidas en descubrir el conocido “Tercer Secreto de Fátima”. No condenamos tal empresa. Pero a nosotros nos toca otra misión. Queremos proclamar encima de todos los tejados, en lo alto de todas las torres, a los cuatro vientos: “¡Hombres y mujeres, prestad atención, el mensaje de Fátima no está escondido! Por el contrario, brilla más que nunca, pues hubo en el mundo quien asumió la misión de encarnarlo, recordándole a la humanidad las advertencias de la Madre de Dios y pregonando la victoria de María!”.

 

Y con ese llanto es como si la Virgen nos sonriera diciéndonos con maternal afecto: “¡Hijos e hijas míos, unamos nuestras lágrimas! ¡Lloremos juntos por la triste situación de este mundo que mi divino Hijo y yo tanto amamos! ¡Lamentemos los innumerables pecados constantemente cometidos contra el Buen Dios! Pero, sobre todo, ¡tened confianza! Y tratad de ver en mis lágrimas no el llanto de la derrota, sino la emoción y el júbilo de confirmaros y repetir mi promesa: ‘Puede parecer que el mal esté venciendo sobre la tierra y que el bien aparente que ya no tiene fuerzas. ¡No desaniméis! ¡Confiad, confiad, confiad, pues en breve mi Inmaculado Corazón triunfará!’ ”.