Es por influjo del amor que el Señor manifestó por cada uno de nosotros que los Heraldos del Evangelio llevan a cabo su acción social. Además de ayuda material, su objetivo es llevar al prójimo, antes que nada, la alegría de la amistad con Dios y la paz de alma que de ella proviene.

 


 

La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo es la más desgarradora prueba del inconmensurable amor de Dios por la humanidad. Como si no bastara haberse encarnado y habitado entre nosotros, quiso entregar su vida para salvarnos, permitiendo que la misericordia manifestada por su Sagrado Corazón cuando pasaba por los caminos de Judea fuera correspondida con los horrores de la flagelación, de la coronación de espinas y de la subida al Calvario, en medio de un torrente de blasfemias y ultrajes. Supremo acto de amor de un Dios sediento por llevar a todos los hombres a participar de su felicidad en el Cielo, y dispuesto a padecer todo eso ¡por una sola alma!

 

El amor por el prójimo lleva a desearle el Cielo

 

“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13), afirmaba Jesús en el Cenáculo poco antes de iniciar la vía dolorosa. Y cuando Él mismo realizó esas palabras, inmolándose por nosotros, quedó consignado en la Historia el padrón perfecto de la caridad en las relaciones humanas.

 

Nuestro amor a los demás también debe llegar hasta las últimas consecuencias, deseándoles el máximo bien, que se resume en la santidad que Dios quiere para cada uno. Anhelar que el prójimo se encante por las maravillas del Cielo y ordene su vida de modo a alcanzarlo es, por tanto, la más perfecta manifestación de amor que podemos darle, y para eso debemos emprenderlo con todos los medios a nuestro alcance.

 

Es por influjo de ese amor sobrenatural cuyo ejemplo nos dio el Señor que los Heraldos del Evangelio llevan a cabo su acción social, tratando de hacer que el mayor número posible de personas, además de recibir confortación espiritual y material, experimenten la alegría de la amistad con Dios y la paz de alma que de ella proviene.

 

Los numerosos testimonios recogidos en cada misión muestran cómo la Providencia hace que esas iniciativas vayan acompañadas de gracias especiales.

 

Tratando de aliviar los dolores del cuerpo y del alma

 

Es un viernes, en vísperas de Semana Santa. Ante un gran hospital público de la capital paulista un conjunto de heraldos oye con atención las orientaciones transmitidas por uno de los sacerdotes presentes. Divididos en seis grupos llevarán un oratorio del Inmaculado Corazón de María de cama en cama, deteniéndose con cada enfermo para hacer una breve oración. Las visitas deben ser rápidas, pues hay numerosos pacientes y el objetivo es el de atender a todos.

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Visitas a los enfermos – Varios sacerdotes, acompañados por seminaristas, recorrieron en los últimos meses diversos hospitales de la periferia de São Paulo (fotos 1, 3 y 5). También las hermanas de la rama femenina suelen visitar los centros de salud, tanto los de São Paulo (fotos 2, 4 y 6) como los de muchas otras ciudades brasileñas (foto 7, Nova Friburgo) y del extranjero. Asimismo destacamos la labor realizada por los cooperadores en dichos establecimientos, como los de Paraguay (foto 9) o los de Guatemala (fotos 10 y 11).

 

En efecto, no son necesarias muchas palabras para confortar a quien sufre algún mal físico. Basta recordarle a Aquel que en la cruz padeció por nuestra salvación y hacerle ver, a la luz de la Pasión de Cristo, el sentido más elevado del dolor, y mostrarle cómo enfrentarlo en unión con el divino Maestro.

 

En pocos minutos se difunde por todo el hospital un clima de expectativa y alegría. Mientras los sacerdotes se detienen para bendecir a los enfermos y administrar los sacramentos a los que lo solicitan, los heraldos avanzan por los pasillos distribuyendo medallas y estampas. También se le entrega a quien lo necesita un kit de higiene personal. De vez en cuando se ven obligados a parar en el vestíbulo de tal o cual sección e improvisar una pequeña presentación musical, a petición de los empleados y los familiares de los pacientes.

 

En líneas generales, así suelen ser las misiones en los hospitales de las más diversas regiones del mundo, sean realizadas por los jóvenes consagrados o por los cooperadores de los Heraldos. Cada una de ellas, no obstante, se reviste de un carácter único y siempre nuevo si consideramos la acción de Dios en las almas beneficiadas por ese breve contacto. Muchas veces, ese es el medio escogido por Él para mover las conciencias y prodigar su misericordia aliviando los males del cuerpo y del alma.

 

“Nos transmitís confianza, fe, ánimo y felicidad”

 

Entre los numerosos casos que se podrían mencionar aquí a título ilustrativo, recogemos algunos más recientes. El primero de ellos se dio en Nova Friburgo, en el estado de Río de Janeiro, durante una misión realizada por las hermanas.

 

Cuando entraron con la imagen del Inmaculado Corazón de María en la habitación de un enfermo, éste y su esposa se mostraron bastante sorprendidos y conmovidos, y pasados unos instantes la mujer así se expresó: “Debido a la isquemia, mi marido sufre fuertes dolores de cabeza, hasta el punto de que no consigue dormir. Los médicos dicen que no hay nada que hacer. Hoy por la mañana temprano me dijo que iba a llamar a alguien de otra confesión religiosa, para ver si resolvía su problema, y pensé: ‘¡Dios mío, eso no!

 

A causa de su estado de salud no quiero contrariarlo, pero ¡Virgen Santa haz algo y pasa tú antes de que eso ocurra! Somos católicos desde el nacimiento, eso no puede suceder’. Y en pocos minutos llegasteis con nuestra Señora. Estoy segura de que Ella ha venido para mostrarnos que lo va a solucionar”. Su esperanza no fue defraudada: al día siguiente a la visita, esta mujer comunicó a las hermanas que la neuralgia de su marido había cesado y había podido conciliar el sueño aquella noche. “Ha sido la Virgen a través de vosotras”, concluyó agradecida.

 

En otra ocasión, en la misma ciudad, las hermanas fueron abordadas por la empleada de un comercio que, efusiva, exclamó: “¡Oh, Heraldos del Niño Jesús! Ha sido Él quien me ha curado, ¡tan pronto como salisteis del hospital donde yo estaba internada! Tengo la certeza de que fue un milagro del Niño Jesús, a través de los Heraldos”.

 

De Juiz de Fora, en el estado brasileño de Minas Gerais, nos envían el relato de un cooperador: “Todos los años, por Navidad, realizamos una visita a la Santa Casa de Misericordia. En 2017 nos encontramos con una paciente que sería sometida a una amputación a causa de una infección en la pierna. Hicimos las oraciones de costumbre, alentándola a que no se desanimara. A principios de este año de 2018 estuvo con su familia en la residencia de los Heraldos para manifestar su gratitud, y nos contó que al día siguiente de nuestra visita el médico la examinó y le dio el alta, porque la infección había desaparecido por completo”.

 

Las palabras de una mujer cuya hija de 12 años se encontraba internada en un hospital de Nova Friburgo bien sintetizan el efecto producido en las almas que son objeto de ese apostolado especial: “Vosotros nos transmitís confianza, fe, ánimo y felicidad”.

 

“Os pido que le comuniquéis mi agradecimiento a Mons. João”

 

Otra realidad que atrae la atención de los Heraldos cuando se trata de ayudar al prójimo son las guarderías e instituciones destinadas a la educación de niños necesitados.

 

La mirada inocente de los pequeños busca qué amar y está atenta a cualquier novedad que le satisfaga ese anhelo. Su natural gusto por los cuentos los lleva a escuchar con atención las narraciones de episodios que la tradición popular ha transformado en canciones infantiles, a veces desconocidas por los niños de hoy, y que las hermanas reproducen con el acompañamiento de instrumentos musicales.

 

Con su peculiar sencillez, muchos manifiestan el deseo de participar en la presentación, no sólo cantando juntos, sino también tocando los instrumentos o incluso “rigiendo” el coro. Como cierre de la actividad, en general, se reparten chocolates y otros dulces. Aunque tan simple, la conjugación de esos elementos acaba despertando en los niños la noción de un mundo maravilloso por encima del cual sobrevuela Dios, siendo un estímulo para las buenas tendencias de cada uno.

 

 
 
 
 
 
 
 

Guarderías y colegios – Centros públicos de enseñanza, como la Escuela Estatal Gabriela Mistral, de São Paulo (fotos 1 y 3), han sido escenario de presentaciones musicales y de otros actos culturales. En las guarderías, como la del Centro de Asistencia Social Jardín Peri (fotos 2 y 4), los conciertos dados por las hermanas se adaptaban a los más pequeños. En Recife, los heraldos que trabajan en esta ciudad no paran de visitar establecimientos docentes para promocionar la cultura (fotos 5 e 6).

 

Al término del programa, la directora de una de estas escuelas de la ciudad de São Paulo le dijo a las hermanas: “Os pido que le comuniquéis a Mons. João mi agradecimiento por esa manifestación de cariño y admiración por el trabajo que realizamos con estos niños. Vuestra visita nos deja tranquilas, pues sabemos que los Heraldos nunca hieren la inocencia de los pequeños, como infelizmente ocurre con ciertos grupos que a veces quieren realizar acciones sociales aquí. La simple presencia de los Heraldos forma la conciencia de los niños, pues ven en vuestro modo de ser una confirmación de lo que tratamos de enseñarles como seguro, bueno y bonito”.

 

A principios de abril de este año, una coordinadora de enseñanza comentó, tras asistir a la presentación de los Heraldos en la escuela donde trabaja, en la capital paulista: “Vuestro trabajo es esencial, y creo que debería ser realizado en todos los colegios de São Paulo. Sé que son millones de alumnos, pero vale la pena, a causa de la formación cultural que traéis”.

 

Similar observación fue hecha por la directora de otro centro de la red pública, al dirigirse a los heraldos que allí concluían una mañana de actividades: “Os agradezco de veras que hayáis venido, porque esta comunidad no sólo es carente en la economía, sino también de afecto y cultura, y esto hoy lo habéis comunicado a nuestros niños”.

 

Más que la ayuda material, conmueve la bienquerencia

 

Si bien es verdad que los Heraldos dispensan tal cuidado a los que aún están dando sus primeros pasos en la vida, no obstante, hay un cariño especial reservado a los que se encuentran en medio de las luchas de la existencia, necesitados de amparo material y de fuerzas para seguir adelante. Es lo que se constata los días en que las misiones tiene por campo de acción las calles de una favela o los centros sociales instituidos para atenderlas.

 

Desde la recaudación y distribución de alimentos y ropas, hasta la evangelización de casa en casa, llevando a la imagen del Inmaculado Corazón de María, todo es hecho con el objetivo de confortar los corazones para elevarlos a Dios, recordando que en esta tierra estamos de paso y que si somos fieles alcanzaremos los bienes eternos, incomparablemente superiores a los que podemos carecer en este mundo.

 

Claro está que las personas beneficiadas valoran la ayuda material que se les ofrece; sin embargo, lo que las conmueve de hecho es la bienquerencia con la que son tratadas. En una reciente visita al Centro de Asistencia Social de las Hermanas Misioneras de la Caridad, de São Paulo, muchos de los que allí estuvieron recibiendo cestas básicas se acercaban a los heraldos para agradecerles su presencia, con exclamaciones como estas: “¡Muchas gracias por haber venido!”, “¡qué bien que vinisteis!”, “¡es bonito lo que hacéis!”.

 

“¡Mi pobre casa transformada en lugar de oración!”

 

Notable también es lo que ocurre cuando los Heraldos pasan en misión por las calles de un barrio pobre y marginado. Al ver en cada alma el precio infinito de la sangre de Cristo, los Heraldos acaban transmitiendo en el contacto personal el deseo de instruir, orientar y auxiliar a todos a ponerse en paz con Dios, aunque muchas veces ni siquiera lleguen a decirlo.

 

Hace cierto tiempo, recorriendo un suburbio de la periferia de Montevideo, los heraldos llamaron a la puerta de una chabola y fueron atendidos por una pobre mujer que, afligida, se desahogó contando el drama que estaba viviendo, pues su marido se había vuelto un alcohólico y violento. Grande fue la sorpresa cuando éste se presenta y, al ver el oratorio del Inmaculado Corazón de María, quiso rezar unos instantes y al terminar pidió confesarse. Unos días después, la mujer le contó a los heraldos, con gran satisfacción, que desde aquella visita la paz había vuelto a reinar en su familia.

 

En esa misma misión, una señora bastante mayor declaró al sacerdote que le bendecía su hogar: “No puedo ir a la iglesia porque está muy lejos de aquí y ya no tengo salud. Qué emoción que la iglesia llegue hasta mi humilde casita”. Y unas pocas manzanas más adelante, otra vecina exclamó, satisfecha: “¡Qué alegría ver mi pobre casa transformada en lugar de oración y, principalmente, con tantos jóvenes!”.

 

 
 
 
 
 
 

De casa en casa – Sacerdotes y misioneros de los Heraldos recorren a menudo barrios residenciales menos favorecidos como el de Nuestra Señora Aparecida, en la periferia de Montevideo (foto 1), o el de Tancredo Neves, de Fortaleza, Brasil (foto 2). Visitas similares tienen lugar también en Coímbra, Portugal (foto 3), en áreas rurales del norte de Minas, Brasil (foto 4), o en los alrededores de Asunción, Paraguay (foto 5).

 

Caminando por los callejones de ese barrio los heraldos se toparon de repente con una persona que corría apresuradamente en su dirección: era una mujer que los había visto pasar y se acercó para suplicarles que fueran a atender a su madre, la cual se encontraba postrada en cama hacía meses y deseaba recibir los sacramentos. El sacerdote se dirigió hacia allí y la enferma pudo confesarse y recibir la Unción de los Enfermos, además de la sagrada comunión que le llevaron al día siguiente.

 

Como suele ocurrir en las misiones de este tipo, tal vez los frutos más impresionantes del trabajo en ese suburbio hayan sido los que se registraron en los libros parroquiales: además de diversos bautizos y regularizaciones matrimoniales, se inscribieron más de setenta niños en la catequesis, lo que obligó a la parroquia a aumentar el número de catequistas. A fin de estimular a los niños y facilitar la participación de los que vivían en lugares más distantes, los Heraldos dispusieron el transporte para llevarlos a las clases todos los domingos por la mañana, y proporcionarles que, además de instrucción doctrinaria, disfrutaran de una comida ofrecida por la parroquia.

 

La alegría de sentirse visitado por la Virgen

 

La extensa lista de actividades sociales hasta aquí mencionadas no estaría completa sin una palabra sobre las horas dedicadas a los deficientes físicos y mentales y las visitas a las residencias para personas mayores. En esos ambientes que naturalmente llevan a compasión, el desvelo de los heraldos equivale a un bálsamo de esperanza que ameniza los padecimientos del alma, disponiéndola de modo a que en ella florezca la resignación cristiana, toda hecha de valor, serenidad y confianza en Dios.

 

“Nadie se acuerda de nosotros, ni siquiera nuestros hijos. Y vosotros, tan jóvenes, dedicáis el día para preocuparos por nosotros”, comentó una mujer al saludar a los heraldos en un asilo del interior de Brasil. “No os hacéis una idea de lo que significa para nosotros”, observó un residente de un albergue de América Central. Y, mirando fijamente a la imagen del Inmaculado Corazón de María que los heraldos le presentaban, agregó: “Todos nosotros somos padres y sin embargo estamos abandonados aquí. Pero la Virgen nunca nos abandona y, como Madre nuestra, ha venido a visitarnos”.

 

 
 
 
 

Distribución de alimentos – Más que la ayuda material, la gente agradece el afecto cristiano con que es administrada. Es lo que experimentan las hermanas que entregan cestas básicas en el Centro de Asistencia Social de las Misioneras de la Caridad, de São Paulo (fotos 1 y 2). En Maringá, Brasil, el Albegue Santa Luisa de Marillac también se benefició de algunos víveres conseguidos por los Heraldos (foto 3).

 

Cabe aún una breve alusión al apostolado promovido en las prisiones, donde muchos hombres y mujeres apartados de la sociedad desean acercarse a Dios y recibir los auxilios de la Iglesia. Siempre que hay oportunidad, los sacerdotes heraldos se ofrecen a ejercer su ministerio junto a esas personas, empleando cuantas horas sean necesarias para atenderlos a todos, como ocurrió en el último Viernes Santo en la Penitenciaría Femenina de Santa Ana, en São Paulo.

 

“Vosotros ayudáis a quien realmente lo necesita”

 

Sensibles a esos gestos de bondad y celo por sus almas, muchos detenidos hacen llegar a los Heraldos su gratitud, como expresa esta misiva enviada por un preso de Portugal, tras haber sido obsequiado por ellos con algunos objetos de piedad:

 

“Queridos hermanos y hermanas, con elevada estima os escribo esta carta. Estoy internado en la enfermería por un problema de salud serio. Siempre he creído en la ayuda de Dios, pero sólo percibí que Él no se olvida de mí cuando recibí vuestra carta. Os agradezco de corazón el hecho de haber atendido mi petición, enviándome el calendario y, además de eso, un bonito rosario y un crucifijo. Gracias por ayudarme a hacer mi espacio más bonito y confortable, en la presencia de Dios nuestro Padre y de la Virgen María. Es muy importante que continúen existiendo personas como vosotros, que ayudan a quien realmente lo necesita y que de una forma u otra tienen siempre una palabra amiga que darnos”.

 

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Agradecimientos como los mencionados arriba, venidos de personas marginadas por el mundo, pero acogidas como hijos por Dios, llena el corazón de los heraldos. “Amemos a Dios, porque Él nos amó primero” (1 Jn 4, 19), podrían proclamar todos los que se dedican a este género de acción social. Y tal es la fuerza y eficacia de ese amor que su objetivo sería, si fuera posible, llegar a los hombres y mujeres del mundo entero. Pues mientras trabaja intensamente en la tierra, cada misionero debe tener su corazón vuelto hacia el Cielo, donde “el amor no pasa nunca” (1 Cor 13, 8).

 

 

 
 
 
 
 
 

Consuelo para los mayores – En todos los lugares donde actúan, los Heraldos tratan de reservar un tiempo para confortar a los ancianos. En las fotos vemos visitas a residencias de Colombia (fotos 1 y 3), Guatemala (fotos 2 y 5), Juiz de Fora, Brasil (foto 4) y Santo Tirso, Portugal (foto 6).

 
 
 

Musica para un público muy especial – Los conciertos llevados a cabo en el Instituto para Ciegos Padre Chico (izquierda) y en la institución Recanto Nuestra Señora de Lourdes (derecha), ambos en São Paulo, estuvieron marcados por la receptividad y la gratitud de las personas discapacitadas..