Tomemos la lamparita que continuamente arde próxima al sagrario. ¿Cuántos pensamientos edificantes para el espíritu nos puede ofrecer este simple objeto?

 


 

Cada costumbre, cada gesto en la liturgia, cada trecho de melodía sacra y cada pieza sobre el altar están cargados de significados santos y profundos. Se puede decir sin temor a exagerar, que en nuestra santa religión no hay una piedra, por menor que sea, que al ser movida no revele detrás un tesoro sobrenatural.

 

Tomemos la lamparita que continuamente arde próxima al sagrario. Es un objeto simple, aunque podrá inspirar pensamientos edificantes
provechosos para el espíritu.

 

La pequeña llama puede ser comparada a tantas almas contemplativas, que felizmente siempre hubo. Mientras la ciudad y el mundo arden en agitación febril, buscando un sin fin de realizaciones terrenas, allá están ellas, brillando delante de Dios, de manera que nunca se interrumpa su adoración. ¿No es un pensamiento confortador?


Sea de día, sea de noche, siempre habrá un corazón cristiano postrado
delante del tabernáculo, a semejanza de la persistente luz.

 

En un sentido bien diferente, la pequeña y crujiente lengua de fuego también nos puede recordar el alma del cristiano común. ¿Y de qué manera? Podríamos imaginarlo así:

 

Hay días que en una iglesia se vive el esplendor de las ceremonias litúrgicas. Repleta de fieles, vibra y se regocija al son del órgano y al cortejo lleno de colores de los paramentos, mientras decenas de cirios festivos brillan sobre los altares. Estos serían, para el alma, los momentos de alegría, de consolación espiritual y abundancia de favores divinos. Sin embargo, hay también momentos en que esa misma iglesia está casi vacía. Puede ser un día no festivo, en aquellas semanas muertas del año. No hay música ni colores vibrantes. Y de las velas deshechas, ya no quedan más que manchas de cera reseca, sobre melancólicos altares desnudos. Así figuramos lo que serían para el alma los días difíciles, de prueba y aridez, en los cuales el propio Dios parece haberse ausentado. En este clima sombrío, miremos mientras, al lado del sagrario, y ahí estará la pequeña llama ardiendo, tal vez la única luz en toda la iglesia.

 

La minúscula llama de la lamparita sería, acertadamente en este caso, el símbolo de la fe en el espíritu cristiano. Cuando todo parece inmerso en las tinieblas, todos los esfuerzos se revelan inútiles y un mar de probaciones amenaza sumergir a la pobre alma, a la luz de la fe, por menor que sea, trae en sí aquella fuerza y aquella esperanza que son el hilo sobrenatural que une al hombre con su Creador. Todo puede ser restaurado.

 

Cada centella de fe —aunque sea muy pequeña— que arde en el fondo de un corazón bautizado, es como una lamparita ardiendo delante de Dios. Jamás debemos permitir que se apague. En ella está la simiente de la Gloria de la felicidad celeste, de la Luz eterna que jamás se extinguirá.