En 1972, un hecho despertó el interés de los católicos del mundo entero: una imagen de Nuestra Señora de Fátima había vertido lágrimas en Nueva Orleans, Estados Unidos. Con el fin de atender a los anhelos de sus lectores a este respecto, el Dr. Plinio se sirvió de su tribuna semanal en la “Folha de São Paulo” para analizar el acontecimiento.

 

Bajo la dirección inmediata [de la Hermana Lucía], un artista esculpió dos imágenes, que corresponden tanto cuanto es posible a los trazos fisonómicos con los cuales apareció la Santísima Virgen en Fátima. Ambas imágenes, llamadas “peregrinas”, han recorrido el mundo, conducidas por sacerdotes y laicos. Una de ellas fue llevada recientemente a Nueva Orleans. Y allí vertió lágrimas.

 

El Padre Romagosa (1) había oído hablar de esas lacrimaciones al Padre Joseph Breault, M.A.P., a quien está confiado el cuidado de la imagen. Sin embargo, él sentía una profunda reluctancia a admitir el milagro. Por eso, le pidió a otro sacerdote que le avisase tan pronto el fenómeno se comenzase a producir.

 

El Padre Breault, notando alguna humedad en los ojos de la Virgen peregrina el día 17 de julio, llamó por teléfono al Padre Romagosa, quien acudió junto a la imagen a las 9:30 p.m, trayendo fotógrafos y periodistas. De hecho, todos notaron alguna humedad en los ojos de la imagen, a la cual inmediatamente le tomaron fotos. […]

 

A las 6:15 de la mañana siguiente, el Padre Breault llamó nuevamente por teléfono al Padre Romagosa, informándole que desde las 4 de la mañana la imagen lloraba. El Padre Romagosa llegó poco después al local, donde, dijo él, “vi una abundancia de líquido en la punta de la nariz de la misma”. Fue esa gota, tan graciosamente pendiente, que la fotografía divulgada por los periódicos le mostró a nuestro público.

 

El Padre Romagosa añade que había visto “un movimiento de líquido mientras surgía lentamente del párpado inferior”.

 

Pero él quería eliminar las dudas. […] Habiendo cesado el llanto, el Padre Romagosa retiró la corona de la cabeza de la imagen: el asta metálica estaba enteramente seca. Introdujo entonces, en el orificio respectivo, un alambre revestido de un papel especial, que absorbería forzosamente todo el líquido que allí estuviese. Pero el papel salió absolutamente seco.

 

No satisfecho todavía con tal experiencia, introdujo en el orificio una cierta cantidad de líquido. Sin embargo, los ojos se conservaron absolutamente secos. El Padre Romagosa giró entonces la imagen hacia el suelo: todo el líquido colocado en el orificio se escurrió normalmente. Estaba cabalmente probado que del orificio de la cabeza – único existente en la imagen – no sería posible ninguna filtración de líquido hacia los ojos.

 

El Padre Romagosa se arrodilló. Finalmente había creído.

 

El misterioso llanto nos muestra a la Virgen de Fátima llorando sobre el mundo contemporáneo, como otrora Nuestro Señor lloró sobre Jerusalén. Lágrimas de afecto tiernísimo, lágrimas de profundo dolor, en la previsión del castigo que vendrá para los hombres del siglo XX si no renuncian a la impiedad y a la corrupción.

 

¡Todavía hay tiempo, pues, de detener el castigo, lector, lectora! Si viene, me parece lógico que en él habrá por lo menos una misericordia especial para los que, en su vida personal, hayan tomado a serio el milagroso aviso de María.

 

Para que mis lectoras, mis lectores se beneficien de esa misericordia, les ofrezco el presente artículo…

 


 

Padre Elmo Romagosa, autor del artículo “Las lágrimas de la imagen mojaron mi dedo”, publicado en el “Clarion Herald”, semanario de Nueva Orleans distribuido en once parroquias del Estado de Louisiana.

 

(Revista Dr. Plinio No. 173, p. 5, agosto de 2012, Editora Retornarei Ltda., São Paulo.
Extractado del periódico Folha de São Paulo”, de 6.8.1972)