El 12 de diciembre la Iglesia celebra, en América Latina, la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe. La Madre de Dios apareció en el Cerro de Tepeyac al indio San Juan Diego, y dejó como prenda de su amor por el Nuevo Continente el milagro admirado hasta hoy en el Santuario de Guadalupe: la bella figura de la Santísima Virgen estampada en el manto del vidente. Al considerar las maravillas y prodigios envueltos en esa aparición, el Dr. Plinio lanza una mirada confiada en el futuro glorioso que la Providencia le reserva al pueblo latinoamericano.

 


 

En el siglo XVI, Nuestra Señora apareció en Tepeyac, en México, al indio Juan Diego. La Virgen lo trató con especial bondad y ternura, como no se percibe en otras apariciones de Ella, incluso en las de Fátima, donde María Santísima no obstante se manifiesta tan solícita y misericordiosa.

 

La “niña de los ojos” de Nuestra Señora

 

Nuestra Señora de Guadalupe, estampada
milagrosamente en el manto de San Juan Diego

La libertad de ese indígena para con la Madre de Dios era tan grande que, en vez de llamarla, por ejemplo, “Reina mía”, le decía “Hijita mía”. Hábito realmente contrario al protocolo, pero aceptado con tanta benevolencia por Nuestra Señora, que, siglos después, a partir de los avances de la tecnología, se constataría en una fotografía de la imagen que la figura del indio se encuentra impresa en la pupila de los ojos de la Virgen. El objeto de ese singular cariño de María estaba así inmortalizado.

 

Como se sabe, cuando se dice – en portugués – que alguien es “la niña de los ojos”, significa que está en el punto más sensible y central de mi atención y de mi consideración, de mi afecto. Ahora bien, ese simbolismo se realizó, al pie de la letra, en la visión de Nuestra Señora de Guadalupe.

 

El hecho de que Nuestra Señora se haya manifestado tan extremamente cariñosa y benigna con relación a ese indígena latinoamericano, fue una forma de expresar un particular desvelo en relación con el continente al cual él pertenecía. Sí, pues no es una exageración pensar que a los ojos de Ella, Juan Diego representaba a toda América Latina. Y cada uno de nosotros, simbolizado por ese indio, estaba reflejado en los ojos de María. Esta idea no encierra ningún disparate, puesto que la Santa Sede declaró a Nuestra Señora de Guadalupe Patrona de América Latina.

 

Milagro confirmado por la técnica moderna

 

Es interesante resaltar, una vez más, que el milagro de esa estampa fue confirmado por la técnica moderna mediante ampliaciones fotográficas, etc., conforme publicó la noticia cierta vez un importante diario carioca:

 

El dibujante Salinas
Chávez examina la
estampa milagrosa

Después de ocho años de intensas investigaciones, una comisión de oculistas, químicos, optómetras y dibujantes mexicanos confirmó que los ojos de la imagen de la Virgen de Guadalupe reflejan la fisionomía de Juan Diego, el indio a quien la Señora apareció cuatro veces. La comisión declaró que se trata “de la figura de un busto de un hombre simétricamente colocado (es decir, en cada retina) y que corresponde al reflejo de la córnea de acuerdo a las leyes de la óptica”.

 

Es decir, si miro algo, de acuerdo con las leyes de la óptica ese algo se refleja en mi retina. Continúa la noticia:

 

El dibujante Salinas Chaves, que hizo el descubrimiento en 1951 cuando examinaba fotografías ampliadas del rostro de la imagen, propuso que Juan Diego fuese canonizado 1 . La imagen recibe anualmente la visita de más de tres millones de fieles 2 .

 

Es de veras bonito que, con el auxilio de aparatos modernos y empleando conocimientos científicos actuales, quede probado que una pintura de esa naturaleza no fue producida por medios humanos. Eso demuestra la intervención del factor sobrenatural y nos deja maravillados. Es una confirmación imparcial del milagro.

 

Una inmensa familia de naciones católicas

 

Puesta esta extraordinaria constatación, debemos volvernos de modo especial hacia Nuestra Señora de Guadalupe como Patrona de América Latina.

 

En las noticias internacionales de nuestros días se habla mucho del bloque latinoamericano como un todo, lo cual consolida la idea de que el mismo constituye una inmensa familia de naciones, en el sentido católico de la palabra. Un bloque, dígase de paso, y lo esperamos ardientemente, que aún ha de ser esculpido por la Providencia para convertirse en una de las obras primas de la Historia.

 

Ahora bien, esa unidad de América Latina se vio corroborada justamente por el hecho de tener una Patrona bajo la invocación de Nuestra Señora de Guadalupe, y la cohesión de ese todo es tan real, que, en los dominios de María Santísima, constituye un feudo aparte, sobre el cual Ella deposita particulares designios.

 

Misión de encumbrar la cultura católica

 

Es necesario reconocer que América Latina representa la herencia legada por la Europa católica a este siglo y a los venideros. El espíritu latino, riquísimo entre las variantes existentes en el género humano, posee una aptitud singular para las cosas más elevadas – y, por lo tanto, para las verdades de la fe, para lo sobrenatural – la cual lo convierte en uno de los elementos más preciosos de la Iglesia Católica.

 


Figura de San Juan Diego
en el ojo de la imagen

La latinidad conservó relativamente inmunes los valores más nobles de la tradición que la formó. Los pueblos latinos se modernizaron menos que los americanos del norte y los europeos, y en eso consiste, bajo algún aspecto, nuestro glorioso “subdesarrollo”; o sea, la distancia que todavía nos separa de las cosas malas advenidas con la modernidad.

 

Se percibe, por lo arriba considerado, que Iberoamérica tiene la misión de levantar y de colocar en una cumbre el haz de luz de la cultura latina católica, enteramente al servicio de la Fe, para que brille en el mundo. Fuera de eso, ella no tiene sentido.

 

Esa cultura católica está derribada, postrada, pero revive en nuestro continente con todo el vigor de la juventud y con posibilidades de futuro, conservando y abultando los legados recibidos de las expresiones culturales incomparables de la cristiandad europea. Somos el renacimiento y el reflorecimiento de esos valores en las zonas protegidas por Nuestra Señora de Guadalupe.

 

Súplica fervorosa a la Virgen de Guadalupe

 

Figura de San Juan Diego

Así, debemos tener el alma bien impostada para pedirle a Ella, en este día en que la celebramos, ante todo, que mantenga a América Latina cada vez más sujeta y unida a Ella. Y, por eso mismo, con todos los vínculos que constituyen su cohesión todavía más acentuados. Y que ese inmenso potencial, en el momento apropiado, se levante para servir a la Santa Iglesia, convirtiéndose en el mejor elemento y el más dinámico para formar una nueva Civilización Cristiana.

 

En verdad, se tiene la impresión de que América Latina está reservada por Nuestra Señora para ser el inmenso territorio donde la gloria del reino de Ella relucirá con mayor esplendor. Así, podemos añadir esta súplica:

 

“Nuestra Señora de Guadalupe, realizad en nosotros esos designios, a fin de que, cuanto antes, venga sobre nosotros, a nosotros, el Reino de María. Amén.”

 

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LAS APARICIONES DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

 

El 9 de diciembre de 1531, Juan Diego estaba en los alrededores de la colina Tepeyac, cerca de la actual Ciudad de México, cuando, súbitamente, oyó una música suave y melodiosa que, poco a poco, se fue extinguiendo. En ese momento escuchó una lindísima voz que, en su idioma nativo, lo llamaba por el nombre. Era Nuestra Señora de Guadalupe.

 

Escenas de las
apariciones de Nuestra
Señora de Guadalupe

Después de saludarlo con mucho cariño y afecto, Ella le dirigió estas palabras llenas de bondad: “Porque soy verdaderamente Madre compasiva, deseo mucho que me construyan aquí un templo, para que en él Yo muestre y dé todo mi amor, mi compasión, mi auxilio y mi salvación a ti, a todos los otros habitantes de esta tierra y a los demás que me aman, me invoquen y confíen en mí. En este lugar quiero oír sus lamentos, remediar todas sus miserias, sufrimientos y dolores.”

 

En seguida, Nuestra Señora le pidió a Juan Diego que fuese al Palacio del Obispo de México, y le comunicase que Ella lo enviaba y solicitaba la construcción del templo.

 

El prelado no dio crédito a las narraciones del indio, tanto en la primera como en la segunda aparición de la Santísima Virgen a Juan Diego. Era necesaria una “señal”, para demostrar que se trataba realmente de la Reina del Cielo. Por tercera vez la Madre de Dios se hizo visible al indígena, y, radiante de dulzura, aceptó sin la menor dificultad concederle la señal pedida.

 

Escenas de las
apariciones de Nuestra
Señora de Guadalupe

Le ordenó subir a la colina de Tepeyac y cortar las flores que allí encontrase. Ese encargo era imposible, dado que allá nunca nacían flores, y menos aún en invierno, estación en la cual se encontraban. Pero Diego no dudó. Subió a la colina y en su cima encontró las más bellas y variadas rosas, todas perfumadas y llenas de gotas de rocío como si fuesen perlas. Las cortó y las guardó en su tilma (el poncho típico de los indios mexicanos). Al llegar abajo, Diego le presentó las flores a Nuestra Señora, que las tocó con sus manos celestiales y volvió a colocarlas en la tilma, diciéndole al indio: “Hijito mío, esta variedad de flores es la prueba y señal que le llevarás al obispo. Tú eres mi embajador en el cual deposito absolutamente toda mi confianza. Con firmeza te ordeno que delante del obispo abras tu manta y muestres lo que llevas.”

 

Y Diego así lo hizo. Al abrir la tilma delante del obispo, cayeron las más preciosas y perfumadas flores y, en el mismo instante, se estampó en el tejido la portentosa imagen de la Santísima Madre de Dios, que se venera hasta hoy en el Santuario de Guadalupe.

 


 

1) Lo que de hecho sucedió, siendo canonizado por el Papa San Juan Pablo II el 31 de julio de 2002.

2) Cf. O Globo, Rio de Janeiro, del 3.1.1975. (Revista Dr. Plinio, No. 105, diciembre de 2006, p. 24-29, Editora Retornarei Ltda., São Paulo)