No era su apariencia o sus atributos humanos los que atraían a los fieles, sino su capacidad de reflejar, como sacerdote, la figura misma del Salvador.

 


 

Rostro sereno, ojos profundos y mucha paz... Todo en aquel cuerpo incorrupto que reposa en la basílica de Ars sur Formans, no muy lejos de la histórica e industrializada ciudad de Lyon, revela un hombre que pasó por enormes sufrimientos.

 

Las angulosas facciones de su fisonomía están suavizadas por la presencia de lo sobrenatural. Sus manos y sus rasgos enflaquecidos llevan la marca de quien anduvo con la cruz al hombro, siguiendo las huellas del Señor. Pero, al mismo tiempo, el fuego sereno de la caridad transluce en la actitud noble y tranquila con la que descansan sus restos mortales.

 

“El sacerdote es el amor del Corazón de Cristo”,1 solía decir. Consciente de la gran responsabilidad de ser mediador entre Dios y los hombres, enseñaba en sus clases de catecismo: “¿Qué es un sacerdote? Un hombre que ocupa el lugar de Dios, un hombre que está revestido de los poderes de Dios”.2

 

No era su apariencia o sus atributos humanos los que atraían a los fieles, sino su capacidad de reflejar la figura misma del Salvador. Así lo registran sus biógrafos y también da testimonio de ello Don Chautard en su célebre obra El alma de todo apostolado: “La voz del bienaventurado Vianney era demasiado tenue como para llegar a la muchedumbre que se aglomeraba a su alrededor. Pero si no se le escuchaba bien, al menos se le veía; y era visto como una custodia que lleva a Dios en su interior. Sólo esta visión cautivaba a los asistentes y los convertía. A un abogado que regresaba de Ars le preguntaron qué era lo que le había impresionado más de allí: ‘He visto a Dios en un hombre’, respondió”.3

 

Esta fascinante presencia de Cristo en su ministro fiel fue la que impulsó a Pío XI a elevar a aquel cura de ese pequeño pueblo a “patrón de todos los párrocos”.4 E hizo que Benedicto XVI lo calificara como “modelo del ministerio sacerdotal en nuestros días”.5

 

Una infancia marcada por la Revolución francesa

 

Juan Bautista María Vianney nació en la aldea francesa de Dardilly, no muy lejos de Ars, el 8 de mayo de 1786, poco antes de que estallara la Revolución francesa. Sus padres eran campesinos y, una vez alcanzada la edad suficiente, les ayudaba en las labores cotidianas.

 

En su primera infancia no le faltaron manifestaciones precoces de profunda religiosidad. Prefería una imagen de la Virgen a cualquier juguete. Con tan sólo 4 años ya era frecuente encontrarlo rezando en el granero.

 

Sobrevinieron los horribles años del Terror. Aunque éste no lograra hacer muchos mártires en Dardilly, los objetos religiosos tuvieron que ser escondidos y el párroco del lugar fue sustituido por un sacerdote juramentado, cuyos sermones de carácter político acabaron por apartar a los aldeanos de frecuentar la iglesia.

 

Profundamente religiosa, la familia Vianney solía abrigar a los presbíteros no juramentados que pasaban por allí de manera clandestina, y aprovechaban la ocasión para asistir a Misa y confesarse, todo de modo muy discreto.

 

Tales circunstancias posibilitaron que floreciera en Juan Bautista el deseo de ser héroe: quería hacerse sacerdote para defender la fe con su propia vida, si fuera necesario, como aquellos valientes ministros del Señor.

 

Si Dios estaba siendo echado del país, ¡él haría que volviera! Con sólo 7 años empezó a evangelizar a sus pequeños compañeros de pastoreo: les transmitía lo básico del catecismo, con sencillez y sin rodeos —característica que mantendría durante toda su vida—, y les enseñaba a rezar el Rosario, a cantar himnos y hacer procesiones por el prado.

 

Esfuerzo: rasgo notable de su ministerio

 

Cuando en 1800 las iglesias fueron reabiertas, Juan conoció en Écully, un pueblo cercano a Dardilly, al P. Charles Balley, hombre virtuoso que discernió su vocación sacerdotal y no escatimó esfuerzos por verla crecer, ayudándolo a lo largo de los años de preparación.

 

Se cuenta que el joven campesino suspendió sus primeros exámenes para la ordenación, pues los estudios eran muy penosos para él. Por eso hizo numerosos sacrificios corporales y peregrinaciones a fin de obtener del Cielo que su mente se expandiera, prenunciando lo que sería uno de los más notables rasgos de su ministerio: el esfuerzo.

 

Cualesquiera que fueran las dificultades, nunca dejaría de dedicarse en la preparación de sus sermones. Y si, después de bastante trabajo, no era mucho lo que le quedaba en la memoria, recibía el premio del auxilio divino, como lo atestiguaría más tarde una parroquiana de Ars: “El señor párroco era tan pequeño, tan aniquilado a sus propios ojos, que el Espíritu Santo se complacía en llenar aquel vacío con luces admirables”.6

 

A pesar de la limitación de su inteligencia, que era motivo de numerosos comentarios, sobre todo entre el clero, la escasez de vocaciones hizo que, finalmente, fuera elevado al sacerdocio, con una restricción: no podía atender confesiones, por falta de estudio suficiente en Teología Moral.

 

La sabiduría habitaba en su espíritu

 

Tras haber sido ordenado el 13 de agosto de 1815, fue destinado a la parroquia de Écully, como coadjutor del P. Balley. Allí el celo apostólico que demostraba en sus arrebatadoras predicaciones empezó a llenar la pequeña iglesia con incontables personas que iban a oírlo.

 

Muchas de ellas le pedían consejos y su experimentado maestro, el P. Balley, comenzó a instruirlo día a día. Le proponía casos de conciencia oscuros y delicados, los cuales eran resueltos con seguridad por el nuevo sacerdote. Sin duda, el Espíritu Santo lo iluminaba: la sabiduría que no había conseguido extraer de los libros habitaba de forma admirable en su espíritu.

 

El párroco y bienhechor de San Juan Bautista María suplica entonces la autorización para que pueda confesar y, tan pronto como dicha tarea le fue concedida, quiso ser él mismo el primero en beneficiarse de sus dones en el tribunal de la Penitencia. La Providencia iba preparando al santo coadjutor para su misión específica.

 

Con la muerte del Rvdo. Balley, el P. Juan Vianney fue enviado como párroco a Ars, quizá la última y menos importante aldehuela de Francia. Allí se dirige sin demoras, llevando sus pocas pertenencias, y una vez que divisa el pueblecito se pone de rodillas e invoca al ángel de la guarda de la parroquia para que abra las almas de todos a la benéfica acción de la gracia.

 

Enviado a una parroquia pequeña y disoluta

 

Al llegar a Ars, se encuentra con un panorama desolador: la Revolución había conseguido que los habitantes de aquella aldea se volvieran licenciosos en sus costumbres y, privados de cualquier formación religiosa, se apartaran de la fe.

 

En los primeros días, el nuevo párroco visita personalmente a sus feligreses uno por uno. Quiere conocer cada nombre, sus actividades, sus problemas. Se muestra lleno de celo y caridad. No tolera a la gente que permanece en el claroscuro entre lo lícito y lo ilícito. ¿Dios existe? Pues entonces vamos a honrarlo como es debido.

 

En sus sermones exhortaba: “Cristo ha llorado por Jerusalén... Yo lloro por vosotros. ¿Cómo no llorar? [...] Hacéis una cantidad de cosas que son ofensas contra Dios. ¿Acaso creéis que Dios no os ve? Os ve como os veo yo, hijos míos, y seréis tratados en consecuencia. ¡Qué miseria! El infierno existe. Os ruego que penséis en él. ¿Creéis que vuestro párroco dejará que os lleven allí para ser quemados hasta el fin de los siglos? ¿Vais a darle ese disgusto a vuestro párroco?”.7

 

Días atareados... ¡noches alborotadas!

 

La integridad del P. Vianney empezó a atraer a multitudes. Ya no sólo eran los parroquianos los que acudían a la iglesia, sino también fieles procedentes de los alrededores. Se dice que si la muerte no lo hubiera llevado de este mundo, habría acabado convirtiendo a toda Francia, dado el creciente número de personas que lo buscaban. No raras veces llegaba a quedarse hasta veinticuatro horas en el confesionario.

 

Se podrían narrar aquí innumerables milagros: conversiones de pecadores empedernidos, tibios que recuperan el fervor, personas muy apartadas de la religión retornan a la casa del Padre. Al poseer el don de discernimiento de los espíritus, indicaba a los penitentes pormenores de las circunstancias vividas y podía conocer las disposiciones de cada uno. Por eso a menudo negaba la absolución a los que no querían enmendarse de verdad.

 

El cansancio provocado por una jornada toda dedicada a la cura de almas, sumada a los ayunos y otras mortificaciones corporales, hacía indispensable una noche tranquila para reponer las energías. Sin embargo, Dios exige el holocausto completo de aquellos a los que más ama: ruidos, sustos y toda clase de manifestaciones diabólicas le impedían dormir.

 

Tales fenómenos comenzaron en torno al año 1824 y duraron hasta 1858, es decir, treinta y cuatro años. Al principio ocurrían todas las noches, después se volvieron menos numerosos. San Juan Vianney se fue acostumbrando a ellos: las primeras veces, temblaba de pavor, pero poco a poco descubrió que se trataba de estériles sacudidas del infierno, por estar arrebatándole de sus garras tantas almas.

 

Bastaba que una noche fuera muy alborotada para que al día siguiente apareciera en la iglesia un pecador arrepentido. Conocedores de la acción de la gracia por medio del santo, los demonios vociferaban anticipadamente por la pérdida. Quizá por ese motivo llamara al Maligno de grappin, es decir, “fisga”, pues aquella furia indicaba que con este tipo de arpón sería fisgado “un pez enorme” 8 para la Barca del Señor.

 

Las fuerzas infernales estaban enloquecidas ante el éxito de su apostolado. Numerosos posesos iban a entrevistarse con el Santo Cura de Ars, que ya no teme al diablo. “Lo domina desde el descansillo más alto de la escalera de la santidad a donde la gracia lo había elevado”.9 En cierta ocasión el maldito declaró su derrota por la boca de una endemoniada: “Si hubiera tres como tú en la tierra, mi reino sería destruido. Me has arrebatado más de ochenta mil almas”.10

 

“Un santo a quien debemos admirar y tomar como modelo”

 

Conforme iba creciendo su fama, las indisposiciones contra él se volvieron más intensas. Los párrocos de los alrededores, a pesar de no tener nada de qué recriminarlo, empezaron a sentirse inseguros ante las frecuentes expediciones de sus feligreses a la aldea vecina. Algunos llegaron a prohibir tales peregrinaciones, con amenazas de negar la absolución a los que desobedecieran.

 

Se pusieron de acuerdo para enviarle al obispo una protesta colectiva, con acusaciones como: no tiene conocimientos teológicos suficientes como para entrar en un confesionario; las personas que lo buscan no vuelven convertidas; usa una sotana desgastada y zapatos de labrador; y otras muchas cosas de ese tipo. La denuncia llegó a manos del P. Vianney, que añadió su firma al final de la lista y se la devolvió al remitente...

 

No obstante, Dios había dotado a Mons. Alexandre-Raymond Devie, obispo de Belley en aquella época, de mucha sensatez, tacto, bondad, penetración y amor por sus ovejas. Convencido de la virtud de su sacerdote, envió a algunos auxiliares a Ars únicamente para confirmar lo que ya conocía. Éstos “regresaron abrumados de admiración”,11 llevándolo a comentar con respecto al P. Vianney, en su respuesta a los revoltosos: “Sí, señores; es un santo, un santo a quien debemos admirar y tomar como modelo”.12

 

El gran drama de su vida

 

“Salvas almas, pero te pierdes”...13 Esta corta frase resume el gran drama que enfrentó el Santo Cura de Ars a lo largo de toda su vida, ora de modo explícito, ora subconscientemente.

 

Desde pequeño había procurado la soledad y se había sentido inclinado a la contemplación. El deseo de quedarse en oración, en busca de una purificación interior que lo preparara para la convivencia eterna, constituía el anhelo más recóndito de su espíritu.

 

Con la intensa vida de apostolado que llevaba, sin embargo, le parecía imposible alcanzar esa forma de aislamiento indispensable para el alma. Y el demonio, que ansiaba alejarlo de su misión de párroco, lo inducía a pensar que descuidaba, con culpa, la obligación de celar por su propia alma y que, si la cosa continuaba así, acabaría por perderla.

 

A cada dos por tres le venía al espíritu la idea de que todas sus actividades eran inútiles. ¿Y si moría repentinamente? ¿Cuándo iba a encontrar tiempo para hacer un buen examen de conciencia si los fieles le consumían todo el día? Y si no bastara con la multitud que lo buscaba, ¿no venía el demonio a robarle, por la noche, los pocos instantes de recogimiento que podía dedicar a tan necesaria tarea?

 

Le parecía que sólo había una solución: dejar la parroquia en secreto. En tres ocasiones huye de su pueblo, del obispo, de los coadjutores, de todos los que pudieran poner obstáculos a esa aspiración tan legítima: cuidar de su propia alma. Piensa en refugiarse en la Trapa o en la Cartuja. No obstante, poco después de iniciado el camino le asalta el remordimiento: ¿será esta la voluntad de Dios? Y siempre regresa...

 

Consumido por la misión sacerdotal

 

Con casi 60 años, su entrega sin reserva a la misión sacerdotal hacía del hecho de su existencia un verdadero milagro. Un médico que lo había examinado llegó a afirmar que “con la vida que llevaba ‘la ciencia no podía explicarse cómo permanecía vivo’ ”.14

 

Ni siquiera lo más indispensable para sobrevivir se concedía, y nunca paraba para tomarse un descanso. A veces, “ya subiendo al púlpito, ya entrando en el confesionario, se le veía encorvarse; se diría que por un momento estaba perdiendo sustancia. Pero de pronto su tarea le hacía erguirse, la gracia obraba plenamente y el sacerdote resucitaba al hombre. Se conservaba enteramente lúcido, siempre rápido en las respuestas y seguro en los consejos”.15

 

Antes de partir para la eternidad, la Virgen Santísima aún le concedió una de las mayores alegrías de su vida: celebrar con solemnidad la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre de 1854, en cuya Misa estrenó “una magnífica casulla ‘de terciopelo azul recamado en oro’; subió al púlpito y habló”. 16 Por la noche él mismo hizo hincapié en tocar la campana para empezar la procesión de las velas.

 

Unos años más tarde, en la fiesta de Corpus Christi de 1859, ya no tenía fuerzas para llevar la custodia durante la procesión. Sin embargo, quiso cogerla al final “para bendecir por última vez a su pueblo”.17 Había llegado el tiempo fijado por Dios para concluir sus días en esta tierra y recompensar su santa vida en el Cielo.

 

Semanas después, debilitado por la fatiga y por el trabajo, pedía los últimos sacramentos. En la madrugada del 4 de agosto la batalla ya estaba ganada. “Sin estremecimientos, sin agonía, sin violencia, Juan Bautista María Vianney durmió en el Señor”,18 en las horas de Laudes, mientras el P. Monnin pronunciaba a su cabecera las palabras de recomendación del alma: “Que los santos ángeles del Señor vengan a su encuentro y lo introduzcan en la ciudad viva, la Jerusalén celestial”.19 Entraba en el Paraíso, para gozar de la convivencia con Aquel cuyo amor lo había sustentado en su ejemplar vida de sacerdote.

 


 

1 GHÉON, Henri. O Cura d’Ars. 2.ª ed. São Paulo: Quadrante, 1998, p. 38.
2 MONNIN, Alfred. Le Curé d’Ars. Vie de M. Jean-Baptiste- Marie Vianney. Paris: Charles Douniol, 1861, v. II, p. 452.
3 CHAUTARD, OCR, Jean- Baptiste. L’ame de tout apostolat. 15.ª ed. Compierresur- Besbre: Abbaye de Sept- Fonts, 1939, p. 123.
4 PÍO XI. Anno Iubilari, 23/4/1929.
5 BENEDICTO XVI. Homilía en la clausura del Año Sacerdotal, 11/6/2010.
6 GHÉON, op. cit., p. 105, nota.
7 Ídem, p. 35.
8 Ídem, p. 128.
9 Ídem, p. 129.
10 Ídem, ibídem.
11 Ídem, p. 109.
12 Ídem, p. 110.
13 Ídem, p. 131.
14 Ídem, p. 144.
15 Ídem, ibídem.
16 Ídem, p. 162.
17 Ídem, p. 165.
18 MONNIN, op. cit., p. 695.
19 Ídem, ibídem.