Sólo aquel que mantiene su alma en la rosácea influencia de los cerezos es capaz de grandes actos de heroísmo y de coraje, pues en la serenidad es donde se adquiere la fuerza para enfrentar las más complicadas situaciones.

 


 

Imaginemos una montaña poblada de árboles, de entre los cuales despuntan algunos cerezos en flor. Aunque suave y delicado, el tan característico color rosáceo de sus pétalos marca el paisaje, infundiendo discretamente en el alma de quien los contempla serenidad y paz, virtudes tan necesarias para nuestros días y, no obstante, tan difíciles de ser adquiridas.

 

Vvitral de la iglesia de Santa Isabel, Nueva York

En el mundo en el que estamos inmersos reina el caos y la agitación. Habitar en él sin participar de ese espíritu es una de nuestras principales obligaciones como católicos. Por ese motivo, algunas personas piensan que sólo se puede lograr la santidad aceptando humildemente todos los sufrimientos, sin quejarse de nada. Y para no dejarse arrastrar por la agitación del siglo consideran indispensable aislarse de la convivencia humana y pasar largas horas en oración.

 

En algunos casos extraordinarios eso puede ser verdadero, pero no corresponde a lo que la Providencia le pide al común de los hombres. “La vida del hombre sobre la tierra”, en palabras del justo Job, “es una lucha” (Cf. Job 7, 1), y así lo será hasta el fin del mundo. Es necesario la convivencia con los demás y ello nos exige que tomemos una actitud militante; a veces incluso desafiante. A lo largo de nuestra existencia debemos luchar constantemente contra el demonio, el mundo y nuestros propios defectos.

 

Cerezos de la Casa Turris Eburnea, Caieiras (Brasil).

Pero ¿cómo combinar la serenidad con la combatividad propugnada por el santo Job? A modo de analogía, en el cerezo vemos armonizadas estas dos virtudes aparentemente opuestas. El color rosa, otrora propio al género masculino, refleja la combatividad; mezcla de rojo y blanco, simboliza que la lucha sólo es auténtica cuando está sustentada por la pureza, representada por el blanco. Pero éste también es la síntesis de todos los colores, de todas las luces, de todas las bellezas, e indica que quien posee la virtud angélica posee todas las demás. Su alma está en paz con Dios.

 

Se engañan los que piensan que quien vive en esta actitud sobrenatural no es capaz de grandes actos de heroísmo, cuando en realidad ocurre exactamente lo contrario: en la serenidad es donde se adquiere la fuerza de alma necesaria para enfrentar las peores situaciones con entusiasmo y osadía.

 

Cerezos de la Casa Turris Eburnea, Caieiras (Brasil).

“Los grandes contrastes hacen a los grandes hombres”, decía el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira. Jesucristo, el Hombre Dios, atraía hacia sí a los niños, abrazándolos con ternura contra su Sagrado Corazón, y con esas mismas manos era capaz de tejer un látigo para expulsar a los mercaderes del Templo. Su Madre, María Santísima, en cuanto sumo modelo de bondad, intercede misericordiosamente por aquellos que recurren a Ella, pero al mismo tiempo es “terrible como un ejército ordenado en batalla” (Cant 6, 10), y aplasta la cabeza de la serpiente con su inmaculado talón (cf. Gén 3, 15).

 

A nosotros nos cabe, siguiendo tan augustos ejemplos, ser dóciles corderos en las relaciones con nuestros hermanos, pero leones intrépidos en el combate contra el mal. En las Escrituras hay dos frases que bien expresan este contraste armónico: “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Mt 5, 5) y “el Reino de los Cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan” (Mt 11, 12). Son los extremos de la combatividad y de la serenidad los que forman, a la manera de un arco gótico, el alma de un santo. En la vida hay dificultades, hay tribulaciones, pero sólo quien se abandona serenamente como un niño en los brazos de María Santísima obtiene la victoria en la lucha.

 

Recordemos, sin embargo, que ese triunfo no consiste únicamente en alcanzar la santidad personal. Debemos batallar para que ese estado de espíritu se difunda por toda la faz de la tierra, como los cerezos se extienden por la ladera de un monte. Y para eso es indispensable combatir sin tregua contra el mal que se propaga en nuestra época, hasta que el Reino de María, prometido por Ella en Fátima, sea instaurado en los corazones y en el mundo entero.