Calumniado, incomprendido, impedidode predicar, San Luís María Grignion deMontfort tuvo que guardar silencio muchasveces a lo largo de su vida. Al final de unretiro espiritual, nos legó una meditaciónque parece un retrato de su fogosa almaamante del dolor.

 


 

Brillante misionero, quecon su celo apostólico y sualma de fuego arrastrabaa los fieles, San Luis MaríaGrignion de Montfort concluíaen mayo de 1709 en Pontchâteau,junto a la desembocadura del ríoLoira, una de sus misiones. Por entonces tenía 36 años.

 

Crucifijo de la Casa Lumen
Prophetæ, Caieiras (Brasil)

Enfervorizados por las predicacionesdel santo, los fieles estaban deseandoexteriorizar su fe con actitudesconcretas. Y San Luis Grignion,conocido por su entrañable amor ala cruz, encontró un medio de atendertan noble anhelo: planeó un monumentalcalvario, compuesto porcruces y esculturas de tamaño natural,que sería construido por los propiosfieles en esa ciudad. La inauguracióntendría lugar al año siguiente,el 14 de septiembre, fiesta de la Exaltaciónde la Santa Cruz. Se esperabauna enorme afluencia de personas de distintas regiones.

 

Se plantaron ciento cincuenta pinos,a distancias convenientes, a finde representar las avemarías del Rosario;y un ciprés cada diez pinospara simbolizar el padrenuestro.Otras obras también adornarían eseinmenso centro de peregrinaciones,construido por voluntarios. Pero laenvidia y la persecución también forman parte de la vida de los santos...

 

La destrucción de una obra de piedra

 

El 13 de septiembre, víspera de lainauguración, 20 000 peregrinos yahabían llegado a Pontchâteau. Perocon ellos también se presentó unmensajero de Mons. Gilles de Beauvau, obispo de Nantes, con un decreto del rey Luis XIV en el que se ordenaba el derribo del calvario. Tanto en el palacio episcopal como en la corte real las calumnias contra el santo habían producido un nefasto resultado.

 

La situación era constringente,porque el pueblo no paraba deafluir entusiasmado. San Luis Grignionsalió a toda prisa hacia Nantes,en un intento de resolver dicha cuestióncon el obispo, pero la decisiónera irrevocable. ¿Y cuál era el motivoque el rey daba?: que el pequeñomonte en el que se erguía el calvariopodría servir de refugio a los enemigosde la corona de Francia...

 

El día 14 estuvo marcado por festejos,cánticos y procesiones, pero lamuchedumbre sentía la ausencia desu pastor. Éste regresó el día 15 conla triste noticia de que el recién inauguradoconjunto escultural sería destruido.Inflamado de ardor apostólico,exhortó a la multitud a que nodesanimara y a que cada cual lo reconstruyeraen su propio corazón.¿Qué importa la destrucción de unaobra de piedra cuando el corazónestá lleno de fuego para anunciar aDios Creador de todas las cosas?

 

Un golpe más terrible haría conque el santo misionero se asemejaraaún más a Cristo crucificado. El domingosiguiente al de su visita al obispode Nantes, marchaba a una nuevamisión; aunque ésta duraría tansólo una semana, pues un interdictode la autoridad eclesiástica le vedabala predicación e incluso oír confesiones.Con el alma en llanto ante tal injusticia,buscó refugio en Aquel queera la causa y la meta de sus pugnas.

 

Retiro espiritual

 

Pasaron algunos años sin que laprohibición le fuera levantada. En elverano de 1714 pidió amparo en Rennes,en el colegio jesuita Santo TomásBecket, en el que había estudiadode 1685 a 1693.

 

En el profundo silencio de unosejercicios espirituales de ocho días,San Luis María Grignion de Montfortmeditó sobre el misterio del Calvarioy sobre el Señor de los Dolores.Su contemplación lo ponía caraa cara con el Crucificado, que parecíarepetirle aquellas divinas palabras:“Si alguno quiere venir en posde mí, que se niegue a sí mismo, tomesu cruz y me siga” (Mt 16, 24).

 

Bien comprendía el santo marianoque el mejor sitio para encontrar a laSantísima Virgen era al pie de la cruzde su divino Hijo. Y el último día delos ejercicios, estando aún impedidode predicar, escribió su famosa Cartaa los amigos de la cruz.

 

Estaba destinada directamente,como su nombre indica, a un conjuntode fervorosos discípulos reunidospor él en la Cofradía de los Amigosde la Cruz. Sin embargo, su objetivoera el de formar en el amor a la cruza un público mucho más amplio: elde las almas que desean amar incondicionalmentea Cristo crucificado,verdadero Dios y verdadero hombre.

 

En ese documento, que es fruto delargas horas de meditación, el santovarón de Dios expone con pulcritudy claridad una doctrina teológica segura,basada en las enseñanzas de losPadres de la Iglesia y, sobre todo, enla Sagrada Escritura. La puso en papelen tan sólo una jornada —“en miúltimo día de retiro”1—, precisamenteporque ya la tenía grabada en sucorazón.

 

A continuación, contemplaremosalgunos rasgos de su alma contenidosen ese inestimable tesoro espiritual.

 

Una convocación al combate

 

Como todo santo, nunca confió ensus propias fuerzas. Por eso empiezasu sublime escrito diciendo: “¡Queel Espíritu de Dios vivo sea, pues, lavida, la fuerza y el contenido de estacarta; su unción, la tinta de mi escribanía;mi pluma, la divina cruz, yvuestros corazones, mi papel!”.2

 

Calvario de Pontchâteau
(Francia).

Depositando su confianza enDios y sin dejarse vencer por losinfortunios e incomprensiones, elsanto convoca a algo más que laconstrucción de un calvario o unaobra misionera. Ante todo hay que tener una unión de espíritus y corazones.

 

Las almas dispuestas a renunciara sus propias comodidades, abrasadaspor el amor del Espíritu Santoy repugnando toda influencia delmal, provocan daños mucho mayoresa los infiernos que la posesión detodos los medios de comunicaciónpara hacer cualquier tipo de predicación.Pues, por encima de todo,¡Dios quiere santos! Y San Luishace un llamamiento a una unión deespíritus y corazones con él en función de Dios.

 

En otras palabras, pide que nosunamos en la lucha contra el mal, contodas las fuerzas del alma, siguiendosu modelo: “Estáis profundamenteunidos, Amigos de la Cruz, comootros tantos soldados crucificados,para combatir el mundo; no huis deél como los religiosos y religiosas portemor a ser vencidos, sino que avanzáiscomo valerosos y bravos guerrerosen el campo de batalla, sin retrocederun paso ni volver la espalda.¡Ánimo! ¡Combatid valientemente!Uníos con fuerza mediante la unidadde espíritus y corazones; que será infinitamentemás fuerte y más terriblecontra el mundo y el infierno de loque pudiera ser para con los enemigosdel Estado el ejército de un reino bien unido”.3

 

Las dimensiones de la Cruz

 

Un soldado crucificado debe tomarsu cruz con altanería. Precisamentepor eso son pocos los que sedisponen a hacerlo. La tendencia naturaldel ser humano es la de huirdespavorido de cualquier forma de sufrimiento.

 

No obstante, según las circunstancias,nuestra actitud se debe adecuaral momento. Así, unas veces será necesariosoportar el sufrimiento conresignación, como en el caso de unaenfermedad, y otras, llevar la cruzcon fe y confianza, cuando se trata deuna desilusión o algún padecimientode alma que es posible evitarlo. Laperfección, pues, consiste en aceptarno sólo el dolor, sino en pedirlo,en buscarlo, para asemejarse más aJesús que besó y abrazó su cruz. Deuno u otro modo, el dolor acompañala vida del hombre en esta tierra; asíque la verdadera fidelidad a Dios seprueba en la aceptación amorosa de dicha contingencia.

 

La coronación de espinas, por Caspar
Isenmann - Museo Unterlinden, Colmar (Francia

Conforme a la doctrina expuestapor el santo, nuestra cruz únicamentees una ínfima porción, un minúsculotrozo de la verdadera cruzde Cristo; cuando cargamos con ellaestamos participando en los padecimientos que Él soportó en el Calvario; es un legado intransferible esculpido con cariño por Dios para todos; lejos de desear que suframos sin razón, lo que quiere es que nos asemejemos a Cristo por medio del dolor.

 

San Luis nos describe esa cruzparticular comparándola simbólicamentecon los sufrimientos que Diosnos ha reservado a cada uno. “Por misabiduría la hice con peso, número ymedida; tracé, de mi propia mano,con gran precisión, sus cuatro dimensiones:anchura, longitud, alturay profundidad”.4

 

Dicha cruz está constituida en suanchura “por la pérdida de bienesmateriales, por humillaciones y desprecios,por sufrimientos y enfermedades,así como por penas espiritualesque, por mi Providencia, habránde sobrevenirte cada día hasta tumuerte”.5

 

En su longitud está formada “poruna cierta duración de meses o díasen los que deberás verte abrumadopor la calumnia, postrado en el lecho,reducido a la mendicidad, mientraseres víctima de tentaciones, sequedades,abandonos y otras penas del espíritu”.6

 

Componen su altura “las más durasy más amargas circunstancias,unas veces por parte de tus amigos,otras por domésticos o familiares”, ysu profundidad equivale “a las afliccionesmás ocultas que yo mismo teinfligiré, sin que puedas hallar consueloen las criaturas, las cuales, pororden mía, te volverán la espalda y seunirán a mí para hacerte padecer”.7

 

Somos miembros de Jesucristo

 

Podríamos preguntarnos el motivode las tribulaciones por las quelos seres humanos han de pasar. Sinembargo, antes deberíamos indagarel motivo por el cual Cristo, HombreDios e infinitamente santo, quiso sufrirpor nosotros, pecadores y merecedoresde los tormentos eternos delinfierno.

 

Jesús con la cruz a cuestas,
por el Maestro de Rubió - Museo
Episcopal de Vic (España)

Nuestro divino Redentor fundóla Iglesia Católica para la salvaciónde los hombres. Todos nosotros losbautizados somos miembros de eseCuerpo Místico, cuya cabeza es Cristo.Eso es una gracia inefable, que nose puede comprar ni ganar, sino solamenteretribuir con amor y gratitud.Como partes integrantes de ella, somosllamados a participar de los sufrimientosde Cristo.

 

Teniendo bien presente esta verdad,San Luis exhorta: “Sois miembrosde Jesucristo. ¡Qué honor! ¡Perocuánta necesidad de sufrir hay enello! La cabeza está coronada de espinas,¿y los miembros estarían coronadosde rosas? La cabeza es escarneciday cubierta de barro en el caminodel Calvario, ¿y los miembros severían cubiertos de perfumes sobreun trono? La cabeza no tiene dóndereclinarse, ¿y los miembros descansaríanentre plumas y edredones? Seríauna monstruosidad inaudita”.8

 

Con estas ardientes palabras nosalienta a tomar la cruz y seguir lospasos de Jesús, es decir, acompañarloen la subida al Calvario, para despuéstener la alegría de convivir conÉl en la eterna felicidad.

 

El benéfico papel del sufrimiento

 

¡Cuántas veces no nos habla la SagradaEscritura del benéfico papeldel sufrimiento para purificarnos yhacernos agradables a Dios! Sin citas, pero exponiendo la doctrina deforma muy atrayente, el santo delCalvario recordará algunas de esasimágenes: el tamiz que separa el granode la paja, el fuego que quita la herrumbredel hierro, el crisol de la forjaque depura el oro.

 

También nos recuerda él que loscristianos son piedras vivas de la SantaIglesia y, como tales, deben ser labradospor las manos amorosas deDios: “Sabéis que sois templos vivosdel Espíritu Santo y que habéisde ser, como piedras vivas, colocadospor el Dios del amor en el edificiode la Jerusalén celestial. Disponeos,pues, para ser tallados, cortadosy cincelados por el martillo dela cruz; de lo contrario, permaneceríaiscomo piedras toscas que no sirvenpara nada, que se desprecian y searrojan fuera”.9

 

Y concluye: “Dejadle actuar envosotros; Él os ama, sabe lo que hace,tiene experiencia; cada uno de susgolpes son acertados y amorosos,nunca los da en falso, a no ser quevuestra impaciencia los haga inútiles”.10

 

Las tres cruces del Calvario

Con tantos llamamientos afectuosos,Grignion de Montfort nos trasportaen su meditación a lo alto delCalvario y nos lleva a mirar directamentela escena más magnífica de laHistoria: ¡un Dios crucificado!

 

Con todo, el Salvador no estásolo. María sufre junto a Él con augustadignidad; también los patriarcas,los apóstoles, los mártires, losconfesores y las vírgenes padecencon Cristo en lo alto del Calvario.Ante tal cuadro, se nos presentantres cruces, que equivalen a tres formasde sufrimiento entre las que hemosde optar.

 

Podemos elegir llevar con alegríala cruz de Cristo, que es el objetivode San Luis. Es la cruz del alma santa,inmaculada, amorosa, inocente.Tomarla sobre sí significa asemejarserápidamente al Salvador, por launión de espíritu y de corazón.

 

La crucifixión, por Andrea di Bartolo
- Museo de Arte de Toledo (EE. UU.)

Pero en el Calvario hay dos crucesmás: la del buen ladrón, hechade paciencia, resignación, arrepentimientoy penitencia por los pecados;y la otra, la de los sufrimientosintercalados con la impaciencia y lasmurmuraciones contra Dios, la del rechazo e inconformidad con los designiossantísimos de la Providencia.

 

Tal enseñanza la registró el santoen cuatro versos, los cuales resumenla opción que todo hombredebe escoger: “Elige una dela cruces que ves en el Calvario,/ elige sabiamente; ya quees necesario / sufrir como unsanto, o como un penitente, / ocomo un réprobo que jamás felizse siente”.11

 

Un yugo suavísimo

 

San Luis es una de esas almasque sólo pueden ser bien entendidaspor quien tiene afinidad de corazóny de espíritu con él. Sus meditacionessobre la cruz muestran la verdaderafuerza de alma del católico,el cual enfrenta las adversidades enesta tierra de exilio compenetrado deque los fieles no son del mundo ni hechospara el mundo, sino que nacieronpara Cristo y para realidades superiores.

 

“No améis al mundo ni lo que hayen el mundo. Si alguno ama al mundo,no está en él el amor del Padre”(1 Jn 2, 15). El discípulo amado delSeñor pide que tengamos un amorexclusivo por Dios. Todo lo demásserá considerado en función de Él.

 

Al encarnarse para redimir nuestrospecados, el propio Hijo de Diosnos quitó el peso que nos impedíavolar hacia Él: “En esto consiste elamor: no en que nosotros hayamosamado a Dios, sino en que Él nosamó y nos envió a su Hijo como víctimade propiciación por nuestros pecados”(1 Jn 4, 10).

 

Si sabemos unir nuestros sufrimientosa los suyos, “la cruz se volveráun yugo muy suave, que Jesucristoos ayudará a cargar. Vendrá aser las dos alas del alma que se elevaal cielo; el mástil del navío que osconducirá feliz y fácilmente al puertode la salvación. Llevad vuestracruz con paciencia, y por esta cruzbien llevada, os veréis iluminados envuestras tinieblas espirituales; puesquien no ha sido probado por la tentación,poco sabe”.12

 

Nadie puede vivir sin dolor

 

A continuación, el santo apóstolde la cruz y de la esclavitud marianasintetiza en pocas palabras el misteriode la relación entre amor ydolor, que tal vez el ser humanosólo comprenda cuando seencuentre con el propio Cristoen la eternidad: “Llevad vuestracruz con alegría, y os veréisabrasados en el amor divino,porque ‘nadie vive sin dolor, enel puro amor del Salvador’ ”.13

 

San Luis María Grignion de
Montfort - Colección particular
Episcopal de Vic (España)

En los infortunios permitidos porDios durante sus actividades apostólicas,supo adquirir un don precioso:la sabiduría de la cruz. Únicamentealmas abrasadas como la de San Luisconsiguen entender el gran significadode ese amor incondicional a Cristocrucificado, capaz de derrotar almundo y los infiernos por medio delsufrimiento.

 

Muchos siglos antes, el mismo espírituinflamaba al glorioso apóstolSan Pablo: “El mensaje de la cruz esnecedad para los que se pierden; peropara los que se salvan, para nosotros,es fuerza de Dios. [...] Los judíos exigensignos, los griegos buscan sabiduría;pero nosotros predicamos a Cristocrucificado: escándalo para los judíos,necedad para los gentiles; peropara los llamados —judíos o griegos—,un Cristo que es fuerza deDios y sabiduría de Dios. Pues lo neciode Dios es más sabio que los hombres;y lo débil de Dios es más fuerteque los hombres” (1 Cor 1, 18.22-25).

 

Los grandes santos que así supieronvivir, sufrir y amar en función deDios, se volvieron más divinos que humanos,por su participación en la vidadel divino Maestro, que por nosotrosse entregó clavado en una cruz.

 

 

1 SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Lettre circulaire aux Amis de la Croix, n.º 1. In: OEuvres Complètes. Paris: Du Seuil, 1966, p. 221.

2 Ídem, ibídem.

3 Ídem, n.º 2, pp. 221-222.

4 Ídem, n.º 18, pp. 231-232.

5 Ídem, p. 232.

6 Ídem, ibídem.

7 Ídem, ibídem.

8 Ídem, n.º 27, p. 237.

9 Ídem, n.º 28, pp. 238-239.

10 Ídem, p. 239.

11 Ídem, n.º 33, p. 241.

12 Ídem, n.º 34, p. 242.

13 Ídem, ibídem.