La Presentación del Niño Jesús es un episodio único en la historia del Templo de Jerusalén. María Santísima, acompañada de San José, entra teniendo en sus brazos al Verbo encarnado. Podemos imaginar que en ese momento los ángeles llenaron el Templo y se pusieron a cantar.

 

Cumplido el rito de la Presentación que consagraba el buen suceso de la Virgen Madre en la gestación de su Divino Hijo, Ella escuchó encantada a Simeón profetizar la gloria y la Cruz de aquel Niño: luz para iluminar a las naciones y gloria de Israel; causa de caída y edificación de muchos, señal de contradicción, por el cual serían revelados los pensamientos de muchos corazones (cf. Lc 2, 32; 34-35).

 

El suceso es hijo del esfuerzo, de la dedicación y del heroísmo.

 

Nuestra Señora del Buen Suceso, en el sentido más amplio de la palabra, es la patrona de todos aquellos que buscan un buen suceso para el servicio de la Causa de Ella.

 

Todos cuantos trabajan a favor de la Contra-Revolución, en último análisis, se esfuerzan para que amanezca el sol del Reino de María sobre el mundo. Es algo parecido con una generación ¡y el nacimiento de ese Reino se parecerá admirablemente con un buen, un magnífico suceso!

 

Para ser fiel a su vocación, Sor Mariana de Jesús Torres – ella fue una especie de profetiza del buen Suceso y del Reino de María – tuvo que pasar por pruebas terribles, entre las cuales la de sufrir en su alma, por cinco años, los tormentos del infierno.

 

Sin embargo ¡cuántas alegrías experimentaba ella al conversar con la Santísima Virgen paseando por el claustro del convento, como Adán con Dios en el Paraíso!

 

Durante los castigos previstos en Fátima, habrá momentos en que nos preguntaremos: “¿¡esto no será ya el infierno!? ¡Nuestra Señora del Buen Suceso, ruega por nosotros!”. Habrá también circunstancias en las cuales sentiremos tanta alegría interior que diremos: “¿Esto no es ya el cielo? ¡Nuestra Señora del Buen Suceso, ruega por nosotros!”.

 

Y especialmente en las horas más difíciles deberemos suplicar: “¡Venga a nosotros tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el Cielo!”: ¡Es el Reino de Nuestro Señor Jesucristo en su más perfecta expresión: el Reino de María!

 

Hijos indignos pero amorosos, transportados de entusiasmo, cuando raye la aurora de ese Reino, le podremos decir: “¡Señora, te presentamos el mundo iluminado por Vos, la Luz de Vuestro Reino es nuestro y vuestro suceso, Madre! Todo lo has hecho Vos, empezando por obtenernos la gracia inmerecida de haber sido llevados a las fuentes bautismales. ¡Qué asombrosa gratuidad la de ese don!”

 

Finalmente, llegará el momento en que todo cuanto es obra de la iniquidad, se desplomará y no pasará a ser más que una cáscara vil de una cobra moribunda. ¡Comenzará entonces el Reino de María, y pasaremos a cantar el cántico del Buen Suceso!”*

 

* Extractos adaptados de conferencias de 2/2/1983 y 2/2/1985

 

Declaración: Conformándonos con los decretos del Sumo Pontífice Urbano VIII, del 13 de marzo de 1625 y del 5 de junio de 1631, declaramos no querer anticipar el juicio de la Santa Iglesia en el empleo de palabras o en la apreciación de los hechos edificantes publicados en esta revista. En nuestra intención, los títulos elogiosos no tienen otro sentido sino el ordinario, y en todo nos sometemos, con filial amor, a las decisiones de la Santa Iglesia.