Platón imaginaba que los cuerpos celestes eran como esferas de cristal que, al girar unas sobre otras, producían una sinfonía universal. Es una linda idea, que empalidece al considerar a los ángeles, espíritus perfectísimos, purísimos, virtuosísimos, fidelísimos, que contemplan continuamente a Dios, exclamando su sentir con cánticos.

 


 

Cuando oímos un canto, notamos que hay una analogía entre el habla humana y ese cántico, porque cada nota puesta allí es como una inflexión de la voz humana cuando el hombre afirma alguna cosa.

 

El canto llano, el polifónico y la música clásica

 

Por ejemplo, al pronunciar “afirma alguna cosa”, di énfasis involuntariamente a la palabra “afirma”, para indicar el carácter afirmativo de lo que yo quería decir, mientras que fui muy rápido en el resto de la frase, porque “alguna cosa”, siendo un término vago, se pronuncia rápidamente, como una pincelada apenas en el pensamiento. De manera que, al pronunciar la frase, hice lo que todo el mundo hace, o sea, martillé las sílabas, modulé la voz de acuerdo a lo que llevo en el temperamento y en el alma con respecto a lo que estoy diciendo.

 

Es un modo de proferir las frases por donde la pronunciación discretamente como que canta lo que está siendo dicho. Y ese “cantar” indica mi estado temperamental y el sabor encontrado por mí – bueno o malo, agradable o repelente – en lo que estoy diciendo.

 

En general, tanto el canto llano cuanto el polifónico tienen esa característica: cada nota es una meditación sobre el sentido de la palabra que está siendo dicha, es una toma de posición piadosa, ora triste, ora alegre, ora afectuosa, ora adoradora, ora reparadora, ora eucarística, con respecto a lo que está siendo afirmado. Por eso es bonito acompañar justamente así la música, palabra por palabra.

 

No obstante, podemos ver en la música otro aspecto. Si tomamos la música clásica, por ejemplo, veremos que se trata de una magnífica arquitectura de sonidos. Esas melodías pueden ser comparadas, de algún modo, a un predio con sus masas distribuidas, sus columnas, sus cuerpos de edificio, sus desdoblamientos, donde entra sin embargo algo más abstracto que la expresión de un pensamiento humano: se introduce una idea pura de armonía.

 

Podríamos preguntarnos cuál de esas es la verdadera concepción de la música, y, si ambas son verdaderas, cuál es la más alta.

 

Delante de ese problema, yo me pregunto si no habría un estilo de música que reuniese ambas perfecciones, porque son manifiestamente tan nobles y tan altas, que un cierto sentido de unidad nos hace desconfiar que existe la posibilidad de reunir las dos concepciones en una sola visualización.

 

Sin embargo, todavía no encontré una fórmula y ni siquiera sé si eso es posible. Indico apenas esa idea para esbozar un poco aquello que, probablemente, es la música de los ángeles en el Cielo. Es positivo que los ángeles en el Cielo tienen una melodía, aunque no sea la música material. No hay duda de que esa melodía debe tener una arquitectura sonora magnífica, expresión del ser de ellos.

 

¿Habrá en el hombre, con las limitaciones de la criatura humana, la posibilidad de una música así? Tampoco sé. Pero es una cosa sobre la cual se puede pensar.

 

Meditaciones que nos incentivan a pensar en el Cielo

 

Estas son las meditaciones que justamente vale la pena tener como entretenimiento cuando, por ejemplo, la rutina está monótona. Es un entretenimiento inocente que deja el alma leve. Y cierto cultivo de la levedad de alma es bueno para quebrar esos estados un tanto depresivos a los cuales podemos estar sujetos.

 

Platón imaginaba los cuerpos celestes como esferas de cristal que giraban unas sobre otras eternamente, y él tenía la idea de que cada una de esas esferas producía un sonido, y que todos esos sonidos se encontraban en el universo, produciendo una música universal, resultante de los movimientos de los astros.

 

Noten cuántas nociones bonitas se encuentran dentro de esa concepción. Esferas de cristal que giran, ¡es una verdadera belleza! El sonido que se desprende de esas esferas, correlato con el color, la densidad y la rotación de esos cristales, una policromía conjugada con una armonía, ¡qué cosa bonita!

 

Esa música no expresaría el sentir humano, sería una pura arquitectura universal, casi una meditación filosófica sonora, que produce un reflejo en el hombre. Se podría entonces imaginar un punto de encuentro que sería la expresión de la reacción humana delante de esa armonía universal, y musicalizar eso.

 

Meditaciones como esa nos ayudan a soportar el peso de la vida y nos incentivan a pensar en el Cielo. Cómo quedan de estúpidas esas lindísimas esferas de cristal cuando consideramos que existen los ángeles, espíritus perfectísimos, purísimos, virtuosísimos, fidelísimos, que contemplan continuamente a Dios, viendo en Él bellezas que son siempre las mismas y siempre nuevas, exclamando con cánticos su sentir. ¡Es una cosa maravillosa!

 

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(Revista Dr. Plinio No. 236, noviembre de 2017, p. 34-35, Editora Retornarei Ltda., São Paulo – Extraído de una conferencia del 23.3.1970)