Cuando comulgamos, no somos nosotros los que asumimos el cuerpo y la sangre del Señor, sino que somos transformados por Él, convirtiéndonos, en cierto sentido, en el divino alimento que hemos recibido.

 


 

Elemento de unión entre diferentes naturalezas

Cuando hablamos de Comunión, nos viene a la mente la idea de banquete, unido a una estrecha convivencia, familiar, amigable, en torno a una mesa llena de manjares y caridad fraterna. Propiamente un ágape.2 A la mesa, de hecho, se restauran las fuerzas, pero también se suelen consolidar las amistades, se dan gracias por los beneficios recibidos, se solidifica la unión familiar y puede ser decidido el destino de los pueblos. En el Antiguo Testamento ya nos encontramos con elocuentes pasajes que muestran esa íntima relación entre convivencia y alimento.

 

Recordemos la Pascua hebrea, donde familiares y vecinos convivían con extranjeros, suspendiendo temporalmente sus disputas y discrepancias. Juntos comían hierbas amargas, en memoria de los dolores pasados, y panes ázimos, en recuerdo de las prisas del éxodo, ocasión ésta en la que no había ni tiempo para que la masa del trigo fermentara.

 

Por otra parte, Abrahán llegó a ofrecerle pan y una comida con aroma sacrificial a tres misteriosos mensajeros celestiales para que recobraran las fuerzas (cf. Gn 18, 2.5-8). En otro pasaje, un ángel fue en socorro del fatigado e ígneo profeta del Carmelo, Elías, que recuperó sus fuerzas después de haber comido un pan, cocido sobre piedras calientes, que le había preparado el angélico sirviente (cf. 1 R 19, 5-8).

 

Es curioso observar ese sublime intercambio: ángeles alimentados por hombres, hombres por ángeles, y el alimento que sirve de elemento de unión entre naturalezas tan diferentes... ¿Qué decir entonces cuando Dios mismo sirve al hombre con "pan del cielo" (Ex 16, 4), el maná, alimento que revigorizó al pueblo de la alianza durante cuarenta años, a fin de que soportase las dificultades y los horrores de la peregrinación? Sin duda, esos episodios son figuras de la Eucaristía,3 alimento de la nueva alianza, "verdadero Pan del Cielo" (Jn 6, 32), por medio del cual Él se da en alimento a los hombres.

 

Verdadero alimento para el cuerpo y para el alma

 

El Creador estableció que la nutrición fuera el medio de sustento para la vida humana, pero también quiso valerse de él como una imagen de algo muy superior en el plano sobrenatural, la vida de la gracia. Mientras que el alimento material da nuevo vigor al cuerpo, y desempeña un papel fundamental en la vida social, la Eucaristía nutre al alma y es el medio insuperable de convivir, en esta tierra, con el propio Dios y con nuestros hermanos en la fe.

 

La Eucaristía es, como nos enseña Jesús en el Evangelio, un alimento genuino: "Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida" (Jn 6, 55). Por lo tanto, ejercen una acción determinada sobre el que comulga, de forma análoga a lo que ocurre con el alimento corporal. No obstante, es necesario distinguir los efectos de uno y de otro. Cuando alguien se sirve del alimento corporal, éste es transformado por el que lo ingiere y se hace parte integrante del cuerpo de quien lo ha recibido. Como reza el dicho clásico: "El hombre es lo que come"...

 

Así, por ejemplo, si necesitamos vitamina C, buscamos una dieta adecuada, donde no puede faltar la naranja o la acerola; o cuando necesitamos hierro, vamos en busca de alimentos ricos en ese elemento.