Tan sólo un año después de las apariciones de Lourdes, María Santísima hace una maternal advertencia al pueblo estadounidense. Al mensaje de la Madre de Dios le sucedió un terrible castigo.

 


 

Arboles, árboles por todas partes”...1 Ésta fue la primera observación hecha por un misionero canadiense, el padre Peter Pernin, al llegar en 1868 a una vasta, verde y exuberante región del estado de Wisconsin, Estados Unidos. Un siglo después, un historiador local comentaba que sobre aquella inmensa alfombra de árboles ya se podría antever un panorama prometedor: “Era una campiña en transición, de un territorio rústico a lo que se esperaba que fuera un futuro glorioso, industrializado”.2

 

En aquel mundo de mentalidad atea y costumbres en gran
medida contrarias a la Ley de Dios se presenta la Santísima
Virgen para sacudirle su conciencia por medio de
maternales advertencias Imagen que preside el altar mayor
del santuario de Nuestra Señora del Buen Socorro, de
Champion (EE. UU.)

De hecho, allí estaba ubicada la ciudad de Peshtigo, la cual poseía tres elementos suficientes para ser considerada, en aquellos tiempos, como próspera: ferrocarril, telégrafo y la mayor industria maderera del país, con potentes máquinas de vapor. Los leñadores y obreros que trabajaban en ella no brillaban precisamente por la práctica de las buenas costumbres, pero los terratenientes se jactaban de que eran ciudadanos intrépidos y cumplidores de la ley. Y el periódico local ofrecía a sus lectores una entretenida mezcla de noticias y chismes.

 

Maternales advertencias para un mundo en crisis

 

Peshtigo reproducía en miniatura el ambiente que reinaba a escala mundial en la sociedad de esa época: la humanidad pensaba que había encontrado el medio de resolver sus problemas contando únicamente con la ciencia y la tecnología; a finales del siglo XIX la felicidad derivada del progreso parecía que le sonreía a todos los hombres.

 

Y en aquel mundo de mentalidad atea y costumbres en gran medida contrarias a la Ley de Dios se presenta la Santísima Virgen para sacudirle su conciencia por medio de maternales advertencias, hechas en tres apariciones ocurridas en el corto período de veintiocho años: en 1830, en la Rue du Bac, París; en 1846, en La Salette; finalmente, en Lourdes, en 1858. En ellas la Reina del Cielo alertaba a la humanidad de las graves consecuencias de continuar dándole la espalda al Creador.

 

Tan sólo un año después de haberse aparecido en Lourdes, la Virgen María se dirige a sus hijos estadounidenses, en la que sería la primera aparición mariana en aquel país aprobada por la Iglesia Católica.3

 

Una hermosa mujer aparece en el bosque

 

Cuando, a principios de octubre de 1859, Adele Brise, que por entonces contaba con 28 años, salió de su casa, del pueblo de Robinsonville, llevando un costal de trigo al molino, no había nada que indicara que esa humilde inmigrante belga se convertiría muy pronto en portavoz de la Madre de Dios.

 

Por eso no fue minúscula su sorpresa al encontrarse con “una señora toda de blanco que estaba colocada entre dos árboles, uno un arce, el otro un abeto”.4 La visión se desvaneció lentamente, en una nubecilla blanca. Adele contó a sus padres el singular suceso y éstos plantearon la hipótesis de que fuera un alma del Purgatorio necesitada de oraciones.

 

La aparición se repitió el domingo 9 de octubre, cuando se dirigía a la iglesia por el mismo camino, esta vez en compañía de su hermana y de una vecina. Después de Misa, consultó al sacerdote lo que estaba ocurriendo. Éste la tranquilizó explicándole que si aquella mujer fuera una mensajera celestial, Adele volvería a verla y, en ese caso, debía preguntarle: “En nombre de Dios, ¿quién eres y qué quieres de mí?”.

 

En el recorrido de vuelta, al llegar al mismo sitio, Adele vio, elevada un poco del suelo y rodeada de resplandeciente luz, “una hermosa mujer, vestida de un blanco deslumbrante, con una banda amarilla que le rodeaba la cintura. Su vestido le caía hasta los pies con elegantes pliegues. Alrededor de su cabeza tenía una corona de estrellas, y su cabello largo, ondulado y dorado le caía suelto sobre sus hombros”.5

 

Adele se arrodilló y le hizo la pregunta que le sugirió el sacerdote. Y todo su temor se disipó cuando la mujer empezó a hablar: “Soy la Reina del Cielo. Rezo por la conversión de los pecadores y deseo que hagas lo mismo. Has recibido la santa comunión esta mañana, y eso está bien. Pero debes hacer más. Haz una confesión general y ofrece la comunión por la conversión de los pecadores. Si no se convierten y hacen penitencia, mi Hijo se verá obligado a castigarlos”.6

 

“Reúne a los niños y enséñales el catecismo”

 

Sus acompañantes no veían nada, pero Adele les pidió que se arrodillaran. La Virgen se volvió hacia ellas y las miró con bondad, y dijo: “Bienaventurados los que creen sin ver. ¿Qué haces aquí en la ociosidad... mientras tus compañeras trabajan en la viña de mi Hijo?”.7

 

Esta maternal censura de la Santísima Virgen tiene una explicación. En la época de su Primera Comunión, hecha cuando estaba en Bélgica, Adele había prometido, junto con algunas amigas, hacerse religiosa y misionera; cuando su familia decidió emigrar, le pidió a su párroco consejo sobre cómo proceder, y éste le recomendó que obedeciera a sus padres, segura de que, si era la voluntad de Dios, terminaría siendo religiosa en América.

 

—¿Qué más puedo hacer, querida Señora? —le dijo Adele, llorando.

—Reúne a los niños de esta agreste región y enséñales lo que deben saber para su salvación.

—¿Pero cómo voy a enseñarles si yo misma sé tan poco?

—Enséñales el catecismo, a persignarse con la señal de la cruz y a acercarse a los sacramentos. Eso es lo que quiero que hagas. Ve y no temas nada. Yo te ayudaré.

 

Y la Reina del Cielo se marchó, levantando las manos como quien da una bendición.8

 

Blanco de sospechas, calumnias y traiciones

 

Adele se puso enseguida manos a la obra, y así continuó durante treinta y siete años, hasta su muerte. Decidida a cumplir fielmente la misión recibida recorrió increíbles distancias a pie a fin de alcanzar con su apostolado una región tan amplia cuanto posible. Al llegar a algún sitio, además de instruir a los niños en las verdades de la fe, no perdía la ocasión de recordar las palabras de advertencia de la celestial Señora: “Si los pecadores no se convierten y hacen penitencia, mi Hijo se verá obligado a castigarlos”.

 

Al cabo de un tiempo, consiguió formar un pequeño grupo de terciarias franciscanas y, pocos años después de las apariciones, erigió en el lugar una capilla y una escuela.

 

Como suele ocurrir con todas las personas incumbidas de una misión de índole sobrenatural, el celo de Adele despertó admiración, pero también suscitó antipatías e incomprensiones. Fue blanco de sospechas, calumnias y traiciones. “Nuestra querida hermana tuvo que sufrir mucho debido a malentendidos, especialmente por parte del clero”,9 explica su fiel colaboradora, sor Pauline LaPlante; “pero todo eso era para hacerla sentir que esta no es nuestra verdadera Patria, y lo aceptó de buena fe”.10

 

Su integridad de conducta fue decisiva para probar la autenticidad de las visiones. “Adele era siempre obediente a las autoridades de la Iglesia y firme en la misión encomendada. [...] Su carácter personal es uno de los principales factores a favor del reconocimiento de las apariciones”,11 afirma Mons. Ricken.

 

Actitud displicente ante el peligro

 

Normalmente las lluvias eran generosas en el fértil norte de Wisconsin. El año de 1871, no obstante, fue más seco que de costumbre. Un mal presentimiento oprimía las mentes, y sobre la península se cernía una nube de humo procedente de pequeños incendios esporádicos que, a lo largo de dos meses, habían consternado a los habitantes. Sin embargo, a medida que la naturaleza multiplicaba sus señales de advertencias, la población adoptaba una inesperada actitud, descrita por un historiador de este modo: “Cuando el peligro persiste durante bastante tiempo, los hombres aprenden a ignorarlo, o fingen que lo hacen, y esperan que si nadie lo mira de frente, se desaliente y se escabulla”. 12

Aquel domingo, 8 de octubre, pesaba en el ambiente un extraño silencio. Al caer la tarde, el padre Peter Pernin vio cómo se encendía en el horizonte un reflejo carmesí y oyó un prolongado zumbido, como una “extraña y desconocida voz de la naturaleza”. 13 Previendo un desastre inminente, recogió deprisa algunos vasos sagrados para enterrarlos.

 

Al verlo cavando en el jardín, algunas muchachas se divertían a costa suya, disimulando malamente sus risas en medio de una cena cuyos ruidos festivos el sacerdote oía a distancia. Doscientos trabajadores ferroviarios, que habían llegado embriagados aquella mañana, contaminaban el aire con sus blasfemias.

 

“¡Mira, mamá, está nevando fuego!”

 

La catástrofe se desencadenó con inusitada furia: “Una giratoria losa de fuego bajó del cielo oscuro”,14 declaró un testigo. Otra superviviente, que tenía 5 años en esa época, recuerda haber gritado: “¡Mira, mamá, está nevando fuego!”.15 De hecho, éste caía en láminas ardientes sobre la copa seca de los árboles.

 

El padre Pernin tuvo que luchar contra una fuerte ventolera para llegar hasta el Santísimo Sacramento. Cogió el sagrario, lo colocó en su carreta y se marchó a toda prisa en dirección al río Peshtigo.

 

En su libro The Finger of God is There! (El dedo de Dios está ahí) describe el ambiente que se vivía en la calle: “La gente parecía aturdida por el terror. Se empujaban sin intercambiar miradas, palabras o consejos. [...], sólo la naturaleza alzaba su voz y hablaba. [...] Todos nos apresurábamos a ciegas hacia nuestro destino”.16

 

Varios testigos afirmaron haber visto un fenómeno extraño: grandes objetos, en forma de globo, giraban vertiginosamente en el aire antes de explotar en puntos que parecían ser blancos predeterminados, provocando una destrucción instantánea.

 

Ante el intento de explicar el origen de la inusual tempestad ígnea, algunos opinan que se debió a la fragmentación del cometa Biela. El hecho concreto es que hasta hoy la ciencia se ha revelado incapaz de esclarecer satisfactoriamente muchos aspectos del mencionado fenómeno.

 

Recuperación milagrosa del sagrario

 

A duras penas, el padre Pernin llegó al río. Después de empujar su carreta hacia dentro, saltó él mismo a las gélidas aguas, donde numerosas personas se debatían contra las llamas que lamían los bordes de la superficie líquida. ¡Larga y terrible noche! Solamente a las tres y media de la madrugada los supervivientes pudieron salir del río y cayeron exhaustos en sus márgenes.

 

El amanecer reveló una escena desoladora: hombres y animales reducidos a cenizas; casas y árboles arrasados; los raíles del ferrocarril retorcidos en formas grotescas. Hundiendo su bastón en una cavidad antes rellenada por la raíz de un árbol, el padre Pernin constató que el fuego había consumido hasta sus más profundas extremidades. De repente, en medio de los más sombríos pensamientos, se oyó una voz exultante:17

 

—Padre, ¿sabe lo que le ha sucedido a su sagrario?

— No. ¿El qué?

—¡Venga deprisa y véalo! ¡Es un gran milagro!

 

El ministro de Dios se dirigió corriendo hasta el río y se encontró con una maravilla: la carreta se había volcado, pero el sagrario estaba intacto sobre un tronco que flotaba en el agua. Incluso el tejido de seda de su interior se mantenía limpio y seco. Abrió el copón y constató que la hostia consagrada se había preservado perfectamente.

 

Reunidos con la Hna. Adele junto al sagrario

 

El fuego había saltado al otro lado de la bahía y avanzaba rápidamente rumbo al pueblo de Robinsonville, cerca del lugar donde sucedieron las apariciones. Al verificar que todo a su alrededor estaba en llamas, los habitantes huyeron hacia la capilla donde la Hna. Adele se encontraba. Hasta los animalitos del bosque descubrieron instintivamente hacia donde correr...

 

La religiosa puso orden enseguida y organizó una procesión en el perí- metro del terreno, llevando una ima- gen de la Virgen y rezando el Rosario, pero forzados por el humo, el calor y el viento, tuvieron que refugiarse to- dos en el interior de la capilla, donde se comprimían en torno al sagrario y suplicaban misericordia, recordando a la Virgen Santísima su promesa de ayudarlos.

 

Cuando llegó la aurora, el viento cambió de dirección y cayó una salva- dora lluvia. Aquel día se conmemora- ba el décimo segundo aniversario de las apariciones.

 

La catástrofe destruyó cerca de 4900 kilómetros cuadrados de área forestal en Wisconsin. Arrasó doce pueblos. Sólo en Peshtigo, segó cerca de 1500 vidas. Pero en el lugar de las apariciones todo fue salvado: capilla, escuela y convento.

 

Mucho se conmovió el padre Per- nin al ver cómo el fuego había respe- tado aquel recinto que la presencia de la Virgen María había hecho sagrado y que “ahora destacaba como una isla de esmeralda en un mar de cenizas”.18

 

* * *

 

En 1859, la Virgen había advertido: “Si no se convierten y hacen peni- tencia, mi Hijo se verá obligado a cas- tigarlos”. Doce años después, el más pavoroso incendio de la historia esta- dounidense devastaba la región. Hoy, Ella nos invita nuevamente, en el aniversario de las apariciones de Fátima, a que no ofendamos más “a Dios nuestro Señor, que ya está muy ofendido”.19 Y nos promete, en con- trapartida, conducirnos muy pronto a la época más feliz y más luminosa de la Historia: ¡el Reino de María!

 


 

1 PERNIN, Peter. The Finger of God is There! Montreal: John Lovell, 1874, p. 11.

2 WELLS, Robert W. Embers of October. Peshtigo: Peshtigo Historical Society, 1995, p. 6.

3 El decreto de aprobación fue firmado el 8 de diciembre de 2010 por Mons. David L. Ricken, obispo de Green Bay, diócesis donde sucedieron las apariciones.

4 DOMINICA, OSF, M. The Chapel: Our Lady of Good Help. De Pere (WI): Journal Publishing, 1955, p. 7.

5 Ídem, p. 8.

6 Ídem, ibídem.

7 Ídem, p. 9.

8 Cf. Ídem, ibídem.

9 LAPLANTE, OSM, Pauline, apud KELLY, Brian. First Approved Marian Apparition in the US: http://catholicism.org.

10 Ídem, ibídem.

11 RICKEN, David Laurin. Decree on the Authenticity of the Apparitions of 1859 at the Shrine of Our Lady of Good Help. Diocese of Green Bay. Wisconsin, /10/2010.

12 WELLS, op. cit., p. 35.

13 PERNIN, op. cit., p. 34.

14 WELLS, op. cit., p. 107.

15 Cf. Ídem, p. 236.

16 PERNIN, op. cit., p. 41.

17 Cf. Ídem, pp. 74-75.

18 Ídem, p. 100.

19 SOR LUCÍA. Memórias I.Quarta Memória, c. II, n.º 8.

13.ª ed. Fátima: Secretariadodos Pastorinhos, 2007, p. 181.