Nadie sabe bien exactamente lo que representó la gracia de Pentecostés para la Historia y el mundo. Algunos efectos quedaron manifiestos, pero, como ocurre en todo lo que respecta a los misterios de la gracia, es muy poco en comparación con lo que realmente sucedió.

 

En el centro del misterio de la venida del Espíritu Santo se encuentran los Apóstoles, reunidos en torno a la excelsa presencia de María Santísima. Allí estaba el corazón de la Iglesia, recién fundada, que habría de extenderse por el orbe entero, con todas las dádivas espirituales que el Señor había comprado para ella desde lo alto de la cruz. Ese corazón es el clero, instaurado en la Última Cena, el cual recibió el poder de multiplicarse indefinidamente mediante el sacramento del Orden.

 

Desde aquel momento, esos primeros ministros de Cristo se lanzaron a la conquista de las almas, movidos por el fuego y el soplo del Espíritu Santo que habían recibido, algunos de cuyos efectos encontramos en las gloriosas páginas de los Hechos de los Apóstoles. Los resultados no se hicieron esperar, pues siempre que el hombre se entrega en las manos de Dios para cumplir con sumisión y generosidad sus designios, florecen innumerables maravillas por toda la tierra.

 

En cierto momento, llegó el tiempo en que, según las palabras de León XIII, “la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados”. En el auge de la Edad Media, las vidas santas proliferaron por todas partes. Los milagros se multiplicaron. Las curaciones de enfermedades también, como signo palpable de curaciones mucho más difíciles y valiosas: las conversiones. Y en el centro de todas esas maravillas estaba el clero: sacerdotes santos, obispos santos, Papas santos. Infelizmente, no se puede afirmar que el rasgo característico del clero haya sido siempre la santidad. Ésta comporta grados, y como todo lo que es bueno, si no se encamina a lo excelente, empieza a diluirse: se vuelve correcto y después mediocre. Con ocasión del Renacimiento ocurre una inflexión global en materia de santidad y todo empieza a decaer. Al ser la Iglesia el centro de la Historia y el clero el corazón de la Iglesia, éste estaba, una vez más, en el centro de los acontecimientos.

 

A causa de este proceso, el mundo se ve asolado desde hace varios siglos por una crisis que lo asume por entero. En lugar de multiplicarse los ejemplos de santidad, proliferan los escándalos, dados muchas veces también por clérigos. Esta espiral continúa hasta hoy, alcanzando un paroxismo difícilmente imaginable. Si miramos atrás, desde Pentecostés hasta hoy, podemos preguntarnos: ¿hacia dónde va el clero? Y ¿dónde está el clero santo de antaño, que santificaba el mundo?

 

Mirando a nuestro alrededor, ninguna solución aparece en el horizonte. Incluso porque la solución no viene de los hombres. Institución divina, de origen divino, vehículo de dones divinos, viviendo de la divina vida de la gracia, el clero nació, se desarrolló y se perpetúa por exclusivo efecto de la fuerza de Dios mismo, porque ninguna institución humana habría resistido a tantas adversidades. Por lo tanto, cuando Jesús así lo determine, surgirá el clero santo que renovará todas las cosas.