- EVANGELIO -

 

Inmediatamente después Jesús obligó a los discípulos a que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Una vez que la despidió, subió al monte para orar a solas. Y al anochecer todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenía el viento en contra. A la cuarta vigilia de la noche fue hacia ellos caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron y decían: “Es un fantasma”; y por causa del miedo se pusieron a gritar. Pero en seguida Jesús les dijo: “Tened confianza. Soy yo, no tengáis miedo”. Pedro entonces le respondió: “Señor, si eres tú, mándame que vaya hacia ti sobre las aguas”. Él le dijo: “Ven”. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre las aguas hacia Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se asustó y, al empezar a hundirse, gritó: “¡Señor, sálvame!” Al instante le tendió Jesús la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?” Y subiendo a la barca, se calmó el viento. Los que estaban en ella le adoraron, diciendo: “Verdaderamente tú eres Hijo de Dios” (Mt 14, 22-33).

 


 

Comentario al Evangelio – 19º Domingo del Tiempo Ordinario - ¿Hasta dónde debe llegar nuestra fe?

 

La barca con los Apóstoles es sacudida por la tempestad: podría ser la imagen de la Iglesia luchando en los mares de este mundo, en plena noche, queriendo desembarcar en las riberas del Reino Eterno.

 


 

I – La multitud quería proclamarlo rey

 

¡Aquí está el gran profeta, el esperado de los siglos! ¡Aquí está el anunciado por Moisés! ¡Aquí está el hijo de David!” En medio de gritos y aclamaciones similares, el triunfo de Jesús parecía estar realizándose en Galilea. San Juan es el único evangelista que relata, de manera sintética pero muy expresiva, la fuerte impresión producida por la multiplicación de los panes y los peces en la multitud que se benefició con ella, tal como pudimos contemplar el domingo anterior, 18º de Tiempo Ordinario.

 

Los que atestiguaron el milagro, además de agradecer mucho los alimentos, se sintieron impactados psicológicamente con el poder de Jesús de Nazaret. Por tanto, estaban convencidos de que realmente era el Profeta que debía venir al mundo.

 

Sin embargo, la realidad era distinta cuando se la miraba desde los ojos del Divino Maestro. Lo que parecía el mayor éxito de su vida era, en la práctica, el mayor peligro que podía correr su Obra. Por eso, empleó su fuerza y sabiduría divinas para encauzar ese entusiasmo espontáneo y efervescente.

 

Concepciones erróneas del mesianismo

 

Todos estaban persuadidos de tener frente a sí al Mesías tan comentado y anhelado. ¡Sin duda tenían razón! Jesús era el predicho por los Profetas, el esperado por los Patriarcas y Reyes, el prometido por Dios a Adán y Eva en el Paraíso Terrestre. Era el Salvador, pero no correspondía a la figura imaginado por el Pueblo Elegido con el curso del tiempo. No era un líder político nacionalista, terrestre y carnal, sino el Mesías, al mismo tiempo hombre y Dios, celestial y espiritual.

 

Él mismo le dirá a Pilatos que su Reino no pertenece a este mundo y, por ello, no guarda nada en común con los demás reinos tan disputados y ambicionados por una opinión pública obnubilada.

 

Llevado por este equívoco el pueblo, excitado en extremo, deseaba apoderarse de Nuestro Señor Jesucristo y proclamarlo inmediatamente rey de Israel, aunque eso fuera contrario a su Divina Voluntad.

 

A esas alturas de la vida pública de Nuestro Señor –estamos en el capítulo catorce de san Mateo, que corresponde al seis de san Juan– nada permitía acariciar esa infundada ambición del pueblo, ni las ideas quiméricas de los doctores de la ley, fariseos, sacerdotes, etc. Pero unos y otros no quisieron comprender, ni ver ni intuir las líneas generales trazadas por el Divino Maestro sobre la Buena Noticia que venía a traer. Pocos oyentes se percataron, y aun así de manera insuficiente, de las bellezas traídas por el Salvador.

 

Tales concepciones erróneas del mesianismo, fermentadas a lo largo de los siglos en la médula del pueblo elegido, causaron una incompatibilidad entre las muchedumbres y el Divino Maestro, profundizando a cada paso el abismo que separaba a aquéllas del Evangelio. Será a partir de este punto cuando muchos discípulos lo abandonarán, puesto que semejantes pensamientos, aunque con menos cuerpo y aristas, anidaban en el espíritu de los propios Apóstoles.

Problema casi insoluble para la inteligencia humana

 

La multitud, incomparablemente más dinámica que ellos y cegada en sus ideas fijas, no lograba llegar a la altura de la doctrina que predicaba Nuestro Señor acerca del verdadero reino mesiánico, ni quería abandonar tampoco sus preconceptos distorsionados sobre la figura del Mesías.

 

Esos hombres veían en Jesús al jefe que los llevaría a la conquista del poder en base a milagros portentosos y, alucinados con los aspectos sobrehumanos de la multiplicación de los panes y peces, pensaban en llevarse al Señor a Jerusalén para proclamarlo rey.

 

Momento de gran perplejidad y suspenso: ¿qué hacer? Para una inteligencia puramente humana la situación era intrincada, confusa y casi insoluble. Sabemos lo terribles que son las agitaciones populares cuando llegan al paroxismo: involucran a las personalidades más fuertes y captan incluso a los más hábiles, muchas veces con decisiones impensadas, fruto del puro impulso. Sin embargo, todo esto representa para Jesús un problema de facilísima solución.

 

Incipiente revolución deshecha de un solo golpe

 

Inmediatamente después Jesús obligó a los discípulos a que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

 

Si Jesús hubiera permanecido en medio de la multitud junto a sus discípulos, éstos probablemente se habrían dejado influir por la exaltación generalizada, porque compartían el mismo sueño de liberación del yugo romano y conquista del mundo entero.

 

Si, por otra parte, Cristo se marchaba con sus discípulos a otras comarcas, la fiebre de las turbas no haría más que aumentar, y podría estallar una súbita revolución en la propia Galilea. La Historia enseña cómo esos movimientos desatan a veces verdaderos incendios cuyas llamaradas lo devoran todo.

 

Jesús comprobó que la idea de un triunfo político-social se había apoderado de la multitud. No había quien pudiera desengañarla de una glorificación humana del Divino Maestro.

 

Estaba convencida de que proclamarlo rey traería como consecuencia la fundación brillante del esperado reino terreno.

 

Frente al delirio popular, la primera preocupación de Jesús fue salvar a sus discípulos, y así procedió sin perder un segundo: “Obligó a los discípulos a que subieran a la barca” . Comenta el P. Manuel Tuya, o.p.: “Era esto deshacer de un golpe toda aquella incipiente revolución pseudo mesiánica” 1

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Aquellos que fueron testigos del milagro se quedaron impactados psicológicamente por el poder de 
Jesús de Nazaret.

Jesús procura robustecer la fe de los discípulos

 

Mirando otro aspecto de la postura asumida por el Divino Maestro, san Juan Crisóstomo analiza lo ocurrido bajo el prisma de la vida espiritual y la formación moral de sus Apóstoles: “Queriendo el Señor darles la oportunidad de un detenido examen de lo que había sucedido, mandó se separasen de Él todos los que habían presenciado el milagro y recibido como prueba los cestos de las sobras; porque podía parecer que Él, estando presente, los había hecho imaginar una cosa que, en realidad, no se verificó, pero, estando Él ausente, era imposible explicar el milagro de esta manera” 2

 

Teofilacto comulga con la misma opinión, y es muy probable que la intención del Divino Maestro haya sido robustecer mejor la fe de los discípulos; pero nunca hay una sola razón para explicar los gestos, actitudes y palabras de Jesús. Por eso Mateo y Juan ofrecen distintas razones para explicar la partida de los Apóstoles rumbo a la otra orilla. 3

 

Dominio sobre la multitud

 

Sobre este pasaje, san Juan Crisóstomo, en sus homilías 50 y 51, hilvana reflexiones que benefician nuestra vida espiritual: “Es necesario tener presente que cuando obra el Señor cosas grandes, despacha a las turbas, dándonos a entender que jamás debemos buscar el aplauso popular, ni hacer que nos siga la multitud”. 4

 

Jesús, con su poder humano-divino, atraía y dominaba a la multitud, pero nunca le permitía el menor emprise sobre Él. En esos tiempos de frecuentes revueltas y desórdenes, las turbas estaban habituadas a aclamar como salvadores de la patria a tales o cuales pseudo-héroes; algo que con Jesús nunca conseguirían, porque Él estaba determinado a cumplir la voluntad del Padre. La norma, no sólo para Él sino para todos sus discípulos a lo largo de los siglos, será siempre la de escapar de quienes busquen perjudicar o desviar el llamado de Dios.

 

Oración en lo alto del monte

 

Una vez que la despidió, subió al monte para orar a solas. Y al anochecer todavía estaba allí, solo.

 

En qué habrá consistido la oración de Jesús en las alturas del monte, sigue siendo un misterio. Su alma se encontraba en la Visión Beatífica y, por ende, tenía una noción clara respecto de los designios de Dios. Como Segunda Persona de la Santísima Trinidad, su conocimiento divino es eterno; además, su conocimiento experimental humano se desarrollaba a cada momento.

 

No cabe duda alguna que esta oración fue fervorosa y perfecta, hecha de acciones de gracias, alabanzas, adoración y también súplicas fuertes y definidas. A través de estas oraciones Cristo ejercía su misión como Pontífice Supremo, Sacerdote del Altísimo.

 

¿Qué habrá pedido? Lagrange propone una interesante conjetura: “Siendo el milagro de los panes un símbolo de la Eucaristía, ¿no podría creerse que en esta ocasión Jesús haya pedido a su Padre que concediera esta gracia a su Iglesia, agradeciéndole de antemano a nombre nuestro por este beneficio?” 5

 

II – Omnipotencia de Jesús sobre su propio Cuerpo

Las circunstancias del milagro

 

La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenía el viento en contra. A la cuarta vigilia de la noche fue hacia ellos caminando sobre el mar.

 

Mientras Jesús desaparecía en medio de la noche, inmerso en sus oraciones en lo alto de la montaña, la barca se encontraba a mitad del mar.

 

La atmósfera estaba agitada y el viento oeste se convertía en una tempestad terrible. Olas enormes, además del viento contrario, hacían inútiles los esfuerzos de los remos. Al Mar de Tiberíades se lo conoce por esos cambios impredecibles que dejan a los remeros exhaustos y abatidos. Pero Jesús, aunque humanamente hablando estuviera lejos, los acompañaba con su poder divino a cada momento.

 

Veía la gran dificultad en que se hallaban.

 

En la cuarta vigilia, o sea, pasadas las tres de la madrugada 6, caminó sobre las aguas y llegó cerca de la embarcación.

 

¿Asumió la agilidad característica del cuerpo glorioso, o hizo un milagro? Lo cierto es que Jesús atravesó la distancia entre la altura del monte y el medio del lago con total facilidad.

 

Como observa Lagrange, Marcos afirma que Jesús los veía a lo lejos, si bien Mateo no diga nada al respecto. 8Maldonado, a su vez, basándose en san Cirilo de Alejandría y Leoncio, hace consideraciones muy interesantes sobre la oportunidad elegida por el Maestro: “Jesucristo esperó triple circunstancia para hacer el milagro: que los discípulos estuviesen en medio del mar, donde no podían esperar auxilio de ninguna parte; que el viento les fuese contrario y la barca se viese combatida de grandes olas, y que llegase la última vigilia de la noche, para que los navegantes probaran su fe y paciencia y conociesen la necesidad de un milagro”. 9

 

Conservar la calma en la tempestad

 

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No cabe duda alguna que la oración de Jesús en el alto del monte fue fervorosa y perfecta.

Podemos sacar una buena lección de este acontecimiento para las fases de prueba y tentación que atravesamos a menudo. Con la tempestad llega la idea de que vamos a perecer muy pronto; más aún cuando, como muchas veces ocurre, no hemos previsto siquiera la tormenta que llega de repente. Fue lo que les pasó a los Apóstoles. ¿Cuál pudo imaginar que, embarcándose por orden expresa de Jesús, iban a encontrar un mar tan borrascoso y fiero?

 

¿Nos deparamos con vientos contrarios e impetuosos? Sepamos conservar la calma. Jesús está siempre presente, aunque de manera imperceptible, y de un momento a otro se dejará ver por nosotros.

 

Este episodio nos muestra además que el pensamiento de Dios no es tan sólo infinitamente superior al nuestro, sino también distinto. Si hubiéramos visto el terrible esfuerzo de los discípulos, remando contra el oleaje entre la angustia y el peligro, y la inutilidad de su empeño, trataríamos de ayudarlos de inmediato. Dios, sin embargo, simuló estar ausente para hacer brillar su poder y gloria, fortalecerlos en la fe, concederles más méritos y premiarlos, por fin, con consuelos indescriptibles.

 

También así es llevada la Iglesia por su Divino Fundador: exponiéndola a toda clase de persecuciones y tragedias, y sacando de cada una de estas situaciones una victoria, cuando no pocas veces el triunfo.

 

“Es un fantasma”

 

Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron y decían: “Es un fantasma”; y por causa del miedo se pusieron a gritar. Pero en seguida Jesús les dijo: “Tened confianza. Soy yo, no tengáis miedo”.

 

Volvamos a la situación de los discípulos en medio del mar, luchando denodadamente contra la tempestad.

 

“El cuarto Evangelista, hombre de mar como todos ellos, puntualiza el camino hecho por la barca hasta la madrugada: ‘Y después que había navegado como veinticinco o treinta estadios' (4,5 a 5,5 kilómetros de camino, probablemente no en línea recta, para salvar los golpes de mar, cuyo ancho allí era de 60 estadios = 11 kilómetros) ‘ven a Jesús caminando sobre el mar y que se acercaba a la barca' [Jn 6, 19] ”. 10

 

Había mitos y supersticiones comunes a los pescadores de ese tiempo sobre fantasmas marítimos 11, que explican la reacción descrita por san Mateo desde el momento en que los discípulos avistaron un bulto humano en la penumbra de la noche. Al comienzo se les apareció caminando en paralelo al costado de la barca; cuando vieron que se les acercaba, irrumpieron en gritos.

 

Jesús sintió compasión por su debilidad e inmediatamente les dijo que tuvieran confianza, declarando su identidad. ¡Cuántas veces no sufren las mismas impresiones las almas de personas que empiezan a convertirse, a salir de las tinieblas del pecado y la infidelidad, quizás hasta de una vida tibia y mundana! La luz que todavía no se ha fortalecido ante sus ojos, no les permite distinguir clarísimamente todos los objetos. Se asustan con facilidad y se imaginan fantasmas en todas partes… Basta que dichas almas se coloquen en estado de paz y confianza para que oigan a Jesús que les dice: “Tened confianza. Soy yo, no tengáis miedo” .

 

Del pánico al entusiasmo

 

Pedro entonces le respondió: “Señor, si eres tú, mándame que vaya hacia ti sobre las aguas”.

 

La pintoresca escena que se desarrolla a continuación solamente la relata Mateo. Pedro, siempre lleno de ardor y casi nunca midiendo las consecuencias de sus peticiones y actos, al escuchar la voz de su Maestro pasó del pánico al entusiasmo y pidió a Nuestro Señor que le mandara ir a su encuentro, caminando sobre las aguas. Conocía bien el poder de Jesucristo y sabía que una palabra suya sería suficiente para obrar el prodigio. Su deseo era reunirse con el Señor aunque fuera a nado.

 

No buscaba el milagro, sino estar muy cerca del Maestro que tanto amaba.

 

Además, era muy posible que no estuviera ajeno a sus intenciones verificar que se trataba positivamente del Maestro y no de un fantasma.

 

San Juan Crisóstomo, con sus luces particulares, comenta así la fe de san Pedro: “Mirad cuán grande es su fervor, cuán grande es su fe.

 

No dijo: ruega, suplica, sino manda ; porque no solamente creyó que podía Cristo andar sobre las aguas, sino también hacer que otros anduviesen; y deseó vivamente ir a Él, no para que hiciera ostentación de este prodigio, sino por el grande amor que tenía a Jesús. Porque no dijo: ‘mándame andar sobre las aguas', sino ‘mándame ir a ti'”. 12

 

A su vez el P. Manuel de Tuya pone de relieve en este episodio el impetuoso amor del Apóstol: “Al miedo sigue la confianza; al temor de un maligno fantasma, sigue la confianza en su Maestro. No es lo espectacular de ir sobre las aguas lo que pide; lo que ruega con amor y como garantía es ‘ir a ti'. ¿Por qué no aguardar a ir con todos en la barca? ¿Por qué aquel ímpetu suyo? ¡Pedro! Es el Pedro de siempre.

 

El del ímpetu, el del amor y el de la flaqueza” 13

 

“¡Señor, sálvame!”

 

Él le dijo: “Ven”. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre las aguas hacia Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se asustó y, al empezar a hundirse, gritó: “¡Señor, sálvame!”

 

Al escuchar la orden de Jesús, “ven”, Pedro salta de la barca lleno de alegría y empieza a caminar sobre las aguas en pos del Maestro. Pero la tempestad es una a bordo de la barca; fuera de ella, sin su protección, es más violenta. El discípulo deja de mirar al Maestro y pone atención en la furia de las olas. Aquella fe inicial y espontánea disminuye, cediendo nuevamente el lugar al miedo, esta vez basado con fuerza en el instinto de conservación. Debilitada su confianza, el mar perdió solidez bajo sus pies.

 

Tal es nuestra historia: a lo largo de nuestra peregrinación rumbo al Reino eterno siempre, más temprano que tarde, disminuye nuestro fervor; hay veces en que su sensibilidad llega a grado cero. Así se prueba en nuestra fe. ¡Ay de nosotros si en tales circunstancias olvidáramos que todo lo bueno que tenemos proviene de Dios! Si a la primera tentación perdemos el entusiasmo y la confianza, terminaremos sintiendo que la ley de gravedad cobra el peso de nuestra miseria: pereceremos infaliblemente. En ese momento la única solución que tendremos será imitar a san Pedro, gritando: “¡Señor, sálvame!” San Pedro sabía muy bien que su gran experiencia de navegación era inútil en medio de aquella borrasca.

 

Sus aptitudes como nadador le servirían de poco o nada para regresar al barco. Nuevamente surgen las características propias de un alma tan expresiva y manifestativa. Lleno de fe, generoso, arrojado y hasta imprudente, fácilmente pasa del mayor fervor al temor más declarado.

 

No falta el auxilio de Dios, sino nuestra fe

 

Al instante le tendió Jesús la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”

 

San Juan Crisóstomo se destaca una vez más entre otros comentaristas al enfocar este versículo con las siguientes palabras: “No mandó el Señor a los vientos que se calmasen, sino que extendió su mano y asió a Pedro, porque era necesario que tuviese fe. Cuando nos falta a nosotros lo que es propiamente nuestro, lo que es de Dios jamás falta: y para manifestarle que no era el furor del viento, sino su poca fe lo que le hacía temer por su vida, le dice: ‘Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?'” 14

 

San Agustín extrae una hermosa lección espiritual de este acontecimiento: “Cada uno tiene su tempestad en la pasión que le domina.

 

¿Amas a Dios?, andas sobre las aguas y tienes a tus pies el temor del mundo. ¿Amas al mundo?, él te sumergirá; pero cuando tu corazón esté agitado por el placer, invoca la divinidad de Cristo, a fin de vencer las pasiones” 15

 

El famoso Maldonado saca a relucir otros comentarios de grandes doctores acerca de este pasaje: “Es dudoso por qué Cristo permitió que se hundiese o que temiera su apóstol. Dicen Crisóstomo y Teofilacto que fue para que no se ensoberbeciese con tan grande milagro; y Jerónimo escribe estas palabras: ‘Ardía en el alma la fe, pero la humana fragilidad le arrastraba al fondo. Se le consiente algo a la tentación para que se aumente la fe y entienda Pedro que es conservado no por la facilidad de la petición, sino por la potencia del Señor' ”. 16

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Los discípulos adoran al Hijo de Dios

 

Y subiendo a la barca, se calmó el viento. Los que estaban en ella le adoraron, diciendo: “Verdaderamente tú eres Hijo de Dios”.

 

Jesús podría haber terminado su viaje así, sosteniendo a san Pedro y caminando los dos encima de las aguas. Pero, con su insuperable paternidad, atendió el deseo de los que se encontraban en la barca y decidió subir a la misma.

 

Apenas el Divino Maestro abordó la embarcación en compañía de san Pedro, el mar se calmó completamente, y según cuenta otro evangelista, llegaron a puerto poco tiempo después. Los grandes esfuerzos empleados durante toda la noche no los habían llevado sino hasta la mitad del mar, pero bastó con que Jesús subiera a la barca para que ésta llegara a la orilla “al instante” (Jn 6, 21).

 

El espíritu de los discípulos era limitado, como el de sus compatriotas.

 

Sus corazones todavía estaban ciegos, al punto de no sacar todas las consecuencias sobrenaturales, basándose en la fe, de los hechos que iban sucediéndose en la vida pública de Nuestro Señor, o de la misma multiplicación de los panes y los peces.

 

Así, cada milagro los tomaba por sorpresa y los dejaba estupefactos.

 

Aquí hay, ciertamente, un paralelo con quienes se guían más por los sentidos y la imaginación que por la fe y la razón. Solamente ahora, luego de todas esas realizaciones que brotan de manos del Salvador, ellos se postran y lo adoran, alabándolo en su Filiación Eterna y su Divinidad.

 

Maldonado llega a la siguiente conclusión acerca de este episodio: “Cinco milagros, pues, se realizaron en un solo punto. Cristo, según mi opinión, fue por los aires al encuentro de los apóstoles, anduvo sobre el mar, hizo que Pedro también anduviese, dominó la tempestad y el viento, y la nave, en el punto en que subió a ella, tocó tierra” 17

 

Todos esos milagros que enumera Maldonado muestran —al revés de esa realeza terrestre despreciada y evitada por el Salvador a fin de preservar su verdadera vocación mesiánica— cómo el Padre concede a Jesús una soberanía divina. Él sabrá aprovecharlos como medio para arrancar a sus discípulos de la vía, completamente mundana, de la seducción del poder, para en cambio hacerlos testigos de la auténtica gloria del Reino.

 

III – El invencible auxilio de Jesús

 

Al dar de comer a esa muchedumbre a partir de un número tan diminuto de panes y peces, Cristo demostró su poder sobre el alimento, hecho comprobado ya en las bodas de Caná. Bajando del monte, después de pasar la noche en oración, reveló su dominio sobre las aguas, los vientos y las olas agitadas. Al emplear estos mismos elementos para ir a la búsqueda de sus discípulos, manifestó además que su omnipotencia se aplica a su Sagrado Cuerpo. Con ello, la sensibilidad de sus testigos quedaba preparada para la próxima revelación de la Eucaristía.

 

La barca, por otro lado, sacudida por la tempestad y transportando a su Apóstoles, podría ser la justa imagen de la Iglesia luchando en los mares de este mundo, en plena noche, queriendo desembarcar en las riberas del Reino Eterno. Ella es invencible, erigida en esa solidez por su Fundador, y por eso resiste a todas las fuerzas que se alzan en su contra.

 

Jesús está a solas, en la montaña de Dios, rezando. En los momentos más críticos, surge en auxilio de la humana debilidad de los suyos. Nada será obstáculo para quienes piden su amparo; sólo se trata de saber qué pedir. Quien se deja avasallar por el temor a los riesgos y amenazas, confiando más en sus propias fuerzas que en Jesucristo, será derrotado.

 

Si por el contrario se arma con robusta e inquebrantable fe, lo podrá todo.

 

A pesar de los pesares, si uno cerca de Jesús siente la impotencia de su propia naturaleza, bastará un grito de auxilio para que Él le alargue la mano y lo lleve a la barca. Cuando suba a ésta, los elementos se calmarán por su simple presencia, y habrá llegado a las playas de la Eternidad.

 

Al desembarcar, se entenderá con inmenso consuelo el papel de Aquella que en cierto momento recomendó: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5).

 

No le faltó sabiduría ni acierto a san Hilario cuando concluyó: “Y cuando venga el Señor, encontrará cansada a su Iglesia, y rodeada de los males que levantarán el Anticristo y el espíritu del mundo. Y las costumbres del Anticristo empujarán a los fieles hacia todo género de tentaciones, tendrán miedo hasta de la venida de Cristo por el temor que les infundirá el Anticristo con las falsas imágenes y fantasmas que les pondrá a la vista; pero el Señor, que es tan bueno, aleja de ellos ese temor, diciendo: ‘Soy yo', y rechaza con la fe en su venida el inminente peligro” 18

 

1 TUYA, o.p., P. Manuel de – “Biblia Comentada. II Evangelios”. Madrid, BAC, 1964, pág. 343. 
2 AQUINO, Sto. Tomás de – “Catena Áurea”. 
3 MALDONADO, s.j., P. Juan de – “Comentarios a los cuatro Evangelios – I Evangelio de San Mateo” . Madrid, BAC, 1950, pp. 536-537. 
4 AQUINO, Op. cit. 
5 LAGRANGE, P. M.J. – “Évangile selon Saint Matthieu”. 7ª ed. Paris, J. Gabalda et Cie. Éditeurs, 1948, pág. 293. 
6 De acuerdo a la división del tiempo creada por los romanos y adoptada por los judíos, la noche empezaba a las seis horas de la tarde y se dividía en cuatro vigilias de tres horas cada una: la primera de las seis a las nueve, y así sucesivamente, siendo la última desde las tres a las seis de la mañana. Por tanto, al término de la noche, los Apóstoles estaban todavía a la mitad de una travesía que podría hacerse en dos horas, a lo sumo tres. 
7 AQUINO, Sto. Tomás de – “Suma Teológica” , Supl. Q. 84, a.1. 
8 LAGRANGE, Op. cit. pág. 294. 
9 MALDONADO, Op. cit. pág. 538. 
10 GOMÁ Y TOMÁS, Mons. Isidro – “El Evangelio explicado” . Barcelona, Ediciones Acervo, 1966, pág. 672. 
11 MALDONADO, Op.cit. pág. 540. 
12 Apud AQUINO – “Catena Áurea”. 
13 TUYA, Op.cit. pág. 345. 
14 Apud AQUINO – “Catena Áurea” 
15 AGUSTÍN, San – “De verb. Dom.” , serm. 13 y 14. 
16 MALDONADO, Op. cit. pág. 542. 
17 Idem, ibídem, pág. 543. 
18 Apud AQUINO – “Catena Áurea”.