EVANGELIO

 

En aquel tiempo, Jesús se manifestó a los Once, 15 y les dijo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la Creación. 16 El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. 17 A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, 18 cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos”. 19 Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al Cielo y se sentó a la derecha de Dios. 20 Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban (Mc 16, 15-20).

 


 

Comentario al Evangelio Solemnidad de la Ascensión del Señor - Subiremos al Cielo en virtud  de la Ascensión

 

 

La Ascensión de Jesús nos da la certeza de que tendremos el mismo destino si seguimos el mandato que nos dio en aquel día.

 


 

I – LA MISIÓN DE TRANSMITIR LO INTRASMISIBLE...

 

La conversión de San Pablo, por Vicente Macip Catedral de Valencia (España)

El Papa San Pío X, incluso en medio de las innumerables ocupaciones inherentes a su condición de Pastor universal de la Santa Iglesia, dedicaba un tiempo todas las semanas para dar clases de catecismo a los niños de las parroquias de Roma que se estaban preparando para hacer la Primera Comunión, en las cuales también participaban incontables fieles.1 Y decía algo impresionante: para catequizar una hora se necesitan dos de estudio. De forma análoga, un buen predicador, responsable de dirigir unos ejercicios espirituales de cinco días, ha de emplear cerca de quince para organizarlos, seleccionar el material adecuado y adaptarse a la psicología del público, con el fin de obtener los frutos deseados. Idéntico proceso es aplicable a profesores, conferencistas y a todos los que tienen la misión de enseñar, dado que el principio general es invariable: siempre que nos corresponda formar a otros, deberemos aprender mucho más de lo que vayamos a transmitir y empaparnos de su contenido.

 

Es lo que sucedió con los Apóstoles: Dios los escogió para que fueran testigos y difusores del Evangelio en el mundo entero, y para eso era indispensable que se volviesen profundos conocedores de todo lo que habían sido llamados a comunicar. No obstante, lo que escribieron o dijeron fue un porcentaje ínfimo en comparación con lo que vieron y vivieron.

 

La fogosidad del Apóstol: fruto de una experiencia mística

 

La figura de San Pablo es un contundente ejemplo de ello. ¿De dónde sacó todo lo que revela en sus densas cartas? En primer lugar, recibió una gracia de conversión —la que produce los efectos para lo que ha sido creada (cf. Hch 9, 1‑19; 22, 4‑16; 26, 10‑18; Ga 1, 13‑17). Se dirigía hacia Damasco a capturar cristianos cuando, todavía de camino, el Señor le hizo “caer del caballo” y le preguntó: “ ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’. Dijo él: ‘¿Quién eres, Señor?’. Respondió: ‘Soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer’ ” (Hch 9, 4‑6). En ese momento le fue concedido el don de la fe para que creyera en la voz que le interpelaba; de lo contrario, se habría levantado arrogante, desafiando a Dios.

 

A partir de entonces, el divino Maestro fue trabajando su alma a fondo, prepararándolo para ser el propagador del Evangelio por excelencia. Su retiro en el desierto de Arabia (cf. Ga 1, 17‑18) jugó un papel muy importante en esa transformación, porque gozó a lo largo de ese período, según cuentan algunas revelaciones particulares, de la compañía del Hombre Dios en cuerpo glorioso.

 

Aunque quizá más digno de destaque sea el éxtasis en el que San Pablo, siendo llevado al tercer Cielo, “oyó palabras inefables, que un hombre no es capaz de repetir” (2 Co 12, 4). Tales prerrogativas lo condujeron a emprender un anuncio de la Buena Nueva mucho más eficaz que el de los Doce (cf. 1 Co 15, 10). Podríamos comparar la predicación del Apóstol a la situación de una persona que quisiera contarle a la gente de una hipotética civilización subterránea lo que ocurre a plena luz del sol. En este caso podría haber cierta proporción entre un mundo y otro, pero lo que a San Pablo le fue dado vislumbrar está tan por encima de todo aquello que conocemos, que sólo consiguió decir: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman” (1 Co 2, 9).

 

A una dificultad similar se enfrentan los que son favorecidos con gracias místicas que les hacen sentir en su interior quién es Dios y no encuentran palabras adecuadas en el vocabulario humano para explicar su experiencia: “La razón humana desfallece ante tan incomprensibles misterios; pero los corazones iluminados sienten y experimentan, desde esta misma vida, esa realidad inefable que no puede caber en palabras ni en conceptos ni menos en sistemas humanos. Lo que estas almas logran balbucear desconcierta nuestras débiles apreciaciones: ellas multiplican los términos que parecen más exagerados, sin quedar ni aun con eso satisfechas; pues siempre ven que se quedan muy cortas y que la realidad es incomparablemente mayor de cuanto pudiera decirse”.2

 

El secreto de la profundidad de los escritos paulinos

 

¡La esperanza! Esta virtud teologal hace que poseamos, por anticipado, las maravillas inimaginables que recibiremos en plenitud al final del estado de prueba y a ellas se refiere el Apóstol en su carta.

 

Dios nos predestinó a la salvación desde toda la eternidad y ya había determinado, incluso antes de ser creados, la vía de santificación de cada uno, gozando anticipadamente el momento en que naceríamos y comenzaríamos a recorrerlo. Alimentando nuestra esperanza en medio de los dolores de la vida, actúa con nosotros como alguien que nos construye un palacio en un lugar de difícil acceso y nos conduce hacia él a través de matorrales, por un sendero lleno de espinos y barrizales propios para causar aprensión. Y ansía llevarnos cuanto antes hasta un claro desde donde nos pueda mostrar, a distancia, el edificio, a fin de animarnos a continuar el camino.

 

La Santísima Trinidad - Monasterio de Pedralbes, Barcelona (España)

Más adelante, San Pablo menciona “la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa” (Ef 1, 19). En efecto, si la salvación estuviese sujeta a nuestros esfuerzos, no iríamos al Cielo, como muestra el episodio del joven rico que, al ser llamado por el Señor, se negó a dejarlo todo para seguirlo, lo cual llevó a Jesús a decir: “Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios” (Mc 10, 25). La afirmación sorprendió a los Apóstoles, que “se espantaron y comentaban: ‘Entonces, ¿quién puede salvarse?’. Jesús se les quedó mirando y les dijo: ‘Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo’ ” (Mc 10, 26‑27). Sí, gracias a su poder progresamos en las sendas de la perfección y, sobre todo, perseveramos hasta el final de nuestra peregrinación terrena. He aquí la principal razón que nos debe mover a depositar en Él toda nuestra esperanza. Sin embargo, ¿qué garantía hay de que ésta va a ser recompensada?

 

La Ascensión de Jesús es fuente de esperanza

 

San Pablo responde a esta cuestión en los versículos siguientes, aludiendo al grandioso acontecimiento conmemorado en esta solemnidad: Dios manifestó “la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el Cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro” (Ef 1, 19‑21).

 

Con la Ascensión, magnífico misterio de nuestra fe recordado en uno de los artículos del Credo —“subió a los Cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso”—, Jesucristo pasó a ocupar su lugar a la diestra del Padre como hombre, porque en cuanto Dios ya se encontraba junto a Él desde toda la eternidad.4 Habiéndose unido a la naturaleza humana por la Encarnación, deseaba que esta naturaleza, por Él representada, fuese introducida en la gloria. Hasta ese momento nadie había transpuesto los umbrales del Cielo, inaccesible para los hombres como consecuencia del pecado original; sólo Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo y sus ángeles lo habitaban. Las almas de los justos permanecían en el Limbo a la espera de la Redención y allí mismo gozaron de la visión beatífica cuando fueron visitados por Jesucristo en el instante de su Muerte.5 Pero esos elegidos solamente entraron allí cuando Jesús ascendió al Cielo,6 ocupando los lugares vacíos dejados por Lucifer y sus secuaces. Precedida por el Señor, aquella pléyade de almas santas entró en la gloria, empezando por San José, su padre adoptivo, seguido por Adán y Eva, por los profetas, patriarcas, mártires de la Antigua Ley y una milicia de hombres y mujeres, constituyendo “entre esta raza justamente condenada un pueblo tan numeroso, que viene a ocupar la vacante que dejaron los ángeles [caídos]. Y así, esta Ciudad amada y soberana, lejos de verse defraudada en el número de ciudadanos, se regocija de reunir quizá un número más crecido”.7

 

Siendo Jesucristo la “Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo” (Ef 1, 22‑23) —como declara el Apóstol, con mucha claridad y sentido teológico—, y ya que el Cuerpo no puede subsistir separado de la Cabeza, nosotros, en cuanto miembros suyos, también ingresaremos en la Morada celestial.8 Su Ascensión es la garantía de que seguiremos el mismo camino: en el día del Juicio Final retomaremos nuestro cuerpo en estado glorioso y subiremos al Cielo, “al encuentro del Señor, por los aires” (1 Ts 4, 17). La realización de esta promesa es una cuestión de tiempo. Con todo, si el tiempo existe para nosotros en la vida presente y nos hace sentir la tardanza, desaparece después de la muerte y, ante la eternidad, dicho intervalo no significa ni siquiera un “abrir y cerrar de ojos”. Que ese destino sea para nosotros un motivo de alegría y entusiasmo, conforme a la petición de la Oración Colecta: “Concédenos, Dios todopoderoso, exultar de gozo y darte gracias en esta liturgia de alabanza, porque la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y donde nos ha precedido Él, que es nuestra Cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su Cuerpo”.9

 

II – LA ASCENSIÓN INDICA NUESTRO FIN Y LOS MEDIOS PARA ALCANZARLO

 

Muchos serían los aspectos dignos de análisis en la rica liturgia de esta solemnidad, pero fijemos la atención en algunos de los que no hemos comentado todavía.10

 

En el pasaje de los Hechos de los Apóstoles escogido como primera lectura (Hch 1, 1‑11), San Lucas, habiendo contado ya la vida pública de Jesús en su Evangelio, se dispone a narrar el desarrollo de la Iglesia naciente, comenzando por algunos episodios ocurridos en el período de los cuarenta días que Jesús estuvo en la tierra después de su Resurrección. De sus apariciones nos han quedado los relatos que los evangelistas hicieron, entre ellos los del propio San Lucas; si bien es cierto que no fueron las únicas, pues no sería razonable que resurgiendo con tamaña gloria sólo se manifestase las pocas veces registradas en las Escrituras.

 

Son conocidas las narraciones contenidas en revelaciones particulares —a las cuales, aunque no pertenecen al depósito de la fe, se les puede dar crédito, pues ilustran legítimamente nuestra piedad—, como las de la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda o las de la Beata Ana Catalina Emmerik.11Según esta última, el divino Maestro se le apareció resplandeciente y silencioso a Simón de Cirene, como recompensa por haberlo ayudado a llevar la cruz, y a diversas personas de Belén y Nazaret, con quienes Él o su Madre Santísima tuvieron cierta familiaridad. Jesús también estuvo mucho tiempo con los Apóstoles, los discípulos y las Santas Mujeres —que se entristecían al darse cuenta de que estaba próximo el instante de la separación—, para transmitirles las últimas enseñanzas antes de partir.

 

La Ascensión del Señor, por Giotto di Bondone Capilla Scrovegni, Padua (Italia)

De acuerdo con San Lucas, algunos apóstoles preguntaron si había llegado la hora de la restauración del reino de Israel (cf. Hch 1, 6). Aunque eran testigos de un milagro tan portentoso como la Resurrección, persistían en su visión política y naturalista del Señor, y querían saber si, por fin, verían la conquista de la supremacía del pueblo judío sobre los demás. Entonces, Jesús les respondió: “No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros” (Hch 1, 7‑8). En seguida, se elevó a la vista de todos, probablemente envuelto en una luz maravillosa.

 

¿Y después de la Ascensión?

 

Imaginemos la alegría en el Cielo, el gran homenaje de la Santísima Trinidad a Cristo Hombre y a todos los justos del Antiguo Testamento que, por los méritos infinitos de la Pasión, entraban en la Patria celestial. Mientras las cohortes angélicas se llenaban de júbilo y cantaban, en la tierra los discípulos mantenían la mirada fija en aquel punto que iba desapareciendo, hasta que una nube le ocultó a sus ojos (cf. Hch 1, 9). A continuación se les aparecieron dos ángeles, portadores de un mensaje: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al Cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al Cielo” (Hch 1, 11).

 

Es posible que esta promesa —“volverá”— les diera la idea de que el retorno sería al día siguiente o en una semana. Sin embargo, ya suman casi dos mil años desde que Jesús ascendió rodeado de gloria y todavía no ha regresado... San Agustín explica cómo sucederá esto, el día del Juicio: “ ‘El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al Cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al Cielo’. ¿Qué significa que volverá como? Que será juez en la misma forma en que fue juzgado. Visible sólo a los justos, visible también para los malvados, vendrá para ser visto por justos y malvados. Los malvados podrán verlo, pero no podrán reinar con Él”.12 En esta perspectiva, hemos de mantener la atención centrada en los últimos acontecimientos de nuestra vida —muerte, juicio, infierno o Paraíso—, conforme el consejo del Eclesiástico: “En todas tus acciones ten presente tu final, y así jamás cometerás pecado” (7, 36).

 

Si nos dicen que de aquí a un mes vamos a viajar a algún país lejano, comenzaríamos a organizar la salida con antelación para tenerlo todo a punto: vestuario, medicinas, dinero, documentos... Sin embargo, ¡el viaje que haremos va a ser más largo y no volveremos! Por lo tanto, es indispensable que lo preparemos de manera adecuada. Actuamos como unos insensatos cuando nos preocupamos únicamente de los problemas concretos que se acaban en esta vida y no nos interesamos por conseguir un buen lugar en la otra. Lo normal es que el que va a emprender un viaje quiera conocer el hotel donde se va a hospedar. Recordemos, no obstante, que existe un albergue eterno llamado infierno, mucho más incómodo que cualquier terrible situación por la que podamos pasar en la tierra. Así, al contemplar la Ascensión de Jesús, tengamos amplitud de horizontes y busquemos merecer una eternidad feliz, como advierte el Papa Benedicto XVI: “Como actitud de fondo para el ‘tiempo intermediario’, a los cristianos se les pide la vigilancia. Esta vigilancia significa, de un lado, que el hombre no se encierre en el momento presente, abandonándose a las cosas tangibles, sino que levante la mirada más allá de lo momentáneo y sus urgencias”.13 En consecuencia, abramos el alma a las últimas enseñanzas del Hijo de Dios consignadas por San Marcos y recogidas en la liturgia de hoy.

 

¿Qué es evangelizar?

 

15b “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la Creación”.

 

¿Qué entendemos por ‘proclamad el Evangelio’? Sabemos que Jesús no dejó nada escrito, ni siquiera una nota, cuando podría haber redactado textos de extraordinario valor. ¿Qué sería la obra de un Dante Alighieri, un Camões o un Calderón de la Barca al lado de su divina literatura? En los Evangelios consta que sólo escribió una vez, y sobre la arena (cf. Jn 8, 6.8), pues uno de sus objetivos era constituir una obra y, más allá de cualquier libro, tener modelos, tipos humanos para realizar una acción directa, de persona a persona. Es lo que Él hizo: fundó la Iglesia, institución inmortal que se basa más en el apostolado personal y en la acción de presencia que en una producción intelectual. La doctrina es importante, pero, por sí misma, no es suficiente para convertir a las almas, porque “la letra mata, mientras que el Espíritu da vida” (2 Co 3, 6). Luego es necesario que sea difundida por el “mundo entero”, mediante la envoltura del Evangelio, es decir, los principios hechos vida.

 

Más aún, San Marcos es el único de los evangelistas que afirma que el Señor dio el mandato de llevar la Buena Nueva “a toda la Creación”, lo que abarca no sólo a los hombres, sino también a los minerales, vegetales, animales e incluso a los ángeles. A primera vista, juzgaríamos que el Evangelio va destinado solamente a los seres humanos, pues ¿cómo predicarlo, por ejemplo, a una reja, a un paisaje o a una bandada de aves? La universalidad del anuncio se vincula a que todo fue concebido en función del Hombre Dios. El Verbo es la causa eficiente, la causa ejemplar y la causa final de toda la Creación (cf. Col 1, 16‑17). De Él parte y para Él tiene que volver su obra. De este modo, nuestra actuación, en cuanto bautizados, debe pretender el disponer de todas las cosas teniéndolo como centro. Entonces, predicar el Evangelio a una reja implica hacerla bella y al mismo tiempo funcional, a fin de que dé gloria a Dios por el hecho de existir. La belleza es uno de los reflejos más notables y penetrantes de la existencia de Dios y quien contempla algo esplendoroso fácilmente se eleva hasta Él. Para llevar el Evangelio a toda la Creación es necesario abrazar la via pulchritudinis, uno de los medios más eficaces para propagar las maravillas traídas al mundo por Cristo. Esto significa sacralizar los gestos, el modo de comportarse o de ejecutar cualquier tarea, desde cultivar la tierra de manera que obtengamos los frutos de aspecto atrayente, hasta erigir edificios de acuerdo con padrones inspirados en el Evangelio. En una palabra, es querer que la tierra se transforme en un verdadero Paraíso.

 

Llamados a ser modelo para el prójimo

 

La Solemnidad de la Ascensión nos pone delante de la responsabilidad recibida en el día del Bautismo: la de ser verdaderos apóstoles, pues no somos criaturas independientes del orden del universo, sino que hemos sido “dados en espectáculo público para ángeles y hombres” (1 Co 4, 9). Vivimos en sociedad, en continua relación con otras personas, con nuestra familia y amigos, en el ambiente de trabajo y en donde nos movemos. Por eso, tanto en el hogar como en una comunidad religiosa, nos acompaña la obligación serísima, sublime y grandiosa de ser modelo para los demás. Cada uno es llamado a representar algo de Dios que no le compete a ninguna otra criatura, sea ángel u hombre. Predicar el Evangelio no es sólo enseñar, también es dar buen ejemplo, más elocuente que cualquier palabra. En la vida religiosa o en el seno de la familia, todos deben tratar de vencer sus malas inclinaciones y edificar al prójimo, buscando su santificación.

 

Así como San Pablo deseaba despertar en los efesios la esperanza de alcanzar un día la gloria, la Iglesia, a través de la liturgia, quiere que sintamos en el fondo del alma lo que Dios ha preparado para nuestro deleite eterno, conquistado por Jesús el día de su Ascensión. ¿De qué sirven las aflicciones terrenas por cosas transitorias? ¿De qué sirve gozar de los placeres que el mundo puede ofrecer? ¿Acumular honores, aplausos, beneficios para luego dejarlo todo cuando llegue el momento de marcharse y presentarnos con las manos vacías delante de Dios? Aprovechemos esta solemnidad para hacer el firme propósito de renunciar totalmente a cualquier apego al pecado que nos aparte de ese objetivo y nos quite “la esperanza a la que os llama, [...] la riqueza de gloria que da en herencia a los santos”. A ese respecto, cabe destacar este consejo de San Agustín: “Piensa en Cristo sentado a la derecha del Padre; piensa en que ha de venir a juzgar a vivos y a muertos. Piénselo la fe; la fe radica en la mente, la fe está en los cimientos del corazón. Mira quién murió por ti; míralo cuando asciende y ámalo cuando sufre; míralo ascender y aférralo en su muerte. Tienes una prenda de tan grande promesa, hecha por Cristo: lo que Él ha hecho hoy, su Ascensión, es una promesa para ti. Debemos tener la esperanza de que nosotros resucitaremos y ascenderemos al Reino de Dios, y allí hemos de estar por siempre con Él, hemos de vivir sin fin, alegrarnos sin tristeza y permanecer sin molestia alguna”.14

 

Que la fe y la esperanza alimenten nuestra alma en el arduo camino del cristiano de nuestros días, y con esta llama siempre encendida enfrentaremos las adversidades. El mandato de evangelizar nos invita a subir místicamente con Jesucristo a la Patria eterna, a donde iremos en cuerpo y alma después de la resurrección. Pidamos por medio de Aquella que fue asunta a los Cielos, María Santísima, que seamos allí conducidos, celebrando exultantes este misterio. 

 


 

1 Cf. DAL GAL, OFMCap, Girolamo. Beato Pio X, Papa. Padova: Il Messaggero di S. Antonio, 1951, p. 402.
2 GONZÁLEZ ARINTERO, OP, Juan. Evolución mística. Salamanca: San Esteban, 1989, pp. 41-42.
3 TURRADO, Lorenzo. Biblia Comentada. Hechos de los Apóstoles y Epístolas paulinas. Madrid: BAC, 1965, v. VI, p. 569.
4 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. III, q. 57, a. 2.
5 Cf. Ídem, q. 52, a. 4, ad 1; a. 5, ad 3.
6 Cf. Ídem, q. 57, a. 6.
7 SAN AGUSTÍIN. De Civitate Dei. L. XXII, c. 1, n.º 2. In: Obras. Madrid: BAC, 1958, vols. XVI-XVII, p. 1627.
8 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., q. 57, a. 6.
9 SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR. Oración Colecta. In: MISAL ROMANO. Texto unificado en lengua española. Edición típica aprobada por la Conferencia Episcopal Española y confirmada por la Congregación para el Culto Divino. 17. ed. San Adrián del Besós (Barcelona): Coeditores Litúrgicos, 2001, p. 347.
10 Para otros comentarios sobre este tema, véase: CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. La Ascensión del Señor. In: Heraldos del Evangelio. Madrid. N.º 46 (Mayo, 2007); pp. 12-19; Comentario al Evangelio de la Solemnidad de la Ascensión – Ciclo A y Ciclo C, en los volúmenes I y V, respectivamente, de la colecciónLo inédito sobre los Evangelios.
11 Cf. MARÍA DE JESÚS DE ÁGREDA. Mística Ciudad de Dios. Vida de María. P. II, l. VI, c. 28, n.º 1496. Madrid: Fareso, 1992, p. 1088; BEATA ANA CATALINA EMMERICK. Visiones y revelaciones completas. Visiones del Antiguo Testamento. Visiones de la vida de Jesucristo y de su Madre Santísima. Buenos Aires: Guadalupe, 1954, t. IV, p. 242.
12 SAN AGUSTÍN. Sermo CCLXV/F, n.º 3. In: Obras. Madrid: BAC, 1983, v. XXIV, p. 720.
13 BENEDICTO XVI. Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección. Madrid: Encuentro, 2011, p. 333.
14 SAN AGUSTÍN. Sermo CCLXV/C, n.º 2. In: Obras, op. cit., v. XXIV, p. 704.