III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – No se debe dar tiempo al tiempo, sino a la eternidad

Publicado el 01/22/2015

La vocación de los primeros Apóstoles, por Domenico Ghirlandaio – Capilla Sixtina, Ciudad del Vaticano

 

– EVANGELIO –

 

14 Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios;

 

15 decía: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio”.

 

16 Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.

 

17 Jesús les dijo: “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres”.

 

18 Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

 

19 Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes.

 

20 A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de Él (Mc 1, 14-20).

 

 


 

COMENTARIO AL EVANGELIO – III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – No se debe dar tiempo al tiempo, sino a la eternidad

 

 

El llamamiento a la conversión y el anuncio del Reino nos ponen ante la perspectiva de un “momento apremiante” que debe ser vivido en función de la eternidad.

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP


 

Un ejemplo de cambio de vida

 

San Juan Bautista ante Herodes Catedral de San Mauricio, Mirepoix (Francia)

El Evangelio nos presenta aún un hermoso ejemplo de conversión, cuando el Señor llama a cuatro pescadores —Simón y Andrés, Santiago y Juan— para que cambien de vida, de trabajo y de situación.

 

La psicología del pescador

 

Es curioso observar que la elección recayó sobre unos pescadores. Jesús podría haber designado a sacerdotes, a sanedritas, a miembros de las escuelas rabínicas —las universidades de entonces— o a cualesquiera otras personas de mayor proyección e influencia. Pero quiso pescadores…

 

Analicemos las características de un pescador. Para tener éxito, necesita poseer perspicacia, cierto tacto, un “sexto sentido” propio a su profesión. Al despertarse por la mañana, por el viento, por la atmósfera, por la brisa marina y el tipo de olas, ya sabe si el mar es rico en peces y favorable o si amenaza una tormenta en la que pudiera verse en peligro; cuáles son los sitios donde debe echar la red y los que deben ser evitados. Conoce el tipo de peces que hay en cada estación del año, cuando llega la temporada del desove y el período en que los peces suben, e incluso distingue los hábitos de los más variados cardúmenes. Todo este conocimiento acaba siendo para él una segunda naturaleza.

 

Se dedica a la pesca para subsistir y no por afición. Más aún, al pescador le corresponde el montar una empresa, adecuar el arte de la pesquería a sus relaciones con la clientela y, por lo tanto, no sólo entender de pesca, sino estar al tanto de las apetencias de los consumidores del lugar. Por eso, su vida se desarrolla entre la actividad pesquera y los intereses humanos, lo que le proporciona, además de la percepción de las aguas, un fino sentido psicológico. Si es un eximio pescador, pero un mal negociante, o al contrario, su oficio resultará en desastre. Ahora bien, Cristo elige a los suyos entre los pescadores. ¿Por qué?

 

Los Apóstoles, de ahí en adelante, pescarían almas, aunque no con la intención de obtener lucro, sino para entregárselas a Dios. Él, que “no suprime la naturaleza, sino que la perfecciona”,3 derramaría sus gracias sobre las cualidades humanas de los discípulos con vistas a aprovecharlas

 

Entrega sin reservas

 

En esa época los pescadores constituían una categoría social que, lejos de ser la inferior, equivalía a la clase media de nuestros días. Zebedeo, padre de Santiago y Juan, poseía una empresa —en sociedad con Simón y Andrés (cf. Lc 5, 10)— y ya había reunido cierto peculio, lo que se concluye por el hecho de tener empleados que le auxiliaban. Por consiguiente, renunciar a esa posición, dejando a su padre y las redes, era penoso; seguir a Jesús no era emprender una carrera con garantías de éxito. Por el contrario, era lanzarse en la oscuridad, abrazar una incógnita, porque tendrían que vivir de limosnas y desplazarse sin cesar. Nadie sabía el futuro que les aguardaba, tanto más que el Señor diría de sí: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8, 20).

 

Jesús llama a San Pedro y a San Pablo Catedral de San Julián, Le Mans (Francia)

Ahora bien, la docilidad y el desprendimiento proceden de la caridad. Los Apóstoles hicieron un acto de amor al Maestro, a partir del cual ya no se pertenecían a sí mismos sino a Él: son esclavos suyos, no tienen otro destino a no ser Él. ¿Hacia dónde van? ¡Lo ignoran! Ni siquiera lo preguntan o piensan en ello. Actitud perfecta, pues el Señor venía predicando: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos”. Un letrado, un doctor de la ley, un fariseo o escriba pensaría: “¡Ah, qué confianza ingenua!”. No obstante, nosotros decimos: ¡Abandono arrebatador! ¡Qué sabiduría la de esos cuatro! ¡Qué felicidad haber dicho sí a la gracia, a la vocación, con ese ímpetu!

 

En este Evangelio, así como en la primera Lectura de la profecía de Jonás, vemos que “la palabra de Dios es viva y eficaz” (Hb 4, 12). Transforma, convierte y santifica. Más aún, esa Palabra es salvífica, porque penetra y produce maravillas, siempre y cuando sepamos corresponder a ella y seamos flexibles. Pero si ponemos obstáculos no daremos frutos —a menos que Dios, por una misericordia especial, nos “derribe del caballo” como a San Pablo (cf. Hch 9, 4)—, porque Él quiere nuestra colaboración.

 

¿Cuáles son nuestras “redes”?

 

Para los discípulos la conversión significó dejar las redes. ¿Cuáles serán nuestras “redes”? Cuando el Hijo de Dios nos llama, cuando nos toca con una gracia en el fondo del alma, ¿cómo respondemos a ese llamamiento? En todas las circunstancias de nuestra vida Jesús está invitándonos ad maiora. ¿Cuál es nuestra reacción?

 

Nuestros círculos sociales, determinadas amistades, los quehaceres diarios, a veces, nos apartan del verdadero objetivo, sugiriéndonos un sueño naturalista y mundano que no considera la eternidad. Caprichos, manías, visiones erradas, egoísmos, malas inclinaciones deben ser combatidos y rechazados inmediatamente, porque “está cerca el Reino de Dios”. El ejemplo que nos da el Evangelio nos impulsa a ascender a un nivel diferente. ¿En qué consiste? A partir del momento en que, por el Bautismo, fuimos elevados al plano de la gracia, ya no podemos obedecer a los dictámenes del mundo, ni tener como motor de nuestras acciones intereses personales, vanidades u orgullo. Debemos vivir de los sacramentos, de la oración, de todo aquello que nos auxilia a cumplir nuestra vocación individual y a abandonar la “red” que nos ata a las cosas terrenas, porque nuestra existencia
pasó a ser otra. ¡Estamos “angelizados”!

 

Revista Heraldos del Evangelio # 138


1 PÍO XII. Mediator Dei, n.º 150. 2 SAN JERÓNIMO. Comentario a Mateo. L. I (1, 1-10, 42), c. 4, n.º 3. In: Obras Completas. Comentario a Mateo y otros escritos. Madrid: BAC, 2002, v. II, p. 43. 3 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 1, a. 8, ad 2. 4 FILLION, Louis-Claude. Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Vida pública. Madrid: Rialp, 2000, v. II, pp. 22-23. 5 SAN REMIGIO, apud SANTO TOMÁS DE AQUINO. Catena Aurea. In Marcum, c. I, vv. 16-20. 6 SAN AGUSTÍN. In Ioannis Evangelium. Tractatus VII, n.º 17. In: Obras. Madrid: BAC, 1955, v. XIII, p. 239. 7 BERTHE, CSsR, Agustín. Jesus Cristo, sua vida, sua Paixão, seu triunfo. Einsiedeln: Benziger, 1925, p. 114.

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