Los hombres hodiernos ya no se prostran más ante estatuas de madera, piedra o metal, sino ante divinidades de carne y hueso exaltadas por la moda del momento. Y en esa nueva forma de religión idolátrica, no faltan falsos oráculos, sacerdotes y profetas.

 


 

A primera vista, la idolatría puede parecer una cosa del pasado, un recuerdo folclórico de pueblos antiguos, hundidos todavía en las brumas del tiempo. Y, de modo análogo, hablar hoy de falso profetismo traerá, para muchos, resonancias de épocas arcaicas o el sabor de algo enigmático y esotérico cuyo significado se desconoce. Porque pocos recuerdan que el verdadero profetismo consiste en un carisma concedido por el Espíritu para guiar a los hombres por el camino de los designios divinos.

 

Ahora bien, ocurre que tanto la idolatría como el falso profetismo, aparentemente tan anticuados, tal vez no hayan existido nunca con la variedad, influencia y penetración que alcanzan en nuestros días.

 

Una “religión” sin santos, héroes o sabios

 

“Oh Dios, nos criasteis para Vos, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Vos”,1 exclamó San Agustín.

 

Esta conocida afirmación de una de las más brillantes lumbreras de nuestra fe pone de relieve como el hombre es naturalmente religioso. Al haber sido hecho a imagen y semejanza del Altísimo, siente necesidad de Él para su entera realización, pues el Dios absoluto e infinito es el único Ser que puede hacer al hombre plenamente feliz.

 

Culto idolátrico al becerro de oro
Parroquia de Santo Tomás Apóstol,
Haro (España)

Por tal motivo, en este mundo cada vez más materialista, escéptico y pragmático, acaba surgiendo una nueva forma de idolatría que busca rellenar el vacío producido por la falta del verdadero Dios. La religión es sustituida por un culto a la carta, en el cual se le presenta a la humanidad un menú siempre cambiante de ídolos adaptables a los gustos, tendencias y vicios de cada individuo, época o nación.

 

Los hombres hodiernos ya no se prostran más ante estatuas de madera, piedra o metal, sino ante divinidades de carne y hueso que materializan sus aspiraciones e ideas. Al idolatrarlos se idolatran a sí mismos, siguiendo un ritual al mismo tiempo variado, unánime y uniforme.

 

En esta nueva religión ya no hay más santos, ni siquiera héroes, hombres idealistas o sabios. Este tipo de personajes pertenece al pasado... En la loca inversión de valores del mundo actual, las masas no rinden culto a los que ocupan cargos político-sociales, ni a las grandes figuras del mundo científico y cultural. Se prostran, por el contrario, ante las estrellas vacías y muchas veces nefastas presentadas en los espectáculos divulgados por la televisión, internet o la prensa.

 

Despótica y poderosa como un Zeus

 

El gran mandamiento de esa religión humanista es la obligación de seguir la moda del momento, despótica y poderosa como un Zeus. A través de ella se rigen los ambientes y las costumbres de la humanidad creando escuelas “artísticas” y modos de ser, actuar y vestir, a veces tan sucios e indecentes que harían ruborizarse incluso a los dioses del paganismo grecorromano.

 

La moda se presenta como una actitud exterior a ser tomada por quien quiere estar en consonancia con los demás. Ejerce su despotismo comunicando las delicias de la aceptación social a quien sigue sus preceptos y flagelando con los tormentos del aislamiento y de la persecución a quien se opone a ella.

 

Se aprovecha de la falta de personalidad de muchos jóvenes y de la necesidad que sienten de afirmarse en su flaqueza interior asumiendo estados de espíritu muy bien aceptados en su entorno. Pero cada una de esas modas efímeras se alinea con la siguiente componiendo un inexorable proceso de degradación moral que raramente retrocede, y cuando lo hace casi siempre es por motivos tácticos.2

 

Que una nueva moda sea irracional o grotescamente fea es una cosa que poco les preocupa a los que la siguen, pues, como bien reza una conocida sentencia, atribuida ocasionalmente a La Fontaine, “toda la inteligencia del mundo es impotente contra cualquier idiotez que esté de moda”.

 

La predicación de los falsos profetas

 

Como sucedía en la Antigüedad pagana, todo ídolo actual tiene sus oráculos, sus sacerdotes y sus profetas.

 

Los medios de comunicación, principalmente internet, rebosan de púlpitos especializados en adoctrinar a los hombres para servir mejor a esos ídolos. En ellos predican los sacerdotes de la moda del momento, que invitan a seguir las directrices marcadas por ésta valiéndose de tácticas de miedo y simpatía. Nos amenazan de ser mal vistos por los demás, nos intimidan con el mote de “anticuado”, prometen la felicidad para quien se deje sumergir sin resistencia en el consenso.

 

Pero no faltan tampoco hombres y mujeres que, ocultos bajo una capa de bonhomía, se presentan como predicadores del verdadero Dios, cuando son en realidad fervorosos apóstoles de la idolatría. Perciben y conocen el peligro que se aproxima, la ruina que puede sobrevenirle a la humanidad si continúa avanzando por las escurridizas sendas de la decadencia. No obstante, en lugar de alertar a los buenos y prepararlos para la batalla espiritual —“¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como los de un jornalero?” (Job 7, 1)—, nos dejan indefensos ante el enemigo.

 

Anestesian las conciencias y tranquilizan a los mediocres intentando convencerlos de que todo está en orden, aunque hoy se afrente al Creador con mayor insolencia. Aun siendo cometidos delante de esos falsos profetas los más graves pecados, ellos continuarán proclamando que los pueblos pueden alcanzar la felicidad de Dios mientras contradicen impunemente sus Mandamientos.

 

Estemos atentos y vigilantes

 

Pero el Altísimo alzará su mano en el momento oportuno “contra los profetas, falsos visionarios y adivinos mentirosos” (Ez 13, 9), que abusan del pueblo diciendo: “todo va bien”, cuando todo va mal.

 

“Por ello, así dice el Señor: En mi ira desencadenaré un viento huracanado, mi cólera hará caer una lluvia torrencial, y mi furor un granizo destructor. Derribaré el muro que habéis recubierto de revoque, lo echaré por tierra, quedarán al descubierto sus cimientos. Cuando haya caído, pereceréis en medio de él. Entonces reconoceréis que yo soy el Señor. Desahogaré mi ira contra el muro y contra los que lo cubren de revoque y os diré: Ya no existe ni el muro ni quienes lo cubrían de revoque, los profetas de Israel que profetizaban sobre Jerusalén y tenían para ella visiones” (Ez 13, 13-16).

 

Estemos, pues, atentos y vigilantes para que no seamos engañados por esos guías perversos. Dios nunca abandona a su pueblo; nunca permitirá que se extinga en la Iglesia el carisma de la verdadera profecía. Nos toca pedir la gracia de saber encontrar esa luz y las fuerzas para seguirla.

 

1 SAN AGUSTÍN. Confesiones. L. I, c. 1, n.º 1.

2 Para conocer mejor ese proceso, es aconsejable la lectura de: CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Revolución y Contra-Revolución. 5.ª ed. São Paulo: Retornarei, 2002.