Nunca hubo tantas asociaciones filantrópicas como en nuestros días, pero también la sensación de penuria y abandono entre los hombres nunca ha sido más profunda. ¿Cuáles son las causas de las nuevas formas de pobreza que asolan el mundo contemporáneo?

 


 

Mezquindades, egocentrismo y otras muchas malas inclinaciones pasaron a caracterizar al hombre después del pecado original. La tendencia a apegarse a las criaturas por egoísmo está demostrada desde los comienzos de la humanidad en este valle de lágrimas, y la ambición es la perdición de muchas almas.

 

La bienaventuranza escogida por el Señor para encabezar la
secuencia de las reglas morales que deben regir la vida del
cristiano constituye precisamente la solución para
nuestro problema

Jesús con los Apóstoles, por Fra Angélico -
Museo de San Marcos, Florencia (Italia)

¿Cuál sería la solución para tan intrincado problema?

 

La doctrina del Sermón de la montaña

 

Habiendo enviado al mundo a su Hijo unigénito, el Padre “cargó sobre Él todos nuestros crímenes” (Is 53, 6), restaurando la gracia para que fuéramos curados. Además, el Salvador vino trayendo la invitación para que los hombres pertenecieran al Reino de Dios, enseñándoles con pormenores “las cualidades morales que debían adquirir para ser dignos de pertenecer a él”.1

 

Tales cualidades están reveladas a lo largo del Evangelio, no obstante, el divino Maestro quiso, en su suprema didáctica, compendiar la Nueva Ley y presentarla, en su perfección, en las ocho bienaventuranzas que enunció en el Sermón de la montaña (cf. Mt 5, 3-11), “como magnífico portal de un palacio incomparable”, 2 afirma Mons. João Scognamiglio Clá Dias.

 

De hecho, las bienaventuranzas sintetizan, prosigue él, “todas las enseñanzas morales dadas al mundo por el Redentor y establecen los principios de las relaciones que han de prevalecer en su Reino. Al ponerlas en práctica, el hombre encuentra la verdadera felicidad que anda buscando sin cesar en esta vida y que jamás podrá hallar en el pecado. Porque el que viola la Ley de Dios en el afán de satisfacer sus pasiones desordenadas se hunde cada vez más en el vicio hasta volverse insaciable. ‘En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es esclavo’ (Jn 8, 34), nos advierte Jesús”.3

 

“Bienaventurados los pobres de espíritu”

 

La bienaventuranza escogida por el Señor para encabezar la secuencia de las reglas morales que deben regir la vida del cristiano a fin de llevarlo a la santidad constituye precisamente la solución para nuestro problema: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 3).

 

Pobreza... ¡Cuán poco comprendida es esta virtud! ¿Por qué Jesús hizo hincapié en decir “pobre de espíritu”? ¿Se refiere a la mera pobreza material? Comentando este pasaje, San León Magno resalta que el divino Maestro tuvo el cuidado de agregar “de espíritu” para que se entendiera a qué clase de pobres aludía. Puesto que “parecería ser suficiente para alcanzar el Reino de los Cielos la sola indigencia que muchos padecen con grave y dura necesidad. Mas al decir ‘Bienaventurados los pobres de espíritu’, muestra que el Reino de los Cielos se ha de dar a los que recomienda la humildad del alma más que la escasez de fortuna”.4

 

Benedicto XVI también explica que esa pobreza de la que habla el Señor “no es un simple fenómeno material. La pobreza puramente material no redime, aunque sea cierto que los despreciados de este mundo pueden contar, de un modo especial, con la bondad de Dios. Pero el corazón de los que no poseen nada puede endurecerse, envenenarse, ser malvado, estar lleno interiormente por el afán de poseer, olvidándose de Dios y codiciando sólo los bienes exteriores”.5

 




“La pobreza es, en cierto modo, la virtud católica por
excelencia, pues para que hagamos enteramente la voluntad
del Señor, tenemos que ser desapegados de todo
lo que poseemos”

En las fotos: 1. San Antón - Museo Episcopal
de Vic (España); 2. San Benito, por Spinello
Arentino - Museo del Hermitage, San Petersburgo
(Rusia); 3. San Ignacio de Loyola - Santuario de Loyola,
Azpeitia (España); 4. San Juan Crisóstomo - Basílica de
Notre-Dame, Montreal (Canadá)

En efecto, un individuo puede poseer muchos bienes y administrarlos en función de la caridad, con entera sumisión a la voluntad de Dios, es decir, con total desapego. Ese es un pobre de espíritu. La pobreza de espíritu consiste, pues, “en la aceptación de nuestras propias circunstancias, compenetrados de nuestra completa dependencia de Dios, al que todo le debemos, y convencidos de que nuestra existencia es un mero camino para llegar al Cielo”.6

 

Mala riqueza y mala pobreza

 

En nuestros días, infelizmente, la idea que se tiene de pobreza es unilateral. Nunca hubo tantas organizaciones y asociaciones filantrópicas cuyo objetivo es el tratar de remediar la situación de los países llamados del “tercer mundo” por su carencia de riquezas terrenas. Como tal vez tampoco hubo época en la que se ambicionara tanto las cosas tangibles como hoy día. Basta echar un vistazo a nuestra globalizada sociedad, tecnológica, en donde lo que importa es tener, producir o hacer, llegando a darse casos de personas que usan los aparatos electrónicos de última generación mientras carecen de bienes de primera necesidad...

 

Así, podemos afirmar que hay una mala riqueza y una mala pobreza. Y viceversa, hay una buena riqueza y una buena pobreza. Toda posesión con apego de las cosas materiales, que las toma como finalidad última de esta vida, es una mala riqueza; al igual que es mala la pobreza que, aun presentándose bajo la apariencia de humildad, está llena de rebeldía y de aprecio desordenado por los bienes terrenales, y pone obstáculos casi infranqueables para que los dones celestiales sean derramados sobre el alma.

 

En sentido opuesto, la práctica de la virtud hace que el alma se enriquezca con los bienes del Cielo, en la plena certeza de que no le faltarán los de la tierra: “Buscad sobre todo el Reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura” (Mt 6, 33). Y cuando se vive en la abundancia con pobreza de espíritu, se tiene buena riqueza. O sea, en sí mismas, tanto la pobreza como la riqueza pueden ser buenas o malas, dependiendo de la disposición interior con que son vividas. Eso es lo que afianza la sabiduría de las Escrituras: “Hay quien se hace el rico y nada tiene, y quien pasa por pobre y tiene mucho” (Prov 13, 7). Lo que importa es el desapego de las cosas de este mundo con vistas al Reino de Dios.

 

El ejemplo de los santos

 

Si recorremos la hagiografía católica veremos que son numerosos los santos que lo abandonaron todo por Cristo, despegándose de cualquier bien terrenal. Y muchos de ellos tenían abundantes posesiones.

 

Entre tantos, podemos empezar por San Antón, Padre de los Monjes. Vivió en el siglo IV y era dueño de muchos bienes que había heredado de su familia. Cierto día, al entrar en una iglesia, las paredes del santuario parecían hacer eco al llamamiento de Jesús al “joven rico”, Evangelio que estaba siendo leído en ese momento: “Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme” (Mt 19, 21). Estas palabras cayeron en la tierra fértil de su alma y dieron fruto: vendió todo lo que poseía, dio sus riquezas materiales a los pobres y marchó al desierto, a fin de enriquecerse de bienes sobrenaturales.

 

También San Benito de Nursia, Patriarca de Europa y autor de la primera Regla religiosa, lo abandonó todo para vivir en una cueva siendo alimentado por un cuervo. Comprendió bien que “más vale la oración sincera y la limosna hecha con rectitud que la riqueza lograda con injusticia” (Tob 12, 8).

 

Podemos recordar asimismo a nobles que cambiaron las cortes del mundo por la celestial, como el hombre de armas español, San Ignacio de Loyola; el duque de Gandía, Grande de España, San Francisco de Boja; el príncipe de Castiglione, San Luis Gonzaga; San Francisco Javier, cuyo castillo familiar se conserva aún en Navarra; o la Beata Isabel de Francia, la hermana más joven del rey San Luis IX.

 

Es imposible dejar de mencionar aquí al célebre y paradigmático San Francisco de Asís, quien, perteneciendo a una de las mejores familias burguesas de la región, lo abandonó todo para desposarse con la Señora Pobreza. Su actitud tuvo una influencia enorme en toda la cristiandad, estimulando la restauración moral tanto del clero como del pueblo fiel, desde las clases más modestas hasta las principescas.

 

¿Qué decir entonces de María Santísima? Sólo la evocación de su nombre ya manifiesta una sencillez tan encantadora y canta de manera tan magnífica la pobreza de espíritu, que dispensa cualquier comentario. Tenía un desapego sublime y, por eso, no dudó en entregar a su propio Hijo, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, para que muriera y redimiera a los hombres de todos los tiempos...

 

“A los ricos de este mundo ordénales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en la incertidumbre de la riqueza, sino en Dios que nos provee de todo en abundancia para que lo disfrutemos; que hagan el bien, sean ricos en buenas obras, generosos y dispuestos a compartir; y así atesorarán un excelente fondo para el porvenir y alcanzarán aquella que es realmente la vida verdadera” (1 Tim 6, 17-19), aclama San Pablo.

 

Nuevas formas de pobreza

 

Eso no impide, sin embargo, que la Iglesia cuide con cariño de aquellos que viven en condiciones de pobreza material, como ya preceptuaban los Apóstoles: “Sólo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo cual he procurado cumplir” (Gál 2, 10).

 

Al analizar la sociedad hodierna, no obstante, asevera el propio Benedicto XVI que “durante estos años han aparecido nuevas formas de pobreza: en efecto, muchas personas han perdido el sentido de la vida y no poseen una verdad sobre la cual construir su existencia; numerosos jóvenes piden encontrar hombres que sepan escucharlos y aconsejarlos en las dificultades de la vida. Junto a la pobreza material, encontramos también una pobreza espiritual y cultural”.7

 




“La pobreza es, en cierto modo, la virtud católica por
excelencia, pues para que hagamos enteramente la voluntad
del Señor, tenemos que ser desapegados de todo
lo que poseemos”

En las fotos: 1. San Francisco de Borja -
Iglesia de San Agustín, Santiago de Compostela (España);
2. San Luis Gonzaga - Parroquia de Thannenkirch
(Francia);3. San Francisco Javier - Iglesia del
Sagrado Corazón, Bilbao (España) ;4. Imagen
peregrina del Inmaculado Corazón de María

Estas palabras revelan cuál es la verdadera falta de bienes que sufren las almas hoy día. Hay nuevas formas de carencia que sanar, y los afectados por ellas son más numerosos de lo que parece a primera vista. La penuria de nuestra sociedad es mucho más profunda: falta moral, falta belleza, falta quien ayude sin pedir nada a cambio, falta quien dé buenos consejos... No hay campo social que no sucumba bajo el peso de esos nuevos tipos de pobreza.

 

“Los hombres de las técnicas y del bienestar, la gente caracterizada por la fiebre del aparentar, experimentan una extrema pobreza espiritual. Son víctimas de una grave angustia existencial y se manifiestan incapaces de resolver los problemas de fondo de la vida espiritual, familiar y social. Si quisiéramos interrogar la cultura más difundida, nos daríamos cuenta de que está dominada e impregnada de la duda sistemática y de la sospecha de todo lo que se refiere a la fe, la razón, la religión, la ley natural.”.8 Sí, nuestro mundo se encuentra en un estado de pobreza terrible.

 

Y los caminos que conducen a la buena práctica de esta virtud son variados, pues cada uno tiene su propia cruz que llevar. Pero la llave que abre sus puertas es única: observar los preceptos del Señor y seguir siempre las vías de las bienaventuranzas. “No os apartéis a derecha ni a izquierda” (Dt 5, 32), podríamos afirmar. Es necesario que seamos íntegros en la administración de los bienes recibidos de Dios, sean materiales, sean las propias cualidades, buenas obras, situaciones, amistades, etc., disponiéndolo todo en orden a la gloria del Creador.

 

Virtud católica por excelencia

 

Grandes y pequeños, ricos y pobres... “No hay ningún estado ni condición en que de una forma u otra no se pueda y deba ejercitar la virtud de la santa pobreza”,9 comenta un autor espiritual. Es el condimento que adereza las demás virtudes, porque sin el desapego no hay virtud que se practique establemente.

 

“La pobreza es, en cierto modo, la virtud católica por excelencia”, pon dera Plinio Corrêa de Oliveira, “pues para que hagamos enteramente la voluntad del Señor, tenemos que ser desapegados de todo lo que poseemos. De lo contrario, cuando nos sea solicitado, en nombre del servicio de Dios, la renuncia de algo a lo que estamos aficionamos, será mucho más difícil nuestra conformidad con el superior designio divino”.10

 

¡Cuán rica es la virtud de la pobreza que “levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo” (Sal 112, 7-8)! ¡Cuán admirables son los progresos en la vida espiritual y social que hacen las almas realmente desapegadas cuando a ella se entregan, pues hacen “tesoros en el Cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban” (Mt 6, 20). Siguen el divino ejemplo del Cordero al practicar la virtud de la pobreza, porque saben que es el medio más seguro de multiplicar sus posesiones celestiales y no un fin terrenal.

 

Para concluir estas líneas, hacemos nuestra la exhortación de San Juan Crisóstomo, que aun habiendo sido pronunciada en la época del cristianismo primitivo parece que está hecha teniendo en vista a los hombres del siglo XXI: “¿Hasta cuándo seremos pobres y mendigos? No es posible que sea rico el que es pobre de alma, como no puede ser pobre el que no lleva la pobreza en su espíritu. Porque si el alma es más principal que el cuerpo, no puede lo menos principal arrastrar a sí a lo más principal. No. Ha de ser la señora la que atraiga y transforme en sí lo que no tiene su señorío. Cuando el corazón recibe una lesión, todo el organismo queda lesionado. Si desfallece, todo desfallece. Si está fuerte, todo está fuerte. En cambio, si el corazón permanece dentro sano, fácilmente se rechaza también el otro daño. Y aún os quiero poner otro ejemplo que aclare más mi pensamiento: ¿De qué valen, dime, los ramos verdes, cuando la raíz se está secando? ¿Qué se pierde, en cambio, de que por arriba se sequen las hojas, si la raíz queda sana? Así aquí. De nada valen las riquezas, si el alma es una mendiga: como no es tampoco daño la pobreza, cuando el alma es rica”.11

 

 

1 FILLION, Louis-Claude. Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Vida pública. Madrid: Rialp, 2000, v. II, p. 94.

2 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. Un cambio radical en los patrones de las relaciones divina y humana. In: Lo inédito sobre los Evangelios. Cittá del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2014, v. II, p. 41.

3 Ídem, p. 42.

4 SAN LEÓN MAGNO. Sobre las Bienaventuranzas. Homilía 95, n.º 2. In: Homilías sobre el Año Litúrgico. Madrid: BAC, 1969, p. 369.

5 BENEDICTO XVI. Jesus de Nazaré. Do Batismo no Jordão à Transfiguração. São Paulo: Planeta, 2007, p. 81.

6 CLÁ DIAS, op. cit., pp. 45-46

7 BENEDICTO XVI. Discurso en la audiencia a los diáconos permanentes de Roma, 18/2/2006.

8 PIACENZA, Mauro. Encuentro con los sacerdotes de la archidiócesis de Los Ángeles, Estados Unidos, 3/10/2011.

9 GONZÁLEZ Y GONZÁ- LEZ, Emilio. A perfeição cristã. Segundo o espírito de São Francisco de Sales. Porto: Figueirinhas, 1957, p.472.

10 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. O partido de Jesus e do mundo. In: Dr. Plinio. São Paulo. Año XI. N.º 118 (Enero, 2008); p. 12.

11 SAN JUAN CRISÓSTOMO. Homilías sobre el Evangelio de San Mateo. Homilía LXXX, n.º 4. In: Obras. Madrid: BAC, 1956, v. II, pp. 592-593.