Es necesario que haya unión

Publicado el 09/17/2021

Al final del día Thomas y yo nos quedamos dormidos profundamente. No sé si fue un sueño o una visión, pero aquella noche oí: “Para triunfar en cualquier aventura es necesario que haya unión”. ¿Qué mensaje querría transmitirnos el ángel?

Hna. Giovana Wolf Gonçalves Fazzio, EP


“¡Qué bueno sería volar, encontrar nuevos lugares, embarcarnos en aventuras desconocidas!”

Era una nublada y fría tarde del otoño inglés. Empujadas por un suave viento, las rojizas hojas que caían de los árboles se movían hacia lo lejos, bastante lejos… Mi amigo Thomas y yo, al verlas cómo se desplazaban por el aire, tuvimos el mismo pensamiento: “¡Qué bueno sería ser una de ellas: volar, encontrar nuevos lugares, embarcarnos en aventuras!”.

—Mr. Herbert, ¿cuántos años tenía usted en esa época?

—Ah, mi pequeño Edward, tenía tu edad: 11 años. E incluso ahora, con 88, no me olvido del día en que Thomas y yo decidimos salir de la aldea. Nuestras almas anhelaban encontrar algo maravilloso, pero Dios superó nuestras expectativas.

Todo empezó cuando entramos en el bosque de Redwood…

—Pero, Mr. Herbert, ¡esa floresta está llena de peligros! Dicen que es tan densa que no se consigue ver la luz del sol ni siquiera por la mañana.

—Sí, sí. Eso lo sabíamos, mas también contaban que había una maravillosa ciudad en su interior, llena de torres, murallas, baluartes y ventanas. Sabes, mi sueño más grande era conocer un castillo por dentro. Entonces, venciendo el miedo, nos metimos a afrontar el peligro.

Según íbamos avanzado comenzamos a sentir frío, hambre, cansancio… Al final del día nos quedamos profundamente dormidos. No sé si fue un sueño o una visión, pero aquella noche un ángel muy bondadoso me dijo estas misteriosas palabras: “Para triunfar en cualquier aventura es necesario que haya unión”.

Muy aturdido, me llevé la mano a la cabeza sin entender exactamente qué quería decir mi misterioso interlocutor: “aventura… unión… Thomas y yo jugamos juntos, estudiamos juntos, nuestros padres son amigos… estamos muy unidos”. Pero el ángel, como si hubiera leído mis pensamientos, continuó: “Para que exista unión hay que saber cargar con la flaqueza del otro, socorrerlo en sus necesidades”.

Me desperté asustado y empecé a palparme para ver si aquello era real. Sin embargo, decidí no contarle nada a Thomas.

A la mañana siguiente continuamos nuestro camino rumbo a lo desconocido. Al llegar a una encrucijada no sabíamos hacia dónde tirar. Quise seguir por la senda de la derecha, pero Thomas pensaba que era mejor tomar la de la izquierda. Tanto discutimos que acabamos peleados, hasta el punto de que casi ya no nos hablábamos. Pero como no quería quedarse solo, aceptó a disgusto acompañarme.

Sería demasiado largo narrar todos los peligros por los cuales pasamos durante todo el recorrido hasta que, tras varios días de caminada, avistamos un imponente castillo.

Muy aturdido, me llevé la mano a la cabeza sin entender exactamente qué quería decir mi misterioso interlocutor

“¡Por fin llegamos!”, grité con mucha alegría; aunque Thomas no me escuchó, pues se había ido corriendo en dirección a la fortaleza. Cuando estaba tan lejos que ya no podía verlo, percibí que había al otro lado un segundo castillo, aún más grande y bonito. ¡Realmente era magnífico! Me arrodillé y le agradecí a Dios haber podido llegar hasta allí. Y cuando levanté la cabeza, ¿adivina a quién encontré?

—¡A la reina, Mr. Herbert!

—No, Edward. Ante mí estaba el mismo ángel que había visto aquella noche. Me dio un manojo de llaves y me dijo que fuera hasta el castillo y abriera la puerta principal.
Después de intentarlo varias veces, porque había bastantes llaves, logré entrar.

—¡Vaya! ¿Y qué ocurrió luego?

—Entré en el majestuoso edificio y encontré un pasillo largo, donde había muchas puertas. Traté de abrir la más cercana, pero estaba cerrada. El ángel apuntó al manojo de llaves y concluí que una de ellas la abriría.

¡Acerté a la primera! Entonces accedimos a una capilla toda hecha de piedras de colores y madera tallada.

Recé un poco y enseguida me dirigí a otra puerta. No obstante, sólo encontré la llave correcta después de varios intentos… Finalmente entré: ¡era la sala de armas! Había cañones, espadas, armaduras. No podía creer lo que estaba viendo.

Pasé por otros salones y pasillos; subí escaleras y me detuve en bellísimos descansillos. Con todo, al intentar abrir la última puerta, probé todas las llaves y ninguna servía…

Como el ángel ya no estaba a mi lado, salí del castillo en busca de alguien que me pudiera ayudar. No había nadie… a no ser Thomas, que venía con una fisonomía muy cambiada. Ya no andaba con esos aires de querer llevarme la delantera. Por cierto, yo tampoco me acordaba de las peleas que habíamos tenido por el camino.

“Thomas —le dije humildemente— el castillo es bellísimo, pero creo que el ángel…”.

“¡¿Ángel?!”, interrumpió mi amigo. “¿Un ángel te estaba esperando? ¿Con un manojo de llaves en la mano? ¡A mí también!”.

En ese momento sentí un peso en mi conciencia. Si en lugar de guardar silencio le hubiera transmitido el consejo que me dio el ángel quizá las cosas habrían ocurrido de forma diferente.

“Pero creo que se equivocó, porque está faltando una llave”, concluyó Thomás mostrándome su voluminoso manojo. “Ciertamente ésa es la que da acceso a la parte más magnífica del castillo”.

“Qué curioso…”, respondí. “A mí me pasó lo mismo: mis llaves abren todas las puertas, salvo la última”.

El aire consternado de mi amigo me llenó de compasión. Olvidando que yo tenía el mismo problema que el suyo, le dije: “Thomas, voy a intentar ayudarte. Vamos de
vuelta a tu castillo”.

Fuimos directo a la puerta que ninguna de sus llaves había abierto. Entonces cogí mi manojo y me puse a probar todas las llaves hasta que —¡oh, sorpresa!— una de ellas encajó en la cerradura y abrió la pesada puerta.

Edward, ¡no imaginas lo bonito que era aquel salón! Superaba todo lo que habíamos visto hasta ese momento. Y dentro nos estaba esperando el ángel que, sonriendo, nos dijo: “Para triunfar en cualquier aventura es necesario que haya unión”.

Y añadió a continuación: “Dios quiso servirse de este episodio para mostraros la belleza de la ayuda recíproca y la importancia que ella tiene en vuestras vidas. Nadie llega al Cielo solo. Cada cual necesita un hermano que lo aconseje, que sufra junto con él, que lo corrija y ampare. Muchas veces únicamente encontraréis la salida a los problemas si os apoyáis uno en el otro”.

¡Fue la lección más grande que recibí en mi vida! 

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